Careful!

Que la tristeza es un derecho

Manolo Tarancón.

1.

Llueve,

a las siete y cuarenta y cinco de la tarde del martes,

aunque esta mañana -a las nueve- no llovía,

y esta no es la razón por la que salí de casa sin paraguas. Esta mañana.

Es harto más sencillo: es que nunca he tenido un paraguas;

no sabría además dónde comprarlos, cuál elegir. O qué hacer con él, si es que alguien se aviniese impúdicamente a regalarme uno.

No sé vivir con paraguas. Es una cuestión de actitud, supongo.

Y las actitudes se pagan.

Esto lo sé.

2.

Iba caminando por Pelayo, iba pensando en todas las cosas importantes -las que creía en ese momento son importantes- y cuyo número -según mi cerebro las procesa- me parece aterrador.

Esta tarde

Caminaba sin dejarme arredrar por la lluvia.

No llovía mucho, empero, aunque sí lo hacía de un modo profuso, de ese modo en el que saben caer orgullosas las grandes gotas cuando ya la comparsa chispeante y revoltosa de la lluvia primera ha hecho su trabajo.

Las zarpas de la lluvia en el cogote y hacia delante del cráneo me iban quitando la gomina del cabello

-lo intentaban-.

Pero yo no cejaba -no en mi empeño sino en empeñarme en seguir-,

e iba caminando cierto y raudo

-o al menos intentándolo-,

iba caminando con la prisa del hombre que no va a ningún sitio, porque ya ha habitado todos los lugares.

O eso cree.

3.

Pensando iba en todas esas cosas que me turban:

la ropa de invierno, el alquiler, un viaje a Berlín, libros que estoy leyendo (Noteboom, Noteboom), la lluvia dócil de cara rabiosa, la novela Alytzia Abbondanza (una novela que escribí hace cinco años) , el cuerpo blanco de una mujer rubia, las citas desatendidas…

Giro a la derecha por las Ramblas.

Y sigo en lo mío:

primero un pie, luego el otro, esquivar las varillas de los paraguas, la columna erguida a pesar del frío la lluvia el lunes, pensar en cómo hacer para llegar a todo.

¿Cómo?

Escribir, pensar en escribir. Escribir con la mente mientras se piensa en ello.

Y se piensa también -esto no se puede evitar- en algunos problemas más o menos graves

-acuciantes, ineludibles-;

cruzo el paso, un desliz, la suela del otro zapato sigue a la primera en su improvisada finta de esquí, en un segundo el universo se va reduciendo y cada vez la vista cae abajo más abajo abajo del todo,

contemplarse a uno mismo sin querer mirarse, poner la cadera de lado

-esto lo aprende uno de niño en el taekwondo-

y amortiguar el golpe.

Un golpe risueño, de efebo torpe. Un golpe, una caída de lo más tonta.

La voz de un viejo: “cuidado, no te hagas daño”.

La bolsa, al lado de la cadera (con apuntes y libros y la pda) me ha acompañado en el giro,

por lo que no presenta desperfectos.

Me miro los pantalones de cuadros escoceses, tampoco nada.

No me he mojado ni los pantalones ni el sweater, sólo el cabello, la parte derecha de la cabeza que se ha golpeado contra el suelo. Pero no he notado el golpe.

Diría que mis ganas de llorar, la vergüenza por si me ha visto alguien, mi honor, la dignidad; el pundonor, vamos… deberían atacarme ahora con el más inhumano dolor.

Debería ocurrir ahora mismo que saliese corriendo, ponerme rojo o acaso maldecir a todo dios. Quedarme encerrado días enteros en casa, emborracharme por ser tan patán… culparme con el azote vil, desagraviarme por esa culpa incierta que nunca he sabido por qué me viene azotando toda la vida en el costado.

Me pongo en pie, levanto la vista. Son segundos. Son segundos lo que pasan… apenas dos, tres, cinco.
Todavía sin haber tomado una decisión dejo que pasen esos segundos: dos, tres, tal vez seis.

Veo un letrero rojo y azul. Pone: Carrefour.
Me he caído en la puta entrada del Carrefour,

¡lo ha visto todo dios!

Me he caído como un lerdo en la maldita puerta del Carrefour de las Ramblas.

Todo yo: no me he resbalado, ni he trastabillado, no; me he quedado perfectamente acostado en el suelo de la entrada del Carrefour y, sin embargo, ni me he manchado los pantalones ni el sweater, sólo el cabello engominado, sólo la parte derecha del cráneo se ha visto afectada.

Y no me duele.

Pienso de un modo rápido en mis zapatos, que no son unos zapatos baratos precisamente.

Pienso en la suela de mis zapatos. Esa suela del zapato izquierdo se ha distraído en una finta de esquí y le ha seguido en la fiesta la suela del pie derecho y… me he caído teatralmente en el suelo.

El espectáculo de la vida es parte del ridículo.

(Es lo primero que pienso)

No me reconforta el pensamiento, esto es cierto, pero acto seguido pienso:

“¡qué bien, se me olvidaba que no me queda azúcar en casa!,

pienso:

“¡menos mal que me he caído en la puta puerta del Carrefour!”.

Y me sacudo la vergüenza como quien se sacude las pulgas.

Me peino bien, con la mano, pero bien bien.

Y compro diligente azúcar, y café y leche y pan de molde y mozzarela y napolitanas de chocolate.

Y nada, pero nada de alcohol. Ni una gota.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s