Te lo juro por Naty Abascal

Las mujeres aprenden a valorizar la cooperación y las relaciones; a despreciar la excesiva reglamentación y las estructuras autoritarias; y a pasar por alto ciertos conceptos abstractos, como la búsqueda del triunfo [1]

Dorada al horno.

Con patatas. Con tomates. Vino de bodega. Y mejor conversación. Hoy.

Esta noche.

Una conversación llena de planes y futuros logros. Hitos, por decir.

Cena en casa de Riki.

Sin mujeres.

Y qué bien. Pero qué bien… al salir a la calle -y apenas eran las once, y no estaba ni remotamente borracho- todo me parecía radiante, calmoso, pulcro y amable;

había un grupo catalán de danza folklórica ensayando esa típica canción de la película de Mary Poppins.

En la plaza de la Catedral.

Y luego hacían cosas como de can-can francés, levantando briosas las piernas; cabaret en el medio de una plaza que siempre suele estar o llena de turistas o vacía o invadida por los secuaces del ayuntamiento: esa gente de verde y que se ocupa de llenarlo todo de agua freática.

El grupo se componía de catorce o quince personas, más una chica que era como la directora y encendía y apagaba un radiocassette e iba dando instrucciones:

Ellas (unas diez) llevaban falda sobre los pantalones.

Ellos (tres no más) llevaban pantalones cortos: uno pantalones del barça y los otros dos pantalones negros cortitos, casi ridículos.

Ella, la directora, la del radiocassette, vestía una falda negra. Y no llevaba pantalones debajo. Ni leggins ni nada. Sólo unas estupendas piernas de chica catalana.

Estas cosas te dicen mucho de la gente.

Te dicen que el triunfo, en realidad, es algo tan abtruso como desafiar una plaza llena de turistas, o de policias o de los operarios de BcNeta;

te hablan de cómo una plaza concebida para el show-off se convierte de repente y, sin mayor protocolo, en un improvisado local de ensayo.

Es esa una de las ventajas de ser mujer,

que sabes conciliar tus necesidades con el entorno.

Lo llaman conciencia ecológica.

Los hombres tenemos que encontrar la felicidad en una dorada al horno.

Y en un brick de cinco litros de vino de bodega.

En la conversación que creemos nos llevará a algo, a alguna conclusión; nunca la conversación misma.

Y así, al llegar a casa…, ejem, esa silenciosa desesperanza… ¿o desesperación?

Da igual.

Somos hombres, nunca lo reconoceremos.

No nos han educado para eso.

Es la desventaja de ser hombre. Quizá.

[1] La ventaja de ser mujer. Sally Helgesen. Ediciones Granica. Barcelona. 1993. [pág 60]

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