Sueños

Yo quiero más, más emoción

Go Popitas

1.

He soñado con Nacho Vigalondo.

Sólo sé que él estaba allí, dando vueltas, como en un cuadrilátero. En mi sueño. Y yo lanzaba mis teorías sobre esto y sobre aquello. Se las lanzaba a él, directamente. Pero se quedaban en nebulosa, más o menos como cuando un petardo no explota y sólo deja sobre sí una ristra de chispas y mal humo grisáceo.

Y él, Vigalondo, seguía dando vueltas, primero más nervioso, como con los músculos tensos, quizá por no haber medido todavía mi peligrosidad -si es que la tengo- y, progresivamente, más calmado, Vigalondo, incluso relajado diría y, al final, casi feliz. O al menos ya no pretendía la contienda, simplemente danzábamos, no en un cuadrilátero sino en un círculo.

Vigalondo y J. S. de Montfort danzaban en un círculo nebuloso y él reía y yo le contaba mis miedos.

Y el reía como un personaje maniqueo e histriónico.

Él reía la risa que yo era incapaz de reír.

Y, al final, me parece, sobre el mediodía del domingo (que es cuando me he levantado) cierta concordia alimentaba el sueño y switch off: hello life.

2.

Supongo que entre el sueño y una declaración de Juan José Sebrili que estaba leyendo ahora hay cierto quorum. Dice Sebrili:

“Pienso por el contrario que, a pesar de que le mundo cambie, los hombres sean otros y las respuestas, necesariamente distintas, la modernidad y la tradición de la filosofía occidental que la expresa siguen vigentes porque los fines que se propusieron no han sido aún realizados ni la parábola completada. Estaríamos más bien ante una nueva etapa de la modernidad, que Habermas ha llamado “modernidad tardía” [1]

3.

En algún momento -hace varios años, creo-

Vigalondo contaba (a raíz de su nominación al Oscar) que se encontraba en una sórdida Nochevieja, en un local provinciano y él borracho, contándole a la camarera del local que le acababan de nominar al óscar.

Y que no lo había ganado.

Con ojos pendencieros hubo de relatar su ignominia.

La camarera le escuchaba con cierta alegre displicencia, del modo en el que se comportan las camareras. Sin darle la menor réplica ni opción para el diálogo.

Y para él, creo, eso ya fue suficiente. Porque estaba allí, una camarera de aquiescentes senos y bonitos labios. Y ya está.

Una suerte de mínimo triunfo ordinario. Porque al oscar te nominan una vez sola y la atención de los extraños es más difícil de obtener cuando uno no cuenta por delante con la publicitación de sí mismo, ni de su carrera.

Cuando las revistas en las que sale uno haciendo el gañán y diciendo sabias estupideces no llegan a las ciudades de provincia, a los bares de karaoke.

Y esa anécdota está llena de cierta sólida poética del perdedor. Mejor dicho, es una alegoría de la suerte, de lo falso que es el azar y sus brillos. O mejor aún, de lo verdadero que es el asco de que los sueños se te cumplan y el mundo no te respalde, porque los sueños son tuyos. Y el mundo es cosa de los demás.

Nadie puede compartirlos, tus sueños, ni quitártelos, ergo son esencialmente tú.

Y es porque nadie sabe de ellos, de tus sueños. A pesar de la tv, y las revistas y todo lo otro que le sucede a uno en la vida y que es mera publicidad.

De ahí la confontración entre uno y el mundo.

Porque el mundo es la publicidad de tí mismo y tú eres tú la amalgama de tus sueños. Y las cosas de los sueños no quedan bien en los eslóganes, ni en la tv, ni en las revistas. Porque los sueños tienen que ver con los matices, con lo que es único y la publicidad es lo que es una suerte de multiplicidad genérica.

Tienen que ver -los sueños, los míos- con el hecho de que Vigalondo no lleva guantes de boxeo (así que parece que no quiera pegarme), porque no los necesita, sospecho. Tienen que ver -los sueños, los míos- con el hecho de que lleva una barba indecorosa (Vigalondo), pero no la que lleva siempre sino una moteada de blancuras, sardónica y teatral.

Tiene que ver con que no lleva calzones (Vigalondo) sino unos vaqueros negros, y tiene que ver con el hecho de que no habla sino que sólo sonríe.

4.

Lo que dicen de uno -la publicidad- no se puede controlar, pero lo que uno dice y piensa de mismo, sí (ilusión del yo, lo llamamos).

Por eso es tan triste tener que contarle tus grandezas

(grandezas que tú sabes y los otros desconocen: la nominación al oscar) a una camarera de un bar sórdido entre la jarana de una nochevieja, y estar solo, y estar borracho. Y no poder hacer nada más que contarle primero a la camarera y luego al cuello de tu camisa que los brillos te reconocieron, por un instante.

La razón de esto es bien simple y el axioma de todo sueño y es, además indemostrable de puro abtruso:

la naturaleza misma del sueño implica que su consecución es imposible. Que no produce consecuencias.

El problema entonces viene cuando a uno se le cumplen los sueños, que como no es lo previsto, la realidad colapsa.

Eso es justamente lo que te reprochan los que son sólo publicidad de sí mismos, Nacho, o sea, la gente, esa mala gente que camina.

Los demás, los que no son tú. Esos a los que uno no debe permitir que se le cuelen despiadados en los sueños.

Porque si compensa que a uno se le cumplan los sueños es una pregunta imposible de responder;

que se lo pregunten a Ivan Thays.

Y todo sea tal vez, porque realizar los sueños es una forma alegre del morir.

Lo dice Paco Conde:

Cuando te mueres duermes menos.

Sueñas más [2]

[1] Juan José Sebreli. El olvido de la razón. Ed. Sudamericana. Barcelona. Octubre de 2007.

[2] Paco Conde. “Tic, tac, tic, tac..” de Microrrelatos. Con ilustraciones de Alvaro Sobrino. Blur Ediciones. Madrid. Abril de 2008.

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