Cosas urgentes

1.

Yo quería hablar del sexo anal,

que es tema que me sacude profundamente el pensamiento en los últimos días (y ya sé que esto suena raro), pero hay cosas más urgentes. Y es que me acabo de cargar el cristal de la lamparilla de noche.

Y las esquirlas no yacen ni pálidas ni desesosas de que las pulan o recogen, sino que simplemente descansan, esos pedazos de cristal echados en el suelo de mi habitación, al lado de la cama revuelta, olorosa y fútil son más o menos el resto de todos estos días anteriores sin escribir.

Por eso es urgente hablar de otras cosas:

de los últimos días huidos y de los gusanos de la escritura. Y de un sueño que acabo de tener, lo he visto claro: una elegía, un conjunto de elegías, lo que vendría a ser -en términos editoriales- una trilogía.

La primera parte ya la escribí, la segunda la tengo a medias y la tercera es una idea a la que debo darle un poco de forma todavía.

Se me ocurrió del modo más raro posible

-la tercera parte-,

leyendo la biografía de Nacho Vidal. Ojeándola, más bien. Trae fotos de él como legionario. De Nacho Vidal. Un espanto. Y está regando con una manguera a una cabra, la mítica cabra de la legión, se supone.

Pero aparece una palabra: Enguera. Y esto es la clave de todo.

Enguera es un pueblo de Valencia. Ya algún día les cuento por qué es tan importante esto. Y tiene que ver con Alytzia Abbondanza, como siempre, pues es el comienzo de todo, de todo lo importante.

Creo.

2.

Hoy, lunes, estoy especialmente contento.

Y en unas horas vendrá la rubia y nos iremos a una fiesta brasileña. Y habrá vinilos, y comida brasileña y alcohol brasileño y creo que hasta una chica brasileña, el resto, producto nacional, creo. Bueno, uno que es medioportugués y que es amigo mío, pero no sé si computa de un lado o del otro.

Pero bueno, habrá un piano y guitarras y gente que sabe tocar el piano y las guitarras. Así que la fiesta promete, igual.

Y hablando de las lamparillas de noche,

me he acordado ahora, viendo las esquirlas en el suelo, que en el blog que tenía antes (Virtudes Decadentes) una vez puse una foto del dormitorio de una casa en la que me quedé a dormir una vez y a alguien que se enfadó conmigo por algo que dije de una performance suya (y es verdad, si una performance no tiene ritmo no es nada, puede ser una muestra, una exhibición, pero una performance no puede ser -eso es lo que dije y no le gustó-, y es que hay que exigirle al idioma que sea preciso, joder).

Pues bien, este chico que se enfadó conmigo vio la fotografía que saqué del dormitorio de aquella casa que no era mía y se veía una lámparilla de noche y este chico dijo que era una lámpara carísima y que él le había regalado una igual a su ex novia. Y se preguntaba como es posible que yo tuviese una si acaso apenas había unidades y que qué buen gusto demostraba yo al tenerla.

Lo que me inquietó no fue tanto que confundiese una triste lámpara de Ikea (tres euros) con una de esas de diseñador cool (2000 euros), lo cual viene a decir poco en favor de los diseñadores de cosas cool o los diseñadores cool de cosas en general, sino que me inquietó más el hecho de que se la regalase a su ex-novia, porque si tu le regalas un regalo carísimo a tu ex-novia resulta que eres rico y desprecocupado o decididamente torpe y estás desesperado.

Porque eso es, en definitiva, tirar el dinero. Y tirar las cosas es signo fatuo.

Sí, ya sé lo que se intenta con ello, lo de que ella te recuerde siempre y estas pamplinas. Pero no es así, porque las chicas saben muy bien manejarse con la semiótica, es una cosa que saben hacer a la perfección.

Del modo que esas fotografías que ponen en los tableros de sus ex-novios ya no se refieren a sus ex-novios, esos con los que se acostaron e hicieron guarradas en la cama y todo lo demás. Sino que son elementos semióticos de un pasado que son enteramente manipulabes, pues lo mismo con la lámpara.

Seguro que se la mira con su nuevo novio y se dice a sí misma, jo qué lámpara tan bonita y por el calor de su novio nuevo la lámpara adquiere una nueva configuración y ya pasa a ser un elemento de la cotidianidad nueva de ellos dos.

Y la semiótica ha hecho perfectamente su trabajo.

3.

Pues bien,

me inquieta el sexo anal, sí.

Pero me corté el pelo el viernes -y hace tres semanas que había tomado la determinación de hacerlo, por lo que no puede decirse que sea muy rápido con las cosas-. Esto me pasa también con la escritura, que funciona como con un retropoyector. Entre el deseo y la acción media una distancia terrible.

Bueno, pues que no me acostumbro al pelo, que me están saliendo por el cogote con una libertada libérrima (oops) y siento como si llevara matas de pelo pegadas al cogote y no un ejército ordenado de pelos fieles, modélicos y serviles.

Y lo que tampoco acabo de entender muy bien es cuál es el funcionamiento de las cuatro o cinco canas que me han salido en los laterales de la cabeza.

La gente -las chicas- dicen “es sexy”. Pero no es sexy.

Es una prueba subjetiva de que las cosas se están volviendo urgentes, que no se debe detener uno a entretenerse con pamplinas, sino que hay que acometer con las cosas necesarias e ineludibles.

Sólo que… bueno, yo quería hablar del sexo anal, que es un tema que me cautiva y horroriza a partes iguales, pero soy incapaz de decidir si es una cosa urgente, necesaria e ineludible o un capricho ultrahedonista del siglo XXI.

O simplemente una excusa para escribri este post, porque hacía muchos días que no venía a escribir aquí, y no sé en realidad si lo echaba de menos o no.

No lo sé.

De lo que me acuerdo ahora es de que la primera colección de cuentos que escribió Hemingway se la censuraron porque en uno de los relatos hablaba explícitamente del sexo anal.

O sea que el sexo anal era algo que a Hemingway también le preocupaba.

Esto me tranquiliza, ciertamente.

Por el momento.

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