Roman à clef

Buscando nada / en ningún lado

Enrique Urquijo

1.

Lo que uno llama “un verdadero lío” varía según las circunstancias de aquel que esgrime tal enunciado:

“me encuentro en un verdadero lío”.

Lo que unifica siempre tal aserto es que de veras el sujeto advierte que la situación escapa a su control.

Se podría decir que yo me encuentro en un verdadero lío,

sin modo de saber cómo actuar sobre él o de qué modo salir por la tangente del problema.

Y, más aún, evaluando si esto es posible

-tomar alguna decisión al respecto-.

2.

He probado a dormir unas trece o catorce horas.

Es lo que siempre pruebo en estos casos.

Desde ayer.

Como para tratar de despejar la mente y que las ideas estuviesen un poco más claras. Si es que a este cerebro tonto mío le queda alguna.

Y el resultado ha sido nulo.

El domingo ha amanecido sórdido, con voces de tardíos ingleses borrachos caminando hacia sus hostals baratos de mierda. Aunque se podría pensar que adónde realmente iban es a uno de esos miserables brothels con mujeres gordas celulíticas de pelo estropajoso.

Hijos-de-puta-gritones ingleses que pronto serán mis convecinos.

O sea, que poco se ha avanzado en la cuestión -poco he avanzado, quería decir-.

Pienso en Londres. Febrero. Quiero irme ya.

Ya mismo.

3.

Las decisiones.

He aquí el punto central del problema.

No me demoraré más en exponer la cuestión: uno no toma las decisiones.

Hablo de cuestiones sentimentales… hay una canción de Los Brioles que se llama ” soy un muñeco en tus manos”.

Ese es exactamente el tema que nos ocupa.

He estado haciendo memoria personal.

Y para mi asombro

-y esto porque yo siempre considero que controlo las cosas

(la ilusión del yo dominador, of course)-

la elección siempre la han tomado las mujeres por mí. Siempre.

Lo unico que se me ha permitido ha sido “quemar las naves”, es decir, pegarle fuego a todo, destrozarlo y salir corriendo por entre las llamas,

con las suelas quemadas de los pies y un ligero hedor a carbón en el alma.

Simplemente una mujer se te sienta al frente y te dice:

“por sobre todas las cosas, te elijo a tí”.

Y ya está.

Digas lo que digas, la vas a cagar. Es decir, importa una mierda lo que digas.

Poco importa lo que tú opines. Digas lo que digas, la vas a cagar. Este es el hecho.

Por eso me resulta tan gracioso lo que me dijo alguien el otro día, refiriéndose a una fotografía en la que salimos cierta señorita y yo en una fiesta, dijo: “joder, pepe, pareces un don juan”.

Qué ironía, ¿no les parece?

Tomen en cuenta este dato -por si no lo saben-, se ha demostrado -los especialistas, esa gente, académicos y tal-, pues han demostrado que los diarios de Casanova eran falsos en un 80%,

más o menos.

O sea que eso tipo de hombre sencillamente no existe.

Algunos jugamos a emularlo, pero sólo es eso, un juego.

Un puto juego.

4.

Sobre la mesa, al lado del mac, ahora -domingo a la mañana- hay un Ribera del duero vacío.

Ni lo recordaba.

Tres paquetes de tabaco vacíos. Revistas.

Tengo la sensación de haberme levantado en la habitación de otro, de cualquier otro; y de que hoy no es domingo, 12 de octubre de 2008, sino cualquier otro día del futuro en el que todo se ha acabado.

Un libro que me regaló ella ayer por la mañana,

ella, la que ha mandado a su novio a paseo -por mí-:

“Asylum” de Patrik McGrath.

Dice la contraportada:

“In the summer of 1959 Max Raphael becomes deputy superintendent of a remote hospital for the criminally insane. His wife Stella -beautiful, isolated- befriends a partner, Edgar Stark, and the affair between them develops into an obsessive, destructive love…” [1]

Miro la botella -de nuevo-,

entonces me viene la imagen de un cuerpo desnudo -el suyo-, y el cabello rubio en un revoltijo, vista ella por detrás, corriendo mi cortina roja por la que se quería asomar el sol del sábado por la mañana.

Y las lágrimas… joder…, por qué, por qué siempre tiene que haber lágrimas, coño me estoy hartando de esto.

Es que ¿saben qué? No me lo creo, simplemente no me lo creo.

O sea, mejor dicho, me lo creo y justamente por saber que me lo estoy creyendo sé que estoy equivocado.

Pero recordemos a Jose Carlos LLop:

“las mujeres siempre salen indemnes del amor”.

5.

Las lágrimas duran lo que duran, pero el amor -o mejor dicho, los cascotes del amor- perduran como una mala gripe que no se cura del todo; nunca.

Y a los hombres mínimo se nos queda una cornada en el costado, unos cuantos puntos de sutura por aquí y por allí. Los hombres no lloramos, pero nos llevamos la peor parte. Siempre.

De repente ella me dice, el sábado por la mañana, “te elijo a ti”.

Y esto reviste la mayor gravedad. El lunes le dijo a su novio que cogiera sus cosas y se largara de su casa.

Y añade: le largué de casa por ti.

Y me contó, además, cómo se rió de él al verlo con la maleta, indefenso, miserable, ruín, saliendo de su casa.

Despreciado, camino de ese destierro incierto con que siempre concluye el amor.

Uno se pregunta entonces,

¿no será ese el destino que me espera a mí, inexorable… dentro se X tiempo?

¿no será esto una advertencia?

6.

En la cocina, ahora, suena la cafetera alemana.

Deben ser las once de la mañana o así.

Es Oliver,

para él, Oliver

-que está utilizando la cafetera-

seguro es un buen día,

un magnífico día.

Ahora se tomará con gusto el café, el croissant, irá luego a buscar a su novio, se marcharán al Beach Club, nadarán en la piscina, se tomaran una copa en la terraza, comeran en algún japonés del gótico… y a la tarde probablemente quedarán con amigos, felices todos, bailarán en alguna fiesta de estas de domingo por la tarde…

Ayer, medio en broma medio en serio, me dijo: ¿quieres ducharte conmigo?

Dudé durante unos segundos.

7.

Son las doce y media am, más o menos, del domingo.

Debo llevar ya como cinco rones. No se me ha aclarado nada, entretanto.

Y no tengo más ganas de escribir. Me da igual.

La escritura, lo único que da sentido a mi vida, se me está muriendo.

Y con ello me estoy muriendo yo.

8.

Es domingo, son las ocho de la tarde.

No tengo sueño,

simplemente quiero echarme sobre la cama, cerrar los ojos y no abrirlos al menos hasta que haya pasado la lluvia o esta oscuridad, porque no quiero escribir sobre esto, es demasiado comprometedor;

no, no quiero escribir sobre este verdadero lío en el que me encuentro.

Hoy no.

Y no tengo sábanas sobre las que dormir. Y llevo la chaqueta puesta dentro de casa. Y fumo.
Mis sábanas están todas manchadas de semen y jugos varios. En la lavadora.

No tengo fuerzas ni motivo para levantarme de esta silla y tenderlas.

Así que hoy no habrá sábanas.

Sólo una cama absurda con un nórdico de plumas que también tiene manchas vergonzosas de semen.

Este es el problema de los hombres,

al fin, joder, que lo manchamos todo de semen.

Y luego no nos queda otra que pegarle fuego a las cosas, y tratar de salir orgullosos con la cabeza en alto.

Lo único que nos queda es poner todo nuestro empezo en salir a la calle con la cabeza erguida y las maletas donde tintinean los restos del amor y que nadie note las cornadas que nos hacen sangrar el alma.

Y no llorar, llorar nunca.

Un hombre no llora, joder.

[1] Patrick McGrath. Asylum. Penguin. London. 1997.

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