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El mundo como Museo Coconut

Escribía hace unas semanas Xavi Ayén en el Cultura/s de La Vanguardia sobre la novela I el món gira del escritor catalán David Cirici (Columna, 2011) que:

“la novela sobre Barcelona tiene un grave problema: nadie consigue escribirla con seriedad. Todos los libros que salen con la etiqueta de novelas realistas tienen una deriva humorística, como si la realidad misma fuera una coña”.

Que la realidad (pero no solo la barcelonesa, sino la occidental) es hiperbólicamente representacional (al modo de los dramatis personae) nos lo evidencian los periódicos todos los días. Y que dicha realidad es, como afirma el crítico de arte Ángel González, propio de una época de BROMA, parece que es cosa aceptada de una manera más o menos tácita (prueba fehaciente de ello es el que la gente no se escandalice ya por los mil y un comportamientos grotescos de las diferentes personalidades de la vida pública).

Un programa que se pretende humorístico, pero que, en el fondo, vendría a ser un puro mimetismo de la realidad, podría ser El museo Coconut. Tal producto televisivo procede de uno anterior llamado Muchacha Nui y que antes se llamó La hora chanante (recalco la genealogía para que se entienda que es la tercera destilación de una misma idea). Se trata, en esencia, de una sátira paródica, que pretende evidenciar la absurda teatralidad pomposa del mundo del arte. Sin embargo, resulta (si no en un ciento por ciento sí en gran parte) un programa que parece real o posible. Es decir, que deja entrever las corruptelas y tontunas adentro del espacio acotado del museo institucional.

Decía Wittgenstein que la filosofía era una batalla contra el hechizo verbal a que está sometida la inteligencia. Sin esa especie de metáfora interactiva (por decirlo con Max Black) que nos organice la percepción (de manera verbal), no reproduciendo semejanzas ya existentes sino creándolas, sometiendo a la metáfora a una suerte de sistema de vínculos y enlaces más o menos autosuficientes, que funcionen de manera relacional, no hay ninguna posibilidad de conflicto lingüístico y, por lo tanto, queda extirpada cualquier posibilidad para el dilema filosófico. Es decir, no hay suspensión semántica, pues el tropo ha regresado a la época aristotélica y basa su efecto en la amplificación de una semejanza, y no en su intensificación.

En otras palabras: no hay ambigüedad ni polivalencia. El mensaje es diáfano, por haber sido calcado literalmente de la realidad. Y es la razón por la que toda esta marabunta de obras literarias escritas en castellano por autores más o menos jóvenes hoy (adláteres -de una u otra forma- de ese sentir coconutiano) y que se expresan en una suerte de postmodernismo en diferido, resulten ridículas (y aburridas) y peligrosas. No hacen más que copiar la realidad de un modo burdo, amplificándola, mimetizándola, sin alcanzar a comprenderla, cuestionarla, buscarle algún subterfugio o acaso superarla.

No hay inferencia en sus propuestas literarias, sino calco (re)pintado con colorines histriónicos, y baratos.

En resumen: son una réplica de las ideologías dominantes, una falsa vanguardia retráctil que nos devuelve a una caverna que pensábamos ya superada.

Y es ahí donde radica su vandálico reaccionarismo: en ese disfraz bohemio de buen rollo y modernidad.

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Un mundo sin metáforas [Divagación sexta]

FURTHER READING:

Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación segunda [08-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación tercera [14-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación cuarta [05-Octubre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación quinta [05-Noviembre-2011]

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Un mundo sin metáforas [Divagación quinta ]

1.

La hipérbole es una figura literaria consistente en aumentar o disminuir la verdad de lo hablado o lo dicho, con el propósito (en principio, literario) de que en el lector quede una impresión díficil de olvidar, más centrada en la acción de lo hablado o dicho, que no en la cualidad intrínseca de tal acción.

Hoy, en las comunicaciones publicitarias, es moneda común la hipérbole, y así goza actualmente la hipérbole de la superioridad de crédito del que antaño gozó la metáfora.

El así llamado pomposamente “El premio increíble” -aquí-, promovido por la marca de portátiles Axus, es un buen ejemplo de lo que decimos.

Se trata de incentivar a personas de todo el mundo a que compartan sus supuestas historias excepcionales (¿?); de todas ellas, se seleccionará una por país y, de entre todos los países participantes, el ganador podrá contar con la ayuda de un equipo profesional para convertir su historia en un cortometraje.

A los seleccionados de cada país se les hará -asimismo- entrega de un portátil de la serie N de Axus (coste de mercado: entre 1200 y 1500 euros).

Lo interesante del asunto, empero, es justamente la presentación del supuesto “proyecto” y su (auto)consciencia de excepcionalidad, con su intento de provocar en los individuos participantes la sensación de ser no representativos, sino únicos en su cotidianidad.

Así, la base del proyecto querría ser solución a la dicotomía que plantea José Manuel Mora Fandos en su libro Tan cerca, tan bella (Isla de Siltolá, 2011):

“Nuestra existencia actual nos lleva a una toma de decisión, en medio de una dicotomía estética y vital: por un lado sentimos el empujón romántico a realizar experiencias estéticas que conviertan nuestra vida en algo extraordinario, haciendo valer lo nuevo, lo diferente, lo ligero [...] Y, simultáneamente, sentimos el tedio y el aburrimiento de una vida cotidiana, ordinaria, repetitiva y arrastrada, que tampoco podemos ni queremos vivir” (p. 30) [el subrayado es mío]

El así llamado Premio increíble dispone a la manera de la constelación (o rizomática) los diferentes elementos que constituyen su “trama”.

Antes que nada -y como cara visible-, tenemos al bobo ejemplar, un cantante de fuego de campamento hiperbólicamente convertido  en un filántropo, Jason Mraz, y que sirve de gurú y guía.

Para amplificar la idea de la supuesta “artisticidad” del proyecto, contamos con “Socios creativos” (no son empleados de la compañía, o free-lances subsidiados, qué va, son “Socios Creativos”).

Y, por supuesto, como parte estrella de toda la parafarnalia publicitaria tenemos el producto que es realmente lo que queremos mostrar.

En el texto breve que acompaña a “El premio increíble” -aquí-, si se fijan, se destaca el concepto “increíble” hasta siete veces (más el adjetivo calificativo del del título del texto, o sea, ocho) [en rojo], contrastando con los conceptos expresados en los cuadrados amarillos en un maridaje imposible.

La hipérbole no sólo ha desplazado a la metáfora, sino que -además- en su insidiosa reiteración, convierte el arte de la comunicación en un tartamudeo.

Como ejemplo, tomemos el colmo ya del paroxismo hiperbólico; el concepto: “Más increíble”.

2.

Defendía con fiereza Juan Benet en su escritura -y particularmente en sus Ensayos de incertidumbre (ed. Lumen, 2011)- el eterno retorno de la metáfora y ese “componente de arbitrariedad de toda creación artística” [1].

Y es verdad que la metáfora existe hoy en ciertas manifestaciones del arte comercial, en el cine, por ejemplo. A este respecto conviene prestar atención a unas declaraciones que hiciese recientemente el director de cine Nacho Vigalondo.

Decía éste que:

“Tengo miedo de que ahora se nos demanda posicionarnos de esa manera y creo que no es positivo en absoluto. Con esta película [se refiere a Extreterrestre] me han preguntado si de alguna manera he querido hablar de la crisis: que si crisis de valores, que si crisis económica… El cine de George A. Romero tiene para mí menos agudeza desde el momento en que a George A. Romero se le exige saber qué metáfora está llevando adelante con cada nueva película de zombis. En el momento en que él es ya consciente de qué metáfora tiene que subyacer en la película, notas que hay un peso que ya le hace cagarla. No sé en qué momento de la historia del cine se empezó a considerar que era bueno que nosotros supiésemos de qué estábamos hablando. Y hemos llegado al punto demencial de que películas comerciales de evasión o el cine de explotación operan desde esa consciencia del tema. Incluso desde la explicitud absoluta: hasta en ‘Batman’ los personajes son ya conscientes de qué parte de la metáfora representan. Debemos relajarnos y dejar que, si lo que hacemos tiene peso, sean las propias películas las que se lo ganen: no los mensajes que vamos incluyendo.” [2] [el subrayado es mío]

La autoconsciencia de la retórica consume, pues, su propio discurso; le ciega.

O, dicho de otro modo: vuelve el mensaje tartamudo, inútil, negándole su propio alcance y radicalidad.

Esto, como se comprenderá fácilmente, es un claro efecto de la sobreinterpretación por parte de la alta cultura académica (o pseudo-académica, más bien) de sub-productos genéricos del mercado del entretenimiento.

Así, lo que hoy llamamos metáforas son más bien hipervínculos que linkean lo representado hasta volverlo (auto)representación e inevitablemente (auto)parodia.

Tal estado de cosas, en mi opinión, tiene que ver con lo que Peio Aguirre llama “capitalismo de ansiedad” y que ha colonizado no sólo al individuo sino a los contenidos de la narrativa del discurso de los individuos dedicados a la creación artística

Dice Aguirre:

“Vivimos en una sociedad donde a pesar de los avances en la información, la comunicación global, se nos exige constantemente que actuemos, se nos pide un acto presencial. Estar allí, desplazarnos a este o aquel lugar para auto-representarnos. Los efectos de esta demanda son corporales, quedan grabados en el cuerpo y en la psique. La misma idea de actividad y trabajo se han visto afectados, no por la falta de trabajo o el desempleo, sino por la búsqueda de sustitutos o ficciones que aparenten ser trabajo y que, en última instancia, nos alivian de la ansiedad de la performance, auto-representación” [3] [el subrayado es mío]

En otras palabras, una de las consecuencias de la post-postmodernidad (para el arte) ha sido la de llevar a los personajes de las creaciones artísticas más allá de la consciencia de quien los ha creado y así, más que al modo de los personajes de Pirandelli o acaso los de Unamuno, que se comportan como personajes errabundos, los personajes de las narrativas contemporáneas fingen -de manera hiperbólica- el trabajo de ser personajes, lo que acaba teniendo unas consecuencias brutales para su descrédito como entes de ficción.

La consecuencia última de lo expresado hasta el momento es que las narrativas literarias actuales están incapacitadas para convocar en su despliegue más que la superficialidad de la propia planicie de la metáfora que quieren representar y, así, tanto las tramas como los personajes, en su entropía hiperbólica retornan -de manera inevitable- a la planicie argumental, psicológica y actal, convirtiéndose en un catálogo descriptivo de nomenclaturas.

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[1] “El eterno retorno de la metáfora”. Vicente Molina Foix. Babelia/El País. 17-09-2011.

[2] Nacho Vigalondo en entrevista con Hernán Migoya. “Vigalondo, hasta las trancas”. El Mundo. 15-10-2011.

[3] Peio Aguirre. “Capitalismo de Ansiedad”. Crítica y Metacomentario. 10-04-2011.

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FURTHER READING

Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación segunda [08-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación tercera [14-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación cuarta [05-Octubre-2011]

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Bombas dialécticas (para la Spanish revolution)

Hay que “perder el respeto a lo que no merece ningún respeto”, éste es el mensaje que mandaba a los indignados del 15-M Lucio Urtubia, el albañil anarquista, desde su casa en Bellevile (París), el pasado 22 de mayo de 2011, rematando su invectiva con un:

“Una patada en los huevos es lo que hay que darles (a políticos y a los financieros)”.

Puro nervio español, ya ven.

Destruccionismo dialéctico como arma (¿válida?) para tiempos de paz.

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Occupy London (with art)

Robson Cezar es un artista brasileño especializado en crear obras a base de cientos de tapones de botellas y que suele recoger sonriente por los pubs de la zona de Spitalfields (East London).

Sus vecinos del periódico Spitalfields Life -aquí- nos dicen que su arte consiste en “transformar esos objetos mal considerados [los tapones de botella] en objetos delicados y sutiles, ideando así obras de un humor travieso  que juega con las sutiles cualidades abstractas del color y el contraste”.

En fin, que Cezar ha creado una de esas obras suyas en homenaje a Ocuppy London (la que se ve en la imagen) y que actualmente se halla expuesta en Finsbury Park. Al parecer la idea es vender la pieza en ebay para ayudar económicamente a las manifestaciones inglesas.

A nosotros, la verdad, nos parece un efecto gratuito de publicidad, promovido con la intención de subir el cachet de su obra.

Quiero decir, hombre Cezar, no eres Damien Hirst… ¿sabes?

+ info: aquí.

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Actualización

[14-Noviembre-2011]

Ben Roberts es un fotógrafo inglés que tras haber visto como desde varios medios ingleses se propagaba el bulo (el día 25 de Octubre-2011) de que de las 250 tiendas pertenecientes al movimiento Occupy London, apenas había un 10% habitadas, se decidió a ir él mismo y comprobar in situ la realidad de las tiendas.

Así creo la serie que él llama Occupied Spaces -aquí- y que sirve como mini-catálogo de algunos de los espacios privados y comunales que se instalaron en St. Pauls y en Finsbury Square.

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Un mundo sin metáforas [Divagación cuarta]

1.

Maciek Stępiński, Idea(ł), 2009

La galería Waterstone -aquí-, con el objeto de presentar su nuevo espacio expositivo en Hoxton, se arranca con la exposición They don’t know why, but they keep doing it.

Se refiere su título al hecho de tratar de trabajar con ideas después de la gran catástrofe de  las ideologías, en un mundo post-ideológico, pues.

Su propuesta es que hay que simplificar la realidad.

Lo simbólico ya no es capaz de trasladar la veracidad de lo real, nos dicen.

¡Fuera metáforas!

Se trata de dar nombres a las cosas, de (re)nombrarlo todo.

Esta es su idea.

De entre los artistas (seis en total) que se presentan, me interesa especialmente la literalidad de la obra de Konrad Smoleński, en especial su pieza Drum Kit (2009).


+ info: aquí.

2.

Pensando sobre las nuevas sinceridades, y trasteando por Internet, llego al Periódico de Poesía  que edita la UNAM en México DF.

Entre los poemas inéditos que publican en su última edición encuentro uno de Christopher García Vega (Ciudad de México, 1985) que me abre los ojos.

Lleva por título “Pisadas en el aire” y los dos versos que lo abren dicen así:

“Soy el hombre más holgazán que conozco,
aunque no conozco tanta gente.”

El poema íntegro se puede leer-aquí-.

3.

Pero no todo va a ser mirar las pantallas y entonces, al ir a la cocina a preparar un café, de entre el montón de revistas, rescato la edición de Octubre del Qué Leer (nº 169).

En ella,Álex Gil le hace una entrevista al escritor segoviano Alberto Olmos. Y, a este, de repente y como sin querer, se le escapa algo que es una verdad, incuestionable, definitoria, que no admite réplica, al decir que:

“La literatura se hace con palabras, exclusivamente con palabras, y esas palabras, bien llevadas, bien torturadas, pueden ofrecer sensaciones que no ofrecen ni el cine ni el porno ni Apple. Existe, en efecto, eso que se llama “placer de la palabra”, y ése es el placer que debemos proponer a los lectores” (p. 75)

4.

Pero no vayamos a creer que el acto metafórico ha perdido vigencia solamente en la expresión artística, pues igualmente la fotografía de moda con ínfulas trae una estética de asociación, que vincula al individuo con aquello que le rodea y que lo define por lo que consume.

Así, de nuevo, sería su ideología el resultado del poliedro que conforman sus aledaños, más que él mismo.

Tomemos como ejemplo las fotografías de la serie 75 parisiennes -aquí- del fotógrafo francés Baudouin.

Sólo un par de instantáneas:

5.

Justo en esta línea, en la de llamar la atención sobre el hecho de que ” la construcción de la identidad y las relaciones sociales están hoy universalmente medidas por objetos de consumo” es donde se inserta el trabajo del colectivo Left Hand Rotation y, en particular, su proyecto Corpus Muscus -aquí-.

No es el propósito del colectivo el de subvertir tal cadena de significación, sino más bien el de “invertir el proceso de desdiferenciación por el cual la experiencia se vuelve homogénea, convirtiendo identidad en idéntico”.

El proyecto, no obstante, contra borrar esa identificación directa de dos planos de realidades desparejas y  buscar un nuevo modo asociativo de (re)crear la realidad, guarda en su ánimo la generación de un icono nuevo (que proviene de las leyendas de los Hombres de Musgo de Béjar (Salamanca)), una “tradición se ha conservado viva y se rememora cada año en la procesión del Corpus Chisti con la asistencia de tan originales hombres”.

Así, es su pretensión la de convertir esa leyenda en un mito contemporáneo o personaje del StarSystem, una leyenda -la de los hombres de Musgo- que proviene del siglo XII y que:

“cuenta como el día de Santa Marina, virgen que vivió disfrazada, los cristianos, que vivían escondidos en el bosque de El Castañar, entraron en Béjar al amanecer camuflados con trajes hechos de musgo, atravesando la muralla por la hoy llamada Puerta de la Traición, y expulsando así a los musulmanes, consiguiendo así la Reconquista de la ciudad”.

O sea, que se trabaja al modo de la permuta, y es interesante que para tratar de buscar una representación de lo contemporáneo vuelvan la mirada hacia una suerte de genealogía de la moral épica, buscando así nuevas respuestas en las narraciones orales o en las tradiciones vivas (amortajadas por causa de su repetición anual en el plano de la festividad -que disocia su contenido primigenio-).

En fin, que merece la pena curiosar en una de sus pieza/documental grabada en el convento de San Francisco de Béjar Salamanca, durante la preparación y vestimenta de los hombres de Musgo.

+ info: aquí.

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Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación segunda [08-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación tercera [14-Septiembre-2011]

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Un mundo sin metáforas [Divagación tercera]

1.

 

Canta Frank Baez, “el Baudelaire de Santo Domingo”:

“Quiero ser Papa en vez de poeta.
Quiero hablar con Dios.
Quiero hablar por teléfono con
Dios.

[...]

Nada de metáforas.
Los Papas no utilizan metáforas.
Yo voy a ser Papa.” [1]

 

2.

 

La obra Raketenbaum (2008) de Michael Sailstorfer consiste en un árbol frutal dispuesto, o más bien transplantado, de manera superficial en un paisaje neutro de yerba. En sus raíces se le han dispuesto unos cilindros de aire comprimido que sirven para propulsarlo por los aires.

No representa la metáfora de nada, ni busca erigirse como símil de algún tipo de experiencia simbólica de contenido poético o carga semiótica ninguna. Sencillamente el autor se propone arrancar un objeto de su entorno cotidiano e incrustarlo en uno nuevo, creando así un innovador contexto de significación (no arbitrario como correspondería a un signo lingüístico, sino azaroso y, hasta cierto punto, inane, por culpa de su caos y descontrol) .

El árbol catapultado remitiría a la nostalgia del paisaje de la niñez del propio autor, y así está cargado -para él, supuestamente- con imágenes fantasiosas del propio artista, imágenes, por otra parte, no sólo intraducibles, sino imposibles de ser compartidas.

Como espectadores, pues, no nos queda más que disfrutar de la parábola hermosa que describe el árbol en su propulsión y caída.

Por la simple curiosidad de ver explotar las cosas, igual que hacen los niños cuando destrozan los objetos.

+ info: aquí.

 

3.

 

“Lo más cierto de este mundo es que el mundo es incierto” [2], dice Jorge Wagensberg.

A lo que Juan Gelman le contestaría replicándole que “todo existe y no existe” [3].

 

4.

 

Leo con más estupor que añoranza lo que dice Esperanza Guisán en su Manifiesto Hedonista, pues que:

“Sólo los héroes, los que quieren desarrollar lo mejor de los talentos humanos, aspiran a la felicidad, La inmensa mayoría se conforma con escapar de los golpes más duros del infortunio” [4].

Esperanza Guisán escribía esto a finales de los años ochenta, y tal vez entonces fuese un mundo en el que todavía quedaban huecos para los últimos héroes.

No olvidemos que la película The last action hero, film que finiquita el postmodernismo, es de 1993.

En mi opinión, antes que hallar el correlato del héroe hoy, sería más instructivo preguntarlos por la meta-ética, especialmente por si es posible que acordemos hoy la universalidad de los juicios morales, y sobre cómo aplicarlos de un modo que tuviese necesariamente en cuenta las figuras semánticas de asociación.

 

5.

 

“Recognizing the thingness of things is not to deny the dense web of connections in which they are always caught up” [5], nos recuerda Gay Hawkins. Y es que seguimos con la tarea pendiente de recuperar la materialidad.

O mejor dicho, de incorporarla a la tarea de la ficción narrativa.

Tal vez por ello se haga tan necesario un proceder metonímico, que incorpore el tejido del mundo, dando cuenta de las asociaciones entre sus distintos miembros, pero sin renunciar a la especificidad extraña, individual y única de cada uno de estos miembros, que deben ser procesados literariamente como un conjunto finito, entero y singular; quizá no lineal, pero sí capacitado para evolucionar y relacionarse de manera autónoma entre ellos.

Es decir, entenderlos como elementos con carácter, con una cierta personalidad individual y no como meros productos textuales.

 

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[1] Escrito el 28 de noviembre del 2002 mientras bebía unas cervezas con Villanueva. Frank Báez. Revista Valderrama nº 8.

[2] Jorge Wagensberg. Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? y otros quinientos pensamientos sobre la incertidumbre. Ed. Tusquets. Barcelona. 2002. [p. 20]

[3] Juan Gelman. “Ver si”, incluído en El emperrado corazón amora. Ed. Tusquets. Mayo de 2011. [p. 45]

[4] Esperanza Guisán. Manifiesto hedonista. Ed. Anthropos. Barcelona. 1990. [p. 138]

[5]  Gay Hawkins. “Plastic materialities”, incluido en Political Matter: Technoscience, Democracy, and Public Life. Univ. of Minessota Press, 2010.  [p. 121]

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Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación segunda [08-Septiembre-2011]

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Un mundo sin metáforas [Divagación segunda]

1.

Pienso en algo que decía en 1992 Patrick O´Donnell en su artículo titulado Engendering paranoia in contemporary narrative [1] .

Decía así:

“Since paraonia has so much to do with the mystified hegemonic enactments of power, the representation of paranoia in the artificial plots of fiction can, indeed, be seen as a site where epistemology and ideology meet. As a way of knowing, paranoia is a mode of perception that notes the connectedness between things in a hyperbolic metonymizing of reality” [pp. 182]

Y me pregunto si esto significa que la presencia metonímica actual indica que seguimos en un mundo dominado por la paranoia.

Recurro entonces al libro de Michel de Certeu La invención de lo cotidiano (1980). Allí sostiene Certeu que los consumidores son, al mismo tiempo, usuarios, y es en su forma de usar aquello que consumen, en las «maneras de hacer» que desarrollan, donde se expresa una libertad creativa, frágil y sutil, pero omnipresente e invencible y, no sólo eso sino que significan mucho más cuando son vistas en su contexto de acción [1].

Esta unidad de significación que engloba los interminables sentidos posibles del ser humano podría ser interpretada (o así la interpretaré yo aquí) a los ojos de la escritura, la cual Para Michel de Certeu ha sido desde la Ilustración una forma de socialización, devenida en mito colonizador [2] en el sentido de que se trata de “un discurso fragmentado que se articula sobre las prácticas heterogéneas de una sociedad y que las articula simbólicamente”.

Dice Certeu:

“Ante su página en blanco, cada niño está ya situado en la posición del industrial, del urbanista, o del filósofo cartesiano: la de tener que manejar el espacio, propio y distinto, donde llevar a cabo una voluntad propia”.

Una gran parte de los escritores hoy, pienso, actúan al modo del consumidor-usuario, es decir, se expresan con una libertad creativa, frágil y sutil, pero omnipresente.  Ahora bien, su libertad creativa consiste en mimetizarse a lo escrito veinte o treinta años atrás, eso sí, añadiéndole algún giro contemporáneo, como si tratasen de que la nostalgia (a fuerza de tornarse metonímica) se constituyese en una parte “esencial” de lo actual presente.

2.

Entonces me doy a la lectura del periódico y en una entrevista que Ima Sanchís le hace al consultor y sociólogo Peter van Dommele en la Contra de La Vanguardia -aquí- dice éste, refiriéndose especialmente a los jefes o a la gente que comanda equipos, o sea, aconsejándoles que “hay que comunicarse con menos emoción, con claridad, honestidad y humildad”.

A lo que añade que: “aquí [en España] se pierde mucho el tiempo juzgando a los demás”.

Y así es, tanto en la literatura como en las relaciones humanas, que sobran arabescos y orfebrería y faltan claridad y precisión.

“Se ignoraba a sí mismo, firme, cerrado, recto”, dicen unos versos de Manuel Altolaguirre.

Y es que en ese estar tan pendiente de los demás, se pierde uno de la inmensidad de sí mismo y los demás, como es lógico, lo individualizan a uno de manera metonímica: a través -necesariamente- de la reputación que provocan sus actos innobles.

No hay feedback, dice Peter van Dommele, porque la gente no lo acepta. No sabemos aceptar las críticas, dice.

A este respecto el pintor Joan Pere Viladecans -aquí- opina que: “uno debe sobrevivir y convivir con la contemporaneidad. Con el nuevo lenguaje”, ese lenguaje metonímico, pues, oblicuo y enrevesado, que le provoca al individuo, empero, un hostil interés; qué remedio, pienso.
En opinión de Viladecans, es cuestión de la tecnología, que “impone su lógica de adocenamiento y mansedumbre”.

En esta estructura hipertecnificada parecería -hasta cierto punto- lógico (o realista) que la metaforización preferida por los individuos del siglo XXI sea la que toma la sinécdoque como arma, pues su estructura relacional resulta económica y, por sobre todo, efectiva.

3.

En fin, que sería hermoso pensar sobre el trabajo que la literatura pudiese hacer con este mundo en el que se ha abandonado la metáfora modernista y racional; sería decididamente bello, desde luego, que, como dice Vicente Luís Mora en su Fragmento VIII del Libro Negro (en proceso de escritura-aquí-) pudiésemos pensar que:

“Escribiendo hemos logrado lo que solo la literatura puede: la escultura física en la mente”.

Pero, cómo sería esa escultura hoy, me pregunto. ¿Al modo neo-conceptual de la novelística de, por ejemplo, Evan Lavender-Smith, un batiburrillo de miles de anotaciones azarosas en cuadernos?

Será que la miscelánea es, por fin, el modo actual en el que el arte habrá de buscar la gema escondida en la insustancialidad del presente, me pregunto.

¿Es en ese movimiento de oleaje incierto -demencialmente ingenuo- que describe Lavender-Smith -aquí- en el que habremos de movernos, así:

“I was writing the book without knowing I was writing the book, I realized I was writing the book, I began writing the book knowing I was writing the book”?

4.

Toda esta divagación poliédrica -y algo caótica- me lleva a una frase de Stephen Dedalus, que en el capítulo 15 del Ulysses de Joycee (se puede leer aquí), afirmaba:

STEPHEN: (TO PRIVATE COMPTON) I don’t know your name but you are quite right. Doctor Swift says one man in armour will beat ten men in their shirts. Shirt is synechdoche. Part for the whole.

Qué eternidad nos espera, entonces, si -de momento- seguimos caminando de manera casi zombie, vestidos con camisetas de sport, me pregunto, pienso, escribo…

De momento debo dejar esta divagación segunda sobre este mundo nuestro sin metáforas, pues sólo puedo pensar en un verso de Francesc Parcerisas que colabora contra la insatisfecha situación promisoria del arte, un verso que acabo de leer y que dice:

“La vida vol la felicitat”  (la vida quiere la felicidad) [4].

Lo extraño es que me he topado con ese verso justo después de haberme acordado -por alguna razón, supongo, de claro sustrato (para)psicológico- de la obra The art of sleep (2006) de Young Hae-Chang, y que forma parte de ese largo trabajo suyo en el que Hae-Chang, a través de un narrador insomne y alucinado, da cuenta de las paradojas contra las que ha de luchar el arte actual.

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[1] Patrick O´Donnell. Engendering paranoia in contemporary narrative. Boundary 2. Vol. 19. No 1. New Americanists 2: national identities and postnational narratives (Spring 1992). Duke University Press.  pp 181-204.

[2] & [3] Citado por Juan Diego González Sanz en su libro Explorar el día a día: Análisis de las prácticas sociales en La invención de lo cotidiano de Michel de Certeu. Nexofía, Libros Electrónicos de la Torre del Virrey. L´Eliana (Valencia), 2010 [pp. 33, 37 y 99]. Se puede leer íntegro aquí.

[4] Francesc Parcesiras. “Vell profesor”, incluido en Dos dies més de sud. Quaderns Crema. Barcelona. 2006.  [p. 81]

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Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

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Un mundo sin metáforas [Divagación primera]

1.

Quizá tenga razón el escritor argentino Juan Terranova [1] al decir que en estos tiempos digitales importa más la metonimia; que ésta habría desplazado a la metáfora en su centralidad como figura retórica de poder.

Llama la atención igualmente cómo en los medios periodísticos se considera la metáfora inútil (por incapaz de dar cuenta de lo excepcional que sigue ocurriendo en nuestro presente mediocre).

Fijémonos en el siguiente extracto en el que el cronista Julio Villanueva Chang habla del director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel.

Dice:

“Dudamel es de esos hombres que cuando entra en un lugar hace que casi todos vuelvan sus cabezas: el pelo le baila y ríe por su cuenta, y su sonrisa se inocula en tu estado de ánimo. El director de orquesta más pop del mundo es ya un proyecto de estatua, y su escultor del futuro tendrá serios problemas para domar su cabello. Dudamel es dueño de esa energía luminosa y magnética que es inútil traducir con metáforas de compañías eléctricas” [2]

Una apresurada conclusión sería la de entender que las relaciones de identificación ya no son productivas y así el mundo contemporáneo es aquel que necesita de las relaciones semánticas, establecidas al modo del wishful thinking.

Es decir: esto implica que la magia de las asociaciones habría venido a sustituir a la identificación real de las cosas.

2.

La labor del escritor cronista de la actualidad, según yo lo veo, sería idealmente la de ver lo igual en lo distinto, y no la de cartografiar las particularidades de todo lo distinto.

Por ello, contra la idea de la metonimia, se han alzado voces como la del artista-filósofo franco/canadiense Hervé Fischer que propone una hiperrrealidad, “una ética planetaria frente la inercia de la fragmentación y la ruptura del sentido que arrancó con la posmodernidad y que se potenció formalmente a partir de la última revolución tecnológica” [3].

Porque, tal vez, lo que esté diciendo Terranova -en el fondo- es que nuestra época seguiría siendo postmoderna.

Lo que suena paradójico, habida cuenta de la exposición que el Victoria and Albert Museum de Londres tiene preparada para Septiembre -aquí- y que es la primera retrospectiva que se le dedica al postmodernismo bajo el título de “Postmodernism—Style and Subversion 1970-1990″.

Lo que es absolutamente indiscutible, como decía Ruth Franklin en un artículo de 2005, es que: “En todas partes del mundo [...] los narradores [...] reflejaron la influencia de la posmodernidad estadounidense en su estilo fragmentario, sus juguetonas referencias a la cultura pop o su oscura misantropía” [4].

Pero, la pregunta es: ¿lo siguen reflejando hoy?

3.

En su influyente libro de 1980  “Metaphors we live by” George Lakoff y Mark Johnson decían que el sistema conceptual que utilizamos a diario, en términos de lo que podemos pensar y el modo en el que nos comportamos, es de naturaleza fundamentalmente metafórica.

Dicen Lakoff y Johnson que aparte de las metáforas que ellos llaman “estructurales” y que se basan en el hecho de que nuestros conceptos metáforicos son sistemáticos y, hasta cierto punto, son usados de manera bastante automática, es decir, que un concepto se estructura metafóricamente en términos de otro, tendríamos también las metáforas “orientacionales”: un vasto sistema de conceptos regulado por las relaciones que establece uno con todo el resto del grupo.

El rasgo más relevante de tales metáforas es que, en su mayoría, estarían referidas a características espaciales.

Y no son arbitrarias, las metáforas “orientacionales”, sino que se basan en nuestra experiencia cultural y del mundo físico.

La idea que subyacería bajo tales metáforas es la de que en nuestra cultura la gente se ve a sí misma como seres que tienen control sobre los animales, las plantas y el medio ambiente que los rodea, y su habilidad única para el pensamiento racional situaría a los hombres por encima de todos los demás animales, ejerciendo un poder de control sobre ellos.

Es decir, que la centralidad vendría no exclusivamente por el uso del lenguaje, sino por el hecho de ser hombres y dominar el entorno.

Una narrativa pues, necesariamente antropomórfica y con el hombre como punto medianero fijo.

4.

El poeta americano-israelí Shallom Freedman (1943) tiene un poema con el título “Let´s leave the poems without metaphors” que dice así:

“Let’s leave the ‘poems’ without metaphors
Bare and stark and original
Quiet and sleeping and still

[...]

Let’s leave the poems without metaphors
And go back to the simple words
And let them say all they can by themselves
Until they become metaphors too”.

5.

Si pensamos nuestra contemporaneidad desde el sesgo posthumanista podríamos decir que ahora el disfraz hace al individuo; mejor dicho, que disfraz e individuo son la misma cosa.

Así, creo yo deberíamos mirar la reciente performance realizada en el marco del Based in Berlin 2011 -aquí- “Invisible playground: Hold the line”.

Allí no se pone de evidencia ningún tipo de identificación uno-a-uno, sino que se establecen asociaciones entre los diversos comportamientos del ser humano contemporáneo -y sus ideas-  que puebla el medio artístico: un ser infantil, que actúa sin ironía y cuyo propósito es el de volver -igual que le pide Freedman a los poemas- a las cosas sencillas, sin dobleces metafóricas ni paradojas del sentido.

En ella, se haría patente todo lo dicho antes, a saber: wishful thinking (para evitar ser cazados por la luz) [punto nº 1], el absurdo de un mundo que ya no es postmoderno, pero en el cual el postmodernismo se deja sentir de manera fantasmal [punto nº 2], que el hombre sigue dominando el espacio, aunque, eso sí, sufriendo el castigo arbitrario de un dios que crea la luz en la noche [punto nº 3] y que la performance, al tiempo que se despoja de metáforas, crea en sí misma una metáfora bastante elocuente del mundo pre-moderno de griegos y romanos [punto nº 4].

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[1] Juan Terranova. Internet y literatura [Séptima entrega]. Hipercítico.com.

[2] Julio Villanueva Chang. Dudamel: el hijo del trombonista. Cultura/s de La Vanguardia. nº 478. 17-Agosto-2011. [págs 2-5]

[3] Hervé Fischer en entrevista con Horacio Bilbao. Suplemento Ñ / Revista Clarín. 12-08-2011.

[4] Ruth Franklin. Muerte y resurrección de la ironía. Traducción de Jorge Brash. Letras Libres. Agosto de 2005.

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