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Cartografía Sentimental (XXXVI)

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

 

1.

El comentario Espejos Rotos del filósofo Fernando Broncano en su blog El Laberinto de la identidad -aquí- al respecto de la narrativa especular (ya presente en el corpus cervantino) y que eso a lo que se ha venido en llamar postmodernismo vino a cargarse.

Dice así:

“La posmodernidad fue una ilusión de los mercados editoriales. Toda su propuesta fue romper los espejos, multiplicar las imágenes.”

2.

La excelente nota de Cristina Siscar sobre Mario Levrero para Página 12 donde habla de su escritura, de su proceder creativo y de cómo se desarrollaban los talleres de literatura que Mario dictaba en su casa y donde Cristina nos explica cómo:

“Su visión [la de Levrero] capta en la minucia la locura de lo cotidiano.” [1]

Esta cotidianidad misma que había en La novela Luminosa y de cuyos días de gestación (y últimos de la vida del escritor) fue testigo Cristina Siscar.

[1] Cristina Siscar. El Pozo y el Péndulo. Página 12/Radar. 19-09-2010.

 

3.

El optimismo de Marc Fumaroli al respecto del advenimiento de la literatura y su negativa a llamarme arte al arte contemporáneo, cuando dice que:

“La literatura, cuando vuelva, será la literatura de lo grotesco, porque hacer reír ya es curar. Hacen falta dos o tres Rabelais.

“No hay derecho a utilizar la palabra arte para lo que se llama el arte contemporáneo, no lo llamemos así; habrá que inventar otra palabra, tal vez entertainment para millonarios” [1]

[1] Marc Fumaroli en entrevista con J.M. Martí Font. No llamemos arte al arte contemporáneo. El País. 28-09-2010.

4.

La sutil y hermosa nueva secuencia de anotaciones [Crepusculares -aquí-] del poeta José Ángel Cilleruelo donde habla de los autores leídos y de los no leídos y en la que dice esperanzadoramente que:

“La memoria guarda lugar, siempre, para autores que nadie ha leído”

*Actualización (04-Octubre-2010) // Segunda entrega de Crepusculares: aquí.

*Actualización (08-Octubre-2010) // Tercera entrega de Crespusculares: aquí.

*Actualización (12-Octubre-2010) // Cuarta entrega de Crepusculares: aquí.

*Actualización (16-Octubre-2010) // Quinta entrega de Crepusculares: aquí.

*Actualización (20-Ocubre.2010) // Sexta entrega de Crepusculares: aquí.

*Actualización (24-Octubre-2020) // Séptima entrega de Crepusculares: aquí.

5.

Los siguientes versos del poeta norteamericano Michel Gizzi y que desgraciadamente son demasiado ciertos en esta sociedad nuestra contemporánea, donde nadie es capaz de asumir sus propias responsabilidades.

In memoriam.

“True or false: Infantilism is a kind of anorexia of the soul symptomatic of the grownup
desire for a second childhood” [1]

[1] Michael Gizzi. Hours dismembered. El poema se puede leer completo aquí.

- – - – - – - – -

BOLA EXTRA:

 

El periódico chileno La Nación anunció hoy que la editorial Anagrama (como era de prever) publicará en Enero de 2011 una nueva novela inédita de Roberto Bolaño en la que éste trabajo durante los 90 (cuya existencia se anunció en octubre de 2009) y que llevará por título Los sinsabores del verdadero policía.

En ella:

Amalfitano y Archimboldi (los personajes de 2666) vuelven a verse las caras” [1]

[1] Javier García. Los sinsabores inéditos de Bolaño. La Nación. 03-10-2010.

*Visto en La Vida Retirada -aquí-.


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Desasosiegos

“Todo lo que duerme es niño de nuevo. Tal vez porque en el sueño no se puede hacer mal, y no se da cuenta de la vida, el mayor criminal, el más redomado egoísta es sagrado, por una magia natural, mientras duerme” [1]

1.

Pues así, siendo niño de nuevo,

he estado la mayor parte del día de hoy y de ayer.

Con la recatada ilusión de quien busca un improbable tesoro bajo las sábanas.

También fui a los cines Renoir, y a la Penúltima a tomar varias Moritz, es cierto.

Y he (re)leído en varias ocasiones el arranque de “The Wild Palms” de William Faulkner, por una cuestión de tono.

Y es que así como se afina un instrumento, hace uno con la prosa propia. Hay quien se sugestiona con canciones que suenan en el equipo hi-fi o en el tono monótono del silencio.

Otros como yo, preferimos dejar que sea la agitación del corazón la que nos gobierne a través de las palabras de los más grandes.

A este respecto, no puedo continuar un sólo segundo más sin mencionar a Fernando Pessoa.

2.

“En efecto, duermo, pero no sé si duermo” [2]


Si para la construcción de mi primera novela utilicé “El oficio de vivir” de Cesare Pavese, para ésta en la que ahora trabajo, utilizo el “Libro del Desasosiego ” de Fernando Pessoa.

Y es un dato que merece destacarse y es que ambos libros no son de mi propiedad.

El primero, el de Pavese lo robé de la biblioteca de mi padre (hace unos seis o siete años) y el de Pessoa se lo he robado a Ángela

[y mira que he curioseado su biblioteca cien veces y deben creerme si digo que lo había visto pero él no me había mirado hasta hace unos días].

No se trata de que estos diarios/libros nos sirvan como inspiración o estímulo, sino como apoyo espiritual.

Igual que al cristiano le sirve la biblia como consolación y refugio, así me sucede a mí con “El libro del desasosiego”: me conforta, ayuda y dirige mis pensamientos torvos hacia la buena luz clara.

Lo llevo por todos sitios de la casa, lo mantengo cerca de mí y dejo que sus palabras me iluminen a cada poco. Y es que leo muy pocas líneas cada día. Muy pocas.

Poquísimas.

A veces, unos solos párrafos me son suficientes para calmarme.

3.

Otro

de estos libros/talismán que me será capital en algún momento es “La novela luminosa” de Mario Levrero.

Y así lo fue también, en una época dura, en Valencia, los “Pensamientos” de Pascal.

Pero vayamos al sueño, y es que yo, igual que Pessoa

“investigo con la imaginación” [3]

Y esto en el fondo quiere decir: dormir todo el día.

No sé qué método tendrá el resto de la gente, los escritores quiero decir, pero a mí me sucede que es cerrar los ojos, amorosamente, y en el sueño, encogido en la cama, feliz por no estar en la vida, la novela se me va armando sola,

sí, claro, con paciencia de horas y lentitud de días… meses, y a veces años, por supuesto, por supuesto.

Y nada más cierto que luego habrá de venir el trabajo de veras arduo y latoso del escritor:

corregirle los flecos, ordenarla y apuntalarle los flancos.
Esto es lo desasosegante de la escritura, claro.

El trabajo de “censura” del escritor, por así decir.

Y esto suele suceder a partir del capítulo tres (así me sucede a mí) porque en ese momento es cuando la procacidad imaginativa del sueño y la necesidad de verosimilitud de las estrategias narrativas colapsan,

cuando deseo y necesidad entran en conflicto,

cuando se decide si eso que uno tiene entre manos es de veras una novela y no una sucesión más o menos afortunada de sketches y verborrea imparable.
Es ese el momento más difícil (para mí) de una novela.

La bisagra entre el capítulo tres y el cuatro.

Ahí es de veras cuando una novela debe demostrar su pertinencia y, aún más, cuando el escritor se debe medir a las claras con su talento.

Es justo ese momento en el que me hallo ahora mismo.

Y esto me resulta, os lo puedo asegurar, muy excitante.

- – - – - – - – - – - – - -

Canción del día:

Dandies entre basura – Los Negativos

- – - – - – - – - – - – - -

[1] & [2] & [3] Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. Edición de Ángel González. Ed. Seix Barral / Biblioteca Breve. Barcelona. 18ª edición, junio de 1997. [pág 62 & pág 71 & pág 58]

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Cartografía sentimental (IV)

<<<<5 cosas

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

1. Estos versos de Anne Carson

You know that cool sly verb write. He liked writing, disliked

[having to start

each thought himself [1]

annecarson

*la caricatura es de Slate.com

2. Este desnudo sin título de Stephan Guillais

3. La canción Stillness is the mode de Dirty Projectors

dirty-projectors

4. Escuchar a Daniel Tabarovski comparando a Mario Levrero con Proust y pensar que si Roberto Bolaño es el último romántico, Mario Levrero tiene que ser necesariamente el último escritor del No.

5. Este vídeo/No-entrevista de Juan Carlos Onetti hablando desde la cama para El Dirigible.

(Sacado de aquí.)

[1] Anne Carson. “Poema 2″ de La belleza del marido (un ensayo narrativo en 29 tangos). Ed. Lumen. Barcelona. 2003.

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Razones para el malestar contemporáneo (II)

1.

“¿Tiene que cargar el arte con las hipotecas del pensamiento?”

José Luís Molinuevo. Arte y cultura. En su blog Pensamiento en imágenes.

2.

” Si el arte existe fuera del arte entonces el objeto del arte no es el objeto del arte”

Fernando Bellver. Arte por naturaleza.

3.

“Es que últimamente he acumulado demasiadas mudanzas.”

Mario Levrero. El discurso vacío.[pág 114] Ed. Debolsillo. Barcelona. Febrero 2009.

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Walah Walah (XXI)

De modo que, para triunfar en la vida es preciso creer en algo, o sea estar, por definición, equivocado.

Mario Levrero. “El discurso vacío”. DeBolsillo. Barcelona. [pág 26]

Como siempre,

sucede que, además, es verdad.

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Negritudes y oquedades

1.

My heart beats so slowly now

Valero. Happy song.

Leonard de Selva/CORBIS  - "Frederic Mistral"

Leonard de Selva/CORBIS - "Frederic Mistral"

Leo a Kiko Amat,

que dice que la rémora es un pez indigno y asqueroso, que es el pez más rastrero del mundo, eso es lo que dice Kiko Amat, y dice también que su equivalente humano -el de la rémora- es peor.

Bueno, esto lo dice Pànic, su personaje en la novela “Cosas que hacen BUM”, pero es un trasunto claro de sí mismo. Pànic Orfila, digo, el narrador de “Cosas…”.

Y yo le creo, igual.

Porque hay cosas que son verdad, legitimamente verdad, con independencia de quién formule esas cosas.

2.

Leo a Levrero

y dice Levrero en el prólogo de El discurso vacío:

“he visto a Dios en un rayo de sol que oblicuamente animaba la tarde”.

Sí, pero aquí ha estado lloviendo, pienso;

y me digo a mí mismo que la lluvia lo ha jodido todo.

Pero ello no me consuela.

Yo no he podido ver a Dios.

Al menos no hoy. Es cierto que lo vi en esta misma casa, en la de mi madre, en el 2004, mientras escribía Alytzia Abbondanza.

Pero hoy no he conseguido verlo, como sí pudo Levrero, y de veras que ello me ha destrozado.

Es justo advertir que si me asomo a la ventana, justo al frente tengo un convento de monjas. Y es que justo al frente de mi balcón (un cuarto piso) hay una imagen en mármol de Jesucristo señalando con su mano derecha justo hacia la ventana de mi balcón.

Si, ya, lo sé, pero yo hoy, justo hoy, hoy más que nunca, necesitaba notar la presencia de dios, sentir ese aliento primero gélido y luego de puro fuego que es saberse en presencia del dueño del universo,

sea éste el dios de los católicos o aquel que se manifiesta con la furia del terremoto.

Yo hoy quería ver a dios,

al dios que habita el centro mismo de la literatura (y no a su puta rémora de mármol) y lo único que he tenido ha sido un terrible dolor de estómago y un tedio que me instiga a no cambiarme de ropa ni ducharme.
Llevo así dos días, con la misma ropa.

Llamé a dios y me encontré con la gratificación del simulacro:

la silueta de su estatua marmórea.

Yo mismo, hoy, soy un simulacro de mi mismo.

Tal vez demacrado, el pelo revuelto violentamente y la mueca desencajada, los ojos enfurecidos.

No sé, no me atrevo a mirame al espejo.
3.

Me leo a mí mismo, me releo.

Y no encuentro nada provechoso. Releo un texto que se llama “Esto no es la muerte súbita” y sé de qué va, sé perfectamente de qué va.

Lo supe desde el primer día.

Y es esa la razón que me impide escribirlo. Me duele demasiado. Es justo ese dolor el que me paraliza.

El texto va de las alucinaciones (alucinaciones que yo sufro), del fantasma de mi abuelo (fantasmas que yo veo), pero también de la violencia del ser humano

(violencia que conozco; sin ir más lejos el domingo por la noche arrojé por la ventana de un tercer piso una estantería de cd´s )

Se trata, además (“Esto no es la muerte súbita”), de una historia real.

Supongo que eso es lo que lo complica todo.

4.

Los Mancos, esos chicos raros...

Los Mancos, esos chicos raros...

No hay nada peor, excepto tal vez tu mirada.

Los Mancos. “Mayo”.

Dadas todas estas circunstancias,

hago lo que está claro que no debería hacer, que es beber Cardhu y Eristoff y cervezas no, cervezas no bebo porque me las acabé todas ayer.

Y me pongo a mandar cien peticiones de amistad en el Facebook porque pienso que es una forma civilizada de gritar “¡auxilio!”. O de decir: “¿hay alguien ahí?”

Y nadie me contesta.

Bueno, sí, acaba de venir a mi auxilio Fernando Marías, ¡gracias bendito!

Son las 05:26 am.

Miércoles 8 de abril de 2009.

5.

Por loar a mi benefactor le leo, a él también.

Leo a Fernando Marías.

Leo “Huellas desnudas de la mujer invisible”, que es un título harto acertado para el tema que nos ocupa, quiero decir que es el motivo no sé si de mi desdicha, pero sí de mi parálisis.

Tanto por lo sucedido recientemente en mi vida como lo que deseo contar en el mentado relato “Esto no es…”.

Bien, dice Fernando Marías que “Los tacones, como la mirada, emiten mensajes desde el oculto mundo del alma, que por supuesto no todo el mundo puede percibir”.

El dolor del escritor viene de percibir esos “mensajes ocultos del alma” de los otros. De las mujeres, especialmente.

El dolor del escritor viene de reconocer que entre sus instintos se albergan esos mismos que llevan a ciertos hombres a violentar a las mujeres. Y viceversa.

Lo terrible de la enfermedad de escribir es conocer esa magna silenciosa tragedia, tanto de los hombres como de las mujeres.

El dolor del escritor es que nada humano le es ajeno, sobre todo las cosas más terribles.

6.

Me gustaría hablar también de la felicidad de este último viernes por la noche, en Barcelona, de ese after de Poble Nou llamado The Other Place, donde entramos gracias a la amabilidad de Santi (al que conocimos el mismo viernes).

Y también la locura del Magic y las cervezas de antes con mi amiga la editora y mi amigo el escritor y hasta la pelea con el taxista que al final nos llevó a pasear gratis, ya con el día bien puesto en el horizonte, por la línea de la costa… a mí y a la rubia.

Y la tranquilidad del sábado. Y ver un partido de balonmano de madrugada para calmar la ansiedad de no tener tabaco, pero sin embargo estar contento y feliz, aun sin poder dormir.

Sí, me gustaría recordar brevemente todo eso en este dietario-blog, y el sexo feliz e inmejorable y la conversación agradabilísima y fructífera, y los abrazos tan tiernos; no, no quiero que eso se me olvide después… no quiero que se me olvide nunca.

Por eso sé que debo anotarlo aquí, en este dietario-blog.

Y sí, quiero mencionar también las Voll-Damms del domingo por la tarde, con mis dos hermanos y con nuestro primo P., y sí, incluso el haberme casualmente encontrado en el Absenta, en la barceloneta, a Amanda, la inglesa. Y haber decidido ir a saludarla. A ella y a sus amigos gays. Después de hacer más de un año de no verla (miento, una vez me la encontré en el metro y no la saludé).

Y sí, corrobar entonces que mis apreciaciones sobre ella de hace un año eran ciertas. Corroborar cómo uno no se equivoca en esto, en las cosas básicas del carácter de los otros, quiero decir.

Pero también la contrapartida del mismo argumento: la tristeza asociada al hecho de descubrir que la gente no cambia, que todo sigue igual a pesar de las apariencias, que en lo profundo lo que hay es lo único que tenemos. O bueno o malo. Sólo eso.

Nada más.

Y ahí, en lo más recóndito, sólo quedan dos opciones. Lo bueno o lo malo.

Eso es lo que ocurrió el domingo por la noche: descubrir nuevamente lo malo, lo arcano, lo funesto, la insoslayable perversidad de la rubia (aun a su pesar, creo); en fin, el golpe fatuo de lo malo y cruel y ya definitivo.

Aquello cuya existencia me negué ingenuamente a aceptar durante largo tiempo.

Tener que hacer de nuevo la maleta, de madrugada, de malas formas. De las peores formas.

Y ya es la segunda vez…

No, esto último no quiero recordarlo.

Para nada.

Verme así irremediablemente solo, de nuevo, con una maleta sola, en la calle, y llegar a la ventanilla de larga distancia de la estación de Sants, con la misma ropa del día anterior,  y pedir con la boca pequeña billete para el primer tren… con destino a casa de mi madre.

La ridícula tragedia necesaria de volver al hogar materno.

A mis 31 años.

7.

Supongo que en este exacto instante todo tiene que ver con la pared azul mar o azul piscina o en cualquier caso azul enormidad que me enfrenta ahora.

Quiero decir que así no hay modo de que desaparezcan los fantasmas.

Quiero decir que mañana me mudaré a la otra habitación, la de la pared negra. Donde escribí Alytzia Abbondanza.

Y es que mañana va a haber mucha agitación aquí, vienen a limpiar toda la casa, luego vendrá el cristalero a poner unos espejos y hay que mover la mesa y sacar una cama y.. y…

que ya se han hecho las 07:38 am.

Y será mejor que descanse un poco; voy a cubrirme la cabeza con la manta y el edredón y a ver si en la oscuridad del sueño se me aligeran las cargas molestas.

Por si acaso le daré algún sorbito más al Cardhu, con esa decisión última con la que se profesa una fé dudosa,

la misma que le tengo a dios ahora mismo, por ejemplo,

y así trataré de ver si las rémoras se ahogan en esa cascada decrépita que hay en mi estómago.

Y si no se deciden, mañana ya les estrujo yo la cabeza con mis propias manos y acabamos de una vez con esto.

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Todo lo que quiero

Porque estamos de bajada / Porque estamos confundidos.

Candy Caramelo. Todo está perdido.

1.

Pienso en las cosas que necesita uno para sobrevivir:

el pasaporte y el mac. Algo de dinero.

Y pienso esto porque llevo puesta la misma ropa desde el jueves, he estado de farra y así, descubriendo nuevos bares de rock y bebiendo guiness y voll-damms a contrareloj. E ilusionado ahora mismo (sábado, cinco am), porque mañana tenemos una fiesta en una terraza.

Habrá sol, ¡sí!, y sol, justamente ahora, es lo que más necesito. Mañana, domingo.

Lo que necesito para sobrevivir: el pasaporte, el mac, algo de dinero, y un poco de sol.

Y ni me siento mejor ni peor. Ahora mismo, digo. Porque de veras que he estado en antros, y al entrar en los baños asquerosos he pensado: yo ya estuve aquí antes. Y al ver todos esos rostros pensé: ya he visto estos mismos rostros, idénticos.

Pero el hecho es que me siento vivo, eso sí.

Ahora paso un sábado tranquilo (lo que queda de él) , corrigiendo (destrozando más bien) un relato reciente “La Mort Subite”.

Creo que lo voy a abandonar.

Creo que incluso me voy a olvidarme de mí mismo.

Por suerte el jueves me marcho al Caribe. Again.

Veintipico horas de vuelo tienen que servir para algo.

2.

No les des ninguna posibilidad / porque van a hacerte daño / buscando alguna conexión alrededor

Quique González. Trucos fáciles para días duros.

Pienso, no sé por qué, ahora, en la madrugada del sábado -y me acabo de abrir una botella de Ribera del Duero- pues me da por pensar que el 90% de las chicas con las que he salido eran lesbianas, protolesbianas o bisexuales.

Esto me hizo un daño bastante grande durante unos cuantos años.

Ahora es apenas una certeza.

Si las cosas son así, mejor aceptarlas, mejor no guerrear con el pasado.

Qué le vamos a hacer…

Pues el pasado es una losa, y yo ya estoy acostumbrado a vivir ligero de equipaje.

No soy de los que llevan el pasado en el bolsillo.

Que le jodan al pasado.

No, siempre he comenzado de cero.

Esta vez no será una excepción.

3.

En Barcelona ya no hay nadie como tú

Miqui Puig. Drama.


Por eso del pasado me voy al futuro.

Pienso en la ironía de la vida, hasta hace dos o tres días tenía mi vida organizada perfectamente. E iba a ser así hasta dentro de largos meses. Estaba convencido de ello.

Quiero decir, mi vida era de lo más agradable. Tenía amor. Y un techo donde vivir. Era feliz. Tenía calma y sosiego, una novia hermosa e inteligente; estaba escribiendo con el apoyo de esa persona amada mi segunda (tercera novela), etc

Y, sin embargo, ahora, de nuevo, no tengo nada, estoy en la calle; una vez más.

Por suerte que hay quien me ha permitido compartir cama unos días.

Hasta el miércoles.

Me voy a Bogotá, el miércoles, y creo que voy a retrasar el vuelo de vuelta, de Cartagena de Indias, que es donde estaré la semana siguiente. No tengo nada que hacer en Barcelona. Absolutamente nada.

Detesto esta ciudad, de hecho, desde el primer día que puse el pie aquí, y hará de ello casi tres años… Joder, y ahora que lo pienso, ni siquiera quería venir aquí, desde mi primer viaje a Cartagena de Indias, hace unos cinco años, yo prefería ir a NY, pero me quedé sin un duro…

Lo único que ha pasado es que he ido reculando de un sitio hacia otro, replegándome. Defendiéndome del desastre de la vida, de las putadas, digamos.

Porque putadas, ejem, ha habido unas cuantas en los últimos meses -y años-. Pero, tranquilos, amigos, yo creo en la justicia, y en San Martín. Ya habrá tiempo para tomarse la venganza… esto es largo, largo…  la vida, digo.

Y pienso: total, conmigo sólo traigo mis camisas, algún pantalón (no sé, todavía no he abierto las maletas sacadas a la carrera) y 2666 de Roberto Bolaño y “La novela luminosa” de Mario Levrero. Enough.

Me da pena haber perdido Mireio, de Frederick Mistral. Es el único libro que amo de verdad. El único. El que me sirvió de guía para mi primera novela. El único libro que quiero de toda mi biblioteca. Lo había traído apenas hace dos semanas del último viaje a casa de mi madre, pero bueno…

Esto, que, ya digo, con mi pasaporte, mi mac, un poco de dinero… suficiente.

Puedo hacer como esos soldados que cogen sus intestinos salidos del pecho ametrallado y se los vuelven a meter adentro y contienen la hemorragia con la palma de la mano. Lo he hecho otras veces. No me moriré, lo sé.

Aunque… me duele, no voy a ser hipócrita. Y dolerá más. No me engaño sobre este particular. El duelo va a doler, pero bien…

Pero la vida es lo que es.

Y, sinceramente, ha habido veces que he estado peor, muchísimo peor.

Sobreviviré.

Si me ven por ahí con la mano apretando contra los intestinos, sepan que todo va bien, a pesar de mi rostro constreñido.

- – - – - -  -

Postscriptum:

me he entretenido mucho escribiendo esto -y bebiendo- y ya es de día. De hecho son las 07:15, y hay un sol magnífico.

Y abajo, en la calle, hay unos taxis, gente que se marcha a otro lado.

Y el azul y blanco del horizonte resultan una hermosa promesa.

Me voy a fumar el último cigarrillo…

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Sueños

Amo a la gente. Intento amarla de la misma manera que a mí

Julio Bustamante. Entusiastas.

1.

Al decir de Levrero los sueños se nos configuran como parte fundamental de la experiencia de escritura, o más acertadamente, son los pasos previos que resuelven los nudos que la impiden y nos dan las claves para acceder a la musa.

Son las cinco de la tarde del sábado y me acabo de levantar espoleado por uno de esos sueños, de muy fácil interpretación.

El olor de la yerba mojada, la arena que se hunde bajo los pies y algunas piedritas de estas que uno encentra cerca del mar, piedritas planas de colores oscuros, negro azulado, como las que se lanzan sobre las aguas, para hacerlas saltar.

Me queda muy claro que se trata del territorio de mi infancia, de eso no hay duda.

En el sueño.

Por el olor. Es invierno, en el sueño, como ahora. A mi lado hay un Volkswagen Golf y frente a mi pecho una estufa con dos resistencias abrasivas (cuando iba al instituo tenía una de esas, y era en esas mismas resistencias donde me encendía los cigarrillos, de noche, cuando machacaba rabioso las teclas de una vieja Olivetti que hubieron de regalarme por mi comunión, o sea, una Olivetti que tal vez tuviera ya unos largos ocho o nueve años).

Es una cuesta que hay arriba de una gasolinera. Y hay un chalet. De él sale una chica morena ni guapa ni fea que me habla familiarmente, que se extraña de que no la conozca y dice que no me cree. El caso es que me pregunta qué hago allí y le digo que no sé. Dice: “ya, como todos”. Y sigue sin creerme, pero será que le caigo bien y me deja pasar.

Entonces se organiza una fiesta y veo al final de la estancia una mujer alta con un flamígero cabello pelirojo. No hago mucho caso y entre las caras de la gente creo reconocer a alguien. Es un guitarrista de un grupo de rock menor. Aunque no estoy seguro de si es él, me parece que se llama Juanma. Al resto no los conozco, no sé cuánta gente habrá, pero lo que me queda bastante claro es que todo son chicos excepto la guardiana del palacio (la chica morena ni guapa ni fea) y la chica alta del cabello flamígero.

Así la chica pelirroja (la cual es muy dable a ser identificada como “la musa”) me da algo, una especie de dedal costurero lleno de alguna esencia, cremosa pero consistente.

La fiesta se va volviendo cada vez más agitada y deseo marcharme, para descubrir que en el único camino viable de salidad está “la musa”, sentada sobre una silla, y su flamígero cabello holandés ondeando. Y no me deja salir.

Y el sueño se acaba (o yo quiero que se acabe). Me despierto. Me visto. Corro a la cocina a prepararme el desayuno. Descubro que son las cinco de la tarde.

Pienso: luz, necesito luz.

Cuando A. se despierta y se viste y sale a ver a una amiga le digo que traiga pintura verde, verde como los campos de yerba de mi infancia.

Mañana por la mañana -sino esta misma madrugada- voy a pintar la pared del pasillo de verde, justo detrás de donde queda mi silla y mi computador. La voy a pintar con uno solo de esos pinceles menudos, minuciosamente.

Arriba y abajo, moja el pincel, arriba y abajo.

Es una actividad que sé que me relaja y da confianza, y tiene además el añadido de que es físico, orgánico, limpio y casi definitivo. Igual que un buen relato.

Confío en que resulte, confío en que me valga para terminar “Le mort subite” que es el último relato en el que trabajo y en cuya acometida he venido variando cuatro puntos de vista y he probado con cinco personajes distintos para que cuenten una historia y no ha habido manera. Voy a tratar de hacerlo ahora a dos voces. Creo que ésa es la respuesta, yo y mi musa flamígera contando una historia, sotto voce.

Y es que se me está resistiendo, “La mort subite”. Quizá porque en el relato sale un trasunto de mi abuelo. Y, quizá, también yo mismo, aunque yo siempre salgo en mis relatos, de un modo u otro. Me interesa la ficción especulativa, pero no esa científica, sino la que especula sobre uno mismo, sobre lo que uno mismo podría llegar a ser o ya ha sido.

2.

Mario Levrero trata de rescatar La novela Luminosa que escribió más de quince años atrás. La primera versión que yo hice de “El hombre que se parecía a Glenn Ford” (que es el sustrato de “La mort subite”) data de hace unos seis o siete años, más o menos.

3.

Son las ocho menos diez (pm) del sábado.

Abro el Word, me dispongo a escribir.

En el móvil entra un sms,

dice:

fiesta esta noche en mi casa, habrá chicas de todas razas y religiones. Y comida.
El sms es de Riki.

He de ponerme a trabajar, de una vez, cojones.

¡Ya!

>>>Postscriptum:

Acabo de caer en la cuenta de que la pared de mi anterior casa era verde, verde, de un verde precioso. Verde yerba fresca y espigada.

Y que la otra casa donde escribí mi primera novela “Alytzia Abbondanza” también tenía un pasillo enorme pintado de verde.

Habremos de confiar en el verde, pues.

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Ennui & Folie

-No tienes paraguas -dice Sabine.

-Un pueblo que lleva paraguas merece el ocaso -contesto. [1]

1.

A veces,

y no depende tanto de mí como del capricho del calentador del gas

(que suele petardear),

pues me quedo bajo la ducha fría, tiritando, gimiendo, enjabonado todavía,  y… me lo pienso un poco, no demasiado, porque la acción en este momento exige el movimiento y no la reflexión, pero me lo pienso y , al fin, me meto -sin atreverme a pensarlo verdaderamente-

bajo la ducha rabiosa y fría

-y es que me niego a salir goteante y correr a la cocina a accionar de nuevo la llama para que el calor me asista y corra furioso por las tuberías-;

son momentos que no van más allá,

los del glaciar llover sobre el cuerpo tenso,

que no se quedan en el cuerpo como sucede con el agua caliente

-que siempre cura-, qué va, son momentos únicos que suceden bajo la soledad ufana del agua fría rigurosa,

agujereándote el cogote

y ya está. Son los únicos momentos ociosos en los que a la mente se le permite la banalidad de pensar en glaciares, montes nevados, el Himalaya y la Antártida.

Eso es todo.

Son punzantes largos segundos que difícilmente alcanzan la categorización al minutaje, pues como mucho suelen ser 120 o 150, a lo sumo.

Eso es la banalidad, desatender la llamada del calentador apagado y seguir duchándose con agua fría, como si el agua no estuviese fría, como si ese acto no fuese siquiera el acto de ducharse sino un escupitajo de spleen, doloroso pero rápido.

Abrasarse las manos y el torso con un frío hostil y prometeico que consume y salir de nuevo a la vida como si nada,

culebreando la cabeza del modo en el que los caballos indiferentes mueven los cascabeles para apartar de sí las fatuas moscas veraniegas.

Los paraguas de Cheburgo

Los paraguas de Cherburgo

2.

“allí donde no hay profundidad me siento incómodo” [2]


Sucede que son las cuatro de la tarde, ayer,

y entro al LletraFerit y no hay nadie más que los dos camareros (chico  chica) italianos que hablan, empero, en español, entre ellos.

Me dejan sentarme y calientan la cafetera y me distraigo mientras se organiza todo en ver pasar a los proveedores y las cajas afuera y adentro y los camareros conversan de asuntos banales: de la vajilla o los diferentes tés del mundo y de que algunos de ellos no están en la carta y de…

conversan así, de este modo:

“uy, cómo se dice en español esa fruta que…” “Frambuesa”, le responde el chico. “No!”, advierte la chica. “Melocotón” (chico)”No!” (chica), “melón” (chico) “Qué va!” (chica) “Esto…”(chico), etc

Entonces desconecto y me concentro en otra cosa.

Mi foco de atención se desvía hacia un chico en la treintena que limpia hacendoso los cristales, aunque ligeramente desganado en lo mecánico de su proceder, igual prefiere hacer otra cosa, pienso. O no.

Porque cuando termina, y ya está la cafetera caliente, y ya tengo mi café con leche sobre la mesa, y el chico treintañero ya ha limpiado los cristales todos por dentro y por fuera y ya hay más gente sentada en El Lletraferit, tres o cuatro,  pero más gente en cualquier caso, y dicen que quieren tomar capuccinos y bien, el camarero se los lleva, pues con todo el asunto terminado el chico que limpia los cristales se acerca a la barra, remolón, y el camarero le dice: “quieres algo” y él como un resorte salta y dice “una cañita” y a partir de aquí la banalidad se torna sopor.

Porque comienzan con la conversación anterior de chico/chica camarero y ahora se les une el limpiacristales, que les cuenta que vivió en Italia (oh, Italia, asienten los dos camareros, chico  chica) y luego en un convento (oh, un convento) y luego en Buenos Aires…

Y supongo que sigue así hasta el infinito porque yo escucho su relato a rachas, pues el camarero va y viene de una punta a la otra del Lletraferit y el chico limpiacristales lanza su voz cada vez hacia un lado.

Pues bien, lo que nos importa es que ahora, el caso es que el limpiacristales está en Barcelona y está muy contento porque tiene un trabajo y aunque su jefe le hizo trabajar dos días de prueba (aquí la chica camarera dice: “se han aprovechado de ti”), está muy contento de ser limpiacristales y vivir en Barcelona.

Es un cantamañanas, está es la verdad, como todos los argentinos. Y no hay más que me interese de él. Ni de los limpiacristales, ni de los conventos. Probablemente sea todo mentira, además.

Así que cuando comienza a hablarles a los dos italinanos camareros en italiano (y ellos le responden en castellano), desconecto otra vez.

Me pongo a leer,

alterno “Una dulce seducción” de Hugo Claus que “corto” (al decir de Mario Levrero) con Roberto Bolaño “Nocturno de Chile”.

Parece que le esté buscando las cosquillas a Bolaño, pues estoy releyendo o leyendo por primera vez toda su obra, y sí, te estoy buscando las cosquillas Roberto Bolaño. Que lo sepas.

El caso es que no me doy cuenta pero a mi lado se sienta alguien. Sola. Le veo las botas. Yo estoy solo también. Cada uno de nosotros ocupa el espacio de dos sofás, uno para nosotros mismos y otro para las chaquetas. Cuatro sofás en total. Es morena, esto lo consigo saber por el rabillo del ojo, cuando la he visto sentarse. Es morena, alta, creo, y la luz incandescente de su móvil indica que está mandando uno o varios sms, que espera recibirlos o que se siente más sola que la una y se ha venido aquí, al Lletraferit a pasar el rato hasta que abra la tienda en la que trabaja, la oficina o lo que sea.

Me concentro en Hugo Claus, le doy la espalda a la chica, leo fumo y me bebo con parsimonia mi café con leche. Yo también estoy esperando una llamada. De A.

Claus avanza a trompicones, y podríamos decir que la arquitectura de la novela es cuanto menos descuidada, pero tiene tramos graciosos y anida un fondo de tragedia que no me disgusta. Además formó parte del grupo belga Cobra, cuya base de operaciones estuvo en París en los años cuarenta. Una exposición ahora mismo se está exhibiendo  en Bruselas, en el Museo de Arte Moderno. Me negué a verla. En mi descargo diré que compré una postal de uno de los miembros del grupo Cobra, pero la he perdido y no recuerdo exactamente quién es el miembro en cuestión. Eran muchos. No sé. En la entrada de la exposición había una foto con todos ellos sobre las escaleras del museo de Arte Moderno y atrás del todo había un policía, feliz, fumando, congratulándose por la reunión de tanto artista de vanguardia en torno a él, feliz por ser él mismo uno de ellos (pues así se ha inmortalizado en la fotografía).

Pues eso, que leo a Claus y me divierto, y pasan los minutos y una hora y me canso de leer. Y miro el móvil y A. no llama. Joder.

Escucho: “cortado”.

Es la chica que está a mi lado. La miro de reojo y veo que tiene un libro sobre las manos. Me había olvidado de ella. Pensé que se había ido. Bueno en realidad no pensé nada, simplemente había desaparecido de mi vida.

Y entonces se produce uno de esos hechos curiosos de hermanamiento que suceden de tanto en tanto; que suceden muy pocas veces, de hecho.

Noto su respiración, súbitamente , la de la chica, el crujir de las páginas de su libro (que no me atrevo a averiguar cuál es), sus carraspeos, casi puedo compartir la sensación táctil de su dedo cuando rasguea la piedra del mechero, el rugor mínimo del filtro del cigarrillo sobre su mano,  el expelir el aire de sus pulmones, con ese frotar el aire contra los tres lóbulos. Un pulmón suele pesar aproximadamente mil trescientos gramos, pienso, noto pues casi dos kilos y medio empujando el humo hacia fuera, hacia la nebulosa incierta en que se ha convertido el Lletraferit.

Y así, impelido por el esfuerzo levanto la vista contra los cristales impecables que ha dejado el limpiacristales argentino que sabe hablar italiano (o lo chapurrea) y afuera la lluvia, la lluvia que cae, cae y cae, y me fijo en la gente que pasea con paraguas y… todo me parece muy triste.

Me siento solo de repente, agudamente solo. Despidadamente solo.

Trato de concentrarme en el libro de Hugo Claus, pero a Claus le falta determinación o firmeza, no sé, la suya es una seducción obscena y torpe, tabernaria, como de clochard con americana raída y barbas luengas y sucias. El caso es que Claus ya no me atrapa como antes.

La respiración de la chica lectora de al lado se vuelve insistente. Comienzo a notar más cosas, como que sus dedos pudieran tocarme, como si su boca estuviera lista para darme alguna palabra precisa y magnífica. No sé, es todo muy confuso.

Afuera la calle está oscura y el reflejo de las luces es demasiado pobre.

Todo se mezcla..

Quiero pedir otro café con leche. Una botella de agua. Algo. Me noto sediento y menudo. Y, al mismo tiempo, me siento enorme como una torre que pincha el cielo. Quiero hacer algo pero no hago nada. Quiero fumar también. Pero lo único que hago es tener los ojos clavados sobre el libro de Hugo Claus y, sin embargo, noto otros ojos clavados en mí.

Muevo una mano, luego el codo, me recojo sobre el sofá, cada vez me voy replegando sobre mí mismo con mayor furia, encogiéndome. Lo hago todo de un modo perentorio pero inconsciente.

Me aterra notar el pensamiento todo de alguien más contra mí. Lo noto de un modo físico. Toda la acción del  pensamiento de esa chica lectora que ya no sé si está a mi lado (pues he retirado la mirada contra mi propio pecho) la siento igualmente contra mí. Sé que está ahí (miento, lo sé),sé que está a mi lado, bueno, hay un sofá de cuero entre nosotros. Y es físico, ese arremeter terco suyo, la acción brutal de su pensamiento todo contra mí.

3.

A. llama.

-Llueve -le digo

-¿Llueve?

-Sí

-Pues no tengo paraguas…

¡Bien!, pienso.

(entonces me río, con una de esas risas de descargo, con una de esas risas de liberación, con una de esas risas que son risas de amor y ternura, pero al mismo tiempo, risas de alegría y desesperación y risas tormentosamente silenciosas, una de esas risas que tiene la cruel costumbre de resultar audibles sólo para uno mismo).

-Vengo ahora -dice A.- enseguida estoy ahí.

El extraño mecanismo de la hermandad se disipa entonces.

(porque noto el cuerpo del sillón de cuero de al lado que se pone en pie y va a la barra y deja dinero sobre la mesa, y sólo consigo fijarme en unas botas marrones que salen del Lletraferit, y lo hace todo con una rapidez inaudita. Es decir: desaparece )

Y entonces hay un silencio brutal en el Lletraferit.

Hay gente, pero no hay gente, o la gente que hay es irrelevante.

No se oye nada, además, habita este espacio un silencio cáustico.

Sólamente escucho el íntimo moverse del aire sobre mis pulmones, la calamitosa navegación de glóbulos y plaquetas por sobre las arterias, el crujir despierto de las vértebras… me siento a mí mismo, pero de la misma forma, me siento también yo mismo en lo otro.

Pienso algo que me turba:

No sé de qué modo, cómo, ni qué mecanismo ha sido el que lo ha hecho posible, me digo, ni mucho menos sé la naturaleza ni magnitud de dicho mecanismo, pero esa chica, la lectora que ahora se marcha, la de las botas marrones, me ha reconocido.

No sé exactamente esto qué significa, me digo, pero tengo la secreta convicción de que sucederá más veces, muchas más veces.

4.

A. tarda una eternidad en venir.

Me dice que se ha encontrado con alguien, que han charlado, que tenían asuntos que resolver.

Se pide un café con leche y miramos la lluvia a través de los cristales.

Le ruego: “Escucha”.

Entre temerosos susurros y un muy torpe recuento de los hechos por mi parte,  le explico lo sucedido.

Le explico que me ocurrió otra vez en la playa. Hace un año.

La veo muy seria y pienso en Elena Villena cuando dice:

-¿Y por qué no confesarlo? Usted me gusta -dijo mientras se ponía el abrigo-, me divierte su locura [3]

A. sonríe y hace una mueca festiva.

Pero no dice nada.

A. se enciende un cigarrillo.

A. fuma.

A. sonríe y me mira con sus alegres ojos negros.

A. bebe su café con leche.

Pienso en mis duchas frías, por la mañana, cuando el calentador petardea y se apaga.

En el pecho siento cuchillos afilados, el tenebroso latir de un corazón que busca sosiego.

Y afuera sigue lloviendo…

No tenemos paraguas, pienso. Y río, con una de esas risas malvadas  y silenciosas que sólo puede escuchar uno mismo.

Love is all around

[1] Hugo Claus. Una dulce destrucción. Ed. Anagrama. Barcelona.1992. [Pág. 47]

[2] Mario Levrero. La novela luminosa. Ed. Mondadori. Barcelona. 2008. [pág. 44]

[3] Enrique Vila-Matas. La asesina ilustrada. Ed. Lumen. Con ilustraciones de Óscar Astromujoff. Barcelona.2005. [Pag 96]

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