La enfermedad

rong-rong-inri

"Rong Rong & inri"

Hubo un tiempo en el que yo también era feliz.

Los Soberanos “Esclavo de amor”.

He estado enfermo,

no delirando pero sí inhabilitado para las cosas del sexo, la convivencia, el amor, incluso la misma facultad de la palabra me ha sido sutilmente negada.

Estos días últimos.

Es curioso cómo el sexo se vuelve molesto viniendo de días en los que me era imprescindible

El empacho, presupongo; ocurre con todo.

Se manifestó mi negligencia comunicativa ayer, el viernes. En esos dos momentos en los que se abre y cierra la invariable comedia de cada día.

El primero fue al despertar por la mañana,

con el shock como de tormenta que es abrir los ojos, ese rayo de frío que sucede en mi casa, que ahora con el invierno es más una nevera que una casa.

Una nevera enorme y llena de bebidas heladas que son los suelos, las paredes, la misma sábana de la cama y todo cuanto toco en el proceso de ponerme un sweater correr descalzo a la cocina preparar café ducharme etc

Desperté en mi cama, en mi casa.

El día sin mayores aspavientos.

Se fue la luz a la tarde en la oficina, me jodieron el ordenador y un poco de trabajo que tenía a medias. Cosas de poca importancia.

Me quedan ocho días en este trabajo. Así que… qué coño importa.

No sé qué va a ser de mí después. Qué coño importa.

A la noche -el viernes- una invitación para el Luz de Gas.

Me acordé de una frase del libro Jill de Philip Larkin.

Dice:

John se la quedó mirando, pues nunca había oído ese arrullo autoparódico del sur, y sintió que se encontraba en un ambiente extraño”.

Mi acompañante quiere coger un taxi. Cuando salimos del Luz de Gas. Son las doce de la noche. Algunos minutos más allá de las doce, para ser justos.

Detesto los taxis. Digo: “no, caminemos”. Hay quince minutos hasta su casa.

Quiero caminar y fumar. Nada más. Y que ella se me agarre del brazo.

Mi acompañante. Nada más.

Sé que esto garantizará que todo irá bien en mi vida.

Caminamos por Aribau hacia la Gran Vía.

En la calle Aragón sin venir a cuento, mientras transitamos el paso de cebra y ambos nos movemos tiritando, le digo a mi acompañanante: “tengo ganas de llorar”.

Algo se ha roto. Es el puto frío. Lo sé. Lo noto por todas partes.

Ella se me echa encima preocupada: ¿por qué?

Por la mañana, en la oficina sentí lo mismo. Se lo digo. Y pienso que es una imbecilidad trabajar en una oficina. Una imbecilidad burguesa.

Es antinatural

Dice: ¿pero lloraste?

Niego con la cabeza.

Sus ojos, de repente, me devuelven toda la tristeza que sospecho irradian los míos.

2.

Entonces ella: “abrázame, abrázame”.

Y yo: “no puedo, no, no puedo. Déjame”.

Son las dos de la madrugada.

Pienso en mí -en lo que queda de mí después del frío, quiero decir-,

y en la oficina y en mi nueva novela y en las emociones…

Pienso que antes, en la cocina de su casa, tomando un gin tonic se lo he intentado explicar,

pero no he sabido hacerlo.

Le he intentado explicar la tristeza, le he intentado explicar el miedo y la incertidumbre y querer llorar y no poder, pero me he hecho un lío y he acabado hablando mierda.

Y ella ha dicho: “eres cruel, esto me entristece. Porque luego yo me acuerdo, mañana, y cuando pasan los días. Y tú no”.

En el silencio de su cama

pienso que no es cierto que me olvide de las cosas (ahora cuando escribo esto es sábado y son las cinco y media de la mañana y yo me acuerdo; me acuerdo de la tristeza, al menos).

Así estábamos el viernes, eran las dos de la madrugada o eso, yo rogaba porque ella me dejara dormir, y ella decía “abrázame, abrázame”.

Y yo pensaba: “no, no puedo, lo siento”. Y ya ni siquiera tenía fuerzas para decirlo. Y no quería hablar más mierda.

Pero tampoco quería dormirme, y tampoco quería que esta enfermedad que sentía yo (más en la cabeza sospecho que en el cuerpo) la tocase, a la rubia,

por eso no podía -no debía- ni abrazarla ni acercarme ni… así que me acurruqué en una esquina de la cama, y recuerdo que tenía mucho frío.

Seguía teniendo mucho frío, debería decir. Temblaba, supongo. Los ojos cerrados. y me concentré para ver si podía llorar o aclararme las ideas y al menos tratar de explicar lo que quería decir antes, en la cocina.

Y ella dice: “por dios, ponte un pantalón”.

Y se levanta y me lo busca en el armario y me lo da. Y yo me lo intento poner y no puedo. Pero sé que debería poder ponérmelo porque me lo he puesto otras veces. Pero no puedo. No lo consigo.

Y entonces vuelvo a pensarlo: pienso en la asquerosa tristeza.

Y de lo demás ya no me acuerdo. O no quiero.

Sólo sé que el teléfono ha sonado mil veces, o varias, y yo no lo he encontrado.

Sólo sé que me ha hecho muy feliz verla a mi alrededor, a la rubia, al despertar por la mañana, en su cama, y que he temido como quien teme a la muerte ver en sus ojos el reflejo de mi infinita tristeza.

Pero no, allí no había nada de eso.

Había otra cosa generosa y dulce.

Había una inmerecida munificencia.

Y ya por eso no he tenido más ganas de llorar en todo el día.

Ni siquiera ahora, a las seis de la mañana del sábado,

ya el domingo deberíamos decir, a pesar de este puto frío obstinado que no quiere ceder ni un ápice.

Aunque sigo notando que la enfermedad de la tristeza,

como gusanos adheridos al páncreas, solicita mi atención.

Confío en tener la valentía suficiente para poder desafiarla.

Espero seguir confiando en la generosidad de esos que tenemos cerca y para los que a veces somos -soy- desgraciadamente un auténtico extraño.

A mi pesar,

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