Cosas que se parecen

Maria del mar Monty

María del mar Monty. "Me quiere mucho, poquito, nada"

1.

El otro día

-el jueves- vi a mi padre en el autobús 58, camino de plaza Catalunya.
No era mi padre, realmente, sino un señor que se le parecía bastante.

Un hombre que miraba al suelo, que luego miraba por la ventana, un señor que, en suma, no se dignó a direccionar sus ojos sobre mi campo visual, ni un sólo segundo; un señor que miraba todas las cosas, los ángulos más insospechados y que, sin embargo, no se decidía a confrontar lo verdaderamente importante, igual que mi padre. El hombre del autobús.

Llevaba el pelo cano y corto, era cabezón y llevaba vaqueros y parca.

Mi padre.

Bueno, el hombre que se le parecía, en el autobús 58, camino de Plaza Catalunya…

Y un reloj en su muñeca, barato, funcional, de correa negra de plástico y grandes números digitales.

Casio, puede ser.

Y una carpeta por la que asomaban algunos folios, en la mano derecha, apoyándosele en el costado.

Zapatos marrones de cordones, de gamuza; o acaso cuero sintético, no lo recuerdo.

Y el resultado de nuestro encuentro fue igual que si hubiese encontrado a mi padre -al real, digo-: un señor que no me miraba y que no respondía a mis palabras fue aquel que encontré en el autobús y se parecía a mi padre. Era como él,

incluso podía haber sido él y nada hubiera importado ni cambiado sustancialmente nuestro encuentro.

Ni mi vida. Ni la suya.

Porque nuestro último encuentro -el real, digamos- fue así:

yo bebiendo una cerveza y él leyendo una revista.

Y gente a nuestro lado hablando de esto y de aquello. Y nosotros en silencio, yo saboreando mi cerveza y él paladeando las palabras impresas en la revista.

Es una cuestión de fe, me dije, pura fe, me dije,

mientras miraba al hombre cano del autobús que se parecía a mi padre.
Le dije -a él y a mí mismo-: tú, tú eres mi padre. Señalándole.

Y el tipo, al reconocerme, se bajó del autobús, asustadizo y cobarde e indiferente, en la esquizofrenia de ser anuente y renuente a un mismo tiempo, y, sin saludar ni despedirse ni desearme buena suerte para mis cosas, sin ni siquiera haber abierto la boca, pero sin embargo con esa lentitud desasosegante de la que se sirven los que no acaban de querer hacer las cosas, pues desapareció.

Zum!

Del mismo modo que ese hombre real al que llaman mi padre hace ya varios años que lo hizo,

tal vez desde el mismo momento en el que yo guardo constancia de haberlo conocido.

Y, sin embargo -a ojos de los demás-,

siempre ha parecido otra cosa.

Siempre ha parecido que yo era su hijo y el mi padre.

Y esto es así por la fe: porque las personas interesadas en esto se ocuparon largos y tediosos años en decir todo el rato: padre, hijo, padre, hijo… padre, hijo, padre, hijo, hasta que todo el mundo se lo acabó creyendo.

De pura martilleante repetición.

2.

Dice Alberto Fuguet que los blogs no son literatura, que son vida literaria.

Pero para mí no hay mucha diferencia entre ambas cosas.

Porque la literatura necesita del oxígeno de la vida, y viceversa.

La literatura también es cuestión de fe.

Una novela no se escribe y, menos aun, se concluye, sin tener fe.

Nadie confía en la novela de uno, pues se trata de una novela que no existe.

Entonces no tiene que ver con el talento ni el trabajo, aunque también. Ni siquiera se trata de tener un buen personaje o saber concretar las técnicas narrativas o acaso de que el sujeto venga siempre antes que el predicado y el verbo en el medio en todas y cada una de las frases de tu novela.

Qué va.

Eso son apenas detalles. Nimiedades.

La vida literaria es literatura y viceversa.

Me parece que Fuguet a lo que se refiere es que hay mucha gente que lo que quiere es dar una apariencia de vida literaria a su quehacer diario y una apariencia, una pátina digamos, de literatura a eso de juntar palabras que tengan una clara estructura de sujeto primero, verbo después y, al final, predicado.

Y lo va repitiendo, un día y otro, un día y otro, un día y otro…

Cuando la sintaxis se hace pasar por literatura y los demás se lo creen, a eso se refiere Alberto Fuguet.

A lo que solo es apariencia.

Pero eso no tiene nada que ver con la literatura. Quiero decir, no es culpa de la literatura.

Ni mucho menos.

Aunque, desde que yo recuerdo, siempre ha habido gente obstinada en confundir una cosa con la otra,

en forzar sus parecidos.

3.

Es Eduardo Lago, pienso,

mientras miro a una de las mesas que hay en la esquina. Estoy en un bar del Born. Tarde/noche del sábado.

Hoy. Hace un rato.

Le digo a V.: mira, es Eduardo Lago.

En otra mesa hay un equipo de judo, con sus chandals en los que pone “Judo”. Se están tomando cervezas. Son cinco o seis. Chicos y chicas. En la mesa siguiente está Eduardo Lago.

Me dice que no sabe quien es Eduardo Lago, V.

Es más delgado, menos feo, menos cabezón y tiene más pelo, esto es cierto. El hombre que yo creo que es Eduardo Lago.

Aunque yo no encuentro ninguna razón cabal para no determinar que ese que está a la mesa junto a su mujer y a otro escritor cuyo nombre no recuerdo -y su mujer- sea Eduardo Lago.

Y V. repite: es que no sé quién es Eduardo Lago… -y lo mira entretanto. Y dice: no, no sé.

Y yo pienso que qué coño importa. Así que se lo digo: “qué coño importa”.
Dice V: ¿es un escritor ese Lago?

-No sé -le respondo- eso dicen, yo nunca lo he leído. Así que…

Y le digo que quiero irme de allí.

Y V. dice: “Espera, tomaré otra cerveza”.

Y me habla de La cartuja de Parma, de Stendhal. Lo está acabando de leer.

V. se toma parsimoniosamente su cerveza. Pienso en que me encantaría que se la bebiese muy rápido.

Inquiere: “Seguro que no quieres otra?”.

No contesto. Pero sacudo la cabeza. Un gesto de desánimo.

No quiero beber. Esto me extraña. El no querer beber.

Y V. habla de guitarras y montar un bar y precios de las cosas y pisos de treinta metros y compartir casa con una mujer y cuántas guitarras te parecen muchas si diez o doce y de amplificadores y de válvulas y Fender y todo el mundo quiero los Marshall y a mi no me importa nada más que la primera frase de la novela que estoy escribiendo.

Sólo tengo esa frase. Dice: Nací en Noviembre. La frase de la novela que estoy escribiendo.

Y V. entonces me habla de una serie de tv -de la Fox, creo- que se llama Californication.
Es un escritor que no escribe, me dice, que está enamorado de su ex mujer y que le encantan las mujeres, dice V., pero que es un desastre, en general, pero que, si embargo, es un encanto, en particular. Dice: tienes que verla. Es como un Bukowski light, digamos. Mola.

Al llegar a casa localizo la serie y veo los cinco primeros capítulos.

Ahora son las tres treinta y cuatro de la mañana del domingo.

Se acaba de terminar el quinto capítulo. De Californication.

En él, la novia de Hank Moody -el personaje del escritor que interpreta David Duchovni- le reprocha a éste:

-Amas a las mujeres, pero te odias a ti mismo, por ello cualquier mujer que esté contigo debe ser una estúpida, sea quien sea… yo misma.

Y tengo la sensación de haber escuchado esta frase unas cuantas veces antes.

Pienso en lo que se parecen las cosas y, sin embargo,

en lo tanto tanto tantísimo que se parecen las cosas y,

sin embargo,

que no, que no son iguales. Nunca son iguales.

Las cosas, todas las cosas, son diferentes. Siempre diferentes.

Por mucho que nos empeñemos en lo contrario.

Atreverse a defender la singularidad de las cosas es pura cuestión de fe, pienso.

O de pura locura.

Ambas cosas, quería decir.

Ese episódico equilibrio entre el ser y el parecer es el que solamente se experimenta en el arte.

Creo. O me gustaría pensarlo. Asi me lo parece, pues.

No, la verdad es que no lo sé.

Ni idea, pero me gustaría.

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