Angst

Llegó a la conclusión de que todo lo bueno que le había pasado no era sino una forma de tortura superior y más inteligente, una técnica sutil para generar sufrimiento a partir de la felicidad [1]

Son las once y media am y estoy sentado en el computador.

Viernes.

Me he tomado un café y una tostada.

He fumado ya unos cuantos cigarrillos.

Hoy no trabajo, tengo fiesta, si al festejo de unas horas que a uno le deben se le pudiera considerar pues asueto. Porque tengo otras cosas que hacer, o no tanto que hacer, pero sí que pensar.

Tengo mucho en que pensar. Esta frase sí podría resumir algo, digamos.

Algo que es importante en este justo momento.

Uno se cree feliz y atento a las cosas que durante los minutos del día nos bombardean las axilas y el iris y la córnea y el conducto auditivo externo, yunque, martillo, ventana oral, tal vez el conducto endolinfático, o no.

Cosas que parece que extrañan nuestra médula y allá que van y vienen

y quieren habitarla de profundo y les dejamos y… ah, y… dueeeele! parecen regocijo y

Quiero decir, que no,

que todo es cosa de piel, que la vida resbala en los pelos y el mapa de poros del cuerpo sulfura por cosas menos… cómo decirlo, menos espectaculares, menos felices pero más cotidianas: como echar un polvo a mediodía, como escribir las primeras líneas de una novela.

Este era mi plan, en verdad, para hoy.

Y, sin embargo, ¿se pueden creer? estoy contestando mails del trabajo…

esto es demencial, ¡dios mío!

qué torturas tan sutiles pero tan bestias que nos imponemos con la mayor liviandad.

Y sólo por… sólo por regocijarse en un que uno tiene un buen trabajo en tiempos de crisis, sólo por.. por pensar que eso nos salvará, dará consuelo y nos calmará.

¡Ja!

¿Se dan cuenta de qué tipo de educación tan preclara hemos (he) recibido?

Acórdemonos de Habermas:

“everyone is allowed to question any assertion whatever”

Acordémonos de Judith Williamson:

“obviously an ideology can never admit that it began because this would be to remove its inevitability”

Vale, todo bien, sí,

pero… ejem:

¿qué ocurre cuando uno es su propia ideología, eh, qué hacer frente a eso?

Yo tengo la respuesta: Matar a la M(ed)usa.

Compren La Bolsa de Pipas y sabrán qué hacer en estos casos.

Ah, y escuchen a Gerry Mulligan.

[1] Verónica Watt Bozzolo. Flores para Hitler. Cuento Ganador del Concurso de Relatos 2008 de la Revista Paula.

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