It´s my party!

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EL PROBLEMA NO ES LEER UN LIBRO AL AÑO O CUATRO AL MES.

El problema es qué haces luego con lo que lees

¿Dónde leches lo metes? [1]

Pues según he oído, querido Peio,

todo eso,

toda esa “palabrería que alguien ha querido dejar para la eternidad”

-es lo que dicen algunos-

o se te queda en la pelvis o no se te queda. Quiero decir, que o resiste o se demora pegajosa unos días.

Esas palabras

-algunos sabios enfurruñados lo afirman-

o son calcamonias que el tiempo araña y pigmento a pigmento desaparecen de las mejillas como las fastidiosas rojuras

y vanas intentan agarrarse al aire como quien juega fatuo al name-dropping

o bien son fermento para el sexo mejor, el más procaz y despiadado.

Y se te quedan rabiosas y te fertilizan la pelvis. Las palabras buenas.
Eso es todo, amigo mío, a decir de algunos.

Que las palabras, si son de los que más aguerridas

ya son lo suficientemente magnéticas como para afectarte en su turbulencia y hacerte danzar y volver este deslizarse por los días

una bacanal de gozo y tormento, de violenta satisfacción.

Por eso no se trata de leer un libro al año o cuatro al mes.
Pues todo lleva carne,

ya lo sabes; hasta el esperma menos fértil, peor y el que trae olor de lentejas, caldo y pucheros.

Ese que no quieren tragarse ni las putas más putas ni las novias más enamoradas.

Pues se trata de comer y saborear la carne mejor, y dejar que la otra se pudra obscena, infame y terrible en las alrededores.

Que se quede en el colchón y las sábanas como los esputos de la vagina cuando se hiere necesaria a sí misma.

Y que el sexo mejor sea el bueno, el más bueno, el único.

Eso es lo que me han contado por ahí, y añaden que

el resto

-o sea, me parece que se refieren a la palabrería-

es asquerosa delicuescencia y gimiente retruécano.

Y a pesar de tratarse de una palabra hermosa, delicuescencia digo, no retruecano, sí es palabrería, al fin. De la más pegajosa.

Lo cual demuestra a las claras que un libro bien escrito no es un buen libro.

Pero lo contrario sí.

Mi fiesta de cumpleaños, pongamos por ejemplo, no fue buena, pero fue lo mejor.

Dadas las circunstancias.

Pero es que la vida va de eso, a veces,

-la escritura también, según he podido constatar,-:

de lanzarse a una piscina donde no queda más que el poso del cloro.

Sabiendo que, además -repentinamente- es posible que nos llenemos la cara de óvulos podridos y todo acabe en una fiesta de rojos pedazos de una membrana llamada endometrio y que dicen,

aunque yo no lo sé,

-lo he oído por ahí-

que sólo la tienen las mujeres y que sirve para alumbrarle a la vida nuevos caminos, para proporcionarle a la lengua nuevos discursos.
Eso dicen.

Yo sigo en ello,

llenándome el alma de esputos y tratando de que de mi boca salga algún destello de esos chispeantes,

como los de los rótulos felices de las áereas de servicio al final de una interminable carretera general de interior,

que siempre prometen calor y cobijo, y carne.

Carne de la que se lleva largo rato deseando.

Aunque igual resulta al final que toda la carne es carne, sin más.

Quiero decir, que todo todito es carne y las palabras

no son más que pura glosa, ilusión, comentario, deseo, apéndice, posfacio;

anhelo de carne.

[1] Peio H. Riaño. “Todo lleva carne”. Ed. Caballo de Troya. Barcelona. Septiembre de 2008. [Pág 46]

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