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La larga sombra del viejo Hemingway (y II)

 

El pasado sábado 21 de Julio se celebraba el 113 aniversrio del nacimiento de Ernest Hemingway, al tiempo que se cumplían 195 años de la instalación del bar Floridita en La Habana, así como el 50 aniversario del nanimiento del museo de Finca Vigía. Para conmemorar tanta efeméride, se elaboró un daiquiri gigante (como se muetra en las fotos), de 270 litros y dos metros de alto que permite 466 dosis sencillas de daiquiri, preparado en una copa de cristal, especialmente confeccionada por el artesano local Lázaro Navarrete.

Entretanto aguardan por ver si les conceden la entrada en el libro Guinnes de los Records, sepan que nuestro amigo Frank Louderback (¿se acuerdan?) acabó clasificado para la segunda ronda de finales en el concurso de parecidos de Hemingway del Sloppy Joe´s Bar en Key West -aquí-.  Al final, sin embargo, acabó ganando el señor Greg Fawcett, de Cornelius -aquí-.

En fin, sirva este breve post como recordatorio afectuoso para con el viejo Hem, estés donde estés.

 

 

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Lecciones de hemeroteca

“Alemania está haciendo un gran esfuerzo por reconstruir su economía y pagar la deuda que tiene con los aliados, e Inglaterra intenta ayudar a Alemania para que pueda pagar todo lo que debe. A Francia le interesa que Alemania pueda pagar, y tiene que darse cuenta de que la recuperación económica de Alemania es necesaria si se quiere que Europa vuelva a normalizarse [...] Nadie que haya tenido algo que ver con esta guerra quiere hablar de otra [...] El pueblo francés no quiere otra guerra. Pero, en este momento, el pueblo francés no tiene el control del gobierno francés. Este es el quid de la cuestión [...] La actual Cámara de Diputados  [...] creen que le sacarán todo el dinero que quieran a Alemania si la amenazan lo suficiente, y no se dan cuenta de que lo único que conseguirán es dejarla en la más absoluta bancarrota y que no obtendrán nada de ello” [1]

[1] Ernest Hemingway. “La locura de Poincaré”, publicado en The Toronto Daily Star (4 de febrero de 1922), incluido en Sobre París, Elba Editorial, Barcelona, 2012, [pp. 24 & 25]

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La larga sombra del viejo Hemingway

Frank Louderback es un abogado de St. Petersburgo (en USA) que representa a Jerry Bottorf, un asesino a sueldo, acusado de matar a Thomas Lee Sehorne en 2007.

Pero sucede que, además de abogado, Louderback es fan de Ernest Hemingway. Y no solo eso, sino que, encima, su mayor deseo para este verano era el de presentarse al festival anual de imitadores de Hemingway en Key West  (y es la cuarta vez que se presenta ya).

La vista para el juicio contra Bottorf, Christie Sehorne (ahora Christie Bottorf, pues acabó casándose con el asesino de su marido, al que le pagó 60.000 dólares del millón que cobró del seguro de vida) y el hombre acusado del crimen material, Luis López, debía comenzar el pasado 9 de Julio.

Temeroso pues de que se alargara, Louderback, el abogado de Bottorf, le pidió el pasado 22 de junio al juez un viernes libre, precisamente el viernes día 20 de Julio, que es cuando se celebra el concurso, pues dijo que ya tenía los tickets de vuelo, el hotel, y la tarjeta de participación y que venía con él la familia y que iba a ser todo un lío si no iba.

El juez, Steven Merryday, no sin cierta sorna (y quien también parece que es fan de Hemingway), le contestó que “entre un juicio de asesinato por encargo y un concurso anual de imitadores, seguro que Hemingway, un hombre vehemente, admirador de la gracia bajo presión, hubiese elegido atender el juicio”.

El juez Merriday, fan no solo del viejo Hem, sino también de Dorothy Parker, no dudó en citarle un artículo de está de 1929 sobre el viejo Ernest en el que decía  que “[Hemingway] trabaja endiablamente, y sin parar… tiene la más profunda valentía… él nunca se ha desviado por el camino fácil, sino que se la ha jugado yendo por el suyo propio. Hay que tener valor para ello”.

Y una floritura final todavía.

Le dijo Merriday al abogado Louderback que “quizá un abogado que evoca a Hemingway sea capaz de resistirse a un juego relajante en favor de una obligación seria”, para acabar citando la última línea The sun also rises, así:

Isn’t it pretty to think so (¿no es bonito pensar que sí?).

Sin embargo, las cosas se le pusieron de cara a Louderback la semana pasada, ya que su cliente se declaró –de manera imprevista- culpable, y mañana el abogado imitador de Hemingway tendrá vía libre para acudir al concurso junto a su familia.

¿Se imaginan que gana?

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ADDENDA:

El documento original en el que juez Merriday deniega la solicitud de aplazamiento del juicio se puede leer íntegro aquí.

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B-17G, de Pierre Bergounioux

En el último libro de Pierre Bergounioux publicado en España, el que lleva por título B-17G (Alfabia, 2011), aparece un postfacio de Pierre Michon en el que éste recalca el disimulo que Bergounioux aplica a su escritura. Tal disimulo sería el de “cambia[r] el ángulo de corte”, pues Bergounioux, al decir de Michon, “escribe lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69].

Sería así Bergounioux un copista crítico, como quien dice. Aquel que rompe(ría) el hiato del mundo, insuflándole un hipo extraño. Y, convirtiéndose así en hermeneuta privilegiado; pues, ya nos dice él mismo que “las palabras tienen un sentido preciso e inflexible” [pág 14]. Con ellas, Bergounioux,  según opinión de Michon: “esculpe los metales” [pág 67].

El cuerpo de esos metales, sería el cuerpo del libro B-17G y la pluma que los ha escrito, sería el cuerpo del escritor, a decir de Michon.

El escritor, visto así, es quien “tritura la cuchilla segadora”, nos dice Michon y “cambia el ángulo de corte” [pág 69]. Ello nos daría “ese pequeño desajuste” que es la “reticencia que normalmente va unida a la sabiduría” [pág 44]. Y la que en este libro (y en el resto de la obra de Bergounioux) se persigue –y se consigue-.

Es ciertamente una buena imagen esta que nos da Michon para hablar de este libro que trata de esa época que conoció el apogeo del hierro y su declive (la época moderna). Un libro que se suspende en los apenas tres o cuatro segundos que transcurren entre que un Focke-Wulf alemán que se mueve a setecientos cincuenta kilómetros por hora se pone atrás del bombardero norteamericano B-17G, buscándole el ángulo muerto y lo acribilla a balazos, obligándolo a “deslizarse hacia la tierra donde se desintegra en una enorme bola de fuego, fuera de nuestro campo de visión” [pág 62].

Esta imagen, grabada por las cámaras del Focke-Wulf situadas al lado de las ametralladoras, la recuerda Bergounioux de su infancia. Y, para tales segundos confusos, ahora, de anciano, se da a inventar una narración, que venga aderezada con “la sombra de la historia que obsesiona toda acción” [pág 56]; y, ello, en boca del ametrallador de babor del Boeing que Bergounioux bautiza como Butcher shop,  un personaje ficticio llamado Smith (herrero) que maneja una ametralladora 12,7.

En esos tres o cuatro segundos que dura la grabación que Bergounioux guarda en la memoria, el libro se propone crear una realidad “emotiva” y probable de ese tal Smith, el ametrallador de babor del Butcher shop, una realidad que “mientras pulveriza la imagen que nos hemos hecho de ella, nos recuerda su existencia, su realeza y su poder a través de la pérdida y del fracaso” [pág 42].

A ello se le suma la idea del propio escritor (y lo que, de alguna forma, le daría ese tizne de autoficción que tienen todas las obras bergouniouxianas) de que “uno es un hombre construido con dos o tres imágenes a las que se les da vueltas” [pág 40]. Esas imágenes, aquí, para Smith, son las del ruido, el frío, la velocidad ultrasónica y el vértice del cañón de las ametralladoras alemanas que lanzan contra él – y el resto de su nueve compañeros- sus proyectiles asesinos.

B-17G, con ello, es una celebración fúnebre sobre la juventud y la historia (esa que se hace un poco sin pensar), pues “hace falta ser tan joven como lo es el mundo –se nos dice- para entender cuál es su sentido” [pág 41]. Bergounioux aprovecha la narración para exprimir sus recuerdos de niño, su creencia de que “la realidad participaba de las palabras con las que poder evocarla” [pág 39].

El gran hito que consigue en esta obra Bergounioux es el de crear esa sensación de vértigo en la que los pensamientos de los personajes “son siempre recuerdos” [pág 43] y afectos, unos personajes (los diez integrantes del B-17G) a los que, valga decir como único reparo, les habría convenido más en sus parlamentos e impresiones psicológicas la utilización por parte del escritor del tiempo verbal condicional en contra del presente declarativo.

Ese presente que afirma con una brutalidad hemingwayana, un tono “seco desde el principio, brutal, frustrado, muy hábil, tan subjetivo que todo lo que sucede no tiene la menor importancia. Sólo importa una cosa, siempre la misma: el saber si el tipo, siempre el mismo, podrá oponer su voluntad a la adversidad salvaje y rabiosa que lo ha elegido como piedra de toque” [pág 38].

Sirva este párrafo último como ejemplo para el lector de ese estilo metonímico de Bergounioux, quien, como nos dice Michon recordando la célebre novela Moby Dick, cuando dice Bergounioux: “Fulano, supongamos” (en el caso de esta novela “Smith, supongamos”) en realidad quiere decir: ”soy yo. Soy yo cuando era joven. Era yo” [pág 70].

Porque ya lo dijimos al principio, que Bergounioux escribe “lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69]. Así, este libro, aunque parezca que nos cuente la historia del ametrallador Smith y el resto de sus compañeros del B-17G, en realidad testimonia esos tres o cuatro segundos en los que el niño Pierre Bergounioux abandona para siempre el fértil territorio de la inocencia, el de ese sufrimiento que ya no le concierne y que, hasta entonces había sido su fortaleza.

Un modo tardío de “pasar a limpio todo lo que [me] ha sucedido” [pág 59].

 Pierre Bergounioux. B-17G. Traducción de Paula Cifuentes. Ediciones Alfabia. Barcelona. Junio de 2011.

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Remembranzas de agosto

1.

Sí, fue en Madrid.

Por el Parque del Oeste, me parece.

No acude a mi memoria  el nombre del tipo, pero era actor, de todas formas, de una compañía que hacía gira por los pueblos de Castilla.

O sea que no lo conocerán.

(Éste no es de los que se volvieron famosos, como sí ocurrió con otros que traté en aquella época).

Vaya, es irrelevante. Le llamaremos X.

El tipo del que quiero hablar (X) vivía por aquella zona y, a veces, nos reuníamos en su barrio para tomar una cerveza, charlar o servía su piso como simple punto de encuentro de nuestras salidas de fin de semana de la ciudad.

El caso es que era actor y jardinero. El tipo del que hablo (X).

Y procedía de El Toboso (sí, sí, la patria de Dulcinea). Lo que, por supuesto, le confería un rasgo de carácter particular: la irrenunciable influencia cervantina.

Nunca fuimos amigos, pero formábamos parte de la misma compañía teatral.

O sea que nos tratábamos e, inevitablemente, compartíamos impresiones sobre la vida y el arte (o algo así).

La obra en la que trabajábamos en aquella época, cómo no, era una parodia contemporánea quijotesca.

Voluntariosa, sí, voluntariosa sí que era la obra.

La compañía… no tanto.

2.

Me sacaba unos años, este chico. X.

Pongamos que entonces él tendría treintauno y yo veintiseis.

Ensayábamos nuestra obra magna los fines de semana en El Toboso.
Entre semana lo hacíamos en unos locales del ayuntamiento de Madrid. Por la Castellana, diría. Eran gratis.

El fin de semana bajábamos a El Toboso.

Un largo trayecto de carreteras ruinosas y angostas, paisajes quemados por el sol y nadie en kilómetros y kilómetros y kilómetros.

En El Toboso pasábamos el fin de semana ensayando, comiendo y bebiendo

(las horas son largas, larguísimas en pueblos como El Toboso).

Era casi gratis, además. Porque dormíamos y comíamos en casa de los padres de este chico, de X.

Las copas… no sé. Yo no las pagaba.

De aquella casa recuerdo el excelente vino y el inquebrantable frío.

Y unos padres también voluntariosos.

Bueno, también recuerdo el pub del pueblo: a determinada hora quitaban la música y aquello se convertía en un bingo.

Recuerdo caminar por las calles, recuerdo tratar de emborracharme, voluntariosamente. Pero nada.

Recuerdo la calamidad de aquellos días.

Y la franca e ingobernable soledad.

También la sensación excitante de la búsqueda, el desamparo y la inservible libertad.

3.

Y eran calamitosos aquellos días por una razón: el dinero.

Verán, la obra en la que veníamos trabajando desde los últimos meses se financiaba -supuestamente- por la comunidad de Madrid.

El inconveniente es que el dinero nunca llegaba. No llegó, al menos, hasta que yo -harto- me largué.

Y me largué verdaderamente, porque había llegado al límite de mis recursos. Tuve que hacer la maleta y volverme cabizbajo a Valencia.

En fin,

que allí todos estábamos por el dinero. Nunca se hablaba de arte, se hablaba de dinero. El dinero todo el tiempo. Dinero, dinero, dinero. Y el dinero no llegaba.

[A veces uno piensa que el arte es sólo eso: vanas infundadas promesas de vaporoso cumplimiento]

La obra, consecuentemente, resultaba un desastre.

Porque nadie estaba a lo que estaba.

Los unos (el director y su socio) estaban a la búsqueda de subvenciones y los otros (los actores) estábamos rezando por las buenas nuevas.

De los tres actores (más el director y su socio; cinco integrantes de la obra, en total) el único que no tenía otra fuente de ingresos era yo, así que mi situación era un pelín más insostenible.

Supuestamente, el dinero habría habido de llegar desde la comunidad de Madrid, ya lo he dicho.

Sólo que… la comunidad de Madrid parecía querer hacerse la coqueta y demandaba largo flirteo, dedicación y entusiasmo.

4.

Y esto viene a colación de algo que me interesa: el dinero y el arte.

Resulta que el tipo del que hablo, X, una noche, sentados en uno de los parques cercanos a su casa me dijo que yo tenía un problema. Según él, se trata de lo siguiente:

que yo soy de los que, o me salgo con la mía (es decir, soy de los que opinan que he de ganarme el dinero con mi arte), o no estoy dispuesto a dedicarme a cualquier otra cosa.

Y X. tenía razón. Toda la razón.

Recuerdo que añadió:

fíjate, yo soy jardinero y no me importa. Dedico mi tiempo libre al teatro.

Eso es todo.

5.

No tengo nada en contra de quien toma esa postura.

Recuerdo también -por la misma época- un furibundo desprecio

(teñido de cierta envidia, probablemente)

que me propinó cierta secretaria de una conocida revista en la que trabajaba, así como el director de la misma, cuando les dije que me iba a encerrar un año a escribir mi primera novela.

Su respuesta fue muy parecida a la de X:

trabaja y en tu tiempo libre escribe.

Mi respuesta fue (y es): No.

Siempre he sentido la secreta sospecha de que quien esto dice

(búscate otro trabajo)

es porque no está seguro ya no tanto de sus cualidades, siquiera de su talento, sino de sus capacidades, sobre todo de la capacidad de resistencia, entrega y decisión.

No nos vamos a engañar: el arte es una cosa dura. Y lo es no tanto per se sino por las consecuencias que trae.

A estas alturas las evidencias son abrumadoras.

Yo entiendo la tentación del fracaso,

yo mismo la he sentido innumerables veces.

Pero ni la opción correcta me parece la de la falsa humildad

(buscarse un trabajo de jardinero)

ni hacer arte por dinero

(aquella obra desastrosa que esperábamos se financiase por la comunidad de Madrid).

6.

En estos momentos leo una obrita menor maravillosa, calificada empero como una de las diez mejores novelas escritas en castellano de la segunda mitad del siglo XX.

Una auténtica gema, una delicia.

Una obra maestra. Una exquisita fiesta sensorial.

Se llama “Helena o el mar de verano”, y es de Julián Ayesta.

Ayesta fue diplomático de profesión.

Así que, tal vez, esta excepción pueda desmentir todo mi discurso.

No sé.

[Es la única obra narrativa que el autor publicó en vida].

Lo único que recuerdo ahora,

en esta noche tremendamente calurosa de agosto de 2009, es algo más que me dijo X., el actor, durante el transcurso de aquella lejana conversación en un banco cercano al Parque del Oeste, en Madrid,

cuando yo tendría unos veintiséis años y estaba más que dispuesto a abandonarlo todo para concluir mi primera novela.

Me dijo:

“por las noches no puedo dormir, las preocupaciones me embargan”.

En aquel momento no lo sentí así

(a pesar de haber sentido una honda punzada al escucharlo),

pero lo pienso ahora y me planteo:

¿No se tratará dicha confesión de una consecuencia de la negación del arte?

¿Es esto lo que sucede cuando se cambia el festín de la palabra por el festín del dinero?

Hoy hace demasiado calor, tengo fiebre y estoy a punto de caer rendido… y ya son las cinco y media de la mañana.

Pero esto es lo que pienso hoy, ahora, con este calor horrendo, pienso que el arte es cosa del individuo, manifestación de su genial singularidad.

Y pienso también que el dinero no dice nada de aquel que lo posee.

En cierta ocasión Hemingway le dijo a F. Scott Fitzgerald:

“Francis, la única diferencia entre los ricos y todos los demás es que los ricos tienen dinero, eso es todo”.

Sí, eso es todo.

Al menos por hoy.

Con este tremebundo calor es imposible pensar con claridad…

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