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La juventud como riqueza

1.

La potencialidad de la juventud es un tesoro tan prolífico que, hoy día, incluso los viejos no tienen reparo en asimilarse a los gustos y estéticas de los jóvenes. Por eso se estira la juventud de una manera tan brusca y mezquina, por eso se dilatan sus maneras y tics hasta lo indecible.

Tengo para mí que esto tiene que ver con la sobreabundancia de la última década, sobreabundancia que, claro está, anuncia ya su crisis.

Pero bien, digamos que lo más importante de la juventud es su promesa.

Y una cosa que ha de destacarse: se trata de una promesa necesariamente compartida. Su vigor y verdad dependen de la solidaridad con la que se comparten los futuros méritos, los frutos deseados que vendrán a su término, pero que, al modo de la fantasía, se preven ya y se dan por buenos, válidos: futuribles.

Y esta es la razón por la que la juventud como credo es un constructo cultural y necesita de un amplio grupo que la secunde, pero ese grupo ya se está extinguiendo, acosado por la precariedad, la furia o el catastrofismo. Y aquí se halla el centro de su crisis (como idea central para la cultura).

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2.

La juventud apuesta por sí misma y, por ello, en el momento crítico en el que los hedores (y horrores) de la edad adulta alcanzan finalmente a ciertas personas, buscan estas refugio en una añorada juventud (donde todavía eran pura potencialidad), yendo hacia atrás: a buscar amigos de la infancia y la juventud que fueron testigos de su misma juventud compartida.

Por una razón: porque el adulto se ha vuelto concreto, definido, sus márgenes están acotados y no dispone de más elecciones que las que ya ha tomado (o no ha querido tomar). Volver a ser joven (o pretenderlo) es una excusa para la búsqueda de cierta ignota inmortalidad.

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3.

Siempre me llamó la atención el fervor con el que las admiradoras de Elvis Presley (y me refiero aquí ya a un Elvis Presley envejecido y gordo, feo y torpe) seguían lanzándole bragas con un apasionamiento feraz.

Este verano, sin embargo, viendo un documental sobre sus últimos años decía alguien (no recuerdo quién) que las jovencitas viejas lanzaban sus bragas al rey porque seguían viendo a aquel jovencito sexy de veinte años y a su tonsura aurea, a un semi-dios con todas las armas para conquistar el futuro.

Al mismo tiempo, estas jovencitas maduras se veían a sí mismas como aquellas pizpiretas soñadoras de fortunas que le lanzaban a Elvis Presley sus miradas burlonas y coquetas (en 1956 lo de lanzar bragas era impensable) en espera de que un gesto cómplice del rey, así fuese con un fino hilo de oro, las engarzase en su triunfal ascenso y posterior coronación.

De lo que se puede colegir que existe un sentimiento juvenil que no tiene que ver con la edad y que sirve como anéstesico de la realidad, y es una fantasía no irreal (pues se basa en algo que sí ha existido), pero sí pre-temporal -respecto del tiempo histórico.

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4.

Wlodzimierz Umaniec, también conocido como Vladimir Umanets, es un joven polaco de 26 años que el pasado domingo escribió con tinta negra en uno de los Seagrams de Rothko que hay en la Tate Gallery lo siguiente:

“Vladimir Umanets, A Potential Piece of Yellowism”.

Según su propia confesión, el autoproclamado artista no pretendía dañar la obra sino más bien llamar la atención sobre su manifesto Yellowism -aquí- en aras de crear un debate sobre su pertinencia (¿?).

Umanets, en declaraciones a la prensa, se ha comparado con Marcel Duchamp.

Aquí su manifiesto.

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Del caso de Umanets podemos inferir una de las más prodigiosas inutilidades de la juventud: su estupidez.

Una estupidez que per se no es mala, pero que se vuelve peligrosa cuando deviene delirio.

Las ansias de este delirio tienen que ver con la genialidad y la farsa. Un adolescente, amparado en la pura potencialidad inocente de su credo juvenil (es decir, en la imposibilidad de nada) cree en las ambiciones desmedidas de lo que él pretende su genio y lo ratifica con actos externos.

Y ello por la razón que ya dijimos antes, pues que la juventud apuesta ciegamente por sí misma, por su originalidad e inteligencia, que se profesa emancipadora y seminal.

El problema viene cuando un adolescente utiliza las argucias de la edad adulta combinadas con su propia -y supuesta- inocente estulticia.

Es decir, igual que aquellas admiradoras de Elvis ya cuarentonas, fofas, de curvas caídas querían seguir apostando por su yo pretérito, es decir, se imitaban, gracias a la creencia que se podía tensar la cuerda del tiempo y hacer desaparecer los años intermedios, Umanets procura hacer de impersonator de Duchamp, lo que le serviría como garante para la verificación (entre las gentes de hoy, conocedores de la revolución duchampiana) de su quimérico genio.

Y he aquí donde se revela la comedia farandulera: Umanets es perfectamente consciente de su farsa, de ser él igual que su credo yellowista no más que una pura tautología.

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ADDENDA:

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Y hablando de influencias sí reconocidas y que sirven para la creación de una obra independiente y autónoma, la editora de la revista The Literarian, Dawn Raffel, ha pedido a una serie de escritores que hablen en el último número de la revista sobre los artistas visuales o sobre alguna obra artística en particular que les haya servido de inspiración.

Así  los escritores Frederic Tuten, Caroline Leavitt, Stuart Dybek, Roxane Gay, Martine Bellen, Charles Salzberg, Tom Bradley, Jane Ciabattari y Roberta Allen hablan de sus influencias.

Pueden consultar sus razones y motivos aquí.

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A veces cuesta pensar

A veces cuesta pensar.

Aunque, sin embargo me parece que no es eso, exactamente. Habría que reformularlo de otro modo.

Así: a veces cuesta hallar algo lícito que valga la pena ser pensado.

Y esto tiene que ver con unos versos de Eloy Sánchez Rosillo que dicen: “Une entre sí la luz todas las cosas / con un hilo de oro. / Y a mí mismo me incluye; / me toma alegremente cada día / y me hilvana con ellas”. [1]

Pues eso es, que sucede que venimos hilvanados con el mundo, atados a su prodigalidad y no podemos desenredarnos de sus razones y ver si nos interesan. Dicho de otra manera, sucede que estamos de común rodeados por algo que nos parece un hilo de oro, pero que tanto puede ser la estela de un cometa como la hoja afilada de un sable.

Y bajo esta presión es difícil saber si lo que pensamos (el contenido mismo del pensar) merece o no nuestra atención, reflexión y desvelos.

Mi sospecha es que cuando, a veces, nos cuesta tanto pensar es porque probablemente deberíamos girarnos y mirar hacia otro lado; huir de este latrocinio que es estar pensando las cosas que otros quieren que pensemos.

Y o bien no pensar o pensar en nada.

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[1] “Hilo de oro”, Eloy Sánchez Rosillo, publicado aquí.

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El carácter como una forma de ficción

1.

Atendamos un segundo a esto que dice Estrella de Diego sobre el carácter español:

“En el fondo, los españoles como colectividad siempre hacemos de españoles para fuera. Tenemos la fea costumbre de carecer de espíritu corporativo y hablamos mal de “nosotros” como colectividad siempre que salimos de casa, pues creemos que si somos los únicos listos, sobresaldremos más. [1]“

La reflexión le sirve a Estrella de Diego para poner en cuestión el modo en el que toda denuncia pasa a convertirse en producto de consumo. Y lo evidencia con el reciente reportaje fotográfico del NYT (titulado Austerity And Hunger) y también con la obra de Andrés Jaque sobre la así llamada heroína de Lavapiés (cliquen aquí, si no saben de lo que les hablo).

De Diego, en su post, viene a concluir que esto se debe a un complejo de inferioridad de nuevos ricos.

*

2.

Pero no es cosa que sea exclusiva de la colectividad nacional (esto del complejo) sino que también afecta de un modo funesto a los entornos gremiales; lo que, además, les supone un añadido extra de fastidio.

Y es que, del mismo modo que no queremos que se nos encasille o ponga junto a otros miembros de nuestra comunidad nacional (y es obvio que esto por la razón de que tememos salir perdiendo en la comparación), así sucede con las personas que pertenecen a determinados gremios.

Y tal gallardía es particularmente molesta en el caso de los tenderos.

Todo va bien en tanto que el cliente permanezca en su rol silente de cliente, es decir, aquel que indica una breve  comanda fácil y sin complicaciones y se limita a pagar y acepta el producto tal cual se lo sirven.

Pero, ay de ti como se te ocurra hacer la más mínima mención a que existen otros tenderos de otros establecimientos y que tal vez estos sí te hayan ofrecido en algún momento un servicio en concreto que aquí se te niega.

Pues no, sucede que el tendero se enfurruña y te obliga a que aceptes el producto como él/ella quieren. Y sin rechistar, pues no admiten que haya ninguna otra forma mejor de hacerlo, prepararlo o acaso, por ejemplo, el modo de disposición del corte de un producto, ni siquiera que existan otros establecimientos tan insignes como el suyo.

Y esto, ¿por qué?

Muy sencillo: por ese pacto silencioso que parece sellarse entre el cliente y el tendero por el cual este último es el mejor, el más listo y el más competente para realizar su trabajo.

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3.

Aquí, en el caso del complejo gremial, opera un mecanismo inverso al del complejo nacional que nos afecta en el extranjero. Si con los desconocidos (en virtud del desconocimiento del otro y que nos permite una “invención” de nosotros, ficcionalizarnos, por así decir) se juega la carta de la lejanía, en el caso de los conocidos se juega la carta contraria: la del afecto, la cotidianidad necesaria y el servicio vecinal.

En otras palabras, al extranjero no se le verá más, y por lo tanto nuestra imagen mejor (por oposición a los otros miembros de nuestra comunidad; cosa que es, inverificable por parte de nuestro interlocutor) quedará sin mácula para este. Al vecino no hay más narices que verlo a diario. Y esa cercanía puede que produzca una confianza o cierto conato de afecto que lleve a que el cliente reproche o exija tal o cual cosa. Así, para frenar tal valentía, el tendero juega la baza de la violencia y la intimidación.

Pondré un ejemplo reciente (entre otros muchos).

El otro día le pedimos a una pescadera que, por favor, nos quitase la piel de una merluza.

Ella, indignada, nos replicó algo así como que “no hay forma más buena de comer la merluza que con piel”. Y, por su gesto de desdén, se adivinaba que lo contrario era el pensamiento propio de los necios (es decir, nos estaba llamando necios a la cara por ser incapaces de darnos cuenta de su valía especial como tendera, de su “ficción individual”, pues).

Cuando le hicimos mención de que en otros sitios que nos han quitado la piel, y sin el mayor reparo, se puso de tan mal genio que lanzó los filetes contra el papel de estraza sobre la báscula y farfulló, como por venganza: “y esto os lo cortáis vosotros con unas tijeras en casa” (se ha de decir que habíamos acordado previamente que ella nos lo haría en los pedazos del tamaño y peso aproximado que habíamos acordado antes).

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4.

Y ahora podrían objetarme Vds. que el caso relatado se trata apenas de una señora en particular (con un manifiesto mal genio) y su singularidad no permite que sea  extrapolable a otros casos, ni generalizable ni tampoco pudiera servirnos de patrón para nuestra tesis de los comportamientos gremiales.

Pues bien, ahora les confiaré yo un pequeño detalle revelador: el establecimiento de la señora pescadera de la que aquí nos acabamos de ocupar tiene todas las paredes llenas de carteles donde, con gran fanfarria, se manifiesta algo así como que “el gobierno sube el iva, pero aquí te lo mantenemos como antes”.

Si esto no es una manifestación meridiana del nuevo rico que se niega a claudicar ante la realidad que baje dios y que lo vea.

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[1] Estrella de Diego. El regreso de la “España profunda” y la ficción documental en The NYT. Blog Sin título. 01-Octubre-2012.

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POST-SCRIPTUM:

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Leo en la última columna de Manuel Jabois, que lleva por título “Acabo de decirle que no” -aquí- lo siguiente:

“la apelación al dinero en cualquier rico, sobre todo cuando es para dar cuenta del sacrificio que hacen al rechazarlo, tiene el sonido de lo falso”.

Pues eso.

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El agravio como debilidad y miseria

1.

Uno tiene la impresión de que cada cual aguanta las turbulencias de la mejor manera que puede o sabe; con cierto estoicismo, se diría.

O sea, que mira uno siempre hacia la derrota, o acaso la desdicha o, si se quiere, la mala suerte, con benevolencia e, idealmente, queriendo ver en ella una parte bella de heroicidad.

Y quiere ver uno en ello -en la derrota del agraviado- cierto lirismo, pero normalmente lo que se viene a encontrar es más bien una suerte de candor belicoso, e inútil.

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2.

“No sólo la educación de los niños, también la de los poetas se hace a tortazos” [1] escribió Proust.

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3.

Hace unos días nos encontramos con un conocido al que después de largos años de servicio en su empresa, por no querer mejorarle el contrato (y con la excusa de la falta de recursos, la galopante crisis y el baremo impreciso -y volátil, y opinable- con el que se juzga su trabajo -intelectual, por lo demás)- no le habían echado a la calle, sino que le habían propuesto algo muchísimo peor: degradarle en su categoría profesional, hasta unos mínimos de pura vergüenza, intolerables, desde mi punto de vista.

Sin embargo, el tipo ha aceptado.
Está resentido, se siente menospreciado, tratado con el mayor despiadado ultraje.

Pero ha aceptado, pensando en algún tipo de solapada venganza. En cobrarse la deshonra a base de pequeñas infamias, dice, esos míseros sabotajes que van desde robar bolígrafos, hasta aprovecharse de descuentos por pertenecer a cierta empresa o acaso hincharse a pedir becas y subvenciones para proyectos.

Pero, y qué malditas becas le van a dar, pienso yo… si no hay dinero para contratarle, cómo va a haber dinero para becar a aquel cuyo contrato es insostenible dadas las economías actuales.

Es, cuanto menos, algo contradictorio.

Sin embargo, a este conocido nuestro le parece lo más normal del mundo, lógico y razonable.

Y, lo peor: legítimo.

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4.

Ha declarado recientemente Houellebecq:

«Soy vanidoso, busco los aplausos. Y escribir es divertido, sí, pero no lo hago por la escritura en sí, sino por la arquitectura de las frases. No estoy seguro de si hubiese seguido escribiendo sin la perspectiva del aplauso» [2]

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5.

Hay dos tipos de miseria moral, en mi opinión.

De un lado, aquella a la que nos obligan las circunstancias. De otro lado, aquella a la que nos obligan nuestras circunstancias.

Si la primera se refiere a cuestiones socio-económicas, políticas y geográficas, la segunda tiene que ver exclusivamente con la naturaleza de nuestro carácter.

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6.

No es casual, pues, que la poesía sea la manera de manifestación artística a la que se agarren de una manera más decidida los jóvenes nacidos a finales de la década de los ochenta y en la década de los noventa (pero también muchos de los nacidos en los setenta), pues les permite con mayor facilidad cierto aprendizaje del dolor (por causa de las incontables humillaciones -circunstanciales- a las que están sometidos).

El peligro, desde mi punto de vista, vendrá cuando esos agravios míseros, soportados durante un tiempo demasiado prolongado, vengan a constituir la base de su carácter y su personalidad.

Dicho en otras palabras: los tiempos de la guerra no suelen dejar espacio para las almas inocentes.

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[1] Marcel Proust. El tiempo recobrado. Traducción de Carlos Manzano. DeBolsillo. 2010. (p. 152)

[2] Michel Houellebecq en entrevista con David Morán. ABC. 21-09-2012.

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¿Hay alguien a la escucha?

1.

En el portal de la finca de pisos donde vivo hay no uno sino dos carteles que advierten claramente: “No se acepta correo comercial”. Cada uno de ellos -pegado en el cristal- de un lado de la puerta. Es imposible no verlos. Sin embargo, cada día -invariablemente- más de una, de dos y de tres personas llaman al timbre diciendo:

-Correo comercial, ¿puede abrirme?

*

2.
Hace varios meses me escribió la encargada de marketing o del depto. de relaciones públicas (bueno, al fin viene a ser lo mismo) de una cierta empresa de Internet. Me presentaba un proyecto sobre unas cuestiones referidas al reciclaje y el medio ambiente que me parecieron muy bien (cuando era adolescente guardaba todos los folios inservibles en bolsas durante semanas y las llevaba a la ciudad de Valencia cuando se me daba la oportunidad -y hablamos de trasladar ese montón de papel en coche unos noventa kms-; quiero decir, que tengo cierta desarrollada conciencia ecológica, eso es). El problema es que ese proyecto solidario no era un asunto cívico sino que no sólo venía auspiciado por una empresa comercial ( no patrocinado, sino promovido, que es cosa bien diferente), sino que el hecho de que la gente se sumara a él repercutía directamente en la mejora de su negocio.

En otras palabras, por la vía de la solidaridad pretendían conseguir un caudal gratuito de posibles compradores/usuarios de su producto, amén de una publicidad encubierta de dimensiones estratosféricas.
En fin, con toda la ambilidad le dije a la chica que el proyecto que me presentaba me parecía muy bien, pero que, y le especifiqué “tal como habrás leído en mi blog en incontables ocasiones, estoy radicalmente en contra de este tipo de prácticas, las cuales he denunciado en mi blog siempre que he tenido la oportunidad”.

Para mi sorpresa la chica me escribió y me dijo que sí que muy bien, que respetaba mi opinión, pero más o menos venía a decir que me lo pensase mejor.

Dos cosas se han de decir así de primeras: uno, que quieren contar con mi complicidad para su proyecto (me pedía además que lo propagase a los cuatro vientos entre amigos y conocidos) cuando ni siquiera sabe de qué demonios va mi blog, y dos, que de respetar las opiniones del prójimo y su decisión meditada de no participar en algo, nada de nada.

Ayer me llego un nuevo mail de esta chica, en él dice:

queríamos volverte a invitar a participar con tu blog “J. S. de Montfort escribe” en nuestra iniciativa para ayudar al medio ambiente”.

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3.

Cuando los gurús dicen que los departamentos de promoción y prensa han de escuchar al cliente/usuario/consumidor en realidad no utilizan sino un eufemismo, pues las empresas hacen como que escuchan hasta que alguien les dice que no, y entonces sacan sus garras (eso sí, siempre disfrazadas de cordialidad y al amparo de alguna “causa justa” -y ellos pueden igualmente considerar una causa justa que te ofrezcan un descuento o una oferta) y, así, continúan con su estrategia de acoso y derribo.

Hasta que no te queda más remedio que aceptar y unirte a su causa (contratar sus servicios o participar de sus campañas), pelear a las malas o, directamente, tener que pleitearte.

Si los susodichos departamentos de promoción y prensa de las empresas se dedicasen primero a saber con quién tratan y qué terreno pisan, es decir, no ya a escuchar sino sencillamente a hacer su trabajo, ¿no nos ahorraríamos todos un buen montón de molestias y de tiempo perdido?

 

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Estándares

1.

Leamos lo que dice Andrew Gimson sobre la pérdida de relevancia social del gentleman inglés y que, en su opinión, marcaba un estándar de comportamiento y mejora, un “ideal” hoy perdido (y sin recambio a la vista):

“There is a gap in our culture: we have lost the gentleman without replacing him ]…] to have an elevated standard of conduct increases the chances that some people will live up to it, as well as the danger of failure and hypocrisy [...] The gentleman has retired from the fray, but we still need an ideal of good conduct: something that is not the same as Christian behaviour, but which helps to raise us above boorish self-seeking; an ideal which includes modesty, magnanimity and the willingness to sacrifice oneself for the sake of others, especially those who are weaker.”

[1] Andrew Gimson. Strange death of the English Gentleman. The standpoint. Sept.2012.

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2.

Y sobre ideales del espíritu habla la mujer de Christopher Hitchens, Carol Blue, al decir sobre el entusiasmo que nunca abandonó a su marido en sus últimos 19 meses de vida (desde que supo que tenía cáncer); cuenta Carol Blue:

“Christopher’s charisma never left him, not in any realm: not in public, not in private, not even in the hospital. He made a party of it, transforming the sterile, chilly, neon-lighted, humming and beeping room into a study and a salon. His artful conversation never ceased. ” [1]

[1] Carol Blue, Christopher Hitchens: an impossible act to follow. The Telegraph. 25-August-2012.

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3.

Y desde la filosofía también Javier Gomá Lanzón tiene algo que decir al respecto, y es que, en su opinión, el estándar para el hombre contemporáneo pasaría por un adelgazamiento de la subjetividad heredada del romanticismo, esa noción absoluta del individuo, sociópata -e inviable-, a la que se le habría de poner ciertos límites.

Nos dice:

“El problema moderno se resume, en efecto, en cómo ser hombre verdadero.” [1]

Para explicar tal noción, la filosofía habría de remodelar “su utillaje conceptual” que deriva todavía de la época cósmica de la cultura (siglo octavo antes de cristo) y que, dice Gomá, no nos sirve “para iluminar la experiencia del yo moderno”.

Gomá, nos confiesa, habiéndonos expuesto el caso, que carece de poética para su resolución o comprensión mejor.

[1] Javier Gomá Lanzón, Razón:portería. El País. 08-septiembre-2012.

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4.

Al respecto de lo que sería, en literatura, ese estándar al que nos referimos, dice Daniel González Dueñas:

“[la literatura es] un diálogo que el lector establece con el universo a través de la personalidad del escritor. Y en los casos más eminentes, ese diálogo se da a través de la transparencia en la personalidad del escritor. La gran literatura es aquella en que el autor no interpone su personalidad entre los ojos del lector y el mundo (en cuyo caso no vemos más que un ego), sino que la transparenta para permitirnos ver lo que ese escritor mira.” [1]

[1] Daniel González Dueñas, Respuestas a una encuesta literaria (I de II), 06-septiembre-2012; en su blog -aquí-.

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5.

Así, podríamos pensar que del estándar de hoy no tenemos sino indicios, acaso síntomas y no ya una solución sino siquiera un mero acercamiento o planteamiento formal que nos lo acote o delimite (y ello por no tener ejemplos de lo que sabemos o suponemos debería ser el estándar).

Ello implica que el hombre contemporáneo no sabe a qué atenerse, lo que es causa de su melancolía (que dura y dura y dura) y de que su desolación encuentre liberación en ciertos comportamientos licenciosos o decididamente infantiles (el consumismo, por ejemplo).

Ante tal estado de cosas uno se pregunta si, de momento, no sería mejor andarse a buscar pistas en el crepitar lento de la naturaleza, como en esas piezas de Lois Patiño (Vigo, 1983) y que llevan por título “En el movimiento del paisaje”:

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Cerdos todos

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A mi entender, cualquier manifestación de la cultura inicia su declive justo en el momento en el que comienza a jugar por capricho (por ego y vanidad) con la baza de la especulación. Es exactamente lo que ha sucedido con el portugués tristón, melancólico y galáctico -aquí-. Y es cosa que ha venido a refrendar esa tontuna del premio Príncipe de Asturias a la amistad entre dos jugares rivales, pero compañeros de selección -aquí-.

Así las cosas, desde el fanzine mexicano  El fanzine del cerdo violeta se adelantan a la preocupación por este próximo declive futbolero (que predigo yo desde aquí) y se marcan la convocatoria “Santa maradona… ruega por nosotros” y cuya tema central, cómo no, es el fútbol.

Se les puede mandar prácticamente de todo que tenga que ver con la temática referida (cuento, artículo, ensayo, artículo, poema, imagen,ilustración, dibujo, fotografía, soundtrack, diseño editorial, diseño publicitario, etc.) y el espacio es entre media cuartilla y tres cuartillas. Hay de tiempo hasta el 30 de septiembre.

Pueden leer las bases completas -aquí-.

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ADDENDA:

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Escribía al respecto del asunto que tratamos Juan Villoro -aquí- que:

“El futbol es más que un deporte. El desaforado interés que despierta lo convierte en modelo de conducta y espejo acrecentado de la sociedad.”

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*el gif está sacado de aquí.

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Sin gritos, por favor [En favor del silencio]

Cada día valoro más el silencio.

En las últimas semanas he llegado incluso a olvidarme de la música. La única melodía que entra en mi estudio es la de las teclas del portátil (y esto cuando hay música, pues muchas veces apenas hay el chasquido rutilante de un mechero o acaso la tinta que escupe la punta de un bolígrafo al subrayar o anotar algo en el libro que ande leyendo en ese momento).

Por eso me ha llamado mucho la atención algo que declara Vicente Todolí en una reciente entrevista, es lo siguiente:

“Si no eres radical te comen por los pies. Tienes que ponerte a ti mismo condiciones radicales, y debes cumplirlas radicalmente” [1]

Tal radicalidad, en su caso, se refiere a que se ha retirado del mundo (del mundo de Nueva York y Londres y todos los lugares del griterío y la cháchara), para quedarse a vivir en La Vall de la Gallinera, donde se crió de niño y en una de cuyas montañas se ha construido en los últimos años una vivienda aislada desde la que escuchar el único latido del crecimiento de los árboles y las plantas.

Nos dice Juan Cruz que Todolí está a un paso de ser un anacoreta, que vive sin luz eléctrica y en la noche lee al calor de unas velas y gracias a un sistema de espejos.

Sobre su idílico emplazamiento, dice Todolí:

“Aquí se te abre un proceso de concentración que es imposible en la llanura, junto a la gente y sus ruidos. Aquí vives golpes de memoria, iluminaciones, flases, sensaciones”.

Yo, que siempre tuve deseos -aunque también me falte vocación, como al mismo Todolí- de ser un anacoreta y de irme a vivir al monte (incluso durante una época de cierta ilusión pasajera estuve buscando emplazamientos potenciales en la sierra de Espadán), veo este gesto no sin cierto escepticismo. Entre otras cosas porque, según manifiesta Todolí, sus estancias en esa especie de spa para el pensamiento, son más bien escasas, como de dominguero, y así pienso que no sirven para mucho más que como acto simbólico.

Y tal acto simbólico es el de volver a las raíces, continuar en el lugar donde el padre (y las generaciones anteriores) establecieron sus vínculos con la tierra. Pero es una actitud que se situaría en las antípodas de, por ejemplo, To a good unknown, de John Steinbeck. La relación con la tierra ya no es pagana sino más bien ociosa, pues el sujeto está dispuesto a bajar de la colina tan pronto le llame alguien para ser asesorado o si es que sus servicios son requeridos por algún museo o fundación.

Así las cosas, tal actitud buscaría, en mi opinión, más el silencio del forajido, de quien huye a recónditos pasajes en espera de una nueva misión, que no la del esteta o el pensador. Y una cosa que defiende tal interpretación es que Juan Cruz nos confirma que Todolí “Habla como una ametralladora, exactamente. Como si Todolí dispusiera de una longitud de onda que a los demás nos fuera ajena”. No parece ésta la actitud de alguien que busca el recogimiento y la reflexión y la armonía directa con la tierra, la verdad.

Y es que quizá todo sea mucho más sencillo.

Me parece que ese fundamento de paz y silencio no se ha de ir a buscar en la armonía con la tierra ni en la armonía con nada ajeno a uno (tampoco en la tecnología o en los otros); tal armonía no se podrá deber sino a la fluidez de los términos en los que uno esté con su propio yo interior, con su alma, si se quiere; se trata de estar en paz con uno mismo, viva uno en Groenlandia, en El Cairo o en Nueva York. Siendo esto así, la relación con las otras cosas y seres del mundo será igualmente fluida y silenciosa, pues es el mundo nada más que una extensión de mi yo original: una creación individual, por así decir, cuya autonomía dejamos que se construya en noble acuerdo con los otros seres y cosas del mundo.

Y ahí es donde está -en mi opinión- la radicalidad verdadera: en exigirle al mundo que sea acorde a nuestro gusto y no en la fuga del mundo y en la construcción ociosa de una fantasía bucólica.

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[1] Vicente Todolí en entrevista con Juan Cruz. De la Tate Modern a La Gallinera. El País. 02-sept-2012.

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Off topic: España en llamas

 

Cada verano nos bombardean desde la televisión con datos catastrofistas e imágenes impactantes en lo que se refiere a los incendios forestales.

Pero hasta ahora (más allá de esos datos circunstanciales y algunas breves imágenes emitidas por tv) lo único que tenía a su disposición el ciudadano para informarse eran meras estadísticas. La fundación ciudadana Civio ha tenido acceso a la base de datos nacional de incendios forestales del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente y, con ello, ha preparado un mapa ilustrativo de los incendios sucedidos en España en el intervalo 2001-2010.

Pueden acceder al mapa interactivo aquí.

Vale la pena echarle un vistazo.

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La belleza olímpica

Leo unas declaraciones del artista y performer colombiano Rosemberg Sandoval. Son estas:

“la belleza tiene que ver necesariamente con la conexión, estructura y materia de las ideas reafirmando el lugar” [1]

Pienso en ello mientras me acuerdo del espectáculo de inauguración de los recientes Juegos Olímpicos que se celebran en Londres, el pasado viernes. Pensando en su costumbrismo, en su orgullo local, en el modo ambicioso y perfecto con el que expusieron su ideario de belleza.

Lo que se deducía de ahí, de la ceremonia entera, era  su modo de ver el mundo como un lugar que ha quedado en letargo, una suerte de naturaleza muerta que se ha de reavivar. De una parte, se exhibía un orgullo legítimo (no humilde, pero sí modesto, sabedor de sus logros, pero -eso sí- sin regodearse en ellos), y de otra, se llamaba la atención sobre el peligro de que ese mismo orgullo (basado en logros pretéritos) quedase -como hoy está quedando- en nada más que en memorabilia decorativa.

La belleza, en resumidas cuentas, nos decía Danny Boyle con su gran espectáculo performático de la inaguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, es la esperanza, la expectación de lo nuevo, la dedicación a lo genuino y original, pero no per se, no en virtud de su misma originalidad y su carácter prístino, sino por una razón física y moral: la de que se liberen las tensiones y emerja leve y puro lo que será mañana. Y es que tanta (auto)contención no permite a lo que empuja que se abra camino, y así no hay justificación para el estímulo ni espacio para que la belleza novísima sea estructuralmente creada.

Y el corolario de esto: si no se le permite abrirse camino a esta belleza nueva, su fuerza inobjetable hará que esa naturaleza muerta que es hoy Europa, constreñida por los dictámenes autoritarios (y de refrendo de lo decrépito y convencional) explote definitivamente.

La gran aportación de Boyle ha sido la de urgirnos a la formulación inaplazable de la siguiente pregunta: “¿dónde está esa juventud que aguarda?”. Y de hacerles el siguiente requerimiento: “Preséntense, por favor. Queremos -de una vez-  saber de Vds”.

Algo que habrá de haber llamado la atención a todo aquel que haya visto el desfile de los atletas olímpicos habrá sido la comprobación de la altísima (y alarmante) media de edad de estos. Qué más prueba quieren en favor del cambio si hasta la presuntuosidad joven del atleta olímpico anda en entredicho.

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[1] Rosemberg Sandoval en entrevista con Jairo Alberto Cobo. Esfera Pública. 27-Julio-2012.  [publicado originalmente en la revista Gulumba, aquí]

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Lecciones de hemeroteca

“Alemania está haciendo un gran esfuerzo por reconstruir su economía y pagar la deuda que tiene con los aliados, e Inglaterra intenta ayudar a Alemania para que pueda pagar todo lo que debe. A Francia le interesa que Alemania pueda pagar, y tiene que darse cuenta de que la recuperación económica de Alemania es necesaria si se quiere que Europa vuelva a normalizarse [...] Nadie que haya tenido algo que ver con esta guerra quiere hablar de otra [...] El pueblo francés no quiere otra guerra. Pero, en este momento, el pueblo francés no tiene el control del gobierno francés. Este es el quid de la cuestión [...] La actual Cámara de Diputados  [...] creen que le sacarán todo el dinero que quieran a Alemania si la amenazan lo suficiente, y no se dan cuenta de que lo único que conseguirán es dejarla en la más absoluta bancarrota y que no obtendrán nada de ello” [1]

[1] Ernest Hemingway. “La locura de Poincaré”, publicado en The Toronto Daily Star (4 de febrero de 1922), incluido en Sobre París, Elba Editorial, Barcelona, 2012, [pp. 24 & 25]

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Unas breves palabras sobre el malestar

Escribía Ana María Matute en un viejo artículo de 1961 titulado Otra nostalgia que: “Y creo que la tristeza es necesaria a los hombres, incluso a los niños [...] No podríamos vivir, a buen seguro, sin esos instantes de necesaria melancolía, sin la nostalgia” [1].

Pues en esa melancolía racheada he venido regondeándome estos días postreros. Y por solazarme con gusto he venido leyendo Cultura Mainstream (cómo nacen los fenómenos de masas), del periodista francés Frédéric Martel, en la edición de bolsillo que acaba de sacar Punto de Lectura.

Escribe Martel: “el papel del crítico cultural cambia [...] el nuevo árbitro tiene la misión de evaluar la cultura, no ya sólo en función de su calidad -un valor subjetivo-, sino también de su popularidad -un valor más cuantificable-. Ya no juzga, entra en conversación con su público” (p. 167).

Pienso que quizá tenga razón Martel, pero que, en cualquier caso, mi único público de estos días he sido yo mismo, lo que implica que todo lo que haya pensado éste -o sea: yo- de la crítica cultural que he venido juzgando mentalmente, en el silencio explosivo de las jaquecas y los dolores brutales de cabeza de estos días, vendrá a resultar improcedente y banal.

Habla Martel de un nuevo capitalismo cultural al que llama capitalismo hip, y asegura que hoy el crítico es un consumer critic (ay, y cómo le gustan a Martel los barbarismos); en su opinión, el crítico le dice al consumidor “cómo gastar bien su dinero en la cultura, mientras que ayer el crítico [...] estaba al servicio del arte” (p. 174).

Y añade: “antes era un gatekeeper [el crítico], un guardián de la frontera entre el arte y el entertainment, y un tastemaker, el que definía el gusto. Ahora es un mediador del entertainment o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz, acompañando los gustos del público. Al nuevo crítico le importa sobre todo lo cool y, precisamente, lo cool detesta las distinciones culturales” (p. 174).

Pues bien, en estos días últimos de inaudible ruido, mi público (o sea yo) y yo mismo hemos llegado al convecimiento y al acuerdo de que la única instancia de lo cool válida para nosotros hoy -nosotros que seguimos creyendo en el arte- es precisamente estar tristes y melancólicos, y que el mejor modo de comunicar tal infecta situación de desánimo y malestar contra ese capitalismo hip es tirar piedras, en silencio, contra todo y contra nadie, igual que en esa pieza de Jorge R. Nuñez “Canto rodado” (2011).

Quede dicho.

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[1] Del libro “A la mitad del camino”, incluído en La puerta de la luna (Cuentos Completos), Ed. Destino, Barcelona, 2010, (pp. 690-691)

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Y si a Vd. se le ocurre otro modo de canalizar su crítica, especialmente en lo que se refiere a aunar crítica y negatividad, sepa que el gobierno colombiano ofrece un premio de 1.400.000 pesos colombianos libres de impuestos como premio a aquellas “miradas que trabajen por develar el mecanismo de las cosas; que busquen el revés de cada situación o fenómeno para exponer sus costuras”.

+ info: aquí.

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(Des)Posesiones [en tres actos -y una coda-]

1.

Leo la siguiente frase de la novela Opio en las nubes (Tropo Editores, 2010), de Rafael Chaparro Madiedo, y que dice así:

“Lentamente Max atravesaba el pasillo y se dirigía al baño a lavarse los dientes y llenaba su boca de espuma blanca para sacarse los malos olores de las pesadillas, para limpiar los restos de palabras oscuras que se atropellaban entre los dientes durante la noche”.

Y es que la cosa, es que no cada mañana, sino cada noche, nos acostamos llenos de palabras oscuras que, como dice Max, uno de los personajes de Opio en las nubes, se atropellan entre nuestros dientes.

Palabras que vienen desde la televisión y la radio, los periódicos y de los millones de blogs propagandísticos que en el mundo existen.

Dice Marc Fumaroli que el marketing se mueve ahora con estrategias de intimidación y no tanto ya de seducción, en casa y en la calle, en el metro y en el autobús, en un avión y en cualquier establecimiento o institución pública.

Nos persiguen, las palabras que tratan de ocultarnos las cosas, dice Fumaroli en su diario París-Nueva York-París (Acantilado, 2010).

Así: el hombre desposeído de su encuentro fortuito con las cosas, viviendo entre fantasmagorías.

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2.

Pienso en el manifiesto poppolítico -aquí- de la revista PopPol y que reza como sigue:

“PopPolítico es el espacio donde se cruzan la cultura pop y la política como acontecimiento. Puede verse como una banalización de lo político, como una desacralización del arte y la cultura o como la irrupción de los espectadores en la vida pública.”

Así: la vida pública desposeída no ya tanto del misterio de su influencia o acaso de su potencialidad exclusiva como lugar de debate y reflexión, sino aún más, viéndose sin el majestuoso vestido de su autoridad ética.

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3.

Sannah Kvist es una fotógrafa sueca que, tras haberse mudado por tercera vez en menos de seis meses, se dio cuenta de que estaba harta de mover sus pertenencias de un lado para otro, así que lanzó a la basura o regaló la mayoría de sus pertenencias hasta que sus posesiones personales quedaron reducidas a lo mínimo.

Tras esta vivencia, y habiéndose dado cuenta de que la generación de los ochenta en Suecia era la primera en crecer bajo unas condiciones sociales peores que las de sus padres, se le ocurrió poner en marcha el proyecto All I own. En él, busca jóvenes nacidos en los ochenta, jóvenes sin contrato fijo ni hipotéca, acostumbrados a empaquetar sus vidas en cajas y moverse continuamente.

Así, les pide a los participantes que recojan todo su mobiliario y que lo apilen para formar una escultura. Los participantes gozan de total libertad para diseñarla, dejando normamente más visibles las cosas que piensan que les representan mejor o de las que se sienten orgullosos, y dejando atrás, escondidos, aquellos objetos de los que se avergüenzan o piensan que no son dignos de quedar en un primer plano.

En cualquier caso el proyecto -de momento- consta de 9 participantes (Niki, Calle, Benjamin, Eva, Karl, Sannah, Simon, Andrea y Åsa) y aquí se pueden ver todas sus fotos.

Así: las pertenencias privadas desposeídas de un repositorio fijo o estable. O dicho de otra manera: la personalidad desgajada del objeto, dejada al albur de los vientos de la moda y el azar del voraz urbanismo.

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CODA:

Un párrafo que resume todo lo dicho.
Es de Rafael Chaparro Madiedo. De su novela El pájaro speed y su banda de corazones maleantes (Tropo Editores, 2012).

Dice así:

“Esa sensación de saber que cada vez que caminaban por una calle no hacían camino, porque no había camino, no existía camino, no existían los pasos, las huellas no permanecían más allá de la sombra, lo que había simplemente era la sensación de que todo era una encrucijada, una emboscada del tiempo donde las sonrisas se desdibujan en el vaho absurdo de la lluvia y lo que les quedaba en el centro del cerebro era un aturdimiento continuo, un abatimiento incesante como si en lugar de corazón llevaran campanas que anunciaban un interminable funeral y entonces los cuerpos se les llenaban de claveles blancos y se convertían en pequeños cementerios ambulantes” (pp. 94-95).

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3 cosas que he leído hoy (y que me han producido una breve reflexión)

1.

Leo en la última novela de Joaquín Pérez Azaústre, Los nadadores (Anagrama, 2012), lo siguiente:

“Sólo unos pocos ya la tienen dentro  [la fotografía] y observan en tensión, agazapados, se saben diluir dentro del marco: son parte del mismo territorio, esperan y de pronto la imagen está ahí, ha aparecido, y la tienen delante y la someten, y no la han encontrado, sino que la han reconocido. El verdadero fotógrafo de campo no encuentra nunca la foto casualmente, ni siquiera la crea, ni la adultera ni la teatraliza, sino que la rescata, porque ya la ha visto antes y la ha memorizado, forma parte de él antes de existir, se le ha aparecido en sueños o en plena realidad y ahora sólo tiene que nombrarla” (p. 60).

Se trata de una rara visión matérica (y apresable) de la realidad; rara, al menos por saberse que viene de un autor español de menos de cuarenta años.

E interesante, claro.

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2.

Leo una columna de opinión en La Vanguardia donde el ex secretario general de universidades de la Generalitat de Catalunya Ramon-Jordi Moles i Plaza afirma lo siguiente:

“Nuestro sistema educativo responde a nuestro sistema productivo: baja productividad, economía especulativa, sistema de valores centrado en el pelotazo” [1]

Y yo, pienso, se me ocurre, que la industria editorial está también hecha a imagen y semejanza de ese sistema educativo y de ese sistema de producción deficiente, especulador y que se basa en la búsqueda infame del pelotazo.

[1] Ramon-Jordi Moles i Plaza. Massachunya-Catalusetts, La Vanguardia,30-Mayo-2012, pág 17.

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3.

Leo en la última novela publicada en España de César Aira, El congreso de literatura (Mondadori, 2012), lo siguiente:

“No es que yo sea un genio ni un superdotado, qué va. Todo lo contrario. Lo que pasa (trataré de explicarlo) es que cada mente se conforma de acuerdo con sus experiencias y memorias y saberes, con la suma total, y la acumulación personalísima de todos los datos que la han hecho ser lo que es la hace única. Cada hombre es dueño de una mente con poderes que pueden ser grandes o pequeños pero que son siempre únicos, propios de él. Y lo hacen capaz de una “hazaña”, banal o grandiosa, que sólo él habría podido realizar [...] Mi inteligencia, lo he comprobado a mis expensas, es muy reducida. Apenas si me ha alcanzado para mantenerme a flote en las aguas procelosas de la vida. Pero es única en su calidad; y no es única porque yo me haya propuesto que lo sea, sino porque así tiene que ser” (pp. 14 & 15).

Esta idea tiene que ver con algo en lo que he pensado hoy mientras veía por la televisión la conferencia que el ministro de economía Luis de Guindos estaba dando en Sitges, en el Cercle d´Economía.

Está relacionado con algo que se me ha ocurrido denominar como “la falacia del experto” y que está vinculado indisolublemente con eso de lo que habla Aira, pues que expertos solamente lo podemos ser en una cosa muy precisa, y no en todo, como hoy se nos presupone que seamos (o debiéramos ser), con todo ese rollo de la interactividad, la participación, la opinión y el juicio, como si todo el mundo estuviese obligado a saber de todo, a tener opinión y criterio sobre economía, literatura, arte, la hacienda pública, los mercados de capitales, el arte contemporáneo y la música, el cine de vanguardia, la danza, los problemas derivados de la prima de riesgo, el precio de la vivienda, las políticas de austeridad, los impuestos, la regulación sobre materias urbanísticas ciudadanas, etc, etc, etc
Espero -en los próximos días- ir ampliando esta idea.

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El chantaje emocional [como una forma de nostalgia]

Tenía yo por bueno que las amenazas sobre la inminencia de las garras del lobo feroz solían provenir de las facciones de la izquierda. Sin embargo, qué sorpresa al escuchar las declaraciones del otro día de Sarkozy, utilizando el mismo atávico (y grotesco) argumento de la izquierda –desde la derecha- para apelar a un mismo sentimiento: la amenaza del ¡cuidado que viene el lobo! Tales manifestaciones (repetidas insidiosamente en dos días sucesivos) del dirigente francés me hicieron caer en la cuenta de la paradoja a la que nos enfrentamos: tanto los individuos de uno como de otro lado (de la izquierda o de la derecha) son corderos para sí mismos, y lobos para los demás.

Esto que parece un asunto de fácil resolución (apelando al juicio ideológico que castiga al adversario, condenándolo moralmente) es, sin embargo, un poco más enrevesado y perverso. Y ello, por la razón de que tras de sí esconde el decir maligno del chantajista y la forzada (re)acomodación del pasado inmediato. Y lo interesante aquí es que el chantaje no se basa, como suele ser común en este procedimiento mezquino, en favores pasados, ni se argumentan devoluciones ineludibles o deudas imperdonables del honor, sino que lo que se reclama del simpatizante (pues, de momento, lo dejaremos en el terreno político) es que coadyuve en la creación de una nostalgia del pasado reciente y, así, consolide –por contraste- la posición ventajosa del candidato político que goza de sus simpatías ideológicas.

A ver, para que nos entendamos. Normalmente, siempre que la izquierda cometía los mayores desmanes y se veía abocada a un fracaso seguro en las urnas, esgrimía la amenaza de la venida de la derecha. Su argumento era burdo, torpe, casi infantil y chantajista. Venía a decir algo así como que “mal que os pese, tenemos que hacer frente común y no permitir que ellos ganen”. Y, encima, se exigía que el voto de izquierda no se dispersase en varios partidos para que solo uno (quien solía esgrimir tales razones) quedase vencedor. Pero, al parecer, tal proceder pareció agotarse. Y, así, hemos pasado a un estadio nuevo -en lo que a chantajes se refiere. El paroxismo de tal excusa/chantaje llegó a un grado superlativo en las pasadas elecciones andaluzas cuando la número dos del PSOE, Elena Valenciano, se atrevió a decir que la derecha era una amenaza para la felicidad de la mujer andaluza (¡toma ya!). Así dijo de las mujeres andaluzas que si la derecha ganaba: “corre peligro su libertad, su autonomía, el camino emprendido y, finalmente, su felicidad” [1]. Sin entrar a considerar las implicaciones de tal funesto vaticinio, lo que me interesa aquí es que cómo procede esa dialéctica: por oposición. Así, si lo que antes aventaba la izquierda era un miedo genérico, inconcreto, basado en el amplio espectro de la pérdida de libertades (sociales y laborales) que traería la derecha, ahora entramos ya en el terreno de lo privado, y de lo abstracto. Así, afirmando que la preeminencia de un partido de derechas es una amenaza directa y frontal contra la felicidad de la mujer, se afirma igualmente que la mujer andaluza, con el partido socialista (que lleva gobernando desde hace treinta años en Andalucía) ha sido sumamente feliz. No ya libre, o con plenos derechos, con igualdad de trato, respeto y consideración laboral y salarial (es decir, cosas mesurables y objetivas), qué va, sino satisfecha y plena en su individualidad. Que un partido trate de arrostrarse la capacidad de control de tal esfera de la privacidad del individuo es, cuando menos, osado.

Llegados a este punto, toca al ciudadano honrado y juicioso alzar el dedo índice y señalar a los grupos de izquierda, y decir: No, no tienen derecho a hacer eso; son culpables de prevaricación sentimental. Al menos podríamos haberlo hecho hasta hace unos pocos días, antes de que el presidente de la república francesa (un hombre de derechas), ante la inminencia de unas elecciones que teme perder, se estirase sobre las alzas de sus zapatos y con su menudo dedo índice señalase al horizonte (o sea, indicando esa zona más abajo de los Pirineos llamada España) para amenazar: “si vienen los de izquierda aquí a Francia, nos pasará lo mismo que a ellos”. Será la ruina, millones de personas sin empleo, una economía paralizada y la amenaza segura de la intervención. Contra lo esgrimido por los socialistas, no podrá negársele a Sarkozy la concreción de su vaticinio, eso sí. Sin embargo, en el fondo, tanto unos como otros (políticos de izquierda y de derecha) persiguen el mismo objetivo: convertir el pasado inmediato en historia y, así, trasladar la nostalgia a un presente lato para, con ello, apelar a la sentimentalidad a él vinculada y, ¡zas!, ejercer el más burdo chantaje emocional.

Dicho en otras palabras: tanto la izquierda (en el caso de los gobernantes andaluces) como la derecha (en el caso de Sarkozy), deberían apuntar como argumento de autoridad el valor de su legado. Pero no. Por el contrario, tanto el uno como los otros, dirigiendo la mirada hacia el otro reverso invisible (su contrario), buscan la idealización fantasiosa del pasado reciente (sus burbujeantes actuaciones políticas que quedan en evanescencia). Así, si lo que han hecho los otros es tan funesto, por comparación, nos dicen, lo mío será bueno, o acaso mediocre, sí, pero mejor siempre; y, en cualquier caso, preferible a lo otro, que ya se ha dejado dicho que es terrible e insoportable (la derecha amenaza con la crisis económica y la izquierda con la infelicidad e insatisfacción personal). Con ello, contraponiéndome a la crisis (Sarkozy) mi programa político [cuyo contenido en este caso es lo de menos] mejora y se vuelve útil y deseable. Contraponiéndome a la represión de las libertades individuales (los socialistas andaluces), mi idea de lo público reverdece contra las políticas de austeridad y pérdida de logros sociales, y mejora. O sea, que enfocando al enemigo, trato de que los votantes (y no solo los votantes, pues los políticos, como ya se sabe, trabajan siempre para la posteridad), por contraposición, edulcoren lo hecho por mí, independientemente de su validez real en una escala objetiva de logros. Apelando al terror (y sirviéndome del chantaje emocional) consigo que se me vea tanto a mí como a mis propuestas (o a mi sola presencia) como algo provechoso para el país. En otras palabras, se busca borrar el pasado inmediato, cubriéndolo de una pátina idealizada -por neutra- (y ello gracias al acercamiento hacia otros pasados recientes funestos) y se intenta crear una suerte de nostalgia del presente. Como una goma de mascar, opaca y brillante, se estira el presente hacia el pasado (ya neutralizado a nuestro favor) y éste queda cubierto por una nube elástica que no deja ver al trasluz. Así, el individuo (el político), situándose en el centro de una escena apocalíptica, consigue con su sola presencia iluminar la oscuridad de esa imagen escatológica. Y como el ojo humano (y así igualmente funciona la memoria en la vigilia y el pensamiento), tiende el ciudadano  a concentrar su foco de atención en lo que le es grato. No olvida, empero, aunque sí lo deja sedimentado, aquello en lo que no desea profundizar, por sentirlo tenebroso y fatal. Y no porque no le asista el sentido de la supervivencia y no sea capaz de ver la amenaza explícita, sino más bien por la razón contraria: aparta de sí lo que teme, y le da nombre (un nombre inefable, eso sí), vapuleándolo, dejando que se vaya depositando en la lejanía de la historia, fingiendo que lo que sucedió ayer forma ya parte de una pasado remoto, inaccesible, que no guarda conexiones con el presente ya nostálgico. Así: huye de ello como de la peste.

El objetivo que –sirviéndose de tal táctica- se proponen los políticos, no se le escapará a nadie, es forzar al ciudadano a que vea la mediocridad que le ofrecen estos como mejor opción que el latrocinio y el caos que han ofrecido –y ofrecerán- los otros. Y que, en su elegir, los ciudadanos fabulen con un presente mejor del que en realidad es, por contraposición al latrocinio y el caos de los otros, y cubran este presente vacío con una nostalgia incierta, pero bien pegajosa y, por sobre todo, olvidadiza, claro.  Es decir, los representantes políticos juegan a que su figura quede vacía de significado para que los votantes la llenen con sus deseos (y que ya incrustados en el político se convertirán en virtudes); deseos que, por otra parte, no son tales, sino mera proyección positiva de valores de supervivencia y que son reacción natural e instintiva al miedo brutal con el que han sido chantajeados.

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[1] Valenciano (PSOE) advierte a las mujeres de que con la derecha “corre peligro” su libertad, autonomía y felicidad. Europa Press. 22-Marzo-2012.

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*Este texto ha sido publicado en el periódico Tercera Información -aquí- [13-04-2012]

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