Archivo de la etiqueta: Kiko Amat

Cartografía sentimental (CIII) – Poesía en acción [II]

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

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1.

El siguiente poema breve de David Franco Monthiel, incluido en su Libro de la servidumbre.
Dice así:

ESTRELLA FUGAZ
(HALLIBURTON)

Mira: un misil.

Pide un deseo.

+ info: aquí.

 

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2.

El libro “en estas cuatro paredes”, primer poemario de Javier Das y que el autor ofrece ahora para su lectura y descarga gratuita.

Se puede descargar aquí.

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3.

Las lámparas de noche hechas con libros de tapa dura (usados) y que comercializa la empresa de lámparas Typewriter Boneyard (a 150 dólares la unidad).

Mi preferida es la de la Odisea (y que, desgraciadamente, ya ha sido vendida, pues se trata de objetos únicos):

+ info: aquí.

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4.

Los siguientes versos del poema Lo malo de la poesía, de Billy Collins:

La poesía me colma de alegría
y me elevo como pluma al viento.
La poesía me inunda de pesar
y me hundo como una cadena lanzada desde un puente.

Pero principalmente la poesía me inunda
con ganas de escribir poesía,
de sentarme en la oscuridad y esperar a que una pequeña llama
aparezca en la punta del lápiz.

Y junto a eso, el anhelo por robar,
irrumpir en los poemas de otros

El poema se puede leer íntegro en el blog del poeta Javier Cánaves, aquí.

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5.

El hermosísimo cortometraje de animación -y ganador de un oscar- The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore (2011) dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg.

 

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Cartografía Sentimental (LVII) – Rarezas

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

1. Uno de esos grupos raros que andan a medio camino entre el descalabro, la aparatosa desidia  y la sublime genialidad son el dueto chileno Perrosky.

Un ejemplo: La Rancherita -aquí-.

2. Otro raro maravilloso fue el músico y pintor Don van Bliet, más conocido como Captain Beefheart y que, desgraciadamente, murió el pasado 17 de Diciembre a los 69 años de edad. Junto a su Magic Band reinventó el blues en los sesenta, creando uno de los más aclamados discos de art-rock  Trout Mask Replica (1969). Se retiró en los ochenta de la música, dedicándose a una fructífera carrera como pintor de vanguardia.

Pueden consultar un documental sobre su vida en 6 partes -aquí-.

Y para los ansiosos, véanlo sin más demora en directo tocando Sure ´nuff´n Yes I do -aquí-.


3. La exposición de Marco Gracia Vermúes y que se presentó el fin de semana pasado en el bar Las Guindas (San Pau, 128).

En la postal de la inauguración pueden ver al insigne cantante de los Orsini Shakers, en su salsa.

Kiko Amat se ha escrito un texto de presentación -aquí-.



4. El libro La ciudad de las ratas del cual dice Eduardo Muslip en el prólogo que se trata de “una mezcla de relato de aventuras, fábula rabelaisiana y novela experimental, el libro de ficción de Copi menos conocido y, hasta ahora, el único que no había sido editado en español”.

Como ejemplo de su singularidad tomemos en cuenta la advertencia de lectura.

Dice así:

“El autor y el editor reenvían a los maníacos de la gramática y la sintaxis, a los adictos a la concordancia temporal, a los enamorados del imperfecto del subjuntivo, a los fabricantes de neologismos para uso interno, a los obsesivos del punto y coma ya otros fanáticos de Littré, Robert o Grévisse a sus lecturas favoritas”. [1]

[1] Copi. La ciudad de las ratas. Traducción de Guadalupe Marando. Ed. El cuenco de plata. Buenos Aires. Noviembre de 2009. [pág 16]

5. Lo llamativo que resulta que una ciudad que se pretende cosmopolita, abierta y  atenta al genio individual como la excelsa Barcelona, se acabe plegando a las arcaicas normas jerárquicas del concepto canónico de generación. Así lo demuestra Teresa Sesé en su artículo “Los hijos del Macba” -aquí- para La Vanguardia, donde trata de programar una cartografía del arte emergente de la ciudad.

Las respuestas al descalabro, aquí y aquí.



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Cartografía sentimental (XXIV)

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

1.


Ese “punto de encuentro entre usuarios, editores y anunciantes” que es 24symbols.

O el así autodenominado Spotify de los libros, que por el momento no es más que una idea en desarrollo y que, habida cuenta del fracaso e inoperancia de Libranda y el inexistente  mercado digital, y de que -encima- 24symbols no cuenta con ningún socio capitalista…tal vez se quede sólo en eso, en una idea.

En cualquier caso, pueden ir consultando el desarrollo del proyecto  aquí.

2.

Esa bocaza de Montero Glez, que de vez en cuando la clava, sobre todo refiriéndose a Fernández Mallo, cuando dice que:

Agustín Fernández Mallo es un tipo cojonudo, buen chaval [...] me cae simpático. Es un tío valiente. A veces no se que admirar más o la valentía de Agustín por dar a la imprenta sus cagadas o la valentía de sus editores por promocionar tamaña mierda” [1]

[1] Montero Glez, en entrevista con Hugo Izarra. Armado y peligroso. Revista Standdart. nº 2. Julio 2010.

3.


El mini-documental Los chicos de los discos (sobre el coleccionismo de discos en Barcelona); una idea original de Victor Recort, basado en un texto de Kiko Amat de 2007.

Se trata de un trabajo/práctica para la ESCAC así que sean benévolos con el penoso sonido y la poca iluminación, que el resto tiene su miga miscelánea y ese regusto megalómano tan cool.

Aquí el texto original de Kiko Amat y el documental, en Vimeo.

4.

El necesario grito de Javier Gomá Lazón contra la terrible tiranía de la insensata novedad:

“¡Basta! Comencemos por extirpar esa pasión mórbida por lo nuevo” [2]

[2] Javier Gomá Lazón. No estar al día. Babelia. El Pais. 04-09-2010.

5.

Toda la obra del pintor colombiano Fernando Maldonado, y en particular el cuadro Hombre levitando:

Dice de él Maria Soledad García que:

“La obra de Fernando Maldonado sintetiza tres caminos que convergen sobre el lienzo. La intimidad de una escena privada, las alucinaciones míticas del embrujo y la dispersión de los detalles cotidianos y repetidos.”

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Tristezas desconcertantes

Creo en la voz y la palabra

Pepo Paz (Bartleby Editores), en su blog El editor en su laberinto

1.

Leo “Rompepistas” de Kiko Amat y pienso en la humillación.

Hay una relación muy clara entre lo ridículo que es profanar los límites para simplemente evidenciar lo ultrajante de un contexto y su ingrata consecuencia:

la autohumillación que siempre acompaña a dichos actos;

y esto por lo suicida de la empresa misma.

Así mi juventud, pienso: un desastre mayúsculo. Un señuelo para la tristeza.

Una vergüenza escrita en letras mayúsculas. El gran despropósito.

Aunque, supongo que… si le preguntas a cualquiera, a cualquier ser humano honesto y sincero, te dirá lo mismo, que su juventud fue un territorio inhóspito,

grotesco y probablemente hediondo

al que no desea regresar por nada del mundo.

2.

Bailar para mantener alejada la marea de la tristeza [1]

Es lo que hacemos da adultos,

lo de aceptar la tristeza y no engañarnos con el baile.

O sea, que bailamos igual, sí,

pero a sabiendas de que el baile tiene el efecto de una peonza que más pronto que tarde se detendrá e irá reculando hasta caerse definitivamente al suelo,

evidenciando entonces que nuestro culo sigue visible, al aire,

sin más protección que nuestra indiferencia.

Y así es: la tristeza se nos viene a ráfagas, como la poesía y los resfriados,

como las buenas rachas azarosas en las que la economía, la suerte y los negocios

nos son favorables.

Según creo la diferencia entre la juventud y la edad adulta,

en cuanto a términos de tristeza, se reduce a que en la primera la aflicción es sencilla y arrítmica taquicardia, casi punk, y las tribulaciones se nos convierten en perenne melancolía llegada la edad adulta, hasta que un buen día,

un seguro soplo al corazón detiene la fiesta y se acabó: la melancolía concreta su amenaza

y se torna silencio y todo se vuelve inacción.

3.

me estoy negando a pensar. Es más difícil de lo que parece [2]

La edad adulta -me doy cuenta-

consiste en no conseguir dejar de pensar.

También hay pensamiento en la juventud, por supuesto, pero es una especie de hipótesis del pensamiento, como un reflexionar a la carrera.

La juventud es el postmodernismo de la vida.

Por contra, la edad adulta se caracteriza por un galope que gustaría huir del juicio y dedicarse únicamente al pillaje existencial; o sea, el deseo de poder razonar lo justo.

Pero no se puede. Así ha de ser. Que el pensamiento devore la volición.

El hombre se vuelve adulto cuando una bruma negra se le instaura en el pecho y el cerebro no hace más que buscar estrategias a toda pastilla para no sucumbir al hundimiento.

La juventud se convierte en esa otra cosa que ya no es la juventud

cuando la sombra que corría detrás nuestra se nos pega definitivamente a la espalda y ya nuestro destino es irreversible (o prácticamente estático).

Entonces sucede que triunfa el instinto y la decadencia del intelecto progresivamente deviene cáncer y se acabó lo que se daba.

 

4.

Esta es la razón

por la que los jóvenes escritores tratan de escribir desde el intelecto y los más viejos desde la emoción.

Y ambos se equivocan,

porque solamente se puede escribir desde el instinto, la intuición y la duda, se tengan quince años u ochenta.

Es el instinto al hombre lo que la tradición a la literatura.

Cuando un escritor (tenga la edad que tenga) escribe adentro de la emoción o adentro del intelecto lo que hace es “imitarse”,

y la imitación es copia, y la copia es una devaluación de lo único.

El genio pues, proviene solamente del impulso, la corazonada y el riesgo, porque hay una cosa que casi siempre se olvida:

la representación de la obra de arte no pasa por hacer figurativismo del yo,

el yo de la verdadera obra de arte es autónomo y solamente responde a su propia naturaleza, jamás es una mimesis de las emociones ni del raciocinio del autor.

Jamás.

 

[1] y [2] Kiko Amat. Rompepistas. Editorial Anagrama. Barcelona. Enero de 2009.  [pág 182 & pág 244]

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Lo que siempre vuelve

1.

Leo a Miroslav Krleza.

Su novela se llama “El retorno de Filip Latinovicz“.

La publica la ed. Minúscula.

Dice:

“aquella mañana en la que su propia madre lo había echado a la calle sumida en una consternación moral, también entonces lo habían engullido las aguas de su destino, turbias y lodosas, rojas de sangre” [1].

Medito sobre esto.

Y sobre las buenas y las malas novelas.

Estudio además los calendarios lunares de 2007, 2008 y 2009.

Me sirven para mi novela, sobre todo los referidos a Noviembre.

Con la luna llena se producen situaciones extrañas. Si uno no sabe manejarse bien, se le puede ir la vida al garete, en menos de lo que canta un gallo.

El primer capítulo de mi novela demuestra esto. Y su consecuencia: no atender a las señales perversas es signo de soberbia.

Y, por lo tanto, pecado mortal.

No en el sentido de que se le finaliza a uno la existencia, pero sí que se le mata algo que quiere o desea bien. Esa es -y siempre ha sido- la consecuencia de los hombres soberbios.

2.

Sabemos que traes una historia,

pero no la avives demasiado pronto [2]

Sigo pensando en las buenas y las malas novelas.

Todas las primeras son muy fáciles de resumir.

En extremo.

Una buena historia tiene una trama sencillísima.

Todo lo bueno le viene por la calidad de la prosa, la belleza del lenguaje, la profundidad de las ideas y la moralidad del discurso.

En las malas novelas sólo se puede resolver su carencia de trama sencilla con el apéndice o la glosa.

Es decir, que acaban siendo explícitas; bien por lo didáctico, bien por lo panfletario.

Y todavía queda un tercer grado de novela: aquella cuya estética meridiana es ridículamente plausible, fina e indubitable como una parca llovizna.

Ojo, lo que tampoco quiere decir que una novela con una trama más o menos básica, sea necesariamente buena.

3.

Tú, vacíate los bolsillos vacíos [3]

Escucho canciones viejas, nauseabundas algunas y otras pasables, correctas, pero nostálgicas al fin, y lo hago porque me llevan a otro lugar.

Pienso en Kiko Amat cuando dice:

Es curioso, no me digáis que no, de lo que te acuerdas y olvidas con el tiempo [4]

Y lo que no puedo soslayar es el hambre de estos días,

supongo que viene la voracidad por la consecuencia del pasado que declina como una torre que cae a mis manos y lo vuelvo palabras (o lo intento).

Tal vez por ello veo el documental “The smartest guys in the room”.

Y después de verlo extraigo una conclusión: que la maldad del hombre es endémica. Que todos somos buenos y malos en diferentes grados y que controlar la abyección no es cosa baladí.

De eso trata también mi novela: de ese demonio que tenemos todos adentro, y que siempre vuelve, justo cuando menos lo esperamos.

Ahora me toca ese trabajo: expurgar lo que de diabólico guarda mi memoria, mi juventud, los lugares de mi infancia; mi corazón.

Y debo confesar que duele, me duele, joder, me duele.

Pero que también… si no lo hiciese no podría continuar con mi vida.

Y ahora mismo, para mí, eso es lo más importante.

Lo único importante.

Por ello no puedo más que certificar las estragantes palabras

de Herbert Read:

“el artista ha de estar dispuesto a bucear por debajo del nivel normal de la conciencia humana y situarse bajo la corteza de la conducta y el pensamiento convencionales, a penetrar dentro de su yo inconsciente y del inconsciente de su grupo o raza” [5]

Que así sea, pues.

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Canción del día:

Pop will make us freakys – La Rubia Montoya

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[1] Miroslav Krleza “El retorno Filip Latinovicz”. Ed. Minúscula. Barcelona, Febrero de 2007. [pág 13]

[2] & [3] Jorge Riechmann. “Don del extranjero” & “Cinco sin blanca”, de Conversaciones entre alquimistas. Ed. Tusquets. Barcelona. 2007.

[4] Kiko Amat. Rompepistas. Ed. Anagrama. Barcelona. Enero de 2009. [pág 14]

[5] Herbert Read “Al diablo con la cultura”, citado por Antoni Tàpies en Memoria Personal. Ed. Seix Barral. Barcelona. Marzo de 2003. [pág 179]

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Negritudes y oquedades

1.

My heart beats so slowly now

Valero. Happy song.

Leonard de Selva/CORBIS  - "Frederic Mistral"

Leonard de Selva/CORBIS - "Frederic Mistral"

Leo a Kiko Amat,

que dice que la rémora es un pez indigno y asqueroso, que es el pez más rastrero del mundo, eso es lo que dice Kiko Amat, y dice también que su equivalente humano -el de la rémora- es peor.

Bueno, esto lo dice Pànic, su personaje en la novela “Cosas que hacen BUM”, pero es un trasunto claro de sí mismo. Pànic Orfila, digo, el narrador de “Cosas…”.

Y yo le creo, igual.

Porque hay cosas que son verdad, legitimamente verdad, con independencia de quién formule esas cosas.

2.

Leo a Levrero

y dice Levrero en el prólogo de El discurso vacío:

“he visto a Dios en un rayo de sol que oblicuamente animaba la tarde”.

Sí, pero aquí ha estado lloviendo, pienso;

y me digo a mí mismo que la lluvia lo ha jodido todo.

Pero ello no me consuela.

Yo no he podido ver a Dios.

Al menos no hoy. Es cierto que lo vi en esta misma casa, en la de mi madre, en el 2004, mientras escribía Alytzia Abbondanza.

Pero hoy no he conseguido verlo, como sí pudo Levrero, y de veras que ello me ha destrozado.

Es justo advertir que si me asomo a la ventana, justo al frente tengo un convento de monjas. Y es que justo al frente de mi balcón (un cuarto piso) hay una imagen en mármol de Jesucristo señalando con su mano derecha justo hacia la ventana de mi balcón.

Si, ya, lo sé, pero yo hoy, justo hoy, hoy más que nunca, necesitaba notar la presencia de dios, sentir ese aliento primero gélido y luego de puro fuego que es saberse en presencia del dueño del universo,

sea éste el dios de los católicos o aquel que se manifiesta con la furia del terremoto.

Yo hoy quería ver a dios,

al dios que habita el centro mismo de la literatura (y no a su puta rémora de mármol) y lo único que he tenido ha sido un terrible dolor de estómago y un tedio que me instiga a no cambiarme de ropa ni ducharme.
Llevo así dos días, con la misma ropa.

Llamé a dios y me encontré con la gratificación del simulacro:

la silueta de su estatua marmórea.

Yo mismo, hoy, soy un simulacro de mi mismo.

Tal vez demacrado, el pelo revuelto violentamente y la mueca desencajada, los ojos enfurecidos.

No sé, no me atrevo a mirame al espejo.
3.

Me leo a mí mismo, me releo.

Y no encuentro nada provechoso. Releo un texto que se llama “Esto no es la muerte súbita” y sé de qué va, sé perfectamente de qué va.

Lo supe desde el primer día.

Y es esa la razón que me impide escribirlo. Me duele demasiado. Es justo ese dolor el que me paraliza.

El texto va de las alucinaciones (alucinaciones que yo sufro), del fantasma de mi abuelo (fantasmas que yo veo), pero también de la violencia del ser humano

(violencia que conozco; sin ir más lejos el domingo por la noche arrojé por la ventana de un tercer piso una estantería de cd´s )

Se trata, además (“Esto no es la muerte súbita”), de una historia real.

Supongo que eso es lo que lo complica todo.

4.

Los Mancos, esos chicos raros...

Los Mancos, esos chicos raros...

No hay nada peor, excepto tal vez tu mirada.

Los Mancos. “Mayo”.

Dadas todas estas circunstancias,

hago lo que está claro que no debería hacer, que es beber Cardhu y Eristoff y cervezas no, cervezas no bebo porque me las acabé todas ayer.

Y me pongo a mandar cien peticiones de amistad en el Facebook porque pienso que es una forma civilizada de gritar “¡auxilio!”. O de decir: “¿hay alguien ahí?”

Y nadie me contesta.

Bueno, sí, acaba de venir a mi auxilio Fernando Marías, ¡gracias bendito!

Son las 05:26 am.

Miércoles 8 de abril de 2009.

5.

Por loar a mi benefactor le leo, a él también.

Leo a Fernando Marías.

Leo “Huellas desnudas de la mujer invisible”, que es un título harto acertado para el tema que nos ocupa, quiero decir que es el motivo no sé si de mi desdicha, pero sí de mi parálisis.

Tanto por lo sucedido recientemente en mi vida como lo que deseo contar en el mentado relato “Esto no es…”.

Bien, dice Fernando Marías que “Los tacones, como la mirada, emiten mensajes desde el oculto mundo del alma, que por supuesto no todo el mundo puede percibir”.

El dolor del escritor viene de percibir esos “mensajes ocultos del alma” de los otros. De las mujeres, especialmente.

El dolor del escritor viene de reconocer que entre sus instintos se albergan esos mismos que llevan a ciertos hombres a violentar a las mujeres. Y viceversa.

Lo terrible de la enfermedad de escribir es conocer esa magna silenciosa tragedia, tanto de los hombres como de las mujeres.

El dolor del escritor es que nada humano le es ajeno, sobre todo las cosas más terribles.

6.

Me gustaría hablar también de la felicidad de este último viernes por la noche, en Barcelona, de ese after de Poble Nou llamado The Other Place, donde entramos gracias a la amabilidad de Santi (al que conocimos el mismo viernes).

Y también la locura del Magic y las cervezas de antes con mi amiga la editora y mi amigo el escritor y hasta la pelea con el taxista que al final nos llevó a pasear gratis, ya con el día bien puesto en el horizonte, por la línea de la costa… a mí y a la rubia.

Y la tranquilidad del sábado. Y ver un partido de balonmano de madrugada para calmar la ansiedad de no tener tabaco, pero sin embargo estar contento y feliz, aun sin poder dormir.

Sí, me gustaría recordar brevemente todo eso en este dietario-blog, y el sexo feliz e inmejorable y la conversación agradabilísima y fructífera, y los abrazos tan tiernos; no, no quiero que eso se me olvide después… no quiero que se me olvide nunca.

Por eso sé que debo anotarlo aquí, en este dietario-blog.

Y sí, quiero mencionar también las Voll-Damms del domingo por la tarde, con mis dos hermanos y con nuestro primo P., y sí, incluso el haberme casualmente encontrado en el Absenta, en la barceloneta, a Amanda, la inglesa. Y haber decidido ir a saludarla. A ella y a sus amigos gays. Después de hacer más de un año de no verla (miento, una vez me la encontré en el metro y no la saludé).

Y sí, corrobar entonces que mis apreciaciones sobre ella de hace un año eran ciertas. Corroborar cómo uno no se equivoca en esto, en las cosas básicas del carácter de los otros, quiero decir.

Pero también la contrapartida del mismo argumento: la tristeza asociada al hecho de descubrir que la gente no cambia, que todo sigue igual a pesar de las apariencias, que en lo profundo lo que hay es lo único que tenemos. O bueno o malo. Sólo eso.

Nada más.

Y ahí, en lo más recóndito, sólo quedan dos opciones. Lo bueno o lo malo.

Eso es lo que ocurrió el domingo por la noche: descubrir nuevamente lo malo, lo arcano, lo funesto, la insoslayable perversidad de la rubia (aun a su pesar, creo); en fin, el golpe fatuo de lo malo y cruel y ya definitivo.

Aquello cuya existencia me negué ingenuamente a aceptar durante largo tiempo.

Tener que hacer de nuevo la maleta, de madrugada, de malas formas. De las peores formas.

Y ya es la segunda vez…

No, esto último no quiero recordarlo.

Para nada.

Verme así irremediablemente solo, de nuevo, con una maleta sola, en la calle, y llegar a la ventanilla de larga distancia de la estación de Sants, con la misma ropa del día anterior,  y pedir con la boca pequeña billete para el primer tren… con destino a casa de mi madre.

La ridícula tragedia necesaria de volver al hogar materno.

A mis 31 años.

7.

Supongo que en este exacto instante todo tiene que ver con la pared azul mar o azul piscina o en cualquier caso azul enormidad que me enfrenta ahora.

Quiero decir que así no hay modo de que desaparezcan los fantasmas.

Quiero decir que mañana me mudaré a la otra habitación, la de la pared negra. Donde escribí Alytzia Abbondanza.

Y es que mañana va a haber mucha agitación aquí, vienen a limpiar toda la casa, luego vendrá el cristalero a poner unos espejos y hay que mover la mesa y sacar una cama y.. y…

que ya se han hecho las 07:38 am.

Y será mejor que descanse un poco; voy a cubrirme la cabeza con la manta y el edredón y a ver si en la oscuridad del sueño se me aligeran las cargas molestas.

Por si acaso le daré algún sorbito más al Cardhu, con esa decisión última con la que se profesa una fé dudosa,

la misma que le tengo a dios ahora mismo, por ejemplo,

y así trataré de ver si las rémoras se ahogan en esa cascada decrépita que hay en mi estómago.

Y si no se deciden, mañana ya les estrujo yo la cabeza con mis propias manos y acabamos de una vez con esto.

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