El azar es determinista
José Carlos Llop
1.
Haitian fightin´song, de Charles Mingus. En la cabeza. Tu-tum-tum-tu-tum-tum. Tambores. Tu-tum-tum-tu-tum-tum… Y el autoretrato de Basquiat. tup tup tup. Entra el contrabajo de Charles… Con los ojos blancos, el autoretrato de Basquiat, frente a mis propios ojos llenos de fantasmas. Al modo de los héroes invencibles, Basquiat. Y los fantasmas… los de Jean Michel. Y el contrabajo de Mingus:
Tu-tum-tum-tu-tum-tum, ramblero, primitivo, tosco en su embite pero refinado en su languida melodía…

To repel Ghosts. Jean Michel Basquiat.
Se lo digo a la chica, se llama Anna, Charles Mingus, le digo. Ella sonríe, es historiadora de arte. Y dice, no sé, puede. Y trata de pronunciar algunos nombres, habla de una lista de músicos que hay en uno de los cuadros de Jean Michel.
Se ríe de nuevo, dice: “no sé cómo se pronuncia Gillespie”.
Se lo pronuncio: Gillespie, acentuando la primera e, refinadamente, estirando su elegancia.
Dice otras cosas más, Anna, la historiadora de arte, y cuando me doy cuenta de que todo lo que dice lo dice con el entusiasmo mismo de quien come unas galletas maría fontaneda, le replico: gracias, muy amable, eres muy amable, Anna. Y sigo viendo otros cuadros. Y aun, de todos modos, me quedo a la espera de decirle otras cosas; revoloteando a su alrededor, como quien dice.
2.
Alguien, muy simpático, me ha dicho antes, aquí mismo, en la Fundación Botín:
-Ven a cenar con nosotros. Pescado, en un sitio estupendo… marisco y… ya verás.
Yo he dicho:
-Bueno… -pero sin concluir nada.
Pero luego lo he pensado, pues ya en la comida -he comido con ellos-, estos mismos que ahora me vuelven a invitar, hablaron de voces: gente con brotes psicóticos, paranoia… etc no sé, hablaban de ello con verdadera alegría.
Y me dijeron:
-Es que eres demasiado joven, por eso eres tan exigente…
Y concluyeron:
-Debes aceptar lo que se te ofrece.
Respuesta de J.S.:
-No.
3.
Alguien llama al teléfono. Su voz anuncia:
-Nos has abandonado… -pero lo dice con jocosidad; es decir, lo intenta.
Digo:
-Estoy con Basquiat
-¿Con quién?
-Nada, una exposición, cuadros…
Me quedo callado.
Entonces arranca, dice que ella y su amiga me han preparado una noche de jazz, en el centro. Dice que están cenando cerca del casino. Dice que llamará después. Dice que por qué no les llamé antes, que me hubieran acompañado a ver esa esposición que yo quería ver, dicen que vendrán a buscarme con el coche luego que… no, no dice nada más, es decir, su voz se pierde entre el ruido de voces que habitan la Fundación Botín.
Yo, por sumarme a esa voz en el teléfono y tratar de entonar un coro, empiezo:
-Bueno, sí, vale, de acuerdo; en fin… etc
Y sigo dando vueltas y vueltas, no tanto sobre los fantasmas de Basquiat sino sobre los míos propios.
Y pienso que le voy a hablar a Anna de lo político en Basquiat y de cómo este cuadro recuerda la tradición de aquel… y este otro de este, y, en realidad, es la clásica representación del bodegón, y… aquí la naturaleza muerta en forma de flesh es… y…
Entonces al pasar cerca de la entrada, la veo, a Anna, la historiadora de arte, afectuosa saludando a una decena de mujeres perfectamente anodinas,
mujeres que no hablan de arte sino de lugares de la ciudad -de Santander- y de nombres, nombres, nombres; voces que hablan de otra voces en correcta algarabía; como en una mala película aburrida.
4.
Camino por las calles confiando en nada.
Simplemente con muchas ganas de caminar, y todavía llevo el portátil al hombro y me pesa y diría que estoy mal sudado y diría que los fantasmas se escaparon por esa ventanita que es el teléfono móvil.
Pues acabo de mandar un sms a cierta chica en Bcn.
Y no contesta.
Y en tanto que deambulo a la espera de algo, por las calles del centro de Santander, sin saber bien qué decisión tomar, un rayo en la lejanía, trueno, relámpago:
el perfil cárdeno en el cielo, al poco gloriosamente una pincelada celeste y pronto, rezumbando el estruendo de haces violeta y rosas y blancos…
Y llueve.
Y ya yo me reflejo en la tormenta, como gusta de decir el señor Wiesenthal que el ojo del viajero se refleja coralíneo en el caballo de Velázquez, pues mis ojos así se reflejan acto seguido en el sueño.
Y nada más.
Que las voces se acaban.