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Volver a Proust

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La clave de la exposición –o su centro secreto- Contarlo todo sin saber cómo, comisariada por Martí Manen (Barcelona, 1976) para el CA2M, se encuentra en un breve librito de Marcel Proust titulado Sobre la lectura. Un libro que cuenta “esa sensación de un niño que lee un libro de aventuras durante las vacaciones de verano”, nos dice la protagonista de la novela que ha escrito Martí Manen y que le sirve a la exposición como instancia discursiva y elemento conceptual. Y es que uno de los atractivos de esta propuesta es que se compone de dos espacios: el espacio físico de las salas del museo CA2M de Móstoles y el espacio imaginativo de las páginas de una novela. Ambos lugares, sin embargo, comparten una serie de obras de diez artistas tanto nacionales como internacionales (Christodoulos Panayiotou, Alex Reynolds, Rosa Barba, Lilli Hartmann, Eija-Liisa Ahtila o Keren Cytter, entre ellos). En la muestra física nos encontramos con algunos textos, instalaciones, vídeos y fotografías de los que se podrían colegir tres líneas principales: un intento por desvirtuar los códigos narrativos (en especial los provenientes del cine, tanto de ficción como documental), un interés denodado por descontextualizar el discurso dominante y una (re)conceptualización de la iconografía de los mass media. Las tres estrategias de desestabilización mencionadas toman como base la realidad misma, y la (re)escriben, al modo del palimpsesto. Y esto, en un segundo nivel de significación, es justamente lo que hace Martí Manen en la novela de título homónimo. En ella, Manen se sirve de dos personajes genéricos (Él/Ella), personajes con cierta voluntad de expresión generacional (y así, subjetiva del comisario, que funciona al modo del meta-artista) para contar la historia de una pasión compartida por el arte, en especial por el artista Felix González-Torres, con cuya muerte –acaecida en 1996-, se abre la novela (y que se revela como una de esas mitologías individuales de las que habla Harald Szeemann al respecto del trabajo del comisariado).

El trabajo de Manen, por lo tanto, es doble. De un lado, funciona al modo del crítico que no se limita a exponer unas obras sino que las congrega para que establezcan un diálogo, para que se interrelacionen dándole la oportunidad al lector/espectador para que les busque (si quiere) una posible significancia personal. De otro lado, les ofrece un contexto alternativo, dándoles un tono y la posibilidad de que juntas entonen una cierta melodía diferente. Esto se consigue gracias al marco de la estructura narrativa que ofrece el constructo novelesco. Y es que todas las obras físicas presentes en las salas del CA2M (y algunas otras más) aparecen en la novela, pero no en su especificidad, o sea, no como son en realidad, sino evocadas casi siempre desde la imaginación, el pensamiento o el ensueño de los dos personajes y, así, ligeramente customizadas, verbigracia: cargadas de una emotividad individual y, hasta cierto punto, privativa. Y lo más importante es que tales obras (presentadas en las salas del CA2M como la producción de una serie de artistas), en la novela no adquieren la categoría de objeto artístico, sino que más bien son simples historias de la vida cotidiana, o de los sueños de los protagonistas; o sea, ficciones insertadas adentro de otra ficción mayor. Este diseño especular implica que se produzca un efecto boomerang y la consecuencia directa, para la hermenéutica, es poner en evidencia que el poder de la imaginación conforma una memoria alternativa del presente. Y aquí volvemos de nuevo al librito de Proust, que le sirve a Manen para refrendar su idea de que la memoria y la imaginación pueden servirle al arte (post)autónomo para buscar la fluidez y la continuidad entre la proposición expositiva del comisario y la vida misma del espectador/lector, ofreciendo una forma novedosa de aproximación al arte contemporáneo basada en una intimidad emotiva y, hasta cierto punto, ubicua.

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(pinchar en la foto para ampliar)

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* El artículo Volver a Proust salió publicado el pasado 26 de septiembre de 2012 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (nº 536 / p. 20).

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(Algunas) sensaciones del presente

John Miller, “Everything is Said #7″, (2009)

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Siguiendo con el tema de ayer, me gustaría destacar una frase, es de Cecilia Palmeiro; dice así:

“La literatura nos tiene que dar herramientas para experimentar el presente, experiencias del orden de la sensación” [1]

Y hablando de sensaciones, dice Peter Stothard, el jefe del jurado del premio Booker de este año que:

“If we’re going to keep literature and language alive, we have to be alert to the new, the things which aren’t like what’s been before. And as Howard Jacobson said, this may be unpleasant, it may be that we don’t enjoy reading it, but it might matter hugely to the future of literature.” [2]

Sin embargo, parece contradictorio que tengamos que darnos voluntariamente a experimentar sensaciones que nos desagradan, ¿o no?

¿Depende realmente el futuro de la literatura de que los críticos literarios se dediquen a -literalmente- tragar basura por un tubo?

No sé, me parece que tenemos muy olvidados el instinto y la intuición.

Y es que en un porcentaje altísimo de casos ya se sabe que un libro va a ser rematadamente malo con solo saber un poco de su autor, sus manifestaciones públicas, quiénes son sus amigos o con qué camarilla se relaciona, a qué revista o sello está asociado, etc Así las cosas, ¿no debería, me pregunto yo, dedicarse el crítico a establecer criterios de valor en este nuevo escenario?

En otras palabras, ¿no sería más productivo utilizar todo ese paratexto como primer filtro de selección gracias al cual establecer categorías cualitativas? ¿Y ya sí, a partir de ahí, trabajar con el entrenamiento del gusto y no a la inversa?

Pero seamos claros: un ejemplo meridiano de lo que digo lo tienen aquí.

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[1] Ezequiel Alemian. Las  nuevas voces de la renovación crítica. Diario Perfil. 27-Mayo-2012.

[2] Allison Flood. Books bloggers are harming literature, warns Booker prize head judge. The Guardian. 25-September-2012.

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La jerarquía y el gusto

Adela Arrufat, “No quiero dormir” (2012)

1.

Me llama la atención esta frase:

“Somos ingenuos. Y ensayamos los diferentes usos poéticos que tiene la basura”.

La frase es de Juan José Mendoza, de su artículo Conciencia Spam, publicado en el nº 13 de la revista BocadeSapo -aquí-.

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2.

Y luego leo esta otra frase que también me llama la atención:

“Con el fin de la “dictadura literaria” tocan también a su fin los días de utopía transformadora por medio del arte”.

La frase es de Guido Herzovich, sacado de su artículo La mala conciencia del buen literato, publicado aquí.

*

3.

Ambas posiciones, la de Mendoza igual que la de Herzovich, vienen a refrendar la idea de que las jerarquías culturales están en declive, que ya siquiera se sostienen por su antiguo poder legitimador al respecto de una posición social pre-eminente, y su correlato en cuanto a lo económico, claro.

En definitiva, que -y hemos hablado de aquí del tema en otras ocasiones- no se trata ya sino de entrenar el gusto.

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4.

Pero, sin embargo, ahí está la flarf poetry -aquí-, y todos esos libros avant-garde que publica, por ejemplo, el colectivo Troll Thread, aquí, máquinas auto-generadoras de sentido que producen discurso continuamente, en el tiempo. Un discurso que, por otra parte, cae en el sinsentido, a fuerza de buscarlo, el sentido.

Y, en su afán, destruyen el gusto, a fuerza de dar pre-eminencia al propio proceso de la búsqueda.

*

5.

Y entonces encuentro un vídeo, y Vanessa Place me dice que no, que el conceptualismo es mejor que la flarf poetry:

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Y Kenneth Goldsmith argumenta que la flarf poetry es dionisíaca, en tanto que el conceptualismo es apolíneo, aquí.

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6.

Así que re-leo una frase -como un mantra- del último libro de Salvador Luis, Prontuario de los pies y de los zapatos, que condensa justamente ese punto de tensión entre la jerarquía y el gusto.

“La pregunta es: ¿Cuánto tiempo he de caminar con la
cabeza gacha en este mundo que se multiplica —y sus
normas y sus discursos-como-las-bocas-de-mis-padres se
multiplican con él— sin siquiera pedirme una opinión?” [1]

[1] Salvador Luis, Prontuario de los pies y los zapatos, Ed. Mono Monkey experience, 2012 (p. 13) [se puede leer íntegro y en descarga gratuita -epub/prc/pdf- aquí]

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7.

Y la única conclusión -o hipótesis de trabajo- que puedo obtener de momento es que toda jerarquía regula el gusto y todo gusto atenta contra la jerarquía. Lo cual me deja, sí, en un inestable círculo vicioso.

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Turismo de colección

Martin Parr, España. Barcelona. Parque Güell. 2012.

1.

En su ópera prima, Leaving the Atocha station (Granta Books, 2012), el poeta norteamericano Ben Lerner novela su estancia de un año en Madrid, becado para la realización de lo que él llama–no sin cierta afectada grandilocuencia- “su proyecto” (poético), que se basa en la idea de componer un largo poema sobre la respuesta literaria a la Guerra Civil Española.

Hacia el final de su estancia, el protagonista confiesa sentirse en una suerte de inexistencia.

De un lado, nos dice, refiriéndose a la vida que ha llevado durante la estancia que ya finaliza: “esta vida no es real, no es la mía, este casi año completo de ser un turista, pues esto es lo que sin duda he sido, suficiente” (el subrayado es mío) [1]. Pero, al poco, se plantea si no será más verdadero el razonamiento contrario, y que es el siguiente: “esto [mi vida en España], esto es la experiencia, y no porque las cosas en la península ibérica sean intrínsecamente más inmediatas, sino porque el paisaje y mi relación con él no están todavía totalmente estandarizadas” [2].

Su contradicción, sin embargo, se resuelve con elocuente facilidad al constatar la certidumbre de que: “estaba destinado a reproducir la familia burguesa, no importa cuánto temiese dicha posibilidad o hubiese querido posponerla” [3].

Se diría que el turista contemporáneo, ese espécimen de la clase media global, vive su estancia vacacional en ese punto medio del que habla el protagonista de la novela de Ben Lerner: el de una inexistencia fatal, pre-destinada.

Y en los objetos que servirán de remembranza de esa suerte de presencia ausente es donde indaga la exposición Souvenir. Martin Parr, fotografía y coleccionismo que se muestra en la actualidad (y hasta el 21 de octubre) en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y está comisariada por Juan Pablo Wert Ortega.

2.

Souvenir tiene tres partes bien diferenciadas.

De un lado, varias series de fotografías del fotógrafo de la agencia Magnum, Martin Parr (Surrey, Reino Unido, 1952), relacionadas con el turismo (sus títulos: “Autorretratos”, “Clase turista”, “Lo que hay que ver”, “Las playas”, ”El menú turístico” y “Barcelona”), así como una muestra de 150 variopintas postales relacionadas con el turismo. Ha de decirse que las fotografías provienen de una selección de material ya fatigado en diferentes libros del fotógrafo inglés, excepto la serie Barcelona, creada específicamente para esta exposición.

De otro lado, se presentan una serie de objetos sacados de la colección del propio Parr, fetiches y souvenirs sobre “la conquista del espacio”, “Margaret Thatcher” y “la guerra del Golfo”. A ello se le suman seis libros de fotografía seleccionados por el propio Martín Parr (quien, según se nos dice, posee la más importante colección mundial de libros de fotografía y fotolibros)

En tercer lugar, se nos presenta la colección (que mezcla el souvenir con la obra artística de pequeño formato) del coleccionista Juanjo Fuentes, tal cual está permanentemente dispuesta en su casa malagueña, pues forma parte de la decoración de la misma. Sobre dicha colección se presenta la última serie de fotografías de Parr, específica también para esta exposición, y que lleva por título “Visita de Martin Parr a la casa de Juanjo Fuentes”. La idea de Parr es poner la cámara muy cerca de los objetos coleccionados para que éstos revelen el por qué son coleccionados. El traslado de la colección de Fuertes está documentado gracias a un vídeo de Margarita Villarejo.

Además, se nos ofrece para su visionado un extracto de unos diez minutos de la película Les carabiniers (1963), de Jean Luc-Godard, en el que se muestran postales de los diferentes lugares del mundo como si fuesen tesoros.

3.

Podríamos decir, siguiendo la dualidad que hemos planteado al principio, que la exposición se mueve entre dos polos: el souvenir clásico visto como objeto que reproduce una realidad, y el souvenir como postal/fotografía/auto-retrato que reproduce digitalmente el objeto y su mundo circundante, pero con la inserción del sujeto que antes miraba y ahora se mira a sí mismo a través de los otros.

Vale la pena notar que tal dicotomía deja afuera la noción del “souvenir por extracción” formulada por el comisario Óscar Guayabero en su exposición de 2009 en el Disseny Hub de Barcelona y que llevaba por título “Efecto souvenir”. En ella, Guayabero se refería con este concepto a cómo los objetos cotidianos pueden ser extraídos por el turista de su medio natural para convertirlos en un recuerdo nostálgico.

Aquí, en Souvenir, tal efecto nostálgico proviene del lado de la fotografía/postal souvenir, en tanto que el souvenir clásico (los objetos tanto de Parr como de la colección de Fuentes) harían las veces de objeto fetiche, (des)vinculados, eso sí, de cierta noción de lo sagrado y equiparados al objeto acumulable del coleccionista. Pues una de las tesis de la exposición es que el único modo posible de coleccionar en la cultura de masas es sirviéndose de lo banal como objeto de coleccionismo.

Y tal coleccionismo, serviría, en principio (y según Wert), para procurar un conocimiento privilegiado de la clase media global.

4.

Lo más relevante de la exposición es esa idea del coleccionismo, tomada de Susan Sontag al decir que “coleccionar fotografías es coleccionar el mundo·”. Idea, empero, que ha de matizarse, pues no sirve cualquier fotografía como testimonio del viaje, sino aquella en la que el turista ejerce –por así decirlo- de anfitrión, aquella en la que el turista posa, entre una marabunta de otros turistas que igualmente posan, frente al lugar señalado como de interés turístico.

“Mi teoría”, escribía Parr en su blog el pasado mes de abril, “es que el acto de fotografiarnos a nosotros mismos frente a los lugares turísticos se vuelve tan importante puesto que nos reafirma en el convencimiento de que formamos parte del mundo reconocible”. En otras palabras: que nuestro viaje no es quiebra de la normalidad sino continuación suspendida de nuestra vida cotidiana.

Así, el turista no es ya ese observador semiótico que re-semantiza el objeto, sino aquel quien se incluye en la representación o performance que tiene lugar frente a los espacios de culto. Esto se vuelve muy evidente si nos fijamos en la libertad desprejuiciada con la que el turista posa en las fotografías, sirviéndose de esa comodidad familiar que le permite el marco (el enclave turístico como extensión efímera del hogar), esa suerte de confianza solidaria y que marca el inestable punto de tensión en el que se debate su viaje.

De este modo, la fotografía (en la que es inevitable la inclusión del propio sujeto) vendría a representar la tregua que, por un momento, firman la imposible experiencia verdadera del viajero y la estandarización propia del nativo entre las que el turista se debate.

En la misma, queda como fondo el objeto real, tal que símbolo del fracaso mismo del viaje, cuyo único motivo era el de poder mostrar (a posteriori) esa fotografía y decir: yo estuve allí.

En otras palabras, la fotografía/postal al modo del autorretrato grupal no quiere ser testimonio de la experiencia sino de la emoción. Así, no sirve como memoria de un acontecimiento, sino como recordatorio del “estado mental” vinculado a un proceso.

Siendo así, no resulta extraño que su soporte sea intangible (una fotografía digital), fácilmente manejable y de cómoda manipulación por esa contemporaneidad digital de nuestro mundo que es hoy Internet.

La lección de antropología que extrae quien visita la exposición es de puro desasosegante: la clase media global, parece que se nos diga, está destinada a reproducir los comportamientos burgueses, por mucho que se esfuerce ésta en testimoniar lo contrario, moviéndose frenéticamente de un lado para otro. Y su corolario: el viaje no es más que un intervalo breve entre vidas que permiten ser coleccionadas, igual que cromos que, como todo el mundo sabe, son fácilmente intercambiables en los mercados dominicales.

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[1], [2] & [3] Ben Lerner, Leaving the Atocha station (Granta books, 2012) [pp. 163 &164] (traducción del autor)

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*Este texto ha aparecido publicado en la revista chilena de arte contemporáneo Artishock -aquí- [16-Septiembre-2012]

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Escribe de lo que sabes

Mark H. Miller “Write a word” (1972)

1.

Escribe Philip Hensher en the Telegraph -aquí-:

“The London novel is currently enjoying a bit of a renaissance”.

Lo escribe al hilo de la nueva novela de Zadie Smith, NW, pero también de algunas otras (de John Lanchester, Sebastian Faulks o Blake Morrison). Y sobre Londres (comparada con otras grandes ciudades de otros países) dice:

“Other nations have written about their major cities in a compelling way, but very few have been able to talk about them as places where everyone, from every point on the scale, mixes “

Y termina su artículo de la siguiente manera:

“Has there ever been “The Great London Novel”? No: there is too much there to cover.”

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2.

La propia Zadie Smith ha declarado en el Edinburgh internacional book festival -aquí- que su intención para con NW era replicar la experiencia de Londres a través de una prosa discontinua (con visos de fragmento) y con diversas variaciones estilísticas.

“Se podría imaginar el mismo libro escrito en un tono más homogéneo”, ha dicho la escritora inglesa, “pero la ciudad en la que yo crecí no era así”.

Y concluye Smith: “la vida no es homogénea y perfecta, y eso quería repetirlo, también”.

En otras palabras, después de haber escrito On beauty, novela ambientada en los States y sobre la que todavía hoy recibe mails de gente que le señala cosas incorrectas, Smith ha decidido que es hora de escribir sobre lo que se conoce: la zona Noroeste de Londres.

Ella lo ha dejado dicho de una manera más concluyente: “ya Nueva York tiene mcuhos escritores, así que no hace falta que me una yo también”.

El consejo es diáfano: busca tu espacio literario, que no va a ser más que tu espacio personal, ese del que conoces a la perfección su aroma, su sabor, su color, sus texturas. Déjate de tratar de novelar tu experiencia de quince días en Nueva Tork, tu visita de dos meses a China o tus hipótesis sobre cómo viven los granjeros de Iowa de los que no tienes ni la más remota idea.

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3.

Vale la pena demorarse un segundo en un pensamiento que parece más que generalizado: no nos interesan los escritores jóvenes en español. Las lecturas de sus libros no nos atrapan, nos dejan indiferentes o más bien fríos y eso cuando conseguimos (si es que esto felizmente sucede, en muy pocos casos) hincarles el diente habiendo sido capaces de sobreponernos al pasmo de la contraportada o las chorradas con que decoran la biografía.

Y una pregunta: ¿por qué?

Respuesta: porque hablan de cosas de las que no tienen ni idea, y sus textos parecen -y son- fakes.

No hay en ellos vida y, por lo tanto, tampoco hay verdad.

Escriben en base a clichés culturales, a referencias camp o a paisajes turísticos.

Y la pregunta es, ¿por qué? ¿por qué ese miedo a describir la experiencia contemporánea -real- del mundo facticio?

¿Acaso las ciudades españolas no merecen ser descritas, nada hay en ellas que las haga particulares, y así a los individuos que las habitan?

En mi opinión, negar la ciudad es negar la propia experiencia individual (ligada a esa ciudad y, por lo tanto, nuestra verdad histórica).

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4.

Solo un apunte y que debería ser suficiente para dar por zanjada esta breve disquisición: dos de los escritores españoles más reconocidos en el extranjero, más reputados, admirados, leídos y queridos son de fácil adscripción a una ciudad.

De un lado, el Madrid de Javier Marías y, del otro, la Barcelona de Enrique Vila-Matas.

Saquen sus propias conclusiones.

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ADDENDA:

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Leyendo azarosamente los aforismos de Lichtenberg (y como si todo estuviese relacionado, que sí, que lo está), me encuentro con lo siguiente:

“Sería ciertamente muy útil presentar al mundo los escritores que, aun conociendo a otros anteriores a ellos, se han inspirado sólo en sí mismos. Únicamente de ellos se aprende, y son sin duda muy pocos, por lo que cualquiera podría leerlos fácilmente. Los otros acuñan con troqueles ya hechos y, en sentido estricto, son monederos falsos” [1]

[1] Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos, Edición de Juan del Solar, Edhasa, Barcelona, 2002 (p. 254)

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BOLA EXTRA:

El próximo lunes 17 de septiembre y a las 19:30 Teju Cole mantendrá un diálogo en el CCCB (Barcelona) con el escritor Patricio Pron sobre el tema Ciudad abierta (que es al tiempo el título de su segunda novela que en castellano acaba de publicar El Acantilado y en catalán Quaderns Crema) y que versará sobre diferentes temas relacionados con la diversidad, la inmigración, la violencia y la pervivencia de las fronteras y la convivencia en la ciudad.

Caso de que no puedan ir, sepan que el CCCB va a registrar la conversación en video y pronto estará disponible en su web.

+ info: aquí.

Y si quieren echarle un vistazo a las primeras páginas de la novela de Cole, en traducción de Marcelo Cohen, pueden hacerlo aquí.

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El arte delicuescente

1.

Escribir es siempre una alegría.
Eso es cierto, pero no una alegría que prodece del placer liviano de la facilidad, sino más bien de la satisfacción del deber bien cumplido, del esfuerzo continuado y metódico y de la final consecución de un largo trabajo físico-mental

Porque aunque ahora todos quieran negar la dificultad de la génesis de un texto literario, de sus suplicios, desvelos e inconvenientes, como se suele decir, “no queda otra”.

Quien diga lo contrario, miente. O bien es un cretino.

Tomarse unas vacaciones de la escritura es lo mismo que decir que uno se toma vacaciones de respirar: algo abstruso.

Otra cosa bien diferente es no darle publicidad a lo que uno escribe (en la página o en el pensamiento, tanto da).

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2.

Esta idea de que la escritura no se detiene va emparentada con la ligazón ineludible que el arte debe mantener con la vida; así: respirar con ella.

Un arte que se aparte de lo real corre el riesgo de perecer en su inanidad -o en su manierismo.; pues es un arte que ya no respira sino aisistido por las fastidiosas vocecitas que se producen por su respirar gracias un aire exógeno: el helio, por ejemplo.

Tomarse unas vacaciones de la real es lo mismo que decir que la naturaleza se toma vacaciones en su constante devenir irrefrenable: algo abstruso.

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3.

Dice Luis Racionero que el absoluto desconsuelo e inconexión del arte conceptual con el público proceden del hecho de que no aluda este a ninguna realidad contrastable, y que por ello “cae en un idealismo tan artificioso como los académicos del siglo XVIII” [1].

Y eso es algo que, en mi opinión, comienza a sucederle a cierta literatura contemporánea que busca asimilar sus contenidos, pero sobre todo, su diseño estructural, al arte contemporáneo conceptual (y que hemos venido estudiando parcialmente -aquí-).

El problema es que contra investigar desde sí, es decir, desde el lenguaje, muchas de estas obras han derivado hacia un camino peligroso, y es que sirven únicamente del marco; o sea, del concepto. Así, la obra no es más que una excusa para hablar de una idea.

Y lo único que acaba contando es la idea que ya viene explicitada en la contaportada. Ello implica que ni siquiera se hace necesaria la lectura del libro, pues no es más que el aparataje necesario para comunicar esa idea única y simple, a veces no más que una intuición.

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[1] Luis Racionero. “Realismo e idealismo”. Cultura/s de La Vanguardia, nº 531, 22-Agosto-2012 [pág 11]

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4.

Valerie Hegarty, “George Washington Melted 4″ (2011)

*

La pintura ha ocupado históricamente un rol central en la formación de la memoria compartida.

Sin embargo, ya no.

Las viejas técnicas pictóricas han cedido su función de documento testimonial de la historia al cine o a los medios digitales.

Sin embargo, una serie de artistas contemporáneos que recientemente expusieron su obra en la Winkleman gallery -aquí-  siguen interesados en la pintura. Desde su perspectiva, entienden que la única postura realista que puede tener un pintor contemporáneo consiste a menudo en rechazar el pasado u olvidarlo completamente.

En otras palabras: pintar sin memoria.

Pero ello no significa que se olviden de los asuntos humanos. Para los artistas reunidos en la exposición Painting is history todavía quedan posibilidades para documentar e imaginar lo natural de lo humano, la humanidad analógica del hombre.

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Valery Hegarty – Headless George Washington with Table (2012)

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En el caso de la artista Valerie Hegarty -aquí-, la idea que subyace en su obra es la de hacer reproducciones de pinturas históricas bien conocidas que se alteran de manera drástica creando un efecto de desintegración.

Todas sus obras columbran una posible continuidad con el mundo real de la naturaleza y los objetos contemporáneos, los físicos del aquí y el ahora: los incontestables.

Es decir, que rechazar el pasado no es desmemoriarse sino memorizar el presente como continuación de una vida pasada (para nosotros desconocida) que se nos revela furtivamente.

En ese sentido, las obras de Hegarty tienen algo de performático, en esa incisión que la pintura provoca en la realidad, con la intención de desgajarla, mostrando su ruina potencial, su decadencia implícita.

Por decirlo de otra manera, sus obras buscan un asidero en el (y hacia el) que desparramarse.

Hay, en ellas, algo fantasmagórico.

Y creo que aquí lo hemos repetido ya unas cuantas veces: el siglo XXI será necesariamente el siglo de los fantasmas.

Bien haría la literatura en aceptar que su decadentismo no es sino su mejor arma de futuro.

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El filósofo como bufón

La editorial AK va a sacar en breve un nuevo libro de Bifo que llevará por título After the future.

En el vídeo el propio autor adelanta las claves del mismo:

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Es interesante lo que dice en la última parte, lo transcribo*:

Thera-poetry

Giorgio Agamben, in a text about language and death, says that the voice is the meeting point of body and meaning. Interesting idea. And I would say that poetry is the meeting point of meaning and sound—meaning and music. Because music does not mean only sound, it means rhythm. And what we need is to find our singular rhythm. Singularity is all about rhythm. It is about recording your refrain, your ability to to relate to the stars in the sky, to the ground, to the body of the other, to your own body. So I say the thera-poetry, and I think about the thera-poetic affect of my voice, of writing poetry, poetry, voice, body, coming back from what has been denied because of the acceleration of the info-sphere.

I have a dream, a dream of a website where you can click the link and the screen gets black. You cannot check your mail you cannot check your facebook profile, you cannot go anywhere in the net, you only can listen to my voice. This is thera-poetic in my mind.

*aquí hay una transcripción completa del vídeo.

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Hay algo que me viene llamando la atención desde hace rato, y se refiere justamente a la voz.

Fíjense en lo criminal de ese inglés de Bifo, pero no menos estridente que el de Zizek, por poner otro ejemplo notable. Sin embargo, ninguno de los dos realiza el menor esfuerzo para atenuar su acento. Más bien lo acentúan y se esfuerzan en realzar su histrionismo. Y no solo con la voz, sino con sus gestos, teatrales, bufonescos.

A uno enseguida le viene a la mente Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.

Y la analogía es inmediata.

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Pero cojamos ahora un ejemplo vernáculo, el ensayista Eloy Fernández Porta no se queda lejos de lo dicho. Donde aquellos fuerzan el histrionismo como disfraz chocarrero desde el que intentar seducir con sus opiniones y teorías, Porta muta a juglar postmoderno y se defiende con la máscara del personaje de cómic; sus ideas, así, se exponen en el contexto del hombre común que demuestra modos de superhéroe frustrado.

Cada uno de los tres a su manera, pero todos ellos (re)fuerzan con cierta insidia chistosa -autoconsciente- sus ejecuciones vocales.

Y parece que les funciona, pues vencen la resistencia del espectador, que relajado y ya sin temer la evangelización de un magisterio, escucha sin juzgar (al menos a priori) sus argumentos y soluciones.

Pero yo me pregunto:

¿Es este el único modo posible que le queda hoy a la así llamada no-filosofía?

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Raw meat: Crónicas desde Kassel

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Una de las pocas alegrías que nos ha deparado la prensa cultural durante este verano han sido las crónicas que el cineasta catalán Albert Serra ha ido mandando puntualmente a la redacción de la Vanguardia para que salgan en el suplemento cultural de los miércoles, el Cultura/s. Por alguna razón que desconozco, Serra lo ha diseñado formalmente al modo del diario, y cada una de las notas está escrita un mismo día de la semana: siempre jueves.

Allí en Kassel, Serra prepara el proyecto cinematográfico Los tres cerditos -aquí-, una cinta de 200 horas de duración en la que se intercalan extractos de diálogos privados de Hitler, del libro de Conversaciones con Goethe, así como comentarios de Fassbinder extractados de diferentes entrevistas. La idea es que Serra esté rodando durante los cien días que durará la muestra de la dOCUMENTA (13). Cada día se presentan -en dos pases- dos horas de la filmación en crudo en los cines Bali.

Serra reflexiona en sus Crónicas desde Kassel sobre distintos asuntos: la imbecilidad de los actores profesionales, nos cuenta un encuentro en el que se pelea con los alumnos del California Institute of the arts pues estos no conciben como deseable que ningún trazo de originalidad espontánea aparezca en la obra de arte, baraja distintas posibilidades de montaje para las imágenes o se cuestiona la construcción dramática de la película, pero también habla sobre los problemas intrínsecos del rodaje y la incompetencia de los operadores alemanes encargados del montaje de los descorados o acerca de la necesidad de que el arte contemporáneo abandone los discursos ideológicos vinculados a la(s) obra(s) para que estas se encuentren con la soledad del espectador y el silencio de su destino (para así, irónicamente, ganar en fuerza e intensidad).

En general, como todo lo que hace Serra, los textos son una adminición en favor de cierto caos creativo, de la irrenunciable libertad estética y algo muy importante, un canto en favor de lo híbrido, lo heterogéneo y lo estrictamente personal. Y no porque ese gesto de bravura, que se sabe falible contra el aire inmenso de la nada del mundo, del artista sea algo político (como muchos siguen creyendo), sino por algo mucho más simple: porque es el único gesto subversivo (por subjetivo) que le queda al artista hoy: ese desafío a lo técnico, a la previsibilidad de los cánones que marcan ya las tendencias artísticas, habiendo caído hoy en la cuadrícula pautada de lo científico (la objetividad de la conciencia lo llama Serra; lo que no es sino una mala deriva cartesiana).

Todo es, al fin, nos dice Serra, una cuestión de performance, pero no en el sentido de chifladura, despelote o necia extravagancia, sino en lo que esta tiene de ejecución no mediatizada por la objetividad de la idea (pre)concebida.

En otras palabras, no se trata de sinceridad, sino de verdad personal.

La sinceridad per se es propia de idiotas y no tiene el menor valor; sin embargo, la valentía de expresar esa verdad íntima de uno, en su sencillez despojada es, sí, un acto supremo de amor, y la meta a la que se debe encaminar el arte nuevo de hoy (en su versión bellas artes, pero todavía más en el ámbito de la literatura).

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La literatura como ricorso

Robert Malmberg, “Summer in the city”

Al respecto de lo que dirimíamos el otro día, sobre el futuro de la literatura, tiene razón Darío Rodríguez -aquí- cuando dice que: “La literatura no murió. Sólo está muy ocupada como para acudir a tantas insulsas y estridentes fiestas”.

En esto pensaba mientras leía un poemario de la nicaragüense Claribel Alegría que compré esta mañana, se llama Otredad (Visor, 2011) y en él hay un poema que lleva por título “Invocaciones”. Dice así: “Invoco a la muerte / sin cesar / pero también invoco / a la poesía / que sé que me aleja / de la muerte”.

Moraleja: pues que lo que se ha muerto -si acaso- es una cierta concepción de la vida, no la literatura.

Entonces me he acordado de aquella serie que hicimos en La soledad del deseo -aquí-, la de Especulación del talento, al leer un extracto del dietario Ratas en el Jardín (Libros del asteroide, 2012) de Valentí Puig y que dice así:

“el nuevo rico nunca elige el esnobismo de la literatura porque eso le obligaría a leer. Se pierde demasiado tiempo. Vale más interesarse por la pintura actualísima: es más cómoda, también es decorativa y tiene un valor especulativo. No hace falta saber nada más: solo pagar y colgar el cuadro en casa” (p. 40)

Y leyendo un poco más, me encuentro con la siguiente solución:

“la cultura, como organismo, no vive de sustituciones ni de progresos que desplazan efectos anteriores. En la cultura siempre hay un ricorso, un retorno a las cuestiones esenciales del hombre ” (p. 68)

O sea, que es algo muy sencillo, se trata de hablar de esas cosas que nos son fundamentales, del amor y la muerte, los afectos, la ilusión, el goce, el deseo, la alegría y las penas, las incomodidades y el bienestar efímero y dejarnos de tanta cacharrería meta-conceptual y tanto victimismo latoso.

En tanto que haya un solo hombre o mujer preocupados por las inclemencias del estar vivo y se decida a indagarlas y piense sobre ellas y decida comunicarlas de una forma bella y verdadera (es decir, honrada), seguirá existiendo una literatura que de veras merezca llevar tan ilustre nombre; todo lo demás son monsergas y distracciones.

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Algunas consideraciones sobre el futuro de la literatura

1.

Leyendo el suplemento que trae la revista Cuadernos del matemático del mes de junio de 2012 (nº 48) y que está dedicado a la poesía saharaui actual, encuentro un poema que me llama –en particular- la atención.

Se trata de una composición de Liman Boisha y lleva por título La poética que se perdió.

Es breve, y dice así:

“Muchos versos se perdieron, / bajo las jaimas, en la intemperie, / entre los pastos o el barro. / Y el torrente oral no desembocó / en el mar de los libros, / se tornó memoria frágil, / que en parte asesinó, / sin contemplaciones, la televisión”.

2.

Y en otro suplemento, esta vez en el Cultura/s de la Vanguardia (nº 522), me encuentro con una nueva sorpresa. Un artículo de Luis Landero y que lleva por título Fumaroli, el champán de la cultura francesa, en el que éste escribe:

“Porque no basta con ser erudito, haber leído mucho, tocar diversos temas, tener capacidad de síntesis: se necesita sobre todo un gran estilo. La voluntad de estilo es algo que hoy día hemos dejado de lado y que para mí y para algunos otros que aman la literatura sería ya de por sí un motivo para leer a un autor. Si encima del buen estilo tiene cosas que decir, entonces es ya un autor completo” (p. 15)

3.

Pensando en todo esto, vengo a reflexionar sobre cómo enfrentar la (des)localización sentimental y el desarraigo estético. Cómo conseguir una identidad narrativa que no quede dispersa y aplastada y que no parezca una copia clónica de ese universal idéntico y regularizado por los mass media y las mal llamadas narrativas de género.

Dicho en otras palabras, ¿es posible mantener –y continuar con- la idea de la República de las Letras europea?, ¿acaso vuelven con fuerza las literaturas nacionales?, ¿el grand style es un acto de soberbia o de nostalgia?, ¿la homogeneización estética es apenas un estado de tránsito hasta que se (auto)regule de nuevo el sistema artístico o el único modo posible de sobrevivir al mercado?, ¿realmente es el mercado quien debe dictar el gusto, o acaso quien lo dicta efectivamente?, ¿este mundo de sombras y de fantasmas en el que vivimos hoy, este caos indolente, es de veras un avance o no es más que una regresión a un primitivismo snob?, ¿y es esta precariedad que hoy nos asola un eco débil consecuencia de la narrativa de la paranoia de los sesenta o acaso un mero distractor que viene promovido, difundido y alimentado por una política del miedo que pretende que nada cuestionemos?

4.

Reflexionando sobre todo esto me encuentro con la noticia de que el escritor Scott McClanahan, tras haber publicado tres libros y tener tres más en prensa, ha decidido dejar de escribir.

Dice: “he llegado a un punto en el que ya me aburro. Estoy cansado de hablar sobre la muerte de la escritura”.

Es por ello que ha decidido cambiarse a un nuevo modo de creación artística: el vídeo.

Y propone una serie de reglas para todo aquel que quiera seguirle en la tal nueva empresa:

  1. No más discusiones sobre el sonido de las frases. Abstente de usar la palabra “acústica”.
  2. Basta de quejas sobre lo mucho que te está costando escribir una novela. A nadie le importa.
  3. Hemos dejado de ser las ligas menores. Y tenemos que rehusar unirnos a la liga de los Jonathans [Franzen] y Jeffreys [Eugenides], de los libros de tapa dura y gafas gruesas. Son unos perdedores. Sus compañeros de primaria lo supieron antes que tú.
  4. Una cámara cuesta unos 200 dólares. Si no tienes suficiente dinero, escríbeme y ya te conseguiremos alguna (incluso si tenemos que robarla). Las cintas para grabar cuestan 9 dólares cada una.
  5. Siéntete libre de ser tú mismo. Examinemos nuestros rostros. Investiguemos nuestros ojos.
  6. La regla nº 6 queda excluída por razones legales.
  7. Puede que estuviese borracho cuando escribí estas reglas, así que discúlpame.

La primera demostración empírica del asunto es el monólogo del siguiente vídeo:

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No sé Vds. pero a mí no me acaba de convencer. Prefiero seguir pensando sobre el futuro de la literatura.

+ info: aquí.

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El desgarro

Horacio Dowbley, “Homo Videns”

Escribe Fernando R. de la Flor en su libro Giro Visual (Ed. Delirio, 2009) lo siguiente:

“En este momento, el ataque sobre lo textual, que proviene del mismo engrandecimiento de la dimensión que cobra la esfera de la visualización de imágenes, hace que el sentimiento fuerte de la lengua, habiendo perdido la batalla de lo cotidiano, se repliegue hacia realizaciones altamente sofisticadas, elitistas, donde, en efecto, encuentra una suerte de última línea de resistencia y cosecha la magra parroquia de sus últimos fieles” (p. 62).

A lo que Lars Iyer, en su manifiesto Desnudo en la bañera, asomado al abismo -aquí- diríamos que le responde así:

“Resístete [escritor] a las formas cerradas, a las obras maestras. El empeño por escribir obras maestras es una modalidad de necrofilia. Escribir debe ser un acto abierto por todos sus flancos, de modo que un esbozo de vida real (aunque ésta no sea más que una farsa lúgubre y ridícula) pueda atravesarlo, pasando las páginas”.

Creo, sin embargo, que en lo sustancial, ambos se equivocan.

Ni la resistencia a la -supuesta- (pre)eminencia en tanto paradigma nuevo de la imagen es tal (no al menos del modo enconado, fiero y exclusivista que sugiere de la Flor), ni tampoco  el abandono a la desesperación y la inanidad del estatuto de artista del autor literario resulta tal como el que diagnostica Lars Iyer.

El concepto clave aquí, me parece, ni tiene que ver con la imposible comparación a (ni acaso aspiración de) la genialidad artística como tampoco se refiere a un alarmismo relacionado con la pérdida de privilegios; claro que ambas tendencias existen, quede claro, pero tengo para mí que son marginales.

Habría que buscarse una razón más honda, y ésta la podríamos hallar en las relaciones impulsadas y regidas por el capital y que se vinculan al mundo de la cultura.

Y es que tales relaciones de capital que rigen el mundo cultural ya no se producen de manera exclusiva en un territorio (pre)fijado y reconocible (el de la producción, la exhibición o el aprendizaje de la cultura), sino que funcionan como un órgano sensorial (y de aquí se desprende que el paradigma visual sostenga hoy un cetro insigne de poder ante tales circunstancias).

Así, tales relaciones del capital serían más bien una suerte de algoritmo generativo dictado por el mercado de valores  y que impregna todos los órdenes (con especial énfasis en el orden mental inter e intraindividual), superando las barreras que tradicionalmente le vetaban el paso (fundamentalmente las humanidades y la crítica académica). Esto implica que las relaciones de capital se conviertan en lo que se viene a llamar gesamfabrik o factoría total, un territorio temporizado y temporal que, como dice Hito Steyerl -aquí-:

“pervades bedrooms and dreams alike, as well as perception, affection, and attention. It transforms everything it touches into culture, if not art [...] It integrates intimacy, eccentricity, and other formal unofficial forms of creation. Private and public spheres get entangles in a blurred zone of hyper-production”.

A este respecto, sostiene Jonathan Beller que todos los lugares que siguen la lógica de la pantalla (la muestra de imágenes cinemáticas, en Internet, en Tv, etc) se convierten en factorías (en esa gesamfabrik que mencionábamos antes) en las cuales los espectadores se ven convertidos en trabajadores, por mor del dominio que impera en ellas de las relaciones del capitalismo tardío.

Y esto porque se incluye la lógica taylorista de la producción, que obliga al espectador a una labor más intensiva que la propiamente industrial. Los media (con internet a la cabeza), al funcionar gracias a la capitalización voraz (vampírica, podría decirse) de las facultades estéticas y las prácticas imaginativas de los telespectadores, contribuyen a que todo lo que tocan se convierta inmediatamente en cultura.

Esta es la razón por la que no existe -resulta, además, impracticable- esa supuesta snobización de la que habla de la Flor -o no es, digamos, tan relevante como él pretende- (el texto digital, todo este blog, por ejemplo, es una clara muestra de ello) y, de otro lado, el motivo por el que el escritor siente la ilusión -falaz- de que siendo todo cultura des-jerarquizada y democrática, la genialidad no puede ser un reto, un estímulo o una meta, ya que se le hace creer (por causa de la defenestración de la crítica literaria) que, un texto, cualquier texto, vale lo mismo en la cadena de valor regida por las relaciones de capital que todo lo impregnan; es decir, que cualquier producción lingüística tiene valor en tanto que existe, por existir nada más, y no en base a un criterio de calidad o excelencia.

Lo que de la Flor y Iyers no dicen, sin embargo, en sus manifiestos (uno en forma de libro y el otro de arenga) es que lo relevante de veras es que la literatura, más allá de sus métodos, estilos, formas de producción y difusión o temas, con lo que ha de proveer al lector es con la manifestación de un desgarro. Algo que resida exclusivamente en la experiencia, que es, como dice Carolyn Christov-Bakargiev, algo que se opone “frontalmente al capitalismo cognitivo que define nuestra era” [1].

Decía Kafka: “El mundo monstruoso que tengo en la cabeza. Pero cómo liberarme y liberarlo sin desgarrarme. Y prefiero mil veces desgarrarme a contenerlo o enterrarlo dentro de mí” [2].

En tal caso será la literatura relevante. En tal caso seguirá teniendo la literatura una razón para transmitir ese conocimiento no necesariamente racional (aunque pueda tratarse al modo del pensamiento literario) y sí, necesariamente demorado, poético y (des)ambiguador. Y aquí, además, la literatura, gracias a esa “segunda naturaleza” del lenguaje, cuenta con ventaja.

En lo que, tácitamente (uno de manera expresa y el otro por eludirlo) ambos manifiestos se ponen de acuerdo es en el hecho de que la literatura ocupa una posición subsidiaria al respecto de la imagen.

Tal asunción es fácilmente refutable echando un breve vistazo a cualquier exposición de arte contemporáneo y dándose cuenta de que las obras pictóricas en su forma exclusiva de imagen no funcionan y necesitan del apoyo escritural.

Querer ver este hecho como un acto servil no es sino negar la evidencia de que la literatura, una buena obra narrativa no necesita de la imagen y que si la utiliza es justamente por ampliar su espectro de significados (y, de momento, las obras que vienen haciendo uso de tal estrategia, salvo contadas excepciones, resultan bastante banales si no periféricas).

En el polo opuesto tenemos la incontestable demostración de que no hay una sola exposición del así llamado arte contemporáneo que no venga con su justificación teórica -dispuesta lingüísticamente-, su explicitación de intenciones y su apoyo literario (sea a la manera del archivo, el catálogo o acaso tomando la forma misma de una novela o un libro de ensayos).

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[1] Javier Hontoria en entrevista con Carolyn Christov-Bakargiev, “Esta documenta es la antítesis de lo espectacular”. El Cultural / El Mundo. 08-06-2012.

[2] Citado por José Ovejero en La ética de la crueldad (Anagrama, 2012), [pág 94].

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Pensamiento en marcha

“E.A.T.”, Julien Ulvoas

El crítico de arte y comisario independiente Martí Manen (Barcelona, 1976) recoge en Salir de la exposición (si es que alguna vez habíamos entrado) (Consonni, 2012) una serie de textos, algunos previamente publicados y otros inéditos –sin explicitarse en cada caso-, que reflexionan entorno a la idea clásica de la exposición, el “dispositivo de presentación más destacado en el campo del arte”. A este respecto, las formulaciones y pensamientos de todo el volumen están atravesadas por la dicotomía quietud/movimiento y que Manen explicita de la siguiente manera: “La inestabilidad, lo líquido, lo indefinible marcan las vías de funcionamiento, mientras que la exposición y la institución parten de la estabilidad, la voluntad de definición y el deseo de comunicación”.

El libro, que se plantea como un continuum (sin apartes entre capítulos, ni páginas en blanco, ni apéndices, ni bibliografía ni notas a pie de página, ni tampoco fotografías), evidencia en su forma misma esta voluntad de Manen de pensar a la carrera, de que la duda y la incertidumbre no sirvan para la parálisis o que el lamento no quede en solaz de plañidera, sino que sirva para la quiebra, que desestabilice y abra nuevas vías para entender la comunicación, producción y exhibición del arte contemporáneo; que inspire –transpirando-, en suma.

Los textos están encapsulados en 33 capítulos (que son más bien micro-ensayos) y que Manen define como “apuntes, miradas, reflexiones y diálogos que aparecen gracias a las exposiciones”. Tales capítulos vendrían funcionando al modo rizomático, relacionándose horizontalmente, con visiones periféricas y matizaciones sobre un mismo asunto, que se va ampliando, cuestionando y criticando, pero sin acritud ni perfidia, como ya dijimos, sino que el libro vendría a querer evidenciar esa necesidad contemporánea de actuar en directo. Así, Salir de la exposición se constituiría como un largo diálogo/conversación que Manen mantiene consigo mismo, pero sabiendo que tiene un interlocutor –algo silencioso, de momento- atento al lado, y así le deja a este la libertad de tener la última palabra. Por ello no encontrará aquí el lector tanto un pensamiento teórico fundamentado en un análisis sistemático de la situación del arte contemporáneo, como la praxis real de quien vive adentro de este mundo y, en tanto que las cosas suceden en sus inmediaciones, se aleja unos pasos y se pregunta ¿seguro que es así como tendría que ser esto o acaso podríamos hacerlo de otro modo?

Desde el punto de vista del estilo, hay una clara vocación literaria, o más bien diríamos narrativa (de una narrativa oral, quede claro), en todos los textos de Manen (para así ser capaz de situarse afuera del lugar codificado del arte, se entiende) y que queda especialmente patente en varios interludios que propone el texto, experiencias personales como son la preparación de la exposición Raw Ideas y que sirve para plantear las relaciones entre archivo, arte y realidad, el histérico texto autobiográfico Viajes, momentos fuera que da cuenta de la imposibilidad de dejar de lado la mirada curatorial en cualquier contexto  y la crónica Un paseo con David Bestué y Marc Vives, una pura delicia lírica que sirve de (re)cuento de una visita al cementerio del bosque de las afueras de Estocolmo. La impronta literaria y ensayística de Manen (más que de crítico académico u ortodoxo), además, quedaría patente en su idea central sobre el hecho expositivo, y que dice así: “el lenguaje de la exposición es un lenguaje secreto”. Del mismo modo,  su querencia por que la exposición se abra al error, a la experimentación, que se convierta en el lugar no de presentación, sino en el que las cosas acontezcan delata su afán por que los lugares de presentación del arte no se definan por las limitaciones temporales sino por constituir(se) en tiempo activo: “una prueba constante, una voluntad crítica y al mismo tiempo constructiva”.

Fiel a ese ir deambulando en la imperante velocidad del mundo contemporáneo, los textos de Manen se mueven en un zigzagueo constante, vadeando la encrucijada en la que, nos dice Manen, se encuentra el arte hoy: si dejarse llevar por la velocidad o constituirse en un entorno de pausa, y su corolario más importante, “¿es posible pensar de forma constructiva en un contexto de velocidad?”, se pregunta Manen. Salir de la exposición responde a esa pregunta (re)pensando el impositivo tiempo presente de la exposición, sus ansias de poder hegemónico, su (pre)codificación, autocensura y confronta así la megalómana voracidad con la que la institución pretende funcionar, tanto como testaferro de la historia como en término urbanísticos, sugiriendo Manen que, contrariamente, podría convertirse en “ese lugar de encuentro social perdido […] ese lugar de definición ciudadana”.  Pero también se sumerge Manen en los contenidos propios de la exposición, en el vídeo, especialmente, que “marca su propio tiempo, marca los argumentos y las tensiones emocionales”.  Y es que uno de los retos todavía no resueltos, nos dice, es aquel que tiene que ver con cómo presentar la imagen en movimiento en una exposición, pues ello ha implicado un cambio de paradigma, debido a la imposibilidad física de poder verlo todo, a la saturación de la información y el problema del cambio en la comunicación y el consumo de contenidos.

Igualmente Manen reflexiona sobre las actividades paralelas que tiene una exposición y que, de algún modo, hacen que se expanda superando las fronteras clásicas, como puede ser la radio museística o las exposiciones ampliadas en la red. Pero también se ocupa de la performance y las acciones o la dicotomía arte-información o acaso la proliferación del artista amateur. Manen apuesta por el trinomio investigación / conocimiento / educación frente al gran evento que busca los buenos números y, con ello, invita a repensar la idea de los infiltrados, “aquellos que desmontan desde dentro”, esos que “trabajan a escondidas, cubriéndose con la máscara de lo reconocible”, porque, como el mismo Manen declara, en fin de cuentas, para las instituciones “es mucho más fácil justificar un formato como la exposición clásica” cuando es evidente, dice también, que tal exposición clásica ya no parece ser un formato “auténticamente apto para la presentación, o la generación, de la creación artística contemporánea”.

El volumen se cierra con una serie de entrevistas a diferentes agentes del sector (artistas, comisarios, directores de museo, galeristas, activistas) y que funciona(ría) como un intento coral por recuperar la oralidad, en una suerte de salón de visitas, por así decir, y que vendría a dar la voz a los otros (algunos de los que han estado escuchando) y que continuarían el intento de transmisión de ese estado mental, convincente y contagioso que Manen nos ha venido sugiriendo durante todo el volumen. Así, tenemos declaraciones de Nina Möntmann, María Ruido, Solène Guillier y Nathalie Boutin (de la gb agency), Vicente Todolí, María Lind, Rirkrit Tiravanija, Keren Cytter, Jorge Satorre y Kajsa Dahlberg que contribuyen a esa idea del pintor Joan-Pere Viladecans de que el hombre moderno, subyugado por la falta de tiempo físico, contribuye a la creación de un tiempo moral, breves pausas en la carrera del mundo que le sirven para “apuntalar un criterio, para ver, leer, escuchar” y que batallan con la sobreexcitación y la urgencia, “generando propuestas, ideas, renovándose”; en definitiva, “transmitiendo ilusión”, demostrando que “el arte no es otra cosa que animar, es decir, dar vida” [1].

Martí Manen, Salir de la exposición (si es que alguna vez habíamos entrado). Ed. Consonni. Bilbao. 2012. 200 págs.

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[1] Joan-Pere Viladecans.” ¿El fin de la cultura?”, suplemento Cultura/s del periódico La Vanguardia. Miércoles, 30-Mayo-2012. nº 519, (pág. 22)

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*Este texto ha sido publicado también en SalonKritik.net (02-Junio-2012) -aquí-, así como en La Tercera Información (05-Junio-2012) -aquí-.

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The sensualist

El judío adolescente que protagoniza la novela The sensualist (Nouvella, 2012) de Daniel Torday –ambientada en el Baltimore de los años noventa- está teniendo un breve flirt (que él piensa ya erróneamente en términos de noviazgo) con Yelizabeta, la hermana de su amigo del instituto, Dmitri Zilbert, un tipo serio –y ruso- que gusta de imitar los personajes de Dostoyevski, teniendo por norma no ocultar sus sentimientos y que se define a sí mismo como “sensualista”. Dmitri, declara en un determinado momento “no me importa lo que la gente diga de mí. Digo lo que siento, cuando lo siento y hago lo que me gusta cuando así lo prefiero”.  Y añade sobre su hermana que “es como yo, en algunas cosas”. Esta actitud sensualista es noble y justa en Dmitri, a ojos del narrador. Sin embargo, la misma actitud, vista en la hermana, Yelizabeta, acabará siendo considerada pérfida y ladina y será la causante final del desenlace funesto con el que la novela finaliza (y que no desvelaremos aquí).

Lo que me interesa, sin embargo, es lo que sustenta la relación entre Yelizabeta y el narrador: F. S. Fitzgerald. Yelizabeta, que está en su primer año en un instituto de Baltimore y que tiene problemas con el inglés (su lengua nativa es el ruso), le pide al narrador que le ayude con su paper sobre El gran Gatsby, conminándole –además- a que trabajen en el mismo en la casa del propio narrador, con la excusa de que su máquina de escribir no tiene rollo de tinta. Un jueves por la noche en el que los padres del narrador no están en casa, se produce la escritura del trabajo, tras una breve discusión entre ellos al respecto de ciertos comportamientos de los personajes de la novela y, finalmente, con el texto revisado y (re)escrito, la reunión de trabajo desemboca en el primer encuentro sexual entre el protagonista y Yelizabeta, en una deliciosa, elusiva y suave escena que finaliza con la fresca fragancia del invierno –que se introduce en la habitación gracias a la venta abierta- cubriendo la piel desnuda de la adolescente rusa.

La referencia no es gratuita, pues durante los cinco años que Fitzgerald vivió en Baltimore escribió Tender is the night (y su esposa Zelda Save me the waltz).

La profesora de Yelizabeta queda tan contenta del paper que le entrega ésta que le pide que para el trabajo de final de curso se concentre en otro aspecto diferente de la novela, así que ésta le vuelve a pedir ayuda al narrador protagonista.

Yelizabeta ha decidido para este trabajo final escribir sobre Zelda (nótese la identificación Zelda=Daisy), así que el narrador le lleva al St. Joseph´s Medical Center, donde antaño hubo una mansión llamada La Paix, la mansión donde vivió durante algo más de un año Fitzgerald con su hijo Scottie, mientras Zelda recibía tratamiento psiquiátrico. En los años sesenta (en 1961, concretamente), cuando el hospital se expandió, la echaron abajo y ahora lo único que ambos pueden ver desde la carretera es una planta generadora de electricidad. El protagonista recuerda la primera vez que supo de la existencia de la mansión derruida, gracias a su padre, que le hubo de llevar al hospital después de haberse roto dos huesos del brazo izquierdo jugando a baseball, y cómo en las cuatro semanas que siguieron a su primer examen de rayos-x, su padre se dedicó a hacerle un tour literario por Baltimore. Contemplaron fotos antiguas del entorno bucólico de La Paix, donde se veían espaciosas terrazas, le dice el narrador a Yelizabeta, “ideales para Daisy y Tom Buchanan” (nótese, de nuevo, no solo la identificación Daisy=Zelda / Scott=Tom, sino la ironía, pues la novela fue publicada en 1925 y Fitzgerald se mudó ahí en los años treinta). Además, visitó el narrador con su padre, le cuenta a Yelizabeta, los lugares donde vivió HL Mencken y el hospital (Church Home Hospital) donde murió Edgar Allan Poe.

En fin, que Yelizabeta, cuando llegan al lugar, se extraña porque allí no queda nada, y se pregunta por qué no le han puesto una placa o algo al lugar donde estuvo La Paix, para recordarlo (sí que la hay –una placa- en el 307 de Park Avenue, donde Fitzgerald se mudó después de La Paix, a causa de un incendio que, dicen las malas lenguas, causó Zelda). El narrador le responde con cierta indolencia, así: “supongo que no le pareció a nadie importante poner una placa cuando la mansión fue derruida”. Pero, de inmediato, ante el reproche de Yelizabeta de que han conducido un largo trecho para nada, para llegar allí y encontrarse con que no hay nada, el narrador matiza: “yo no diría que no hay nada. Aquí es donde Fitzgerald y Zelda vivieron. Todavía puedes escribir sobre ello. No hay nada oficial para conmemorarlo. Ello lo torna, en realidad, más solemne. Me parece, ¿no? “.

Pero a Yelizabeta no le parece nada en absoluto y le pide al narrador que la lleve a casa.

Conducen todo el camino en silencio.

Y ahí acaba su relación (su flirt de una noche, más bien), pues después de este día apenas hay un par de breves llamadas casuales, y después nada.

Todo esto para llegar a una reflexión final, ¿qué ocurre con los lugares cuando nosotros ya no estamos? Porque en la escena referida de la novela de Torday se producen dos actitudes: la del narrador, de índole espiritual (y literaria, personalista, pues), que piensa que la ausencia refrenda el misterio del pasado (incognoscible, por definición), y la de Yelizabeta, más práctica y materialista, si se quiere, que necesita “ver algo” para cerciorarse de la verdad.

De estas dos visiones, además, podrían (pre)decirse dos acercamientos literarios: uno que sería aquel de la memoria y otro que sería aquel de la memorabilia. La literatura derivada del primer acercamiento sería más bien de índole espiritual, vinculada a cierta idea del diálogo personalista con la tradición silenciosa (así sea un diálogo de fantasmas), y la segunda tendría más bien un sesgo culturalista y factual, en el sentido de reflejar el cliché inservible y ello la habría convertido en costumbrista (de un costumbrismo siglo XXI, claro).

Lo curioso es que, siendo la primera –en principio- menos extravagante en sus ambiciones formales, sería la más innovadora, pues propugna el acercamiento personal dentro de los estrictos marcos de la tradición. Sin embargo, la segunda, queriendo ser experimentalista y postmoderna, se queda(ría) en reaccionaria y previsible, en el sentido de ser democrática, de buscar la sobre-determinación del significado (la inscripción de un hecho lo instituye y lo vuelve de significado unívoco y plano). Así, la primera vendría a refrendar la idea de José Ovejero de la crueldad ética, pues nos obliga a seguir mirando más allá de lo soportable, allá donde no hay nada, pues pretende la lectura del mundo no desde la sospecha, sino desde la incerteza. En tanto que la segunda nos regala entretenidos mundos de claras certidumbres sospechosas de andar en alianza con la ideología hegemónica.

O dicho en otras palabras, decir lo que uno siente, cuando lo siente y hacer lo que a uno le plazca cuando así le venga en gana, ya no es un rasgo de autenticidad, sino más bien un falso hedonismo infértil (tele)dirigido por los medios de comunicación de masas, la publicidad y el sentir automatizado, gregario y endogámico de la Internet. Así, la descortesía, el analfabetismo emocional y la ignorancia supina no demuestran ningún tipo de liberación personal sino más bien conforman una cárcel de relucientes barrotes que se acepta voluntariamente, una cárcel en la que la vileza del instinto (y que se manifiesta en proclamas furiosas que no escapan a una impermutable ideología –sea esta de derecha o de izquierda-) domina a la generosidad del sentimiento.

The sensualist. Daniel Torday (Nouvella books, 2012)

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*en la foto: mansión de La Paix, en el 7601 de Osler Drive -aquí-.

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Sobre el entusiasmo

Escribe en el último número de La Jornada Semanal (20-Mayo-2012) José María Espinasa lo siguiente:

“Hay críticos, invadidos por el resentimiento, que creen que el entusiasmo es un lastre para su labor y han perdido la capacidad de celebración. Creen que su labor es hacerla de policías literarios y terminan tiñendo su incomprensión de rigor moralista para disfrazar su insensibilidad ante el texto, y dicho sea de paso, ante el entusiasmo”.

En la columna, que lleva por título “Nostalgia del entusiasmo” -aquí-, se lamenta Espinasa de que hoy -tristemente- los lectores se dejan guiar por la publicidad y no por la fe y la confianza en el magisterio de un autor  o por el canto prófetico y festivo de los así llamados críticos literarios.

Me parece a mí que Espinasa acierta, pero errando el tiro. Es decir, que lo que hoy nos sobra es entusiasmo, pero un entusiasmo negativo que se convierte en maldad, encono y, eventualmente, en odio. Me refiero, eso sí, a ciertos lectores, analistas y críticos de Internet.

Y al respecto de los críticos de los periódicos y su insensibilidad tácita, creo que no hay mucho que añadir, pues como vulgarmente se dice, “les quedan dos telediarios”; así, es natural que defiendan con uñas y dientes su protectorado. Pero no tanto (creo yo) por resentimiento cuanto por temor. Así, han encontrado que un modo rentable de mantener su chalet con jardín y piscina es la tibieza. El objetivo es claro: no llamar la atención para que nadie repare en ellos y no tenga que poner(se) en cuestión su validez, pertinencia o relevancia. La clave es no levantar sospechas sobre sí, y ya se sabe que el entuasiasmo es contagioso y/o ofensivo. Por ello, mejor no buscar el relumbrón de los focos, piensan.

En mi opinión y a estas alturas tal debate es ya puramente pírrico.

Soy de la opinión de Peio Aguirre quien dice -aquí- que ” Internet es un magnífico lugar para el fluído vírico”. Lo mismo que, con otros argumentos viene a defender Alberto Santamaría -aquí-, al decir -con cierta reticencia- que “Internet no es el problema, todo lo contrario: puede que incluso (no lo sé) sea la oportunidad para la crítica”.

Aprovechémoslo pues, pero eso sí, con la pasión de quien admira (y por eso reflexiona, teoriza e indaga) y no con el enardecimiento de quien oculta intereses personales.

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El grito (del fantasma)

1.

Hay un verso de Tomas Tranströmer que de tan lúcido le produce a uno un pellizco en el alma. Lo leo en la edición bilingüe Deshielo a mediodía (Nórdica, 2011), una selección de su obra.

Lleva por título –como imagino no podía ser de otra manera- “Elegía”, el poema, y pertenece a su primer libro, de 1954, y titulado sobriamente 17 poemas (17 dikter).

El poema es largo –veinticuatro estrofas-, pero ya digo que hay un verso, uno solo, gélido y punzante como una daga, especialmente dañino para todos aquellos que tenemos querencia por trabajar en la soledad de la noche.

Dice así:

“suena el silencio cual despertador”.

2.

Y entonces, en otra de estas noches mías silenciosas, (se me) aparecen unas líneas de Chantal Maillard y que vienen a secundar el despertador de Tranströmer.

Escribe Maillard en su libro Husos, notas al margen (Pre-textos, 2006):

“La herida se abre y sangra con el pulso. El grito la abre. O se abre y es el grito. El grito es. Largo, inacabable. Yo lo habito. Habito el grito. Y lo escribo para dejar de oírlo, o para oírlo menos, atemperado en la redundancia del decir, demorado en su representación”.

3.

De madrugada yo no oigo gritos, pero sí sonidos y voces.

Es cierto que al comienzo de la medianoche son todavía (las voces, los ruidos) de algunos vecinos renqueantes, acaso los últimos que se preparan para abandonarse a la horizontalidad de la cama o los primeros que ya deben ir pensando en la verticalidad insomne que les conducirá a sus trabajos nocturnos.

Pero en un determinado punto (pongamos a las tres de la madrugada) ya no están, se han ido. Y lo que queda no son los ecos de sus voces, ni tampoco el murmullo de los electrodomésticos que ronronean a través de las ventanas abiertas del patio de luces.

Lo que queda entonces es la nada: el silencio del cerebro que se da a entonar su melodía.

Y es ese silencio, entonces sí, el que despierta a las voces, a los sonidos.

4.

Hay de diferentes tipos: conversaciones ajenas (e incluso propias, pero sostenidas involuntariamente), lejanas (acaso inventadas), pero también el rumor imposible del mar, unos niños que juegan, arbitrados por el silbato inconforme –e insistente- de un adulto, personas que tocan música, el piar de unos indolentes pájaros de fuego o aviones que sobrevuelan mi terraza.

Podéis pensar que son recuerdos, sedimentaciones de una realidad que con la calma de la noche viene porque quiere ser (re)experimentada y (re)significada, sabiéndose huérfana de comentaristas.

Podéis pensar eso, ya digo, si ello os consuela.

Pero, en verdad os digo que el grito, con estas y muchas otras variantes, está ahí, inconforme y autónomo. Y yo lo escucho; las escucho (a sus variaciones melódicas).

5.

Ha dejado escrito en algún lugar Valentí Roma que el grito ha desaparecido del arte contemporáneo. Pero yo no creo que ese sea el centro del asunto. Creo que el grito está en el aire, en el ambiente, en las voces sagaces de la noche que algunos escuchamos, a nuestro pesar.

No sé si es que estamos (estoy) más atento o es que acaso el grito sea residual en lo que respecta a la interpretación del presente. Y digo residual justamente por su repetición, pues siendo tan común ha (habría) devenido objeto cuya ordinariez es (sería) despreciable.

En cualquier caso tiene (tendría) que ver con la demora de la que habla Maillard; es decir, no habiendo demora, el grito no sucede (se pierde entre el resto del ruido), ya que es consustancial a la carne que habita; es pura inmanencia, pues.

6.

Escribe Houellebecq en El mapa y el territorio (Anagrama, 2011):

“Se puede trabajar en solitario durante años, es la única manera de trabajar, la verdad sea dicha; llega siempre un momento en que experimentas la necesidad de mostrar tu trabajo al mundo, menos para recibir su juicio que para tranquilizarte sobre la existencia de ese trabajo e incluso sobre tu existencia propia, la individualidad es apenas una ficción breve dentro de una especie social” (p. 111).

Siendo que la individualidad es ahora una cuestión de masas, sería razonable pensar que ese grito que se halla presente en todos nosotros quede ausente de las explicitaciones públicas de nuestra personalidad, dado que no es ya definitorio de nada.

Pero eso, como bien sabe Valentí Roma, no es culpa del grito mismo, sino más bien de ese neo-romanticismo –trendy- de pastel que todavía domina el sentir contemporáneo. Quizá pues, deberíamos darnos no a evangelizar el grito, sino más bien a vérnoslas en fatal combate con sus fantasmagorías, es decir, con las sombras más tenues del grito: con las reverberaciones cavernosas de la voz que, como psicofonías, nos hablan en el silencio atroz de la madrugada, cuando todas las demás voces callan (y no es baladí el símil de la psicofonía si se piensa en todo el descalabro sigloveinte).

Y es que, en mi opinión, si un territorio le es propio a este nuevo siglo, ese es el del fantasma. Además, si bien se mira, incluso el propio Houellebecq –por mucho que se obcequen algunos de sus exégetas más postmodernos- todavía no ha conseguido sacar su pie izquierdo del siglo XIX, con sus personajes de novela rusa y sus tramas (post)stendhalianas; así sea a su pesar.

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Escribir a la intemperie

En su memoir Relato de mi vida [Lebensabriss], Thomas Mann, que se halla a mitad de la composición de lo que será José y sus hermanos y le acaban de conceder el Nobel de literatura, escribe al respecto de unas vacaciones que estaba tomando en el mes de agosto de 1929 en el balneario de Rauschen, en Samland, en el Báltico; dice lo siguiente:

“Yo pensaba que no podría trabajar al aire libre. Cuando escribo necesito sentir un techo sobre mi cabeza para que mis pensamientos no se diluyan en ensueños” (p. 63)

Sin embargo, de inmediato cuenta que decidió trasladar su trabajo de escritura a la playa y nos dice cómo allí “garrapateando sobre las rodillas”, con su asiento de mimbre muy cercano a la orilla (llena de bañistas), “teniendo ante los ojos el abierto horizonte, que continuamente era cortado por paseantes, en medio de personas que se divertían, rodeado de niños desnudos que [le] quitaban los lápices, ocurrió que, sin [él] quererlo, de la anécdota [le] brotó la narración, del simple relato salió la narración espiritual, de lo privado surgió el símbolo ético”.

A lo que se refiere Thomas Mann es que él había pretendido concentrar su trabajo (en vacaciones) en algo liviano, en transcribir una anécdota personal sucedida en Forte dei Marmi, cerca de Viareggio, así como una serie de impresiones del lugar. En fin, realizar no un trabajo lateral o liminar, sino darse a la tarea de buscar lo que él llama “intermedios improvisados” sobre los que deja abierta la posibilidad de ser incluidos en la novela central a la que dedica la mayor parte de sus esfuerzos, su talento y disciplina.

Estaba pensando hoy en esto, porque parece que la única travesía viable para el blog parece ser hoy la crítica brutal y desmañada, el comentario esteticista o el diario más o menos veraz de una vida en eterno estado de catatonia postadolescente.

Sin embargo, en mi opinión, puede el blog cumplir perfectamente esa función de intemperie, de ser un espacio privilegiado al borde de una orilla fresca, por la que corre suave la brisa marina, y cuya calma está en constante amenaza de interrupción por causa de toda clase de desnudeces, de ladronzuelos pícaros y juguetones, también. Y aquí estamos nosotros, con nuestros intereses privados que, tal vez, no importen más que a nosotros mismos. Pero, sin embargo, puede que en una de esas, sentados al borde de la velocidad del hiperespacio, un pequeño revuelo, una sacudida ínfima de algún flujo de datos que nos despeine el flequillo, nos dé la clave para advertir esa ética de la colectividad que corretea juguetona entre una nube de espumas.

Ésta es, sin ninguna duda, la esperanza que aquí me trae, cada vez, y la que alienta mi extravagancia de estar sentado aquí, en mi inestable silla de mimbre, en el medio de esta eterna fiesta veraniega llena de niños vocingleros que es la Internet, cuando todo aconseja buscarse parajes menos concurridos y más salubres.

*

Relato de mi vida. Thomas Mann, seguido de El último año de mi padre, de Erika Mann. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial. Tercera edición. Madrid. 1984.

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El artista moderno

Los lectores de Sergio Galarza sabrán ya que el autor peruano gusta de meter pullas suaves en sus textos, como desganadamente, pero sin permitir que el aguijón de su punzante crítica tiemble lo más mínimo. Estos días está ya en las librerías la segunda parte de su `trilogía madrileña`; el libro lleva por título JFK -aquí-, y tal nombre se refiere a uno de los personajes que ya aparecían en el primera parte, y que llevaba por título Paseador de perros. Tal y como hicimos con esta primera parte (cuya crítica publicamos en Hermano Cerdo en Febrero de 2011 -aquí-) haremos igualmente con esta nueva entrega del escritor limeno, cuya crítica publicaremos en las próximas semanas.

De momento, querría llamar la atención sobre una de esas puyas que ya aparece bien pronto en su última novela y dice así (habla el protagonista -que se vende como escort- sobre una cliente suya a la que llama Yolanda la aburrida):

“la acompañé a festivales literarios. Escuchamos a escritores que destacaban la modernidad de sus novelas. Decían que era como ver una serie de televisión en papel, que representaban la influencia de las nuevas tecnologías en la literatura, que habían utilizado técnicas de escritura automática como ponerse un límite de diez minutos para escribir cada página. Le pedí prestados los libros a Yoli y ninguno me emocionó. No soy un entendido en literatura. Reconozco que he leído poco, pero mi instinto me dice que para que una historia te emocione se debe desencadenar una tragedia y los personajes deben luchas por salvarse” (pp. 25 & 26)

Quizá habría que ir pensando en volver al underground -aquí-, ¿no?.

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La soledad del deseo, según Valentín Roma

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Escenas de la vida gaseosa

Dice Pierre Bergounioux refiriéndose a su vinculación con Millevaches, en el Lemosín, donde la presencia del hombre se acaba (después de veinte siglos) que “lo que ha sufrido un daño profundo [en mí] es el fundamento subjetivo del tiempo, el íntimo sentimiento de la existencia”. Y podríamos decir que esto es lo que caracteriza la realidad de nuestra época; la evaporación del líquido propuesto antaño por Zygmunt Bauman ya en su forma gaseosa. La levedad soñada por Calvino vuelta espasmo último. Tras el fluir intenso del agua de la hipérbole del crecimiento de los últimos 15 años, se nos estancaron las aguas y así, detenido el deambular natural de los copiosos cauces, el agua se ha ido evaporando recursivamente: a fogonazos lentos; al modo de los fuegos fatuos. Y lo mismo se ha de decir del crédito en la economía, o acaso del esfuerzo en la cultura, la excelencia, la innovación e incluso el nivel provechoso de la productividad en el mundo del trabajo. En consecuencia, no nos queda sino el fogoso recuerdo trágico, una sola imagen única de ese pasado y un sentimiento de pérdida; ese mismo recuerdo del que habla Bergounioux al decir en su libro Un poco de azul en el paisaje (Minúscula, 2011) que “todo desmiente el humor alegre al que nos abandonábamos [de niños]”. Y de niños adolescentes a punto de lanzarse al precipicio de la vida adulta, es decir, en ese defenestrar su eternidad, es de lo que va el último libro de relatos del boliviano Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981).

Los cuentos de Los días más felices (Duomo, 2011), estilísticamente, guardarían parecido con las poéticas de la adolescencia de Harold Brodkey y Grace Paley; una dialéctica franca y esperanzadora en el caso del primero y cierto gusto por la sordidez urbana en el caso de la segunda. En cuanto a la estructura, diríamos que no son sus modos los propios del minimalismo realista (como se sugiere erróneamente en la contratapa), sino que deambulan en un territorio más inhóspito, o sea, menos concreto y más etéreo; más irracional, pues. Donde los realistas sucios echaban todo el hormigón en las acciones de los personajes (al modo aristotélico, confiando en que fuese posible colegir su personalidad y actitudes narrativas de tales acciones), Hasbún dibuja su poética al modo del fogonazo o el flash, al que perfila el contorno gracias a detalles poéticos referidos a la singular apreciación de la realidad por parte de los protagonistas, o bien por mano de la mañosa psicologización de los personajes. Dicho en otras palabras, no es tanto que se trate de una estética minimalista, sino que lo único que se nos muestra es la parte visible (la más rugosa y escarpada) de un palimpsesto, bajo el que gritan muchas otras voces. Por ello, en todos los relatos se tiene la sensación de ir avanzando fluidamente en una fatal nebulosa de vapores, sin tener claro hacia dónde vamos, sin ser capaces de ver los límites del cuadro. Y, de repente, sin el menor aviso, un rayo fulgurante nos permite visibilizar al personaje, al que no conseguimos entender, aunque lo comprendamos en su insolente presentismo. Los relatos, así, nos transmiten una sensación, fugaz, como la de haber quedado a solas frente a un patético fantasma.

Todo lo dicho carecería de importancia de no ser por la mano del escritor. Es decir, relatos construidos con fragmentos, textos quebrados, aposentados en estructuras lábiles y antojadizas, narraciones que yerran por el capricho de una realidad fútil, los hay a patadas. Sin embargo, es la mano maestra de Hasbún lo que eleva estos relatos de instantáneas de la contemporaneidad más vacua a síntesis de ésta. Y esto lo hace el escritor boliviano gracias al uso preciso de las negaciones parciales, equívocas. Pero también con vacilaciones que afirman, que no cuestionan. Dos ejemplos: “sentí una rabia inmensa. O quizá era otra cosa” / “Pude hacer preguntas, pedir aclaraciones, insistir en algún detalles suelto […] pero perdí la oportunidad […] y a lo mejor nada de eso tenga la importancia que le otorgo”. También ha de destacarse su uso de las descripciones, iluminadas por un tropo final: “No dijo nada. Casi nunca decía nada y eso me enamoró, su distancia, la manera en la que se movía alrededor de las cosas de las palabras, que parecían cosas cuando ella estaba cerca. Y también su tristeza. Como si estuviera recordando siempre una casa que luego fue demolida”. Y, por último, su uso majestuoso de las elipsis, gracias al recurso del cambio del punto de vista súbito. En resumen, leyendo los relatos de Hasbún uno se abandona al calor del sentimiento de hermosa tragedia adolescente que los embarga y, sin darse cuenta, entre los elusivos vapores de sauna con los que se construyen los textos, la belleza salta frente a los ojos del lector: una pequeña gota de sudor que nos cae a los ojos, nos ciega y, zas, desaparece.

Ladislao, el protagonista del cuento del mismo nombre, lo expresa así (y sirve esto, además, como poética para todo el libro): “El principio está ahí, en ese recorrido inútil y sin embargo necesario, en esas horas muertas, en lo que está a punto de suceder. El principio de la alegría y el principio del dolor. El principio de las cosas que parecen para siempre y luego se acaban”.

Así se me antoja a mí que es hoy nuestra realidad: vidas en espera aguardando por un próximo acontecer mágico que nunca llega y que, en las pocas ocasiones en las que se presenta, no dura más que un fugaz instante que nos deja trastornados y temerosos. Judith Butler (siguiendo a Isabell Lorey, pero especialmente a Lauren Berlant) llama a esto precariousness y dice que las manifestaciones en las calles de todos los indignados del mundo significan justamente un decir “hola, estoy aquí”, un reconocimiento del valor de esas formas líquidas de vida que se nos van evaporando hacia la desprotección, la pobreza, el desamparo. Dice Butler que todo el mundo tiene el derecho de “aparecerse”, de ponerse por un instante al frente del foco de la cámara y declarar que es el sistema quien ha fallado, no ellos. Es lo que pasa también en los relatos de Hasbún, que los personajes se inmolan (al matar su inocencia) y así quedan desterrados a los territorios inciertos de la madurez. La gran noticia es que la indolente vida líquida de la (post)postmodernidad y su banal cinismo que ya habían sido desterrados de la vida cotidiana gracias a los movimientos de los indignados, por fin comienzan a verse desplazados en la literatura contemporánea. Textos como los de Hasbún nos confrontan con una realidad que -permítaseme la boutade- poco tiene de literaria, a pesar de que nos lo cuente Hasbún utilizando la simbología poética de esos seros precarios que son los adolescentes. No en vano, decía el recientemente fallecido Jorge Semprún en sus memorias Adiós, luz de veranos… que “la muerte no es sino uno de los rostros del ardor juvenil”.

 

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* Este texto ha sido publicado en la revista Inventio Magazine [09-03-2012] -aquí-.

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Los lugares de la memoria

Una de las revelaciones vitales de las que da cuenta Paul Auster en su Diario de invierno (Anagrama, 2012) es la de descubrir que “podías apañártelas con casi nada, y con tal de que fueras capaz de escribir, te daba igual el sitio en el que vivieras” (p. 85). Tal aseveración no deja de ser verdadera, pero, sin embargo, no es menos cierto que, como el propio escritor sugiere contando una anécdota vivida a los 14 años, y que le hace olvidarse de su rostro de hombre blanco al andar trabajando un verano en Jersey City con negros, el contexto hace la identidad (p. 176), pues no somos sino reflejo de los otros que (nos) miran.  A este respecto, uno de los recursos más originales e interesantes de Diario de Invierno es que Auster recurre a un listado pormenorizado de las diversas casas en las que ha habitado.

Conforman la serie un total de veintiún domicilios permanentes (sin contar estadías de profesor o writer in residence en diferentes universidades, así como las breves estancias en el extranjero o las vacaciones): Nueva Jersey, Columbia, Manhattan, París, Var, Berkeley, Stanfordville, Brooklyn y Vermont son los lugares que ha venido habitando. Lo primero que a mí me llama la atención es que se acuerde no sólo de las calles donde se hallaban los apartamentos, casas o habitaciones, sino incluso el número exacto. Auster nos describe arquitectónicamente los lugares y sus aledaños, y también parcela perfectamente cada época de su vida en la que vivió en cada uno de los lugares (número de meses o años, edad) como si se tratase de cajas de una mudanza con la indicación sobre su contenido clara en el exterior. Amores y desamores, estudios y trabajos diversos y, lo más importante, la escritura. Nos dice dónde y cómo comienza su primera novela, sus primeros poemas, sus traducciones, etc aunque, desgraciadamente, no lo hace de una manera sistemática ni exhaustiva. Al recuento de los espacios habitados, no obstante, le dedica Auster la nada desdeñable cifra de cincuenta y ocho páginas (pp. 67-125).

Sobre el trabajo de escribir dice Auster que en el momento en el que escribe –y ha escrito todos sus libros- el único espacio que ocupa es el de la página que tiene delante de la nariz, que los cuartos y las habitaciones en las que se ha sentado a lo largo de los últimos cuarenta años, le resultan invisibles (p. 116). Siendo cierta tal aseveración, cualquiera que más o menos haya seguido su trayectoria y guarde en la memoria los lugares en los que transcurren sus novelas, se dará cuenta de que, a pesar de que puede que en el momento efectivo del trabajo (cuando aparece la música de las palabras) resulten irrelevantes las coordenadas geofísicas en las que se encuentre, no son – ni pueden ser- descartables las coordenadas psicogeográficas. Y es que la gran mayoría de los espacios que Auster nos describe en Diario de invierno como habitados en diferentes fases de su vida aparecen de un modo u otro en sus novelas.

Siendo así la cosa, uno le pediría a cualquiera de esos investigadores académicos ocupados en la obra de Auster que se dedicase a un estudio detallado de los lugares habitados por el escritor y las novelas que surgieron en tal o cual momento de su vida y el lugar en el que fueron escritas. Es decir, sería magnífico que alguien se tomase el trabajo de relacionar la escritura con los lugares que refleja esta misma escritura (pues en el caso de Auster hay un fuerte componente experiencial) para tratar de comprobar dos cosas: primero, si el contexto afecta a la escritura de un modo en el que el escritor desconoce (pues operaría de manera inconsciente) y se puede dar el caso de que un escritor sea capaz de escribir –sin poder remediarlo, al no hacerlo conscientemente- sobre su contexto más cercano (lo cual demostraría que no se escribe con la imaginación o la memoria, es decir, que no habría escritura inmanente, sino que se produciría una suerte de diálogo –subliminal- con el entorno) y en segundo lugar, ver si el estudio demuestra lo contrario, si solamente se puede escribir desde la memoria, o sea, que los lugares solamente pueden ser apresados -artísticamente- una vez que han desaparecido de nuestro alcance inmediato y habitan ya de manera privativa (e ideal, claro; libres para fantasear en y sobre ellos, pues) en nuestro recuerdo.  En el caso de que no se pudiese demostrar una preeminencia efectiva de cualquiera de las dos posibilidades, sería igualmente interesante descubrir de qué modo ambas dialogan, debaten, pelean o se alían.

Dicho queda.

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Dibujos animados

Nicolas Party, "Dinner for 24 Elephants" (2011)

1.

Veía estos días el brechtiano documental de Joaquín Jordá El encargo del cazador. No sé qué hubo antes en mi relación con Jordá. Y es que recuerdo cuando la Filmoteca de Catalunya programó hace no demasiados años (quizá hace un par) un ciclo completo de sus documentales. Pero algo se me resistía. No sé bien qué. Sus problemas con el lenguaje (de los que huía como al diablo, quizá por temer el contagio), el haber oído hablar de él a las personas inadecuadas, el rechazo visceral que me producen algunos de sus temas; el de la pederastia en el barrio chino, particularmente… quién sabe, es difícil acertar motu propio con la obra de arte.

Por esa razón, suele ser la obra de arte la que nos encuentra.

Así sucedió este fin de semana pasado para mí con El encargo del cazador. Aunque no es menos cierto que la llegada del documental a mi ribera, vino de la mano de Alberto Villamandos y de su libro El discreto encanto de la subversión (Laetoli, 2011). El análisis que hace Villamandos de la cinta no solo es primoroso sino iluminador, sin embargo, leyendo este mismo fin de semana también Dibujos animados (Anagrama / Compactos, 2012) de Félix Romeo (libro con el que me ha pasado lo mismo que con Jordá) se me ha hecho presente de nuevo ese modo en el que las obras dialogan necesariamente entre sí (conspirando, de alguna manera, contra la tradición individual) y forman parte de constelaciones que, una vez formadas en la psique, se le vuelven a uno ineludibles a la hora de abordar otras nuevas obras. Y es que igual que el personaje/narrador innominado de la novela de Romeo, Jacinto Esteva, protagonista de El encargo del cazador, cineasta de la escuela de Barcelona, perdido en África en los años 70 y en el alcohol y en las drogas después, atraviesa un camino de soledad y depresión que le conduce a convertirse en una caricatura de sí mismo, en un parodia: en un dibujo animado, pues.

Lo mismo sucede, como he dicho, con el protagonista de Dibujos animados, un personaje atrapado en el terreno de la posibilidad, en un infantilismo fundamentado en su carencia (por temor y miedo, entiendo uno) de objetivos plausibles. Un personaje confinado en su pasado, del cual quiere huir, pero no puede. Un pasado que quiere borrar, porque “cada vez el pasado es más grande […] es como una piedra en el centro de la cabeza” (p. 60).

2.

Así se  nos define el protagonista de la novela de Romeo:

“Los peces no tienen secretos. Ni guardan secretos. Yo miraba los peces de los donuts. Me gustaba mirar los peces después de meterme cola. Era la mejor manera para estar en ningún sitio” (p. 97).

La línea principal del argumento de Dibujos animados guarda un subtexto narrativo que tendría que ver con una segunda línea argumental; línea que es, por definición, inagotable. Se trata los dibujos animados que dan en la televisión, pero, más concretamente, los de Coyote y Correcaminos. Romeo juega con la yuxtaposición de significantes, y así poco a poco ambos se van contagiando. “Sólo soporto a los animales de la Warner” (p. 25), nos dice el protagonista bien al principio, rehusando lo real de la vida y cayendo cada vez más en la neurosis repetitiva del formato narrativo de las series de dibujos animados. En este sentido, guarda cierta armonía con la vida de Jacinto Esteva, tal como nos la cuenta Jordá. La de alguien que opta por la teatralidad de su vida, por representar el papel de divino Peter Pan chapoteando en una ciénaga de alcohol, ansiedad y neurosis. Un viejoven a quien tanta memoria le deja la voz ronca, quebrada y dubitativa. Un viejoven que, de tanto repetirse, ha perdido el referente y es ya calco de no se sabe qué, eco lejano de ese personaje colectivo que fue la gauche divine.

3.

La escritura de Romeo no es una escritura lacónica, sino concentrada, epifánica. Instantes sentenciosos, divertidos, absurdos, incomprensibles, pero contados con cierta suficiencia, con la descarada usura del superviviente, del que sobrevive un segundo más a su destrucción meditada, consentida y final.

El cine de Esteva, tal como se ha repetido tantas veces, no es un cine que cuente historias ni que se ciña al argumento. Es más bien un cine de instantes, de sensaciones apresadas por la cámara, sentimientos particularmente vinculados a la soledad de la infancia. “Estábamos solos incluso en nuestros sentimientos” (p. 64) dice el protagonista de Dibujos Animados sobre esa indefensión pre-púber.

4.

El encargo del cazador es de 1986 y Dibujos Animados se publicó originariamente en 2001. Si en la cinta de Jordá el protagonista se parodia a sí mismo y acaba siendo una caricatura de lo que fue, los personajes de Romeo se mimetizan al modo de actuar del cómic infantil: piensan en el presente eterno y discontinuo de los dibujos animados (con breves incursiones al pasado, al modo de la viñeta aislada, igual que un fotograma descartado). El padre del protagonista de Dibujos animados ha sido expedientado y suspendido de empleo y suelto durante ocho meses en su trabajo (un trabajo asquerosamente real) de policía. A partir de ese momento se queda en casa, todo el día sentado en el sofá, viendo todo, lo que sea que echen en televisión. Llega un momento que no hace más que repetir “y no olviden vitaminarse y supermineralizarse”. La madre del protagonista, por su parte, “se comía las migas y las cortezas de pan que habían quedado en la mesa […] como Piolín” (p. 132). El protagonista dice con la voz del gato Jinks “Mardito roedore” (p. 132).

El leitmotiv de la novela de Romeo se puede encontrar aquí:

“el deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota” (p. 21).

La novela finaliza con un accidente de coche, con el 124 de Ramón y que deja al conductor “como Coyote después de ser aplastado por un tren” (p. 133). El deseo, pues, de que la vida sea igual que los dibujos animados se consuma. El pasado desaparece, de una vez.

Pero lo que entra en juego es la muerte, real para Ramón y simbólica para el protagonista de la narración.

“Todo lo que se parecía a la vida se parecía a la muerte y eso me reventaba” (p. 17), nos ha dicho el protagonista al comienzo de la narración. El accidente del 124 de Ramón podríamos decir, igual que le sucede a Esteva con el suicidio de su hijo (y que provocará la aceleración de su decadencia), que es la destrucción de un postmodernismo alargado malamente y supone la ineludible confrontación con la realidad de la vida, finita y falible, pero también feraz y espléndida.

 

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ADDENDA:

Manuel Delgado impartirá una conferencia el próximo 21 de marzo en el auditorio del MACBA a las 19:30 sobre Jacinto Esteva.

+ info: aquí.

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Bloguea… que algo queda

emilie bjork, "dear diary" (2007)

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Estamos en un momento en el que todo el mundo comienza a cuestionar que si los blogs esto, que si los blogs aquello, que si los blogs todo lo de más allá. Y me parece a mí que no es sino hablar por no callar. Lo que algunos llaman “la conversación (in)interrumpida” de la red.

Sin embargo, yo ahora no hago más que descubrir blogs nuevos. Y buenos. Digo esto por la supuesta muerte de los blogs, que para mí no es sino ajuste de cuentas; el experimento de su uso nos ha demostrado que la hipótesis estaba errada (o era, acaso, demasiado ingenua y abarcadora). Es muy sencillo: se han puesto demasiadas expectativas en la gente, en los escritores de blogs, en los personajes anónimos supuestamente geniales que habrían de aparecer a cada minuto. Pero, bien, ¿dónde están? Yo no los he visto. Bueno sí, claro, he visto exhibicionismo por un tubo, gratuito las más de las veces y, lo más importante, inane. Y es que, como todo, esa enfermedad del mostrar impúdico que caracterizó la primera época de los blogs quedó en eso: en grito. Y un grito suena fuerte y ruidoso y sorprende por su radicalidad y porque no se esperaba. Pero cuando hay cientos de millones de seres gritando, la amenaza sonora queda en murmullo, el oído se habitúa y sube el umbral de expectativa.

Leo estos días una novela de Tomás González, La luz difícil (Alfaguara, 2011), que contiene una frase que lo resume muy bien: “la verdad no existe, además, y el mundo es sólo música” (p. 22). Con el corolario de que esa música es muy propia de la vanguardia sonora del siglo XX y ha devenido en silencio y/o manifestación ruidista, es decir, en sofisma.

La conversación ahora, o la disputa, tiene que ver con algo que no se menciona, y es que los blogs se podría decir que están alcanzando el fin de la adolescencia. Pasaron unos primeros años de idiocia infantil, luego de una injustificada explosión de efusividad adolescente y ahora les toca (re)plantearse el camino que tomarán en la vida. De eso se trata, qué hacemos con ellos. Muchos escritores de blogs han optado por cerrarlos, o por dejarlos morir lentamente. Muchos otros los mantienen, pero más descuidados, y unos pocos, siguen igual que el primer día: ilusionados y tercos. El quid de la cuestión -diría yo- es que para estos últimos el blog es un fin en sí mismo. Y es que no se escribe para los demás, no se escribe para que los demás te pongan links, o te citen, o te comenten. Qué va. El blog no es un medio para conseguir fama (¿qué fama, además?), ni una publicación, ni un contrato, ni los cuatro céntimos que te ofrece Google Ads o amigos o ligues. Entender el blog como medio ha sido fruto de la idiocia juvenil que mencionábamos antes. El blog no es sino una extensión de la personalidad de su autor, una expresión de su idea del mundo, de sus gustos; el blog, es igual que una forma de caminar, de hablar, de expresarse, de llevar una determinada americana, un blazier o una guerrera o de mirar la variedad inmensa del mundo. “El blog es un espacio y una herramienta para jugar con textos (enriquecidos o no) y cada quien lo usa para lo que le plazca”, dice Javier Moreno [1]. Así, igual que hay quien lleva camisetas para promocionar sus propias películas, es lícito que haya quien utilice su blog nada más que para dar publicidad de sus actividades profesionales. Igual que hay gente que en una cena informal no sabe sino hablar de trabajo, pues lo mismo con los escritores de blogs. “Escribir es respirar en el mundo digital”, dice Alberto Olmos [2].

Nadie le obliga a uno a visitar esos blogs obscenamente promocionales, además, igual que tampoco está uno obligado a ir a conferencias aburridas, ni leer libros malos, ni aguantar la conversación imbécil de la gente que le cae mal o le parece despreciable o mezquina. Sea en la vida física o en la virtual, cada uno elige con quién juntarse, a quién leer y como conducirse en su vida cotidiana. Un blog no es, pues, sino reflejo del ser humano que lo escribe. Si tal individuo tiene veleidades literarias o voluntad estética en lo que escribe, concluiremos que su blog es literario. En todos los demás casos, obviamente, no. Hablaremos de otro tipo de blogs.

Decir que los blogs tienen la culpa esto o de lo otro, de lo que sea, es desconocer por completo el alma, las bajezas y el capricho del ser humano que escribe justamente esos blogs. Por último, recordemos que, cada vez que uno menciona un blog o un escritor de blogs que detesta y cuyo trabajo le parece infame, está quitándole la oportunidad a otro escritor de blogs mejor (cuyo trabajo probablemente sí ha de ser valorado) a quien sí vale la pena conocer y del cual hablar. No perdamos pues el tiempo con blogs que se dicen literarios, pero que, al fin, no son sino una extensión perversa del estilo Sálvame y que pretende emponzoñar hasta el último reducto del mundo contemporáneo. Permitamos pues que la música del mundo nos sea agradable y enriquecedora y eufónica.

Y ya, a partir de aquí, que cada cual haga lo que quiera.

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[1] Javier Moreno. Metanotas. Finite Rank. 05-Marzo-2012.

[2] Alberto Olmos. Silencio. Hikikomori. 05-Marzo-2012.

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Nostalgia de la destrucción (inconsciente), en Revista Sauna

Raphael Montañez Ortiz . "Gulliver and friends make music" (2006)

Se ha publicado en el número 17 (perteneciente al mes de febrero) de la revista argentina de arte y pensamiento Sauna el texto “Nostalgia de la destrucción (inconsciente)” y que resultó ganador del Segundo Premio del concurso Sauna.

Puede leerlo íntegro aquí.
Confío en que sea de su agrado.

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Recuerdos mágicos

Me demoro un rato curioseando el archivo fotográfico de Joan Brossa que el MACBA (propietario ahora de los fondos de la Fundación Joan Brossa) ha abierto públicamente en flicker -aquí-. Casi unas doscientas fotografías, inéditas.

Las más interesantes, para mí, al menos, son las de su estudio de la calle Génova. Me llaman la atención porque en las mismas se ve el estudio pulcro y ordenado; sin embargo, yo recuerdo haber visto otras fotografías en las que el estudio era un desastre absoluto, a lo Francis Bacon. Supongo que se tratará de un estudio anterior, pues las que se muestran en el fondo del MACBA son de los años noventa. La sensación que se me queda es la de que me están escamoteando algo, de que están dejando a Brossa limpito, listo para el disfrute inocuo del público.

En fin, que venía entretanto pensando en algo que dejó dicho Octavio Paz, que toda poesía es metáfora y así nos señala al mundo. Y lo pienso mientras leo las obras completas de Eugenio Montale que recién ha editado Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores en una edición mayéstatica, la primera edición de la poesía completa del premio nobel en lengua distinta al italiano, a cargo de Fabio Morábito. En fin, que en uno de los poemas de su primer libro Huesos de Sepia, un poema que lleva por título “Casi una fantasía”, dice Montale:

“Leeré dichoso sobre el blanco / los negros signos de las ramas / como un esencial alfabeto. / Y frente a mí se me aperecerá / en un punto lo vivido. / No turbará ningún sonido / esta alegría sencilla”

Lo que era casi una fantasía en el sueño de Montale en 1925 de consignar un alfabeto esencial en una rama comienza a sonar hoy, si nos atenemos a lo que dice la socióloga Saskia Sassen, bastante más fantasioso:

“I argue that the organizing logic of this post-Keynesian period is now making legible its shape: at the center of this logic is not the ‘valuing’ of people as workers and consumers, but the expulsion of people and the destruction of traditional capitalisms to feed the needs of high finance and the needs for natural resources” [1].

El geógrafo David Harvey llama a esto “accumulation by dispossession”. Se trata, básicamente, de la privatización de los recursos públicos. En España tenemos un ejemplo bastante meridiano con el asunto de la ley de recalificación de suelo.

Y hablando de sociología, quien hizo «arte sociológico», sin ser ni artista ni sociólogo, fue Karl Kraus, quien se dedicaba a realizar “acciones experimentales” cuyo objetivo “es llevar propiedades o tendencias escondidas del campo intelectual a revelarse, a desvelarse, a desenmascararse” [2].

Es decir, que todo -en el fondo- transita la misma lógica.

Así, me doy cuenta de que:

a) desde diversos frentes, lo que se nos trata es de desposeernos de la verdad, de lo real pasado, de lo privativo del individuo en tanto que memoria garante de la colectividad

y b) que la literatura tiene la fuerza capaz de restituir ( la anamnesis de la epistemología platónica) tal memoria, de una manera que, a falta de denominanción mejor, podríamos llamar mágica.

No permitamos pues, como la misma Saskia Sassen deja entrever en algunos de sus textos, que la economía financiera invada el terreno de la cultura (Sassen se refiere a “entornos no eminentemente finacieros”, así que nos vale la extrapolación), especialmente al modo inflacionista del hype, con el vaciado de sentido publicitario que buscan determinadas editoriales (y todos Vds. ya saben cuáles son) para opacar a la literatura que de veras importa.

Para esto, como ya imaginarán, habremos de hacer uso de la metáfora, única arma capaz de dejar en cueros al rumboso mundo carnavalesco de hoy día.

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[1] Sassen, Saskia (2010) “A savage sorting of winners and losers: contemporary versions of productive accumulation”. Globalizations, 7 : 1, 23-50.  [se puede consultar íntegro aquí]

[2] Actualidad de Karl Kraus. Manual del combatiente contra la dominación simbólica. Pierre Bourdieu [Extracto de una intervención en el coloquio: ‘Actualidad de Karl Kraus. El centenario de Die Fackel (1899-1936)’. París 4-6 de noviembre de 1999; publicado en Austriaca, diciembre de 1999, nº 49, pp.37-50.  / Pierre BOURDIEU: INTERVENCIONES (1961-2001): CIENCIA SOCIAL Y ACCIÓN POLÍTICA. Hondarrabia: Hiru, 2004; pp. 463-471. Traducción de Beatriz Morales Bastos.-aquí-]

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Visibilidad vs. Rentabilidad

Leo una entrevista reciente que Gema Ponce le hacía al editor Jesús Ortiz -aquí-, en la que éste contestaba que: “Hemos logrado un reconocimiento web muy notable en relación al tamaño de la empresa [Editorial Mil Razones]“, para inmediatamente matizar: “pero no hay correlación entre esto y las ventas en la librería”. Y es que dice el editor santanderino que:

“Desde mi punto de vista lo que hay es una colisión de dos mundos, porque hay gente que predominantemente compra libros pero no usa internet para su ocio, y otra gente que usa internet pero no adquiere libros”

Pensando sobre el asunto de la red y del comercio-y lectura- de los libros, encuentro un artículo de María Virginia Jaua en salonKritik en el que (referente al libro electrónico) dice ésta que:

“Pero cuando se argumenta esto como un efecto negativo que conlleva la tecnología [que la lectura ya no será igual como antes], se suma a la afirmación de que la distribución del libro electrónico no asegura que la gente lea estos libros, o los lea “bien”. Sin embargo, tampoco las ventas del libro en papel nos pueden asegurar que sean leídos y mucho menos “bien leídos” (mucha gente compra libros y los atesora pero sin abrirlos jamás mucho menos leerlos). Y aquí debemos hacer énfasis que el libro en papel está sumido en una lógica de producción capitalista que dista mucho de estar interesada por la calidad de la lectura [1]“

Tengo claro desde hace algún tiempo que la disponibilidad de libros en la web no garantiza que se lean; pienso que ese no es el problema, además. Sin embargo, que no estén a mano, especialmente de manera física sí que es un problema, pues la gente -por razones que sería bastante arduas de explicar, pero que de modo intuitivo se entienden fácilmente- todavía se fía del papel, de su materialidad, de la creencia de que en su fabricación ha habido un gasto y que, por lo tanto, tienen cierto valor. No existe, a mi entender, la misma percepción con lo digital. Lo digital, por razones de hábito y costumbre, se entiende si no como gratuito sí como libre, como algo que se comparte y difunde libremente. Todavía -creo- no se ha generado la conciencia de que lo digital se ha de pagar y ello condiciona la idea de que estos productos digitales no tiene valor; no, al menos, en España. Esto  sería diferente en otros países, claro.

Pero esto no es, en realidad, de lo que quería hablar, sino de la repercusión que tiene un libro en la web. Sospecho que de los libros de los que no se habla no sólo no se venden, si no que no existen. Son libros que quedan relegados al círculo cercano (familiar/laboral/afectivo) del autor y cuyas ventas e incidencia en el sistema literario no es que sean periféricos, sino desestimables. Otra cuestión es la que afecta a autores que ya tienen consolidada una reputación y unos lectores, para los que tal repercusión mediática es menos capital. Por supuesto que tales autores suelen tener sus canales de información y sus modos de contacto establecido con sus lectores, bien a través de los periódicos en los que escriben, sus twitters y facebooks y los de sus respectivas compañías, etc En cualquier caso, cuentan con el apoyo promocional que les brindan los deptos. de marketing y prensa de sus editoriales, cuyos targets están perfectamente definidos y resultan eficaces y suficientes.

Por contra -y aquí yace la paradoja-, que se hable de un libro en la web (nos referimos a un libro con una tirada breve -500/1000 ejemplares- y de un autor poco conocido) tampoco garantiza su venta, ni menos aún su incidencia en el sistema literario vigente. Sin embargo, como lectores, necesitamos constatar la presencia digital de un título para reparar en él, puesto que la lectura de suplementos en papel cada vez está más limitada a personas de cierta edad. Y es que las personas de menos de cuarenta años, en general, encuentran la información  literaria preferentemente en la red (y no en la radio o  en la tv o en los suplementos culturales, como sucedía antes). De ahí que las editoriales busquen amigarse con los bloguers y los críticos de los medios digitales, gente que, en general, no proviene del papel, sino que han comenzado a realizar su labor directamente en la web. Las editoriales ya se han dado cuenta de que el hecho de que bloguers y críticos literarios hablen de sus libros no les va a garantizar la venta, pero paradójicamente si estos no hablan de sus libros, sus publicaciones no existen para el público lector (para un porcentaje cada vez más amplio del público lector). Se han convertido pues en escollos necesarios, imprescindibles diría yo.

Y ahora llegamos al punto que me interesa: cómo determinar la influencia de blogueros y críticos que publican sus reseñas o textos valorativos en revistas digitales (no en revistas y suplementos analógicos que son volcados posteriormente, sino en ediciones digitales de revistas o blogs personales). Es tarea complicada. Yo diría que, en líneas generales, sería imposible atribuir a ninguna persona en particular el buen o mal desarrollo comercial de un libro, ni tampoco a una revista. Sin embargo, sí que percibo que las recepciones primeras de un libro condicionan (para bien o para mal) la respuesta futura de otros críticos y lectores al mismo. Siendo así, la responsabilidad de las revistas digitales y de los bloguers se hace notar. Y es por esta razón por la que se debería exigir a estos más cuidado, reflexión y mesura en sus críticas (tanto sean positivas como negativas), pero sobre todo justeza. Y no sólo por lo que respecta a la vida comercial de un libro (que es lo que preocupa a las editoriales), sino en lo que atañe a la posición de los libros y de los autores en el sistema literario de un país o de una lengua, su inclusión o no y la (re)acomodación de lo pre-existente.

En estos tiempos en los que el paradigma dominante parece ser el de la debilidad y la ausencia de compromiso con lo dicho, pensado o manifestado, se hace más necesario que nunca que nos tomemos la responsabilidad de construir entre todos un discurso que no sólo sea válido, sino equitativo y, esencialmente, justo. Debería penalizarse de alguna forma a quienes juzgan con una ligereza mayestática, a quienes se apresuran por ser los primeros en decir algo, a quienes no tienen el menor miramiento en calumniar, sojuzgar sin argumentos y difamar. Y, del mismo modo, se debería reconocer lo contrario: el trabajo bien hecho. No todo puede tener el mismo valor ni acaso ser considerado en igual posición jerárquica. De ser así, nunca conseguiremos salir del igualitarismo, esa perversa tara heredada de la democracia más ramplona. De ser así, además, nunca cambiará la percepción que la gente tiene de lo publicado en Internet y, por lo tanto, no conseguiremos que tenga una incidencia real en la cadena de valor del libro, más allá de servir como escaparate, sustituyendo el papel que antaño tenían las mesas de novedades de las librerías.

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[1] María Virginia Jaua. El libro en tiempos del capitalismo electrónico. SalonKritik. 15-Enero-2012.

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El mundo visto como hiato

Gabriel-Wormstein-“Mobilecorpse” (2011)

Decía el escritor aus­tri­aco Rudolf Kass­ner que “el camino que lleva de la intim­i­dad a la grandeza pasa por el sac­ri­fico”. Sin embargo, hoy da la sen­sación de que nos hemos saltado ese paso: el del sac­ri­fico; así, la grandeza, a lo que parece –según la proposi­ción kassneriana-, nos habría sido negada.

De ser así, esto expli­caría muchas cosas; fun­da­men­tal­mente una: la pro­vi­sion­al­i­dad del arte­facto artís­tico. Y digo bien: el artefacto.

Porque de la obra final­izada hemos pasado a la rep­re­sentación misma de la obra que, a su vez, trae la estela rui­dosa (como cola de latas pro­moviendo el fes­tivo rumor tras el coche de los recién casa­dos) a la proposi­ción de ésta, o sea: su idea. Y, hoy, casi que nos esta­mos quedando con esto último: con la frag­ili­dad de una ten­ta­tiva de idea que cada vez ve más lejana (e improb­a­ble) su hipotética mate­ri­al­ización en forma de obra pre­sentable en sociedad.

Si el arte ha sido con­ven­cional­mente un paso de lo pri­vado a lo público, una pub­li­cación de lo inves­ti­gado de man­era indi­vid­ual para ser eval­u­ado en la arena social, pero –nece­sari­a­mente– pre­sen­tado con sus mejores ropas, hoy nos hemos quedado con los meros esbo­zos de tal inves­ti­gación estilística.

A esto se refiere la idea de arte­facto; no solo a un objeto arti­fi­cioso y pre­cario, sino a algo emi­nen­te­mente frágil, debilu­cho (por su falta de razon­amiento y tra­bajo) que se pre­senta con la mayor impunidad y desvergüenza de man­era pública.

Se puede argüir que esto es causa de la frag­mentación de la vida, cuya evi­den­cia más noto­ria es la post-identidad, una iden­ti­dad hecha de peda­zos, la nues­tra: pro­vi­so­ria y sujeta al con­stante cam­bio según sus cir­cun­stan­cias y entorno. Y así, ello provo­caría –supues­ta­mente– las dis­con­tinuidades que dela­tan al mundo como algo mul­ti­forme, de esen­cia desar­ra­pada y cuyos lábiles jirones no podrían ser unidos sino con ese grito de alerta al que, sin mejor denom­i­nación a mano, lla­maré hiato.

La razón ha de bus­carse en la con­tinuidad, condi­ción no pre­cisa­mente post­mod­erna y que parece haberse vuelto inde­seable, pues val­ores como la entereza, la sen­satez, el buen juicio, pau­sado y franco, como es líc­ito suponer, andan bajo la sospecha de la ide­ología que sub­y­ac­ería a todo dis­curso –impositivo-. En otras pal­abras: las sutiles instan­cias coerci­ti­vas que el poder impone gra­cias a la suavi­dad del con­senso, empero con firmeza.

Así, ese hiato, ese grito bruto, casi ani­mal con el que se sep­a­ran las partes con­sti­tuyentes de un con­tinuo, fun­cionaría como alerta com­pren­si­ble con­tra tal lin­eal­i­dad del dominio del /los poderoso/s y que es el dip­tongo en el que se venía basando la his­to­ria del arte.

Decía Wal­ter Bejamin que “los hara­pos, los deshe­chos, esos no hay que inven­tar­los, sino dejar que alcan­cen su dere­cho de la única forma posi­ble: empleán­do­los”. Este era el pro­ced­imiento que el arte fue adquiriendo en la época primera de su (pos)autonomía comien­zos del siglo XXI: el catál­ogo, la mues­tra de los boce­tos y ten­ta­tiva de dis­curso, la propia doc­u­mentación de la preparación de la obra o la sim­ple difusión de los titubeos de la idea, se ceñían a este pro­ceder que, en su base, tiene como fun­da­mento el intento por des­ga­jar lo totémico y, en espe­cial, la per­son­al­i­dad egocén­trica del indi­viduo de la mod­ernidad y la obra enten­dida como ente cer­rado y singular.

En su recoger los jirones, se pro­dujo el esce­nario per­fecto para que de él surgiese un ren­o­vado interés estilís­tico por el frag­mento lit­er­ario. Aunque no lo parezca, y esto pueda pare­cer irónico, el frag­mento pugnaba (y pugna, aunque no lo quiera recono­cer) por la esen­cia de las cosas, en el sen­tido del arqui­tecto catalán Gaudí de no copiar las for­mas, sino la esen­cia de éstas. Pero, con una par­tic­u­lar­i­dad que tam­bién con­tem­plaba el mismo arqui­tecto, al decir que, en oca­siones, la lit­er­al­i­dad es la mayor de las infi­del­i­dades. Es decir, que se pro­cede copiando la esen­cia de un modo no literal.

Esto sig­nifica que el frag­mento actúa, de alguna forma, manip­u­lando lo esen­cial de la per­son­al­i­dad y de los hechos nar­ra­dos, que ya no nece­si­tan ser juz­ga­dos con la sev­eri­dad de lo cierto, sino que su hal­lazgo poético es el hecho de lla­mar la aten­ción sobre sí mismos.

Y aquí es donde yo creo que nos hemos equiv­o­cado, es decir, que lo hemos inter­pre­tado mal, porque la grandeza que se con­seguía antañola mirábamos a través del sac­ri­fi­cio de la culpa, un sac­ri­fi­cio judeocris­tiano; hoy, en cam­bio, deberíamos mirar la grandeza de un texto a través de la inmo­lación lit­er­aria del frag­mento, de su sui­cidio, por así decir.

Y es de lo más lógico, si se piensa, pues la única sal­ida del ensimis­mamiento en el que estaba la nar­ra­tiva sería a través de la “acción física del pen­samiento”, ver­bigra­cia: el grito. Ahí es donde actu­aría el hiato, con­tra la idea lin­eal y paci­fi­cadora del dip­tongo, lo orde­nado, lo sereno y lo justo.

El frag­mento ven­dría a recu­perar la vida tex­tual a través de su (des)fragmentación, al modo del tra­bajo, por ejem­plo, del artista Gabriel Vorm­stein y, en espe­cial de su obra Mobile corpses, que parte de la idea del ensayo del arqui­tecto Adolf Loos “Orna­men­ta­tion and crime” de que la orna­mentación torna fútiles los obje­tos; y, aún más, de que les con­fiere una suerte de inmoral­i­dad degen­er­ada (aso­ci­ada nece­sari­a­mente a su con­texto que, para nosotros siem­pre será pre-moderno, pues para el artista actual todo lo que le pre­cede es prim­i­tivo y antiguo).

Lo que hace Gabriel Vorm­stein es que (de)fragmenta imá­genes icóni­cas del siglo XX y pro­duce en ellas una alter­nación his­toricista, mutando sus col­ores, despedazando las for­mas y (re)incorporándolas en espa­cios nuevos, actuales y prop­i­cios para que se genere un nuevo dis­curso (ojo, no una nueva inter­pretación, ni una praxis con­tem­poránea, sino un ver­dadero motifque sirva para hablarnos de los temas que ahora nos com­pro­m­e­ten como ciu­dadanos del siglo XXI).

Así, Vorm­stein mantiene la esen­cia de los obje­tos pasa­dos pero provo­cando un loop en la his­to­ria, pues su repli­cación del seg­mento provoca un cues­tion­amiento de los val­ores sobre la orig­i­nal­i­dad de éste, ya que, des­ga­ja­dos de su orna­mento con­tex­tual, se tor­nan puros; así el artista les devuelve la moral­i­dad per­dida y la tan cacareada dis­tin­ción entre el orig­i­nal y la copia carece de todo sen­tido porque, siendo cosas en esen­cia iguales, son for­mal­mente autónomas.

Para que esto se pro­duzca, no obstante, no es sufi­ciente con que se rompa con la con­tinuidad del texto lit­er­ario, ni tam­poco que se pro­ceda al modo del remix, pues aunque estos son pro­ced­imien­tos nece­sar­ios no son sufi­cientes para crear ese loop que hemos men­cionado antes. La nar­ra­tiva con­tem­poránea ha tratado de crear este efecto a través del recurso de la (meta) nar­ra­tivi­dad del dis­curso, pero, a mi pare­cer, los resul­ta­dos son todavía balbuceos.

Una de las instan­cias posi­bles para con­seguir esto sería tal vez el intento por ampli­ficar la fuerza cor­pórea del verbo, que, como en un grito de rabia, no sólo lla­maría la aten­ción sobre el mismo frag­mento, sino, algo más impor­tante, pro­duciría la tan nece­saria “fisi­cal­i­dad” de la que adolece la nar­ra­tiva hoy. Desplazando la orig­i­nal­i­dad del sig­nifi­cado vetusto de cada acción, sería la lit­er­atura capaz de crear una expec­ta­tiva, una espera, que daría cuenta de la sus­pen­sión móvil en la que el caos de nue­stro mundo nos arroja y, así, a fuerza de vaciar al logos orig­i­nal de su utopía, con­seguiríamos crear si no un sig­nifi­cado nuevo, sí un leve desplaza­miento que se instaurase en el pre­sente, nue­stro presente.

Ten­dría la nar­ra­tiva –igual que ocurre en la pin­tura de Vorm­stein– no que dar cuenta, pues, de unas acciones descritas al modo visual, sino tratar de que esas acciones se pro­duz­can ver­dadera­mente en el texto nuevo, no bus­cando la (re)conceptualización sino su (re)diseño espa­cial. El loop entonces con­siste no en la repeti­ción exacta del gesto de una escrit­ura pretérita (ni en la forma de la ale­goría, el calco de una estruc­tura de género o la mime­sis de prác­ti­cas aje­nas a la lit­er­atura), ya que, como dice Damian Tabarovsky el doble (la copia) es “una utopía desqui­ci­ada” [1] que se resuelve en un pare­cido siem­pre casi per­fecto, que no llega nunca a ser lo uno, sino lo otro.

Se trata de que el verbo diga lo que ya dijo, pero no como si no quisiera decirlo (y aquí yace la gran paradoja post­mod­erna) sino afir­mán­dolo con toda su ultra­jante indi­gnación; es decir, en su des­garro: su pura e ine­ludi­ble frag­mentación en la que ha de arder, como en una pira funer­aria ese “sub­lime de las cosas de nada, de la nadería, de la triv­i­al­i­dad; lo sub­lime del detalle insignif­i­cante, de las pequeñas for­mas, de la repeti­ción y la variación en la repeti­ción. Lo sub­lime repet­i­tivo, lo sub­lime de la banal­i­dad” [2], sobre lo que la nar­ra­tiva ha de aler­tarnos a través del grito, del hiato, pues, dando a enten­der que así es nue­stro mundo, un mundo pro­ducto de la ver­bor­rea incans­able de un ser humano que se ha quedado ya sin metá­foras, un mundo cuya paupér­rima lit­er­al­i­dad parece ser su única historia.

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[1] & [2] Damián Tabarovsky. Una belleza vul­gar (Caballo deTroya, 2011). [págs. 89 & 120]

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*Este texto ha sido publicado en la Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla (México) [01-Diciembre-2011] -aquí-

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Occupy London (with art)

Robson Cezar es un artista brasileño especializado en crear obras a base de cientos de tapones de botellas y que suele recoger sonriente por los pubs de la zona de Spitalfields (East London).

Sus vecinos del periódico Spitalfields Life -aquí- nos dicen que su arte consiste en “transformar esos objetos mal considerados [los tapones de botella] en objetos delicados y sutiles, ideando así obras de un humor travieso  que juega con las sutiles cualidades abstractas del color y el contraste”.

En fin, que Cezar ha creado una de esas obras suyas en homenaje a Ocuppy London (la que se ve en la imagen) y que actualmente se halla expuesta en Finsbury Park. Al parecer la idea es vender la pieza en ebay para ayudar económicamente a las manifestaciones inglesas.

A nosotros, la verdad, nos parece un efecto gratuito de publicidad, promovido con la intención de subir el cachet de su obra.

Quiero decir, hombre Cezar, no eres Damien Hirst… ¿sabes?

+ info: aquí.

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Actualización

[14-Noviembre-2011]

Ben Roberts es un fotógrafo inglés que tras haber visto como desde varios medios ingleses se propagaba el bulo (el día 25 de Octubre-2011) de que de las 250 tiendas pertenecientes al movimiento Occupy London, apenas había un 10% habitadas, se decidió a ir él mismo y comprobar in situ la realidad de las tiendas.

Así creo la serie que él llama Occupied Spaces -aquí- y que sirve como mini-catálogo de algunos de los espacios privados y comunales que se instalaron en St. Pauls y en Finsbury Square.

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Regateos y disfraces

1.

Me llama la atención que tanto cuentistas como diaristas anden siempre a la gresca por definir el espacio, las dimensiones y las características de su modo de escritura.

Pero esto no sucede con la poesía, más viva, eléctrica e informe.

Ni tampoco sucede esto con la novela, igualmente viva, electrica e informe.

Claro que hay quien sigue preguntándose qué es una novela, pero cuestionar su forma, su modo de escritura, no es uno de esos escollos que deba rebasar teóricamente quien la practica, como si parece ser el caso de los diaristas y los cuentistas. Además (pero esto lo dejaremos para otro día) sería fructífero un pormenorizado análisis de esos diletantes (sobre todo argentinos) que llevan, al menos desde hace una década, tratando de proponer una jurisprudencia para la novela. Me refiero a bucear por ver sus razones y aclarar la legitimidad de sus discursos.

Por dejar solo un apunte yo creo que se debe – y gran culpa tiene la soledad del académico- a un intento por socializar el hecho de la crítica, que deviene en un estiramiento gimnástico hacia la teoría. Un intento, por así decir, de buscar una razón compartida, pero que tiene más -en verdad- de compartir fracasos hermenéuticos que no de construir razones, pero en fin.

Pienso también en la tradicional deriva de los poetas hacia la filosofía y de los novelistas hacia el ensayismo, cosa que no se produce -en general, claro que alguna excepción existe- con diaristas y cuentistas, como una de las razones que explicarían lo dicho hasta ahora.

No será necesario profundizar, creo yo, en el hecho de que el cuestionamiento poético suele formar parte de las estrategias discursivas propias de la retórica y el cuestionamiento metaliterario no es sino el ejercicio de estilo para un estética particular.

Cuando hablo del cuestionamiento de su hacer en cuentistas y diaristas hablo, como ya comprenderán, de otra cosa bien diferente y que tiene que ver con la esencia misma de su materia prima.

2.

Cae en mis manos el último libro de Leopoldo María Panero escrito al alimón con Félix J. Caballero. Lleva por título La flor en Llamas  (Ediciones Casus Belli, 2011). El libro es más bien flojo, de circunstancias; como aquel que dice.

Sin embargo, me llaman la atención unos versos, dicen:

“Mi memoria quema y la vida quema

Y arde el mar” (p. 48).

Pensando en ello, veo a ambos poetas recitar poemas de su libro conjunto Apocalipsis de los dos asesinos en un vídeo grabado en 2007 en la cafetería El esdrújulo de Las Palmas de Gran Canaria -aquí-. Y acto seguido continúo con el proyecto de videocreación de Elba Martínez que lleva por título Merienda de Negros y que tiene por protagonista al propio Leopoldo María Panero (parte 1 / parte 2 / parte 3 / parte 4 / parte 5)

Así las cosas, la impresión que se me queda viva en el ánimo es la relación intrínseca de todo lo visto con un pequeño pasaje que he leído estos días en la obra Point Counter Point de Aldous Huxley (Vintage Classics, 2004) y en la que Walter -uno de los protagonistas- habla de Marjorie, su amante, embarazada de un hijo suyo; de esta dice:

“For Marjorie had a retentive memorie and had formed the habit of learning the great thoughts and the purple passages by heart. It had taken Walter some time to discover the heavy, pathetically uncomprehending stupidity that underlay the silence and the quotations. And when he discovered, it was too late” (p. 13)

La estupidez patética y atónita con la que no solo Marjorie sino el propio Leopoldo María Panero mira(n) el mundo y al que trata(n) de impresionar con sus vetustas citas lacanianas o no, ya con jirones y apestosas, en un estruendo de estentóreos fracasos.

3.

Por suerte, se puede ser feliz todos los días.

Sólo hay que proponérselo; cuestión de obstinación. Escoger bien, pasar de puntillas sobre el erróneo sentir del poeta ya consumido (pero dar cuenta, siempre dar cuenta de las cosas funestas que nos ocuparon el tiempo ido) y echar la vista atrás, o hacia otro lado: hacia el lugar mejor de cuantos se nos ofrecen a la mano.

Con ello, consigo además poner en claro mi idea de la que poesía y narrativa más o menos larga (más larga que el relato corto, en cualquier caso) son géneros no sólo híbridos, sino que se complementan a la perfección, sin tener que recurrir a la autojustificación, ni menos al exordio o al arrobo por la osadía de su existencia.

Me viene al pelo con un texto rescatado de 1967-70 del poeta heleno Yannis Ritsos (Monemvasia, 1909 – Atenas, 1990) recién publicado por Acantilado (en edición bilingüe griego/castellano) y traducido muy bellamente (no puedo juzgar su adecuación con el original, pero sí su resultado) por Selma Ancira y que lleva por título Crisótemis.

Crisótemis es el nombre del personaje que habla durante todo el texto (apenas 111 páginas, incluidas las dos versiones), identificada sencillamente como “la anciana Señora” y a la que una joven periodista va a visitar con el pretexto de que le hable de “su libertad pura, silenciosa y solitaria”. Así, pues, el texto en su conjunto (excepción hecha de una breve introducción del narrador y el final igualmente mentado por el narrador, quien nos dice que “el día en que se publicó la entrevista, había muerto la vieja Señora”) toma la forma de un largo monólogo, en el que “la novia sin casar” en su actual estado de no esperar ya nada, nos habla de su vida pretérita, de los pájaros, las espigas, la noche, los cerros y de la “interminable quietud” del silencio; también de su familia, su hermana que temía que las ratas se comieran su cabello, su hermano, su madre o su “maestro”.

“Se fueron todos”, nos dice Crisótemis, “ahora estoy aquí y veo y olvido y recuerdo”, y en su recordar confiesa que no se ha cansado de mirar, pero que, sin embargo, no ha aprendido nada.

Su largo monólogo sirve para dar cuenta de como Crisótemis ha conseguido “la no-esclavitud” a través de la “rendición total”, no dejando entrar la electricidad a la casa, desplazándose para “inmoviliza[rse] en un mismo lugar” y como así ha conseguido ser toda ella silencio y ser, al tiempo, parte del silencio.

Su retraímiento procede de la fortuna de saberse privilegiada, confiesa, y así sabe a su alrededor siempre “una luz ambigua: coronada de luz en mi abandono, / en mi soledad / en mi insignificancia”. Se queja, sin embargo, de la fatigosa reiteración de la vida, lo que al final le ha llevado al silencio, pues: “La / única forma de libertad / sigue siendo el silencio”

Se sabe una persona castigada, Crisótemis, pero eso no le aflige, pues en su opinión “sólo los castigados / crecen correctamente -aunque no lo parezca- / conservando hasta el final / todos los estadios de su desarrollo”.

El mitema (y disculpen el ejercicio libre de extrapolación) de esta suerte de fábula contemporánea, al estilo lírico, sublime y de gran hermosura, queda encerrado en la siguiente reflexión (que sirve al tiempo de poética de Crisótemis):

“La palabra precisa que nosotros pronunciamos

está dirigida sólo a nosotros mismos o,

por lo menos,

sólo nosotros la escuchamos con precisión. Todo lo

demás

no son sino grandes o pequeños pretextos, regateos,

disfraces.”

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Competitividad vs Competencia

Franzen & Foster Wallace en la presentación de Infinite Jest (1996)

1.

Leo con una mezcla de melancolía y pena el artículo Just kids que sobre la amistad entre Eugenides, Franzen y Foster Wallace publicaba Evan Hughes en la sección de libros del New York Magazine  el pasado 09 de Octubre -aquí-.

La historia de amistad entre los tres, pero especialmente entre Franzen y Foster Wallace es difícil, una amistad llena de meandros, rencores y malentendidos, pero también de amor y excelencia. Es decir, que competían literariamente -y literalmente- por ser los mejores, por demostrar la máxima competencia literaria.

Es el único modo, pienso, en el que un sistema literario puede prosperar, a través de la envidia y el rencor. Lo que pasa es que en el caso de Wallace y Franzen ese odio potenciaba lo mejor de sus cualidades, fortalecía la vocación de cada cual, apremiándola para que diese lo mejor de sí.

En España, en la segunda década del siglo XXI, nos encontramos con un sistema radicalmente diferente. No en sus modos externos, claro, pues siguen siendo igual el rencor, el odio y la envidia los que mueven a los escritores. Pero sí que hay una disconformidad en los presupuestos de sublimidad y en los que habría de basarse la disputa.

Así lo que tenemos es un sistema en el que los escritores son competencia unos de otros, y ellos lo saben, y se aplican así a pelear al modo de las trifulcas callejeras, no demostrando que son los mejores y que, por ello, merecen figurar en un lugar preeminente, sino que se postulan (sirviéndose del marketing, gracias a los “atentados simbólicos) a los diferentes medios y actores del sistema como dignos (o potenciales) traídores, gente dispuesta a lo que sea por ocupar esas pequeñas parcelas de poder reservadas para ellos por los amos del castillo (editores, medios de comunicación, agentes editoriales, etc).

2.

Y esto, me parece, tiene que ver con otra diferencia añadida que es la que enfrenta a la emoción y al sentimiento.

Tanto en la sentimentalidad posthumanista de Wallace como en el realismo trágico de Franzen, hay una convición y un modo de estar en el mundo, creencias congruentes con la forma en la que la literatura incide -según ellos- en el mundo.

Es decir, que ambos confían en el poder de la literatura.

Quizá el estado de cosas en el sistema literario español se deba a que se ha cedido vilmente al yugo del consumo y, por lo tanto, se manejen los escritores con sus normas. Así, se han rendido a tratar la literatura como objeto de intercambio mercantil y, por lo tanto, le han esquilmado la capacidad para mantener un sentimiento de manera prolongada en el tiempo. En otras palabras: igual que cambiaron competitividad por competencia, han cambiado sentimiento por emoción.

No se trata pues de concebir libros que se mantengan de manera autónoma  y para los que se crea un suerte de “vida espiritual” con la que el lector pueda o no comulgar, al menos dialogar, sino que, al convertir los libros en objetos de la emoción (y, por lo tanto, del impulso) se limita su efecto exclusivamente al momento de la compra.

Así, los escritores no pelean hoy por dar evidencias de que su libro es el mejor de entre todos los que se publican en su lengua y dando a entender que esta deba ser la razón para que su libro sea el elegido por los lectores, sino que pelean por demostrar que los libros de los otros son peores que los suyos y, así, bien a través de la vejación o bien a través del silencio, procuran que no sean los libros de los otros los elegidos por los lectores.

Y eso, a mí me da bastante pena y melancolía, porque pienso que siendo de la otra forma, justo de la manera inversa, no solo saldrían ganando los lectores, sino los mismos escritores.

Tal paradoja, pues, es para mí incomprensible, puesto que preferiría obviar (y tomar por falso) aquello que dice el poeta Jose Antonio Moreno Jurado, pues que:

“Todo es mentira en el mundo de la literatura. Nada significa la creación misma si no hay amistades e intereses que la salven del no conocimiento. Mejor, todo es mediocre, ramplón y vergonzoso” [1].

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[1] José Antonio Moreno Jurado. Aracne. Paréntesis editorial. Alcalá de Guadaíra (Sevilla). 2011. (p. 228)

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La tartamudez en el arte actual

1.

Me dedico ahora, en la madrugada, a leer -como acostumbro- la prensa, en concreto el suplemento Cultura/s del periódico La Vanguardia (nº 486, 12-Octubre-2011), y me llama la atención la crítica semanal de J.A. Masoliver Ródenas, quien suele ser bastante comedido en sus juicios (supongo que porque elige previamente novelas que certifiquen -de entrada- cierta calidad), y cuyas reseñas tienden a ser si no elogiosas, sí bastante positivas.

Por ello, digo, me llama la atención que al hablar del libro La noche feroz (Seix-Barral, 2011), la última novela de Ricardo Menéndez Salmón, escriba lo siguiente:

“Una novela -ninguna expresión artística- nunca se lleva a cabo inocentemente. La mayoría de los escritores tratan de que haya una distancia entre el creador y su obra. Otros, por el contrario, ponen al descubierto las estrategias narrativas de modo que el proceso de creación forme parte de la ficción. No hay razón para creer que un procedimiento sea superior a otro. Lo que es menos admisible es que sean visibles los planteamientos en novelas que apostaban por la ficción pura”.

Es llamativo que J.A. Masoliver Ródenas diga esto, pues esta práctica que es menos admisible, la de que “sean visibles los planteamientos en novelas que apostaban por la ficción pura” es algo bastante extendido en la narrativa contemporánea en castellano, y que yo sepa no se han alzado muchas voces críticas al respecto.

La causa de esto, en mi opinión, podemos encontrarla en algo que -paradójicamente- escribía Lou Andreas Salomé en 1900, en su diario Rusia con Rainer (Gallo Nero, 2011).

Decía así:

“sólo sacamos provecho de ellas [las potencias de nuestra alma] cuando nos olvidamos de nosotros mismos y tomamos distancia. Es el caso del artista, que no debe acercarse a la materia sobre la que trabaja con la intención de imponerse a ella o dominarla, ya que sólo logra crear en virtud de un arrebatado acto de amor hacia ella, en el cual cobran importancia una serie de aspectos ajenos a su entendimiento” (p. 108)

En suma, que el artista se halla demasiado comprometido con lo que escribe, en el sentido de un subjetivismo extremo, y eso conlleva que su arte se vuelva tartamudo. Escritores que se han criado (y han aprendido) con el postmodernismo y ahora quieren contar historias con el resultado de que la emoción les explota en la boca, y manchan todo de una bilis casi autárquica (porque les falla la técnica y les puede la voluntad).

2.

En fin, que sigo leyendo los periódicos y encuentro que el sociólogo bufo (y español) Vicente Verdú dice que:

“En el ejercicio del relato simple en lugar de la reflexión, en la exposición del tema en vez de su penetración, en la narración de hechos sucesivos en lugar de su encadenamiento, más o menos racional, se halla la moda de hoy.” [1]

Ello me lleva a recordar unas manifestaciones del escritor español Pablo Gutiérrez donde decía que:

“Siento que todo [en la crítica literaria] gira alrededor de una especie de pasillo universitario donde los estudiantes canonizan y vilipendian cualquier cosa para demostrar su arrojo, su virilidad” [2]

Tal estado de cosas, barrunto, tendría que ver así (in)directamente con el abuso y banalización -e histeria- de la individualización radical que ha impregnado cierta narrativa de los últimos tiempos y, en su avance imparable, también la crítica literaria, convirtiéndola en una suerte de metacrítica, en el sentido de que los juicios no se engarzan, sino que se disparan al modo de una ametralladora.

Con ello, lo que se pretendía liberador, se ha acabado convirtiendo en una pescadilla que se muerde la cola y que procede de manera circular y, con tal ímpetu, que amenaza volverse entropía inservible (y devoradora).

3.

Sin embargo la tartamudez no es exclusiva de lo literario.

Podemos encontrarla también en el arte contemporáneo.

Tomemos como ejemplo el dúo israelí Gil & Moti -aquí-, que trabajan sobre la idea de la diferencia, llevando la identidad personal al paroxismo bajo el modo de la simbiosis, con narrativas poéticas de la vulnerabilidad que gravitan en un punto indiscernible entre la realidad y la fantasia (“lo real maravilloso”).

Proyectos -los de Gil & Moti- que se definen por exagerar los mecanismos de una subjetividad extrema, yendo de lo mundano a lo teatral.

Desde 1994 ambos viven juntos y, de algún modo, se han mimetizado: visten igual, se comportan igual, tienen los mismos habitos alimenticios y son famosos por sus estancias en galerías de arte donde reproducen su vida cotidiana y es ésta visible al público. Su idea es la de vivir la vida como una performance y hacer de la creación artística un modo de vida.

Claro que, dada la imposibilidad de su proyecto quijotesco (el de volverse una unidad idéntica separada en dos partes), lo que queda es una suerte de sujeto siamés, cuyas manifestaciones se producen con cierto desfase y ello conduce al tartamudeo no sólo de su estética, sino también de la poética -inestable- de su discurso.

Sirva como ejemplo su -fusión imposible- llamada Wedding Project (2001) y en la que ambos se casan vestidos de igual guisa:

 - – - – - – - – -  -

[1] Vicente Verdú. Todos son cuentos. El País- 13-10-2011.

[2] Pablo Gutiérrez. El adjetivo mata. 04-Octubre-2011.

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