Y es que así no se puede.
Todo este calor atroz que subyuga a la ciudad; no se puede de esta manera.
Y no porque desmonte la estructura del trabajo, la dedicación o el gusto; para nada, sino que lo que perpetra es la enfermedad del pensamiento.
Es decir, el bochorno crea una retícula de inteligencia autónoma que se te inserta en el cerebro y no puedes sino pensar, pensar y pensar. Y esto de manera más acusada en el sueño que en la vigilia; por ello, se le llena a uno la cabeza de sueños, ideas, más sueños: narraciones múltiples, variopintas, a veces ligeramente interconectadas, a veces fugaces.
Y, así, el problema se presenta después, porque los dedos (mis dedos) son infinitamente más lentos que la tal retícula de pensamientos enfermizos y no hay manera de darles salida, de publicitarlos o proveerles el formato de una narración, una crónica o de ensayar una reflexión que reuna a todas estas ideas dispersas en una teoría más o menos lógica, coherente y unificada.
Entonces, ya lo dije, el problema no es el calor sino más bien el qué hacer con los efectos multiplicativos (en lo que a conspiraciones literarias se refiere) de ese calor.
Dice el artista Santi Moix -aquí-: “Aprendí a no buscar explicaciones, a creer en el orden oculto de las cosas”.
Siendo así, y si me viese obligado a explicitar con una sola imagen lo presentido -y sufrido- en estos días, esa enfermedad que no tiene explicación, me parece que no me quedaría más remedio sino que hacerlo con una obra del propio Moix; es la siguiente:
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ADDENDA:
Y por si a alguien le quedan dudas del secreto conciliábulo de los vapores de esta canícula feroz, sépase que este post hace el número 966 de este blog.








