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Off topic: Nick Curran (1977-2012)

Ayer murió Nick Curran.

No es baladí mencionar que murió de un cáncer de garganta.

Había nacido en 1977.

*

 

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Melancolía del humo (XVII)

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Apostilla a “La timidez en/y la escritura” [2]

La fragmentariedad a la que se refieren hoy los escritores contemporáneos no es precisamente experiencia de vida, siempre relativa, incompleta y defectuosa. Se trata, diría yo, de otra cosa.

Es más una suerte de filosofía de afán sistemático, pero que fallece a la mitad de su recorrido. Y, de ahí, que sea fragmentaria la tal práctica literaria que surge de dicho afán. Pero no, como se ha dicho, porque esté relacionada con la vida, con la experiencia de la vida, con la verdad inapresable que  subyace a toda trayectoria vital y que es, a la vez, su reclamo y virtud (pues renace continuamente gracias a su conocer) y que, sí, es falible, insuficiente y ambigua, sino porque no tiene capacidad ni cualidades para afrontar el careo con lo absoluto, lo objetivo y lo universal.

Así, la fragmentariedad contemporánea que tanto nos disgusta se funda en una metafísica de la carencia.

De un lado, se da el lujo de denostar la verdad incognoscible de la experiencia humana y, de otro, ironiza sobre la vanidosa pretensión sistemática y totalizadora de los sistemas filosóficos. Pero la única creencia que aduce en su descargo es la pereza, la dejadez y la desidia.

De ahí que su único legado haya sido el de la cizaña, la hostilidad y un violento ruido que desorienta a quien crédulo confía -así sea de primeras- en su falso enunciar.

Queda, sin embargo, una pregunta que convendría sopesar: ¿podríamos asegurar que tal pereza, dejadez y desidia tienen un sentido histórico o no han sido sino unos cuantos que se han servido de unas meras estrategias camufladas para coadyuvar al ataque simbólico contra la cultura dominante y lo han disfrazado de supuesto zeitgeist?

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Apostilla a “La timidez en/y la escritura” [1]

Hablábamos el otro día de fragmentariedad y timidez -aquí-, así que conviene recordar unas palabras de María Zambrano al respecto de la Confesión como género literario:

“se manifiesta en la Confesión el carácter fragmentario de toda vida, el que todo hombre se sienta en sí mismo como trozo incompleto, esbozo nada más; trozo de sí mismo, fragmento. Y al salir, busca abrir sus límites, transponerlos y encontrar, más allá de ellos, su unidad acabada. Espera, como el que se queja, ser escuchado; espera que al expresar su tiempo se cierre su figura; adquirir, por fin, la integridad que le falta, su total figura” [1]

[1] María Zambrano, Confesiones y guías, Ed. Eutelequia, Madrid, 2011 (p. 52)

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Todo es válido si vale

*

El autor de culto Roger Wolfe (Westerham, 1962) es un caso atípico en las letras españolas; inglés, pero criado desde la infancia en España, con más de una veintena de obras a sus espaldas (poesía, relato, novela, diario, ensayo), sigue, sin embargo, siendo un autor medio-desconocido en el ámbito literario. En su opinión, es porque en España “no existe una verdadera tradición del escritor hecho a sí mismo” y es que “falta la visión, la atmósfera y la tradición de lo alternativo”. O quizá es porque, como él también arguye en su descargo, “mi problema, básicamente, es que escribo para gente como yo. Y por suerte o por desgracia conozco a muy poca gente como yo”. Ese ser-él-mismo es de lo que da cuenta Escrito con la lengua (Huacanamo, 2012), libro que recopila sus tres primeros diarios de anotaciones, reflexiones y aforismos, pero –sobre todo- de personales teorías sobre lo que se le ponga a tiro; un conjunto que Wolfe define como ensayo-ficción, así: “una tumultuosa y polícrama mezcolanza […] demoníacamente obsesiva […] [que] puede alumbrar las tinieblas con algún fogonazo ocasional de luz”.

Escrito con la lengua hace referencia a ese escribir con la crudeza amorosa del lametazo, que te deja indefectiblemente restos de saliva en el ánimo, y está escrito con una rara severidad juiciosa, que acaba siendo lúcida y clara, pues se diría que la intención de Wolfe es remover las telarañas de los ojos del corazón de la gente que le lee; gente inteligente, precisa, pues es así como considera a sus lectores. Y, en verdad, es esa la sensación que se tiene: la de compartir juerga dichosa con el autor, que no duda en dirigirse al lector con franqueza, utilizando, cuando le conviene o apetece, la apelación directa y sin renunciar a una feliz (auto)ironía que distiende la fuerza gravitatoria del volumen. Y esto porque no nos esconde Wolfe ni su condición de maníaco-depresivo, ni su alcoholismo, ni su uso de las drogas, sus disputas con la gente, la ansiedad e histeria y el nerviosismo que alienta su existencia, ni tampoco sus múltiples fracasos.  Wolfe lo expresa de la siguiente manera: “Cada obra, cada página, cada párrafo, cada línea que he escrito, que escribo, que escribiré, es un jirón arrancado de la carne de mi vida”.

El libro engloba las anotaciones realizadas por Wolfe (los primeros años en el ordenador y, ya al final, en una libreta que parece llevar siempre consigo) entre los años 1992 y 2001, con la excepción del intervalo 1999-2000. Prácticamente todas ellas (con escasas excepciones) se rigen por lo que Wolfe llama “las tres reglas de oro de Saroyan”: Realismo, sobriedad, brevedad. “El realismo es –nos dice-, desde Cervantes hasta hoy y para siempre, el punto de partida y la meta de cualquier escritor que se precie”, dejando claro que para él realismo es “todo lo que sea real”. Sobre el tema de la sobriedad habremos de referirnos al título de esta reseña Todo es válido si vale, leit motiv asimismo de Wolfe, y que se refiere a “la fina labor de filigrana” que ha de realizar un autor en lo que se refiere a los tacos y las palabras malsonante. Es cuestión de savoir faire y una correcta dosificación, nos dice Wolfe, quien para nada renuncia al uso de los registros y expresiones “avulgarados” en sus textos. Y en cuanto al asunto de la brevedad, en este caso se refiere Wolfe a “esa filosofía de los pobres” que es el aforismo y que en su vertiente ideal no contendría más que “unas doscientas palabras”.

Según su propia definición, sería el estilo de este libro (y de su obra al completo) “rápido, nervioso, eléctrico y un poco dislocado”, y ello por influencia de Blaise Cendrars, del que nos dice Wolfe que “en buena medida me enseñó a escribir”; además, se regiría por una afán intrahistórico, en sentido unamuniano. Y hablando de literatura, de escritura hay mucho en Escrito con la lengua, desde el prosaísmo de lo que Wolfe gana con la literatura, pasando por los suplementos literarios, los críticos, los motivos de Wolfe para escribir, sus sospechas por sentir en un determinado momento su obra agotada (habiendo perdido la fe en ella). Pero, enseguida la incapacidad de dejar de escribir, sus problemas con las traducciones (a las que se dedica profesionalmente), reglas sobre el estilo o el tono. También hay reflexiones sobre la genialidad, la sencillez, el talento, la necesidad del escritor de mantenerse impermutable en el camino marcado por su obra y su obligación de violentar el lenguaje para decir algo nuevo y original. La primacía de la obra sobre la vida del autor, la importancia del espacio físico en la literatura, cierta idea de raigambre aristotélica sobre la construcción del personaje, y de cómo un escritor debe ser “hijo de su tiempo”. Pero también aparece la gente odiosa de Gijón (donde vive desde 1983), o el anarquismo, la subversión del  amor (“no hay nada en este mundo más peligroso que un ser humano seriamente enamorado”, afirma), la tele-basura o los centros comerciales, su innata teatralidad (“yo sin público nunca he sido nadie”, dice), etc.

En lo que respecta a escritores, pienso que es útil nombrar a unos cuantos de ellos, para que el lector sea capaz de cartografiar los gustos e intereses de Wolfe. Así, entre los autores que cita, menciona, parafrasea o con los que discute o sanciona se encontrarían Bukowski, Chandler, Hammett, Carver, Céline, Onetti, Saroyan, Proust, Joyce, Kenzaburo Oé, Schopenhauer, Rubem Fonseca, Sábato, Hemingway, Delmore Schwartz, Baudelaire, Lawrence Durrel, Kafka, Quevedo, Ángel González, Ferrater, etc pero sobre todo, Hubert Selvy, Verlaine, Eliot, Shakesperare y Donne.

Para finalizar, si seguimos la idea de Wolfe de que un buen lector es aquel que sabe sacar la media aritmética de lo leído, comparando así lo que el autor escribe “en días malos, cuando uno se siente furioso y cabreado” con lo que se escribe los días que a uno “le sonríe hasta las viejitas en la cola del autobús”, podríamos concluir que la valoración de Escrito con la lengua sería un bien alto, casi un notable. Y, ello, por una razón que el mismo Wolfe nos dice al final del volumen, así: “nunca como hoy había resultado tan oportuno afirmar que la tarea del escritor consiste en constatar lo obvio”. Así, tales obviedades, siendo categóricas a la fuerza, constituyen en Escrito con la lengua una repetición constante de esas cosas que deberían “darse por sentado” y que, en la mayoría de los casos, el lector ya sabe, intuye, infiere o (re)conoce.

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Roger Wolfe. Escrito con la lengua. Ed. Huacanamo. Barcelona. 2012. 224 páginas.

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*Este texto se ha publicado en la revista chilena Crítica [06-Agosto-2012] -aquí-.

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La tregua del presente ampliado

Leer es el modo más personal de negar la actualidad.

Y esto es lo que he estado haciendo en los últimos días: leer, pero al azar, caprichosamente, dejando que los montones de volúmenes que se acumulan sobre el escritorio, las banquetas y el suelo, vayan levantando la mano para pedir la vez, y dar así la voz, su voz.

Oponer la voz de las palabras a la semiótica y el ruido de las noticias, pero de un modo absolutamente veleidoso y frugal. Leyendo un poco de aquí, un poco de allá, “cortando” unas lecturas con otras, abortándolas a veces, abandonándolas muchas veces más a su suerte contra el polvo y el silencio y otras, más venturosas, permitiéndoles su laica resurrección (o resucitándome ellas –las lecturas- a mí, que nunca se sabe).

Porque pienso que no se le puede –ni debe- dar un orden programático a las emociones y menos a las ideas, que ya saben en qué momento deben ejecutar su número circense y aparecérsenos, para que las agasajemos y, quizá, (re)vistamos con la sombra de nuestra mirada.

Dice Umberto Eco en su libro Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2012) que una novela no es solamente un fenómeno lingüístico, sino que se trata esencialmente de un asunto cosmológico. Que es “el universo que ha construido el autor lo que dicta el ritmo, el estilo e incluso la elección de las palabras”.

También, como es fácil suponer, es la lectura un asunto de cosmologías (aunque también, en cierto sentido, de cosmogonías) que exige su ritmo y estilo, pero, por sobre todo, su medio. Y el mío, mi medio de lectura quiero decir, sigue siendo principalmente analógico, pero aún más fetichista. Es decir, dominado por ese objeto memorable y total, autónomo, que es el libro impreso.

Y en él, en el papel impreso, me vienen sorprendiendo los gritos de rebelión hacia los flujos binarios de datos, tan precarios y visibles, y evidentes. Quizá, por ello, venga prefiriendo últimamente la promesa de experiencia de lo sublime que, por regla general, suelo encontrar en bastantes libros impresos. Esa claridad y confusión del arte puro que no acabo de encontrar en la (hiper)velocidad de la pantalla, ese interfaz que no alcanzo a sentir como una prolongación de mí, pues ahí no acabo de intuir ni la posibilidad ni la latencia y, por ello, no consigo identificar más que una superposición incesante de la materialidad carnal (y no una sedimentación, como debería ser).

En fin, que lo que quiero decir es que la evidencia empírica (me) arroja unos datos bastante clarificadores: Gutenberg sigue siendo capaz no solo de ampliar(me) el presente, sino también el espacio próximo; todo lo contrario que la interfaz que, a fuerza de comprimir el tiempo, atenta contra la salud de mi higiene mental, pues (me) deja pocos huecos en el cerebro para la improvisación y el libre albedrío.

Y ya saben lo caro que se nos está poniendo la cosa esta de la salud, como para ir jugando encima.

Sirva esta pequeña nota, pues, para declarar mi negativa a dejarme avasallar por la tiranía de la actualidad veloz y su terrible verborrea y funcione, al tiempo, como loa imprevista al viejo libro impreso, ese de toda la vida. Ese que, aunque pasen mil años, seguirá funcionando, pues su única fuente de alimentación imprescindible son unos ojos atentos que echen un poco de asombro en su oscuridad iluminadora.

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Pas un autre

Desde el minuto cero de la primera temporada quedó claro que, tanto los protagonistas del show Alaska & Mario (que se emite por MTV), como sus amigos, y la gente que les rodea y aparece episódicamente en el show, actúan. Su ser así (su personalidad) se define a través de su propia actuación, en esa suma de instantes intermitentes, mediados por tramos más convencionales. O sea, que en su cotidianidad ya son (la mayor parte del tiempo) una representación teatral. Y en ese vivir performático eran naturales. Aunque, entiéndase que tal naturalidad es la del simulacro postmoderno y kitsch. Sin embargo, se ha producido en la segunda temporada un añadido fundamental: la actuación de los personajes no ha devenido específicamente en parodia, sino que se ha convertido en una imagen especular. Así, ahora, el modo de conducirse responde a un tercera vía de (auto)representación. De manera más acusada (y puesto que es quien más minutos permanece en pantalla) se percibe esto en el protagonista masculino, Mario Vaquerizo, el cual se comporta como su yo “simulacral” piensa que los demás desearían que él se condujese con sus asuntos, mezclado con el modo en el que él mismo desearía conducirse, según su yo ideal y necesariamente reprimido –hasta ahora-. O, mejor dicho, dejando que su yo ideal no se vea en la tesitura de tener que disfrazarse de yo postmoderno, y campe a sus anchas, desbocado y en un frenesí cáustico.

Contra lo que pueda parecer, tal neurosis no significa que lo que se nos muestra sea falso (por avenirse a un ideal inexistente), o que esté a tres grados de separación de su yo auténtico –y secreto-. Para nada, probablemente estos tres metros alejado de sí mismo en los que ahora convive, sean el espacio más verdadero en el que haya habitado nunca, ya que se trata de un espacio de libertad, por mor de la suspensión de todo tipo de juicios de valor, conducta o sentido común. Un espacio semejante a un limbo de la personalidad, en la que ésta ya no se ve constreñida por margen alguno, gracias a la protección de la campana de cristal que está representada simbólicamente por la presencia constante de las cámaras. El matiz aquí es importante, ya que no se trata de una personalidad difuminada o en dispersión, esa (post)identidad tan contemporánea, qué va. El asunto es que la fatuidad del personaje se muestra con el mayor descaro en su intento de “querer ser” y asistimos cada minuto al conato de germinación de un yo que está siempre en vías de ser ese yo y, entretanto (y así será mientras dure la campana de cristal), no es más que puro e incontaminado deseo salvaje de (auto)determinación.

Al yo primero (a su personalidad normal, por decirlo en términos pedestres) no le quedaba más que ser así por causa de las circunstancias. Al yo segundo (al del simulacro) se le permitían –y exigían-  los desmanes en virtud de su disfraz frívolo y superficial y se caracterizaba por una trabajada extravagancia. El yo actual, el que exhibe en la segunda temporada del reality Alaska & Mario, es el más verdadero, el que muestra una autenticidad ladina, un yo que se ve refrendado por una identidad que no depende tanto de las atribuciones de los otros  como de su permisividad. Y esta es la razón por la que ese constructo con visos de idealismo que aparece en la pantalla y que recibe el nombre de Mario Vaquerizo es más puro y auténtico; y ello porque no se trata de persona alguna sino de una idea que estaba antes de la construcción del primer yo social y su deriva hacia la iconoclastia de vodevil, una idea que da vueltas sobre el semicírculo de la campana de cristal siempre dispuesta a (re)formularse, sabiendo que solamente puede seguir siendo ese yo mientras continúe atareado en su carrera infernal, y no se detenga y vaya dando vueltas y vueltas y vueltas alrededor de la campana de cristal, que es -a todas luces- utópica, precaria y, sin lugar a dudas, temporal.

Y esta es la razón por la que ver a esa peonza en su girar interminable se hace, por momentos, cansino, por su irrelevancia (debido a la acumulación de momentos (hiper)relevantes). Ha de decirse que el montaje de las imágenes, en el que se concatenan sin ninguna continuidad extractos de diferentes días -al modo histriónico del videoclip-, contribuye al vértigo y ayuda, en gran medida, a poner de relieve la creciente imposibilidad de ser ese ningún otro que, me temo, acabará siendo, con el tiempo, un ser nadie y, postreramente, en un no ser ya nada, nada más que la sombra herética de una extravagancia adocenada y, con toda probabilidad, algo relamida y fútil.

En resumidas cuentas: Vaquerizo en la primera temporada del docu-reality actuaba para los demás (el público inmediato y los televidentes); en la segunda temporada, sin embargo, actúa de manera exclusiva para sí mismo.

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Dylaniana (III)

FURTHER VIEWING:

Dylaniana / 14-Marzo-2012

Dylaniana (II) / 14-Marzo-2012

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Tríada(s)

Estas son las cosas que ocupan mi tiempo últimamente:

a) La gauche divine

y b) Tomás González

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La soledad del deseo, según Valentín Roma

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Dylaniana (II)

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Dibujos animados

Nicolas Party, "Dinner for 24 Elephants" (2011)

1.

Veía estos días el brechtiano documental de Joaquín Jordá El encargo del cazador. No sé qué hubo antes en mi relación con Jordá. Y es que recuerdo cuando la Filmoteca de Catalunya programó hace no demasiados años (quizá hace un par) un ciclo completo de sus documentales. Pero algo se me resistía. No sé bien qué. Sus problemas con el lenguaje (de los que huía como al diablo, quizá por temer el contagio), el haber oído hablar de él a las personas inadecuadas, el rechazo visceral que me producen algunos de sus temas; el de la pederastia en el barrio chino, particularmente… quién sabe, es difícil acertar motu propio con la obra de arte.

Por esa razón, suele ser la obra de arte la que nos encuentra.

Así sucedió este fin de semana pasado para mí con El encargo del cazador. Aunque no es menos cierto que la llegada del documental a mi ribera, vino de la mano de Alberto Villamandos y de su libro El discreto encanto de la subversión (Laetoli, 2011). El análisis que hace Villamandos de la cinta no solo es primoroso sino iluminador, sin embargo, leyendo este mismo fin de semana también Dibujos animados (Anagrama / Compactos, 2012) de Félix Romeo (libro con el que me ha pasado lo mismo que con Jordá) se me ha hecho presente de nuevo ese modo en el que las obras dialogan necesariamente entre sí (conspirando, de alguna manera, contra la tradición individual) y forman parte de constelaciones que, una vez formadas en la psique, se le vuelven a uno ineludibles a la hora de abordar otras nuevas obras. Y es que igual que el personaje/narrador innominado de la novela de Romeo, Jacinto Esteva, protagonista de El encargo del cazador, cineasta de la escuela de Barcelona, perdido en África en los años 70 y en el alcohol y en las drogas después, atraviesa un camino de soledad y depresión que le conduce a convertirse en una caricatura de sí mismo, en un parodia: en un dibujo animado, pues.

Lo mismo sucede, como he dicho, con el protagonista de Dibujos animados, un personaje atrapado en el terreno de la posibilidad, en un infantilismo fundamentado en su carencia (por temor y miedo, entiendo uno) de objetivos plausibles. Un personaje confinado en su pasado, del cual quiere huir, pero no puede. Un pasado que quiere borrar, porque “cada vez el pasado es más grande […] es como una piedra en el centro de la cabeza” (p. 60).

2.

Así se  nos define el protagonista de la novela de Romeo:

“Los peces no tienen secretos. Ni guardan secretos. Yo miraba los peces de los donuts. Me gustaba mirar los peces después de meterme cola. Era la mejor manera para estar en ningún sitio” (p. 97).

La línea principal del argumento de Dibujos animados guarda un subtexto narrativo que tendría que ver con una segunda línea argumental; línea que es, por definición, inagotable. Se trata los dibujos animados que dan en la televisión, pero, más concretamente, los de Coyote y Correcaminos. Romeo juega con la yuxtaposición de significantes, y así poco a poco ambos se van contagiando. “Sólo soporto a los animales de la Warner” (p. 25), nos dice el protagonista bien al principio, rehusando lo real de la vida y cayendo cada vez más en la neurosis repetitiva del formato narrativo de las series de dibujos animados. En este sentido, guarda cierta armonía con la vida de Jacinto Esteva, tal como nos la cuenta Jordá. La de alguien que opta por la teatralidad de su vida, por representar el papel de divino Peter Pan chapoteando en una ciénaga de alcohol, ansiedad y neurosis. Un viejoven a quien tanta memoria le deja la voz ronca, quebrada y dubitativa. Un viejoven que, de tanto repetirse, ha perdido el referente y es ya calco de no se sabe qué, eco lejano de ese personaje colectivo que fue la gauche divine.

3.

La escritura de Romeo no es una escritura lacónica, sino concentrada, epifánica. Instantes sentenciosos, divertidos, absurdos, incomprensibles, pero contados con cierta suficiencia, con la descarada usura del superviviente, del que sobrevive un segundo más a su destrucción meditada, consentida y final.

El cine de Esteva, tal como se ha repetido tantas veces, no es un cine que cuente historias ni que se ciña al argumento. Es más bien un cine de instantes, de sensaciones apresadas por la cámara, sentimientos particularmente vinculados a la soledad de la infancia. “Estábamos solos incluso en nuestros sentimientos” (p. 64) dice el protagonista de Dibujos Animados sobre esa indefensión pre-púber.

4.

El encargo del cazador es de 1986 y Dibujos Animados se publicó originariamente en 2001. Si en la cinta de Jordá el protagonista se parodia a sí mismo y acaba siendo una caricatura de lo que fue, los personajes de Romeo se mimetizan al modo de actuar del cómic infantil: piensan en el presente eterno y discontinuo de los dibujos animados (con breves incursiones al pasado, al modo de la viñeta aislada, igual que un fotograma descartado). El padre del protagonista de Dibujos animados ha sido expedientado y suspendido de empleo y suelto durante ocho meses en su trabajo (un trabajo asquerosamente real) de policía. A partir de ese momento se queda en casa, todo el día sentado en el sofá, viendo todo, lo que sea que echen en televisión. Llega un momento que no hace más que repetir “y no olviden vitaminarse y supermineralizarse”. La madre del protagonista, por su parte, “se comía las migas y las cortezas de pan que habían quedado en la mesa […] como Piolín” (p. 132). El protagonista dice con la voz del gato Jinks “Mardito roedore” (p. 132).

El leitmotiv de la novela de Romeo se puede encontrar aquí:

“el deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota” (p. 21).

La novela finaliza con un accidente de coche, con el 124 de Ramón y que deja al conductor “como Coyote después de ser aplastado por un tren” (p. 133). El deseo, pues, de que la vida sea igual que los dibujos animados se consuma. El pasado desaparece, de una vez.

Pero lo que entra en juego es la muerte, real para Ramón y simbólica para el protagonista de la narración.

“Todo lo que se parecía a la vida se parecía a la muerte y eso me reventaba” (p. 17), nos ha dicho el protagonista al comienzo de la narración. El accidente del 124 de Ramón podríamos decir, igual que le sucede a Esteva con el suicidio de su hijo (y que provocará la aceleración de su decadencia), que es la destrucción de un postmodernismo alargado malamente y supone la ineludible confrontación con la realidad de la vida, finita y falible, pero también feraz y espléndida.

 

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ADDENDA:

Manuel Delgado impartirá una conferencia el próximo 21 de marzo en el auditorio del MACBA a las 19:30 sobre Jacinto Esteva.

+ info: aquí.

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Creatividad efímera

(H)ojeando esta tarde el suplemento Vivir de La Vanguardia me he dado cuenta de que eso de que la gente es creativa y tiene ideas y son emprendedores es tan falso como una nube de algodón. En fin, siempre que no consideremos a las variaciones artesanales creatividad, claro.
España es un país tristemente mimético. De repente funciona una inmobiliaria y aparecen doscientas mil más. Y así con las tiendas de todo a cien, las peluquerías, las carnicerías, los colmados y, últimamente, las panaderías chic.
Y luego existe otro tipo de mímesis que es un poco más canallesca. Se trata de todos esos jovenzuelos que se van de Eramus o que pasan dos semanas en Nueva York y, de repente, descubren algo que en los hábitos del comercio de una ciudad europea o en la mencionada megalópolis norteamericana son norma habitual, y la implantan en Barcelona o Madrid, pretendiendo que se les reconozca su genialidad. Uno de los casos más flagrantes (por recientes) de esto son los restaurantes escondidos y las galerías efímeras patrocinadas por marcas (preferentemente de cerveza). Huelga decir que –mayormente- la inversión necesaria para tales canalladas suele proporcionarla la propia familia del interesado o interesada.
Pero hay algo en todo ello que no se nos ha de escapar. Y es su carácter efímero. Un ejemplo: el 24 h museum patrocinado por Prada. O la pasarela Cibeles que ahora toma el nombre de una marca alemana de coches. O cualquiera de los megaconciertos que se dan por todo el territorio español. El patrocinio de las marcas busca siempre lo etéreo, lo extravagante, en suma: busca contaminar lo intangible (o lo tangible momentáneo que pronto se vuelve vaporoso).
Esto, no obstante, no es algo que la economía se haya propuesto mediatizar, sino que más bien se aprovecha en este ámbito de uno de los rasgos señeros del ser humano contemporáneo: la volatilidad y veleidad de su juicio. En otras palabras: la superficialidad.
Sin embargo, donde más evidente se hace esa creatividad efímera es en las redes sociales. Y, de ahí, su popularización masiva y su inclusión en los informativos, y las tertulias deportivas y políticas. De hecho, que los mensajes de twitter se incluyan en un informativo nos habla precisamente de su superficialidad inane y del nulo valor que se les presta. O sea, que como instrumento de poder o de presión son absolutamente inútiles. Pero no solo twitter, Actuable, por ejemplo, sería otro caso. Y, en fin, muchos otros más.
Escribían ayer (01-Febrero / nº 502) en el Cultura/s Jonathan Millán Y Jordi Costa –con título para la columna proporcionado por Patricio Pron- a propósito de El rey Pálido de Foster Wallace que:

“Cabe la posibilidad de que el escritor decidiese irse de este mundo porque ya no podía soportar más su extrema lucidez, su visión con un grado de detalle casi sobrehumano”.

Y citan, para justificarlo, una frase de la propia novela que dice: “el tedio abstruso es un escudo mucho más eficaz que el secretismo”.
Y ahí está la clave: ese tedio abstruso hoy es la creatividad efímera de los internautas que se da en las redes sociales y que bombardean las pantallas con información basura, creando un escudo a través del cual no puede pasar el pensamiento. Tal abuso exhibicionista acaba opacando la claridad de la página y, así, la potencialidad del decir queda ahogada en ese mismo querer decir, para acabar diciendo demasiado; o sea, nada. Dicho de otro modo, la rutina del exceso no proporciona lucidez sino abatimiento. Y, así, tal creatividad masiva posibilita un aburrimiento compartido que tiene tintes de tragedia, pues revela una indigencia intelectual, un vagabundeo, que asusta.

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“Nuevos infantilismos: el mundo como alegoría de sí mismo”, en Jot Down

La revista Jot Down acaba de publicar el artículo “Nuevos infantilismo: el mundo visto como alegoría de sí mismo”.

El artículo da cuenta del porqué de ese ambiente social pueril que nos asola hoy y que investigo gracias a dos libros de reciente publicación, los diarios Al vuelo de la página (Fórcola, 2011), de Juan Malpartida y  Gato encerrado: Montaigne y la alegoría (Acantilado, 2011) de Antoine Compagnon, más la ayuda inesperada de Juan Marsé.

El artículo completo se puede leer aquí.

Confío en que sea de su agrado.

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Las lecturas de 2011 en Hermano Cerdo

Como cada año hemos puesto en marcha el especial “Las lecturas de…” en la revista Hermano Cerdo.

Por supuesto ya saben que todos los lectores están invitados.

Pueden mandar sus preferencias, disgustos, fobias, fracasos lectores o esas felicidades imprevistas con que nos regalan o injurian las páginas de los libros a  la dirección de e-mail: hermanocerdo@gmail.com

Todas las lecturas que nos envíen se irán subiendo aquí.

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El fin de la intimidad, en Jot Down

Al hilo de lo que sucedió el pasado mes de septiembre con las fotografías robadas del iphone de la actriz norteamericana Scarlett Johansson (y difundidas por Internet), se acaba de publicar en la revista Jot Down un artículo que lleva por nombre “El fin de la intimidad” donde expreso mi idea de que la toma, circulación y posterior reclamo de las fotografías fruto del litigio evidencia no el fin de lo privado, sino del concepto de la intimidad.

El texto íntegro puede leerlo aquí.

Confío en que sea de su agrado.

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Carta (abierta) a un lector desconocido

Ya sabrán algunos de Vds. que desde hace varios meses vengo ocupándome de escribir notas de actualidad para la revista mexicana Hermano Cerdo -aquí-, donde reflexionamos brevemente sobre asuntos contemporáneos y hacemos recomendaciones de lectura como complemento a lo que publicamos en la revista, tratando de abrir un mínimo debate intelectual o acaso de satisfacer la curiosidad del lector.

Pues bien, hoy me hago eco -aquí- de la aparición de la nueva revista argentina En ciernes (Epistolarias), una revista que pretende rescatar el modo espistolar como forma válida para la discusión intelectual y el pensamiento.

El procedimiento de la revista, como explican sus editores es el siguiente:

“la trama de En ciernes comienza con un tema y una carta. El destinatario responde, pero a otro, y así sucesivamente hasta que el círculo se cierra y quien envió la primera carta, recibe la última”.

La revista En Ciernes lleva dos números, uno dedicado a los trenes (abril-2011) y otro al extranjero (de próxima aparición).

Yo, por mi parte, me voy a permitir comenzar con una trama nueva mi ficticio número  (nº X, pongamos) que llevará por tema “la indignación”. Como se trata de enviar una primera carta a alguien desconocido, cualquiera que leyese lo escrito, sírvase de continuar la rueda, y así siga enviando cartas a otras personas.

Veremos si el experimento fructifica y acaba llegándome a mí una última carta.

En fin, ahí va la misiva:

 

Barcelona, a 26 de Octubre de 2011

 

A/A Quien corresponda:

Presupongo que no se le habrá pasado por alto, querido lector, este clima hostil y guerrero, batallador y de “cruce de navajas” que parece haberse desatado en el mundillo literario, especialmente en el español, pero no exclusivamente, pues muestras de tal soldadesca furiosa se destacan infames en diferentes puntos de Latinoamérica.

No es necesario, y sería penoso, además, comenzar a dar nombres y ejemplos y llenarlo todo de vínculos, y a fe que –seguro- Vd. atento lector de la contemporaneidad ya tiene si no todos, sí algunos de esos nombres –acaso los más relevantes- bien frescos en la cabeza.

Déjeme decirle que está sucediendo, a mi modo de ver, un espectáculo grotesco y sardónico que encierra una terrible verdad: la intrascendencia del arte literario en el siglo XXI.

Provocaciones gratuitas por parte de diferentes agentes del sistema literario español (escritores, periodistas, editores y críticos) que alientan a la jauría de algunos pocos lectores y otros escritores, periodistas, editores y críticos que aprovechan la impunidad del anonimato para ajustar cuentas pendientes.

En el mejor de los casos, las maquinaciones dicen ser expuestas por el bien de la literatura. Pero esto es una tontería, ya lo sabe Vd. lector, porque todas estas maquinaciones esconden intereses privados, bastante vergonzosos por cierto y que, si Vd. quiere detenerse un momento a evaluar la dimensión en su conjunto, no le pasará desapercibido hacia qué dirección caminan. Son movimientos demasiado obvios, éstos de los de escritores, críticos, periodistas y editores. De eficacia muy marginal, también ha de decirse, pues a nadie más que a otros escritores, críticos, periodistas y editores importa y compete.

Pero algo en particular me gustaría resaltar sobre estos hechos que nos ocupan, querido amigo, y es la estructura misma de estos movimientos estratégicos. Si se fija, ninguno de ellos apela al sentimiento o al razonamiento cabal. Son meras puñaladas rápidas que dejan un reguero copioso de sangre, tras haber sido extraído con celeridad el filo del cuchillo de la carne herida. En términos estrictamente aristotélicos, son puro lance patético, la forma más vil de emocionar al lector/espectador.

Es decir, incluso las malas artes para la calumnia del prójimo en el ámbito literario se producen con una mímesis estructural de los modos audiovisuales, especialmente de la publicidad, que pugna por afectar la impresión inmediata del lector/espectador; así, igual con toda esta retahíla de provocaciones –bastante gratuitas- que venimos viendo en los últimos meses en el sistema literario español, y un poco (menos, es verdad) en el Latinoamericano.

No se discute ya de literatura, como habrá podido comprobar, amigo mío, sino contra la literatura. O más específicamente, contra un tipo particular de literatura, lo cual causa el efecto no deseado de anular la otra literatura, la buena, la que todavía existe escondida en los canales más marginales. Porque, aunque no lo parezca, hay –debe de haber- (¿lo hay?) un gran núcleo silencioso de escritores que siguen peleando duramente con el verbo y la sintaxis, sin dejarse arrastrar por el fulgor de neón del vanidoso teatrillo ambulante de variedades y que, justamente por ello, se quedan sin la atención de los editores, críticos, escritores y lectores.

Supongo (así me gustaría pensarlo, querido amigo) que algo se podría hacer al respecto, así sea pedir clemencia y demandar que no haya más ruido, por favor; comenzar una campaña por la salud acústica en el mundo de la literatura, no sé.

Solamente quería manifestarle mi perplejidad e indignación frente a este hecho molesto que creo que perjudica a todos los agentes del sistema, pero muy especialmente a los lectores serios y a los escritores serios.

Confío, querido amigo, que sabrá Vd. darle algún tipo de resolución a esta incomodidad mía o acaso sabrá disponer mi indignación a alguna autoridad más competente en el asunto y que pueda dar remedio legal o ético a tal estado de cosas.

Sin otro particular, se despide su amigo -no sin mandarle antes un afectuoso saludo.

 

 

J.S. de Montfort

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La revolución del tiempo libre

Unas nubes Vostellianas que decoraban ayer los cielos barceloneses

1.

Roberta Boscos en su artículo titulado “Exponga su obra en el CCCB” publicado el pasado 08 de octubre en el periódico El País -aquí-  llamaba la atención sobre uno de los proyectos últimos de esta institución y que lleva por nombre Pantalla global.

Al respecto dice Gilles Lipovetsky:

“Los agentes culturales ya no poseen el poder total, porque Internet ha proporcionado al individuo el medio y la posibilidad de ser actor y no solo espectador pasivo. Con estas premisas, no tendría sentido que una exposición sobre la proliferación de las pantallas tuviera un formato tradicional, con el comisario experto que ofrece su interpretación al público”

No es de extrañar esta política, esa vieja idea de que todo ser humano guarda en sí la génesis de un artista.

El proyecto se llama Pantalla Global -aquí- y está dividido en dos partes a la manera del cine: Contracampo (donde se integrará todo lo que envíe la gente) y Campo (obras seleccionadas por los comisarios Gilles Lipovetsky, Jean Serroy y Andrés Hispano).

Y es que el proyecto ofrece la posibilidad a quien quiera de mandar literalmente lo que quiera (en formato vídeo, claro, y de una duración inferior a dos minutos).

Lo que resulta sorpresivo (o quizá no tanto)  es que no parece que haya demasiada confianza en ese contenedor (o basurero) que se le ofrece al público para que haga sus aportaciones, pues el propio director del centro, Josep Ramoneda, confiesa que, de entre lo que recibirán, supone que “habrá bastante remix, ejercicios de apropiación y collage audiovisual”.

Es decir, que las técnicas apropiacionistas, según opinión del director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, no son una de las formas prioritarias en el arte de vanguardia actual como nos han querido hacer creer en estas últimas semanas, ni son -de lejos- unos modos de trabajo que estén siendo puestos en peligro, sino que más bien forman parte de la banalidad contemporánea y de la producción creativa amateur del siglo XXI.

Qué curioso.

2.

Otra de las cosas que se nos quiere hacer creer en los últimos tiempos es que las redes sociales son el territorio de la libertad, que sirven para el fomento de la creatividad y que permiten un correcto perfeccionamiento (supuestamente castrado) de la individualidad y el desarrollo personal.

Ya hemos discutido aquí tal falacia en múltiples ocasiones, aquí por ejemplo. Por eso nos congratula ver que desde frentes museísticos se tome cartas en el asunto.

Así nos hacemos eco del llamado del Sprengel Museum de Hannover y que lleva por título Social Media do not create revolutions they accelerate repression -aquí-.
El proyecto está dirigido por el artista Thierry Geoffroy y se basa en una idea muy sencilla: las redes sociales pretenden colonizar la imagen del mundo que tenemos los seres humanos. Tal imagen del mundo está sometida a una serie de intereses económicos. La imagen del mundo que se crea desde las redes sociales, por lo tanto, no es real, ni ecuánime, ni acaso refleja las dudas, anhelos o insatisfacciones de los seres humanos.

En tales espacios no se permite el cuestionamiento o la meditación, no se admite la libre expresión sino que su espacio está regulado por las condiciones de uso que impone cada “marca”. Todo se rige por los términos que dichas “marcas” establecen para que sus usuarios interactúen y, lo peor, se actúa bajo amenaza de coacción (la desconexión de la red si no acatamos sus leyes arbitrarias). Las redes sociales, nos dice Geoffroy, comercian con nuestras emociones para explotarnos y reprimirnos. Nos mediatizan, por tanto.

La idea del proyecto Social Media do not create revolutions they accelerate repression y que intenta contrarrestar tal oprobio es -en verdad- muy sencilla: debemos recuperar la imagen de nuestro mundo, el patrimonio de la humanidad no puede ser propiedad de multinacionales privadas. Las redes sociales son -mal que les pese a los CEOS- lugares de vigilancia, de represión, sumisión, dominación, humillación, cinismo y explotación, nos dice Geoffroy.

Para ello ha dispuesto Geoffroy con la colaboración del museo Sprengel un espacio -aquí- donde se permite a todo el mundo aportar su visión de las cosas, sin represión ni coacciones, con el propósito de crear un espacio representacional sin cortapisas, lúdico y que huya de la ideología del (post)capitalismo.

Ya es hora de que el mundo del arte recupere lo humano, no podemos permitir que las multinacionales nos usurpen la representación de lo único que es enterarmente nuestro.

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¿Es útil el talento individual para los usos del pro-común?

1.

Leo al crítico inglés Herbert Read cuando dice que:

“el talento y las habilidades que adquiera una persona son propiedad suya: la contribución de ésta a la riqueza común. La sociedad debería estar organizada de modo que garantizara la máxima utilización de esta riqueza inherente” [1].

Me parece razonable, lógico, pero no acabo de ver que eso sea lo que sucede en la actualidad.

Sigo leyendo a Read, y éste apostilla entonces:

“en una economía que ya no sea competitiva, en la que los mayores rendimientos de la producción sean distribuidos sabia y equitativamente entre toda la humanidad, la razón sí tendrá su oportunidad” [2].

Debe ser por eso, igual, me digo, que al ser nuestra economía todavía una basada en el lucro y la competición, el talento personal no sirve para la conversación en Internet, especialmente en las redes sociales y en muchos blogs donde -casi- todo es ruido y existe el lucro sentimental (una competición del afecto, si se quiere), y así el talento individual queda como flor bella que yace indolente al borde de la carretera, sin que se le preste atención.

Esto vendría refrendado desde diferentes posturas. Por ejemplo, con la opinión del director de cine Arturo Ripstein -aquí- quien dice que “el amor es una emoción antisocial”. Si vemos esto al calor del concepto isomórfico de habitus de Loic Wacquant y que también trabajará Bordieu, que se presupone que es :

“the way society becomes deposited in persons in the form of lasting dispositions, or trained capacities and structured propensities to think, feel and act in determinant ways, which then guide them”

veremos que va a ser difícil hablar de un lugar donde la razón “tenga su oportunidad”, según Read; pues Internet, como una mala poesía del romanticismo decadente,  da la impresión de estar inflamada por la emoción, de regirse por incansables flujos de contagios emocionales y por la tiranía del efecto instántaneo de una empatía ínfima (e infinitesimal).

2.

Cambio entonces de libro y de temática y me voy a uno de economía política, por ver si se me aclaran un poco las cosas.

Leo a José Luis López Aranguren cuando este dice que:

“El Estado debe limitar -no por la prohibición, sino mediante fuertes gravámenes- los gastos antisociales, la publicidad chocarrera y desencadenada, la dilapidación individual y favorecer, en cambio, las actividades y servicios sociales, la salud pública, la instrucción, la educación para el tiempo libre. En suma, lo que los escolásticos llamaban, con expresión hoy desgastada, el “bien común”, debe prevalecer por encima de las ganancias o beneficios de las “grandes sociedades” y por encima también de un Estado concebido como poder y dominación”   [...] también la democracia política -una democracia compatible con un poder ejecutivo eficaz- tiene que ser promovida; es decir, organizada socialmente. Y esto mediante el fomento, a la vez teórico y práctico, de una auténtica educación política y mediante la socialización, sin estratificación centralizadora, de la enseñanza y de los medios de comunicación de masas” [3]

Se diría que la Internet entonces sería una buena arma para instar a los pares a socializar y a que se fomente un relación sin capas, entre iguales, pues, en la que todo se base en el bien común, eso que  Antonio Lafuente -aquí- llama Procomún y define de forma muy sencilla como “los bienes que son de todos y de nadie al mismo tiempo”.

Fomentar usos y modos para que se garanticen de manera universal una serie de cosas que nos pertenecen a todos  (y en las que, fundamentalmente, se basa la cultura) parece buena idea. Pero la pregunta sigue siendo la misma, en una sociedad cuyas bases estructurales para la distribución y validación del talento están siendo demolidas, ¿qué hacemos con el talento individual? ¿cómo conseguimos, en palabras de Read, la “máxima utilización de esa riqueza inherente” en el entorno de Internet?

Y otra pregunta más: ¿puede ser realmente útil el talento individual para los usos del procomún en el ámbito caótico de la web?

3.

Doy un nuevo salto, y trato de buscar una respuesta en la misma Internet.

En el blog del poeta José Manuel Mora Fandos -aquí- habla éste de sus clases de escritura y da cuenta de cómo sus alumnos ratifican que a nadie en este país se le ha enseñado a utilizar las reglas de puntuación.

El problema es entonces que todas esas personas inhábiles al respecto de las reglas de puntuación que escriben en Internet (supuestamente contribuyendo al pro-común) de una manera abúlica y descontrolada, son las que dominan lo que hoy se llama (con cierta fanfarria) “la comunicación global” y serían las creadoras de ese “conocimiento de todos y para todos”, de ese espacio -supuestamente- horizontal donde lo que es de todos se debate, cuestiona, organiza, rehace y optimiza.

Pero, un momento, fíjense en lo que dice Mora Fandos:

“La puntuación, hablando con mayor propiedad, corresponde a la escritura; y alguien que puntúe bien -que se valga de todos los alfileres, agujas finas o esparteras, hilos de seda o de algodón, bolillos y ganchillos para dibujar hilvanes y encajes-  es alguien que razona muy bien. Y muy bellamente.”

Es decir, que los españoles no hemos sido entrenados en las competencias de la puntuación. Por ello, quien no supla tales carencias de manera autónoma y autodidacta o recurriendo al profesorado privado, se vería -en principio- impedido para ser un interlocutor válido, pues siendo sus maneras de escritura débiles, así sería igualmente su pensamiento y sus razones.

Pero, claro, nos encontramos con la realidad de que es ese gran número de personas que escriben en Internet (sin saber de puntuación, sin expresar bellamente sus ideas y peleando competitivamente en la búsqueda de afecto) son quienes se supone que están ya creando activamente eso -sea lo que sea- que llamamos procomún.

Y en este estado de cosas, me sigo preguntando lo mismo que al principio, ¿qué hacemos con el talento individual? En un entorno bullicioso, de constante sedición emocional, ¿cómo garantizamos la continuidad, independencia y crecimiento del talento individual? Y todavía más, ¿cómo garantizamos algún tipo de remuneración (basta con que tal gratificación sea su visibilidad) hacia el pensador original, el escritor de calidad en un entorno regido por las reglas de un pro-común que parece más una suerte de vietnam sentimental que no un lugar para la reflexión cabal y el debate (no la pelea ni el conflicto) constante?

 

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[1] & [2] Herbert Read. “La política de lo no político”, incluído en Al infierno con la cultura. Traducción de Magalí Martínez Solimán. Ed. Cátedra. Madrid. 2011. [pp. 101 y 103].

[3] José Luis López Aranguren. Ética y política. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid. 2011.  [p. 207]

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Cosas bonitas (y II)

La editorial Gallo Nero -aquí- ha preparado para presentar sus novedades de otoño 2011 un póster donde aparecen Sylvia Beach y James Joyce en la mítica sede de la librería parisina Shakespeare & Company.

En esta otra foto -aquí- de la misma sesión se puede ver una panorámica de la librería.

Un póster tan chulo que yo lo he colgado en mi estudio.

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Cosas bonitas

Las editoriales independientes españolas Capitán Swing, Fulgencio Pimentel, Pepitas de Calabaza y Veintisiete letras se han unido para la realización conjunta de su catálogo de novedades, al que han bautizado con el nombre de “Boletín (informativo) sobre buenas lecturas”.

He de decir que es una preciosidad, tanto por tamaño, diseño, y contenidos.

Nada de desmesuras ni protocolos y argumentos de venta, como nos tienen acostumbrados muchas editoriales en sus catálogos.

Uno de esos boletines, que sí, que merece la pena guardarlo en la estantería.

De momento sólo han publicado número 0, correspondiente al verano de 2011.

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La Historia vista como un boomerang: de la deshumanización del arte a la humanización del comercio

Pensemos el siglo XX como un boomerang que salió disparado a comienzos de siglo con la tarea de pregonar la deshumanización del arte y que, a su vuelta tardía, ya entrado el siglo XXI, retorna para sorprenderse de que por delante –en su cometido de ramoneo del bosque- se llevó igualmente lo inhumano confinado en la economía.

Así, la sorpresa mayor del boomerang –más de él que nuestra, pues nosotros hemos coadyuvado- ha sido la encontrarse en su venida con un arte no ya deshumanizado, sino reciclable, y un capitalismo que en su vejez ha preferido dejar de lado su consuetudinaria  altiva soberbia y, como todo buen jubilado, darse generosamente a los demás.

La clave aquí está en la conformación a finales del siglo XX -y su afianzamiento brutal a comienzos del XXI- de un nuevo espacio compartido por comercio y cultura: el lugar de la tecnocultura o de la cultura tecnificada, que se gobierna por las leyes empresariales de la economía de consumo.

La deshumanización del arte contribuyó a finiquitar la idea de la figura social del intelectual, que según Jacques Le Goff había nacido en el medioevo con las escuelas monásticas y las universidades medievales, en el mismo momento en el que el Humanismo marcaba una separación radical entre las ciencias y las letras. Hoy día, gracias al interés de la ciencia en cuestiones de orden ético y biológico, pero sobre todo, gracias a las nuevas políticas de especialización de las universidades públicas, esa diferenciación es cada vez más tenue.

La consecuencia ha sido que la figura del intelectual (debido al declive de las humanidades) se ha metamorfoseado en la del agitador tecnocultural, o así llamado también CEO, pues, como ya decía Spinoza todo lo vivo se esfuerza ciegamente por prolongar de modo indefinido su existencia, así lo humano, que huyó del arte para acampar en el hábitat no del consumo (éste sí sigue descivilizado), sino del comercio –digital-.

El comercio digital en las redes sociales (especialmente en Facebook) es ahora el lugar privilegiado de la (hiper)modernidad y donde lo humano perdido del arte ha enraizado y ha retomado sus viejos hábitos de representación –figurativa- de la realidad (una cierta mímesis, por así decir).

La transacción relativa al consumo es cierto que tiene más localizaciones, en las páginas web de los propios comerciantes o en tiendas virtuales cuya intención es, más o menos, neutralizar (llenar de velos semi-transparentes) la previsible sospecha del consumidor, pero el comercio, parece si no ser territorio exclusivo de las redes sociales, sí encontrar en ellos un lugar de excepción para sus propósitos.

Y este comercio trafica no con productos sino con elementos inmateriales (propios de la sociedad del conocimiento): servicios, alianzas, pactos o sencillos gestos de aquiescencia o simpatía que serán cobrados (o esperan ser cobrados) en especie en algún momento del futuro.

Las redes sociales, fuertemente tecnificadas –en el sentido del funcionamiento estricto del código cibernético- pueden ser vistas, gracias a la cooperación de sus habitantes, como un organismo vivo, como un cuerpo pues, constituido por una suma de muchas mentes, pero, sobre todo, almas (de subjetividades que, en sus múltiples fragmentaciones –o intersticios- cooperan de manera relacional).

La red como un tótem acabaría dando cohesión, y naturalizando el lugar donde se sucede el comercio de lo humano, convirtiendo así a la bestia en algo menos animal, y esto gracias a conferirle la capacidad intelectiva de observar lo sagrado que ya no sería ahora lo religioso, sino las leyes de lo que podríamos llamar el “pacto cibernético” –y que, en su seno, albergaría la sede de la Prohibición. Es decir, que de no observarse tales postulados de cooperación, solidaridad, y la –insoslayable- noble virtud del agradecimiento, el usuario estaría cometiendo injuria (lo que equivaldría al pecado contemporáneo del veto y la expulsión).

La clave del comercio (y esto lo han visto muy bien los CEOS) es que ha sabido explotar un egoísmo personal disfrazado de entusiasmo colectivo. Así, gracias al supuesto contacto directo de las grandes corporaciones con sus consumidores (ahora llamado usuarios; ya tenemos la trampa) y a las ofertas de cercanía, comprensión y escucha (empatía; otra trampa), a la ampliación del deseo se la hace parecer solidaridad o cooperación gracias a las prácticas de lo que podríamos considerar como ambición personal que se diluye en la ambición positivizada de la colectividad.

Pensemos ahora esta situación al calor de la teoría del Arte, y acordémonos de Marinetti cuando anunciaba en 1909 en su Manifiesto que “los hombres gozan una vida potente entre paredes de hierro y cristal”. Se refería a los automóviles.

El boomerang nos ha traído ese mismo goce de automoción que se da ahora en los muros de bits de hojalata (que se desplazan a una velocidad de vértigo entre ordenadores de partes remotas del mundo) donde ahora los usuarios cuelgan sus deseos multiformes y en las semi-transparencias de plexiglás que dejan ver todo lo que sucede afuera de uno mismo, es decir, en el terreno de la naturaleza que ocupan los otros, nuestros “amigos”.

La máquina de Marinetti que se fusionaba a comienzos del siglo XX con el ser humano es la tecnología de Facebook que hoy (a comienzos del siglo XXI) se fusiona igualmente con el ser humano, sólo que la materialidad técnica de antes ha dado paso a la inmaterialidad tecnológica hecha de infinitos velos plurales (que sirve al doble propósito de mostrarse con un disfraz y de ocultar la verdadera personalidad tras ese mismo disfraz). Aquí entra en juego ese “consumidor libre” del que hablaban Guattari y Deleuze y que exalta el deseo como virtud moral: una suerte de cyborg sentimental, por así decir.

A mi modo de entender, el gran éxito de Facebook (y lo que le ha permitido pasar del ámbito privado –lo que antes eran los chats y foros- al ámbito público) y, además, la prueba irrefutable de que es un territorio del comercio, es que no solo los trabajadores de las grandes corporaciones han conseguido que se les permita su uso en su horario de trabajo, sino que instituciones de toda índole, desde universidades hasta asociaciones benéficas, pasando por museos o ayuntamientos, tienen presencia activa en estas mismas redes.

Y, seamos claros, el único interés latente de todas estas instituciones es el comercio. Bien se trate de mejorar las relaciones con sus convecinos para permitirse la subida de un impuesto o gravamen, la de conseguir visitantes futuros para las exposiciones, donaciones, daciones o créditos o posibles estudiantes de grado que colmen las aulas hoy medio vacías.

En este paso de lo privado a lo público juega un papel importantísimo el origen de la red social Facebook, pues no se olvide que tal sociedad –en origen secreta, al modo de las hermandades- es el campus universitario y su propósito era el de comerciar con información sobre chicas con las que poder establecer relaciones preferentemente sexuales.

La ampliación del espacio de la red (y su nada casual denominación como “red social”) ha permitido que el comercio, al tornarse manifiestamente público, haya perdido sus tradicionales rasgos negativos (lo primario y salvaje del instinto sexual y la crudeza de un intercambio frío) y así haya tendido a la neutralización que se da en lo amistoso/sentimental.

Ello ha provocado el nacimiento de una suerte de espacio alternativo de libertad, a costa de la pérdida progresiva de sus elementos constitutivos (cargados de connotaciones harto agresivas, que no le convienen a los actuales usos del comercio).

Paradójicamente tal libertad ampliada ha contribuido a la creación de un espacio vacío (no hueco), en el sentido de que da cabida indiferenciada a todo de tipo de productos inmateriales, y homogéneo, en el sentido democrático de la uniformidad.

Todo ello ha propiciado que de la manera más natural haya aparecido un continente digital propicio para el consumo: aquel en el que todo puede fluir libremente, sin cortapisas, aranceles o leyes restrictivas.

La libertad aquí, no obstante, es una “libertad indeterminada, flexible y reversible, pero no es libertad verdadera sino únicamente falta de determinación”. Es aquella que José Luis Pardo vincula a la producción (referida aquí a la producción de servicios, claro) y que, por lo tanto, sería extensible al comercio. Y esto es posible desde el momento en el que los usuarios ya no son clientes sino prosumidores (es decir, forman –o quieren formar- parte de la co-elaboración del producto), y que la relación entre ambos es ya de índole comercial.

Qué duda cabe que por muy indeterminadas que sean estas parcelas siempre hay quien las guía (o trata de guiarlas) y aquí es donde aparece el CEO, que viene a sustituir al intelectual y que, gracias a sus conocimientos tecnológicos y de psicología relacional (que, como se sabe, forman hoy parte del amplísimo concepto de “cultura”) ocupa el papel de la autoritas que para las Humanidades hubo de ocupar antaño el intelectual.

Así, donde antes el intelectual servía al propósito de la censura del gusto, de lo bello y lo sublime, hoy los CEOS sirven para la correcta canalización de todos los gustos, pero no con la intención de dar cabida a un variedad mayor de éstos u observar el respeto de cualquier forma de gusto menor o desviada, sino para descubrir el modo más eficiente de rentabilizar comercialmente cualquier tipo de gusto.

La belleza hoy, consecuentemente, no se encuentra en la selección de una minoría excelsa de piezas artísticas por parte de los intelectuales y críticos, sino en esas representaciones pictóricas en las que los departamentos de marketing de las empresas materializan los informes anuales de rendimiento y productividad, mientras los CEOS, con su mirada apacible, se felicitan porque han conseguido que, una vez más, el color rojo no sea reconocido como patrón del gusto ese año en los informes contables, no al menos en los de sus propias empresas.

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*Este texto ha sido publicado también en la revista chilena de ensayo Crítica -aquí- [07-octubre-2011], así como en el periódico Tercera Información -aquí- [20-Octubre-2011] y en la web Esfera Pública -aquí- [03-Noviembre-2011]

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El por qué de la necesidad de tener que imaginar trágicamente la realidad contemporánea


Leo que en sus Cuadernos anónimos (Galaxia Gutenberg, 2011), José  Ángel Valente dice que “La realidad y sus realismos suelen ser el fruto de una imaginación incapaz de imaginar otra cosa” [1].

Entonces pienso en el realismo trágico, en aquel que toma de manera seria y deferente la realidad física del ridículo (la nuestra, la real); un realismo que, ante la obscenidad de una vida risueña, en extremo cómica, no tiene más remedio que aproximarse a ella de un modo necesariamente firme, maduro, inteligente y con determinación.

Pienso que la tragedia radica en tener que representar la esencia de la insustancialidad presente, y eso mírese por dónde se quiera, reclama un grado alto (altísimo) de imaginación.

Y la tragedia de este realismo está en el hecho de saber que, aun en sus mejores sueños, tal realismo no será sino capaz de desvelar apenas el velo que cubre hoy la realidad; mejor dicho, la pantalla contemporánea que nos hace hoy de mundo real, y que su labor no podrá ser sino la de certificar que detrás de ella -de dicha pantalla, de dicho velo- no hay nada (nada más que la transparencia misma de la nada) y que la profundidad de nuestro sentimiento vital es hoy tan honda como la ligera y translúcida hondura de un papelillo de fumar que, ante el mínimo revuelo, agita sus brazos de mariposa frágil, no quebrándose, pero sí desapareciendo grácil e inane en la volatilidad conspicua del viento de una primavera eterna.

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[1] Diario de un poeta, Josep Massot. La Vanguardia. 07-Septiembre-2011. [pág 30]

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De cuando la modernidad se vuelve estupidez

Me ha dejado traspuesto el anuncio de la editorial Libros del K.O. quienes justo hoy 12 de septiembre sacan al mercado su primer libro El monstruo. Memorias de un interrogador, del periodista Pablo Dardo, corresponsal del periódico el Mundo en Washington, quien durante cuatro años entrevistó a un soldado involucrado en las guerras de Afganistán e Iraq.

Los tres responsables de la editorial -periodistas ellos también, claro- se lanzan a la aventura de crear un nuevo sello con la idea de “recuperar el libro como formato periodístico”.

Estos mismos responsables de la editorial (cuyos nombres no sabemos) dicen que creen en las “grandes historias contadas a otro ritmo: sin prisas, sin limitación de espacio y sin necesidad de consultar obsesivamente el reloj de la actualidad”.

Hasta aquí todo bien, sin embargo, a renglón seguido añaden, sin venir a cuento, que la crónica periodística puede ser un género “muy sexy” [1].

¿En serio han tenido la desfachatez de unir el concepto “tortura a prisioneros de guerra” con el concepto “sexy” sólo por intentar quedar de simpáticos o ha sido culpa del becario de la agencia EFE que deliberadamente ha puesto ahí un comentario que -quizá- proceda de un aparte de la conversación?

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[1] Libros del K.O. nace con la idea de recuperar el género periodístico. Agencia EFE. 06-09-2011.

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Fundamentos intelectuales para la indignación

Decía Jacques Derrida en su libro Espectros de Marx (1993) que, desde su tumba, el marxismo perseguiría como un fantasma a la sociedad occidental. Según Colin Davis, esto se manifiesta en la restitución “ontológica” del marxismo como la figura clásica del fantasma en tanto que ni está presente ni ausente: ni vivo ni muerto.

Formalmente, ello se concretaría en el hecho de que las formas de representación son fantasmales, pues a las obras de arte las rondan –fantasmagóricamente- las formas ideales de las cuales éstas serían  las representaciones concretas, así como la sospecha de que hay algo que siempre escapa a la representación misma, lo que Maurice Blanchot llamaba “el tormento eterno de nuestro lenguaje”.

Participando de esa línea de restitución espectral que señalaba Derrida y que según algunos sería el símbolo del zeitgest contemporáneo, nos gustaría ahora (re)pensar el volumen colectivo La (re)conquista de la realidad: la novela, la poesía y el teatro del siglo presente que publicara en 2008 la editorial TierradeNadie ediciones.

Si como bien nos indica el compilador, Matías Escalero Cordero, es necesaria la confrontación del “horror y el rechazo que nos produce lo real” [pág 13], tal como propone el filósofo francés Clément Rosset, lo siguiente (lo que ahora se está debatiendo en las asambleas de barrio del llamado Movimiento 15M) es la dificultad intrínseca de reconocimiento de esa realidad. Esto es, justamente, lo que se indaga en este volumen. Así, estos once ensayos de escritores, filósofos, críticos y editores se proponen contribuir a ese proyecto, el de “una reacia y real reivindicación de lo real […] como cimiento irrenunciable […] del pensamiento y de la creación literaria actuales” [pág 7].

Contra lo que se podría pensar, no se trata de un libro que abogue exactamente por el realismo, sino por un arte que refleje la vida, con esos “espejos especiales” [pág 147] de los que hablaba Bertold Brecht, y que, como nos dice Alicia García, dé “un paso complementario, más allá, para ver quiénes, cuándo y en qué circunstancia sostienen en sus manos el espejo” [pág 177].

El libro se plantea, de algún manera, buscar alternativas al hecho de que “no pasa lo que pasa; no sucede lo que sucede; no ocurre lo que ocurre, sino lo que se nos dice que pasa, sucede y ocurre” [pág 126], constatando así que “las ficciones no son mentiras, sino irrealidades” [pág 124]. Y, así, la realidad se transforma en “la verdad de cada cual” que no se debe confundirse “con la realidad tal como aparece en la experiencia cotidiana de todos nosotros”  [pág 128].

Hay diferentes enfoques en el libro. El de Alfonso Sastre, por ejemplo, es el de “establecer los niveles de relación que se dan entre imaginación o realidad, en función de profundidad de la exploración veritativa, profundizadora, de la realidad” [pág 117]; el enfoque de índole histórica de Juan Antonio Hormigón y su recordatorio de que “la furia contra lo público es un paradigma arquetípico del sistema capitalista” [pág 80]; la investigación del enigma que es “un corte en el espacio semántico” [pág 77] y que “se apoya en una postura ética” [pág 78] del que nos habla Iris M. Zavala y cuya propuesta poética sugiere “organizar un texto alrededor de un centro ausente, así se multiplican los centros, los ejes, combinados con la explosión de los sentidos” [pág 77]; la denuncia de la radicalidad del capitalismo de Belén Gopegui y su desconfianza, junto a Brecht, de “la compasión, que es impulsiva y aleatoria y actúa, casi siempre, de arriba abajo, como la tolerancia y tiende, entonces, a condescender” [pág 61]; el “acto de ocupación“ [pág 41] que es la escritura para Enrique Falcón, ese “mirar de frente a la desesperanza y no bajar los ojos” [pág 42]. También está la visión de Antonio Orihuela y su observación de que “el capitalismo nos empobrece”  [pág 38], su máxima de que “la vida real no tiene sustitutos” [pág 32] y que por ello ha de actuar la poesía, pues no hay poesía neutral y aboga él por una poesía radical, “una poesía que aspire a ser reflejo de unas prácticas sociales transformadoras” [pág 33], una poesía que suceda, que se una “a la conjetura contra el asentimiento unánime” [pág 35] y así nos sea útil para “la aventura afectiva que debe ser nuestra vida cotidiana” [pág 35].

Y es que se habla mucho de poesía en este libro, de poesía y acción social, aunque para Jorge Riechmann la poesía duerma en el bosque, y tenga algo de “salvaje e indomesticable, reacia en última instancia al compromiso cívico” [pág 23].

Es también palmario que el volumen tiene algo de irrenunciable panfleto como arma arrojadiza contra lo banal, ese “grado de opacidad de la experiencia cotidiana tal que se resiste, en su inercia, a ser categorizado” [pág 178] o incluso al modo que lo hacía el viejo Courbet al decir: “soy un realista, porque ser realista significa ser el amigo sincero de la verdad real” [pág 90].  Pero no una verdad, como nos dice Julio Rodríguez Puértolas, que refleje esa “pretendida objetividad del realismo burgués” [pág 148], sino una que rechace todo mecanicismo y que busque la “objetivación” [pág 150], que sea crítico, pero que no excluya la fantasía o inventiva y así observe también ese erotismo de la imaginación galdosiano. La realidad no es más que un constructo social, nos recuerda Constantino Bértolo, y por ello no es real. Aunque no es menos importante señalar que sin el hombre la realidad no existiría más que como materia innombrada [pág 129].

Es hora pues, de (re)conquistar esa realidad humana y abrir el debate sobre el que elaborar ese acto intermedio entre el conocimiento metódico y la acción que es el juicio, para que la literatura sea capaz “de decir cosas incómodas sobre el presente” [pág 174], huyendo de la naturaleza servil de la literatura de género, que se encarga de “ocuparnos el tiempo, de entretenernos, de adiestrarnos, amansarnos y desvalijarnos” [pág 8] y es que, como nos dice Niklas Luhman y nos recuerda de nuevo  Bértolo, “es en la comunicación donde reside el núcleo fuerte de la construcción de la realidad” [pág 132]. Seamos, pues, capaces de hacer buen uso de la palabra, mediante el ejercicio constante, legítimo-y veraz- de la voz.

Esta es nuestra responsabilidad más urgente.

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La (re)conquista de la realidad: la novela, la poesía y el teatro del siglo presente. Coordinado por Matias Escalera Cordero. Tierra de Nadie Ediciones. Ciempozuelos (Madrid). 2008.

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*Este texto se ha publicado también en Rebelión.org (12-08-2011) -aquí-, así como en el periódico Tercera Información (12-08-2010) -aquí-.

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Cerdadas [veraniegas]

Como miembro de la hermandad cerda siento verdadero disgusto ante el hecho de tal identificación por parte de los okupas de este noble animal enteramente aprovechable (y literario) con la fétida legión de banqueros y políticos.

Miembros de la casa okupada La Carboneria sita en la calle Comte D´Urgell, 122. ¡exigimos reparación al desagravio cometido!

 

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Estación Joyce, de Alejandro Toledo

La revista mexicana de literatura HermanoCerdo acaba de publicar la crítica al libro de Alejandro Toledo “Estación Joyce” (Libros del Innombrable, 2011) con el título de Queremos tanto a Joyce.

Pueden leer el texo íntegro aquí.

Confío en que sea de su agrado.

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Nueva ubicación para el Mercado dominical de libros de Sant Antoni (Bcn)

El mercado del Dominical de Sant Antoni se traslada a la calle Comte d’Urgell

A partir del próximo 24 de julio, el mercado Dominical de Sant Antoni se traslada provisionalmente a la calle Comte d’Urgell, entre Tamarit y Floridablanca. La estructura del mercado provisional permite recogerlo parcialmente del lunes al sábado para que los vehículos circulen con normalidad los días que no hay mercados.

noticia completa: aquí.

A pesar de que la estructura -como podrán comprobar en las fotografías- no está terminada, esta mañana ya se instalaron las paradas en la nueva ubicación.

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B-17G, de Pierre Bergounioux

En el último libro de Pierre Bergounioux publicado en España, el que lleva por título B-17G (Alfabia, 2011), aparece un postfacio de Pierre Michon en el que éste recalca el disimulo que Bergounioux aplica a su escritura. Tal disimulo sería el de “cambia[r] el ángulo de corte”, pues Bergounioux, al decir de Michon, “escribe lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69].

Sería así Bergounioux un copista crítico, como quien dice. Aquel que rompe(ría) el hiato del mundo, insuflándole un hipo extraño. Y, convirtiéndose así en hermeneuta privilegiado; pues, ya nos dice él mismo que “las palabras tienen un sentido preciso e inflexible” [pág 14]. Con ellas, Bergounioux,  según opinión de Michon: “esculpe los metales” [pág 67].

El cuerpo de esos metales, sería el cuerpo del libro B-17G y la pluma que los ha escrito, sería el cuerpo del escritor, a decir de Michon.

El escritor, visto así, es quien “tritura la cuchilla segadora”, nos dice Michon y “cambia el ángulo de corte” [pág 69]. Ello nos daría “ese pequeño desajuste” que es la “reticencia que normalmente va unida a la sabiduría” [pág 44]. Y la que en este libro (y en el resto de la obra de Bergounioux) se persigue –y se consigue-.

Es ciertamente una buena imagen esta que nos da Michon para hablar de este libro que trata de esa época que conoció el apogeo del hierro y su declive (la época moderna). Un libro que se suspende en los apenas tres o cuatro segundos que transcurren entre que un Focke-Wulf alemán que se mueve a setecientos cincuenta kilómetros por hora se pone atrás del bombardero norteamericano B-17G, buscándole el ángulo muerto y lo acribilla a balazos, obligándolo a “deslizarse hacia la tierra donde se desintegra en una enorme bola de fuego, fuera de nuestro campo de visión” [pág 62].

Esta imagen, grabada por las cámaras del Focke-Wulf situadas al lado de las ametralladoras, la recuerda Bergounioux de su infancia. Y, para tales segundos confusos, ahora, de anciano, se da a inventar una narración, que venga aderezada con “la sombra de la historia que obsesiona toda acción” [pág 56]; y, ello, en boca del ametrallador de babor del Boeing que Bergounioux bautiza como Butcher shop,  un personaje ficticio llamado Smith (herrero) que maneja una ametralladora 12,7.

En esos tres o cuatro segundos que dura la grabación que Bergounioux guarda en la memoria, el libro se propone crear una realidad “emotiva” y probable de ese tal Smith, el ametrallador de babor del Butcher shop, una realidad que “mientras pulveriza la imagen que nos hemos hecho de ella, nos recuerda su existencia, su realeza y su poder a través de la pérdida y del fracaso” [pág 42].

A ello se le suma la idea del propio escritor (y lo que, de alguna forma, le daría ese tizne de autoficción que tienen todas las obras bergouniouxianas) de que “uno es un hombre construido con dos o tres imágenes a las que se les da vueltas” [pág 40]. Esas imágenes, aquí, para Smith, son las del ruido, el frío, la velocidad ultrasónica y el vértice del cañón de las ametralladoras alemanas que lanzan contra él – y el resto de su nueve compañeros- sus proyectiles asesinos.

B-17G, con ello, es una celebración fúnebre sobre la juventud y la historia (esa que se hace un poco sin pensar), pues “hace falta ser tan joven como lo es el mundo –se nos dice- para entender cuál es su sentido” [pág 41]. Bergounioux aprovecha la narración para exprimir sus recuerdos de niño, su creencia de que “la realidad participaba de las palabras con las que poder evocarla” [pág 39].

El gran hito que consigue en esta obra Bergounioux es el de crear esa sensación de vértigo en la que los pensamientos de los personajes “son siempre recuerdos” [pág 43] y afectos, unos personajes (los diez integrantes del B-17G) a los que, valga decir como único reparo, les habría convenido más en sus parlamentos e impresiones psicológicas la utilización por parte del escritor del tiempo verbal condicional en contra del presente declarativo.

Ese presente que afirma con una brutalidad hemingwayana, un tono “seco desde el principio, brutal, frustrado, muy hábil, tan subjetivo que todo lo que sucede no tiene la menor importancia. Sólo importa una cosa, siempre la misma: el saber si el tipo, siempre el mismo, podrá oponer su voluntad a la adversidad salvaje y rabiosa que lo ha elegido como piedra de toque” [pág 38].

Sirva este párrafo último como ejemplo para el lector de ese estilo metonímico de Bergounioux, quien, como nos dice Michon recordando la célebre novela Moby Dick, cuando dice Bergounioux: “Fulano, supongamos” (en el caso de esta novela “Smith, supongamos”) en realidad quiere decir: ”soy yo. Soy yo cuando era joven. Era yo” [pág 70].

Porque ya lo dijimos al principio, que Bergounioux escribe “lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69]. Así, este libro, aunque parezca que nos cuente la historia del ametrallador Smith y el resto de sus compañeros del B-17G, en realidad testimonia esos tres o cuatro segundos en los que el niño Pierre Bergounioux abandona para siempre el fértil territorio de la inocencia, el de ese sufrimiento que ya no le concierne y que, hasta entonces había sido su fortaleza.

Un modo tardío de “pasar a limpio todo lo que [me] ha sucedido” [pág 59].

 Pierre Bergounioux. B-17G. Traducción de Paula Cifuentes. Ediciones Alfabia. Barcelona. Junio de 2011.

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Pierre Bergounioux: el acontecimiento literario del año

 

 

Uno se pregunta cuál es la arbitrariedad que gobierna estas cosas.

Que un autor tan soberbio y magnífico como Pierre Bergounioux se hallase inédito en castellano, un autor -para más inri- contemporáneo, con más de una veintena de libros a sus espaldas y numerosos premios de prestigio en Francia… resulta increíble para cualquier lector con un mínimo de criterio que ve cómo le llenan la mesa de novedades no ya con obras de calidad cuestionable, sino directamente furtiva.

Tal comportamiento insostenible, por suerte ha venido a ser solventado gracias a tres ayudas económicas:

-La Fondation Caillois ha subvencionado la traducción de Isabel Trillo y Miguel Ángel Pardo de La huella (Días Contados, 2010)

-Culturesfrance/Ministerio francés de Asuntos Exteriores y Europeos junto al Centre national du livre han pagado la traducción de David Stacey de Una habitación en Holanda (Minúscula, 2011)

-El Institut Français / Ministerio francés de Asuntos Exteriores y Europeos ha pagado la traducción de Paula Cifuentes de B-17G (Alfabia, 2011).

Demos las gracias pues al dinero francés, sin el cual, hoy no podríamos estar leyendo en castellano a Pierre Bergounioux, quien está llamado a convertirse en el fenómeno editorial del año.

 

 

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