Hacerse más mayor

1.

“Es extraño, pero no somos más que el reflejo de lo que tenemos alrededor. Aunque entonces quizá no seamos nada…” [1]

Leía a Umbral, en la cama. El viernes por la noche.

Es halloween, pero yo no soy americano, ni siquiera soy; hoy, viernes.

Leía “Diario de un escritor burgués”,

y entonces me he dado la vuelta, en la cama, al ponerme de costado se han asomado los boxers bajo el pantalón negro, y los boxers -morados y con rayas- me han soprendido. Es curioso como a uno le asombra su propio criterio, pues no recuerdo si fue el gusto, la necesidad o la insoportable urgencia quien me llevó a elegir estos boxers, exactamente. Y son del Celio. Quiero decir…

Dice Umbral:

“porque la vida siempre es cínica y nos acaba dando lo que queríamos, pero de otra forma, con otro rostro y otro sentido” [2]

2.

Ayer alguien, a la tarde -viernes-, una editora -con su habitual pizpireto titubeo-, me habló de paraguas.

Porque llovía, mucho.

Dijo: “a cierta edad, bueno ya yo… porque antes yo no llevaba nunca, de jovencita jamás pensé en los paraguas, bueno, pues a cierta edad decides que es una buena idea comprarte un paraguas”.

Me invitó a un café pero le dije que prefería quedarme mirando felizmente la lluvia, notar el chispeo del rebote de las gotas sobre mí, cayendo de las cornisas.

Una cosa que me encanta es que todas las mujeres, sea cual sea su figura o atuendo, en todas ellas habita una niña feliz y atemorizada. Incluso en las editoras.

Veo eso al seguir su estela cruzando atemorizada pero valiente la calle con sus disparos de lluvia, el pelo cano y brillante, la cabeza gacha. El bolso marrón muy apretado al costado. Y la gabardina.

Es tierno descubrir siempre esto: esa delicadeza omnipotente. Incluso las mujeres más malvadas lo tienen: una niña a la que negaron el juego, probablemente. O se sabía demasiado niña como para poder gozar simplemente de ser algo, y disfrutar.

Por eso el disfrute, en la tardía edad adulta, es algo que las mujeres reclaman como un derecho inalienable.

El disfrute de sí mismas. Te obligan además a que se lo reconozcas.

Y tienen razón.

Todas las mujeres, en el momento en el que te lo reclaman, tienen los ojos glaucos.

Es una máxima,

igual que la llegada del paraguas te instaura en la vida adulta.

3.

Pensaba ayer -viernes- que hacerse mayor es sólo una cuestión de olores.

Los niños huelen todos igual: huelen a Nenuco. Los jóvenes apestan a alcohólica alegría y los adultos a corrompida preocupación.

Los olores no nos identifican sino que forman parte de nosotros: todos olemos, en el fondo, igual. El sudor igual para todos, el semen huele -y sabe- parecido y todo se mezcla con una exhalación de sal marina.
En el fondo todos somos mar; moluscos envalentonados, podríamos decir.

Convertirse en seres civilizados y, por tanto, crecer, se materializa en la disputa del olor. Cuando se crece nadie quiere oler ya comos los demás, no quiere formar parte del grupo, las mujeres sobre todo. Las mujeres esto lo experimentan quizá más pronto que los hombres. La civilización femenina quizá se manifieste en esa precocidad para el olor y el manejo del sexo.

A mi me ha ocurrido que siempre que he utilizado perfumes de mujer. Últimamente “Agua de Rosas” de Adolfo Dominguez. Siempre me lo regalan, además, mujeres. Nunca he comprado un solo frasco.

Sucede pues que el otro día mi jefa me trajo de Dublín una colonia de YSL, no recuerdo el nombre, Opium, quizá o algo así. Pour Homme, claro. Teníamos un acto social a la caída de la tarde. Y me la puse.

Se mezcló con la otra, la de mujer, ya algo atenuada por las horas sobre la piel y la ropa. Y salió ganando la de YSL. Me acerqué a varias chicas para que me oliesen, pregunté. Por cerciorarme. Dijeron que no estaba mal.

Y fue extraño pues durante toda la velada sentí como un pequeño tabique entre yo y el mundo.

Quizá sea esto de lo que vaya el crecer:

ponernos un disfraz de aletas y cola y branquias para permitir que cada vez el mundo sea más mundo civilizado y ausente y ajeno y nosotros cada vez más sal marina, o bueno, menudo acuario vistoso donde solo nada un pez panzurroso y preñado de sus propios deseos, siempre pronto a ser satisfechos, pero todavía ahí en la barriga.

Sí,

tal vez crecer se parezca bastante a esa sensación de inaudita trascendencia que tiene una mujer cuando se ocupa en una burbujeante felación,

y todo explota desordenado y todo se mezcla en el aire y nadie de los dos sabe muy bien qué añadir.

¿Es esto indigno?

se preguntan esos cuatro ojos justo en el momento en el que todo ha pasado… Nadie lo sabe.

Yo no lo sé.



[1] Julio de la Rosa en entrevista con Rafa Angulo. Zona de Obras. Nº 53. Otoño de 2008.

[2] Francisco Umbral. Diario de un escritor burgués. Pág 49. Ediciones Destino. Barcelona 1979.

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