¿Que fue de tanto galán sin religión ni raza presto a quebrar cerrojos?
José Luís Gimenez-Frontín [1]
-Perdona, yo te conozco.
Su cigarro nervioso le lleva los labios arriba, abajo. Mira hacia el suelo. Barba rala y mixta de blanco y negro, en puro nacimiento libre.
Calva rojiza y algunos haces traseros del cabello en punta y mojados.
Pues llueve, chispea más bien, y el cielo se ha vuelto brumoso, de un suave gris.
Esperamos al bus para ir al Palacio de la Magdalena.
-Yo te conozco -le repito.
Niega con la cabeza. Sigue mirando el suelo.
-Mira, estuve ayer todo el rato mirándote, y que sí…hombre, que sí.
La verdad es que hubo de aparecer todo el rato revoloteando alrededor mío, de ese modo en el que alguien busca el reconocimiento, aunque dado la menudez del recinto y lo poco libres que son nuestros movimientos durante el día, quizá fuese casualidad.
Aunque… no, no lo creo.
Estamos nosotros dos solos en la parada de la avenida Canalejas. Son las ocho de la mañana.
A veces lanza la mirada irreverente hacia arriba, hacia el cielo, pero no hacia mis ojos…
y, cuando levanta la mirada, lo hace de esa forma suave que te hace pensar en la niñez miedosa que tal vez algunos adultos arrastran todavía.
-¿En qué curso estás? -digo, pues no parece querer colaborar para que el embrollo en mi cabeza se resuelva,
ese lío que sucede cuando dos ideas se niegan a conectarse (lo actual y el recuerdo).
-Periodismo -afirma.
Le miro el rostro redondo, la calva de un rojo que se autoacusa; ropa ligeramente arrugada aunque limpia.
Esconde el paquete vacío de tabaco en su mano derecha y lo aprieta, sacándole el aire, convirtiéndolo en una bola y lo lanza al fondo de su macuto de piel marrón.
Lleva un jersey sobre los hombros, morado.
Ya sé, ya sé -creo- cuándo fue que coincidimos otra vez, en el espacio, en el tiempo.
Pero aún le pregunto:
-¿Eres de Barcelona?
Responde:
-Castellón.
Y ya está todo clarísimo.
-¿El Periódico Mediterráneo?
Cabecea. Sí, allí trabaja, me dice.
Joder, tendría que haberlo adivinado antes: hay gestos que delatan, hay expresiones que son manifiestamente acusadoras de un lugar, actitudes típicas de un clima, de una geografía.
Dejo una ristra de nombres sobre la mesa. Los rescato con verdadera dificultad. Pero él se niega a ayudarme, aún cuando sospechosamente parece que sus ojos los mantengan en la retina
(a esas personas que yo trato de nombrar).
Creo que espera que hable mal de alguien, que me autoacuse; no sé.
Sus pasos nerviosos, de nuevo, manifiestan impúdico desinterés, cierta soberbia por el ego mismo de uno, ese carácter tan típico de la zona de levante, que tanto detesto y que tantos años hube de sufrir.
El dice a todo que sí, a todo mi esfuerzo de dar detalles con nombres, datos, procedimientos, publicaciones, etc y ahora levanta los ojos y me mira.
Dice:
-Pero yo no me acuerdo de ti, no, de veras… -y parece que no haya la menor malicia ni atisbo de fingimiento en su voz. O eso quiero pensar.
-¿Y cuándo fue eso? -me repite.
En septiembre de hace unos cuatro o cinco años, no sé.
-No, qué va, y eso que yo me acuerdo de estas cosas -dice en un medio lamento-, no, no…
Tampoco trabaja tanta gente allí, me digo, como para no saberlo.
-Bueno -le replico- pues vale.
Y pienso en que mi sueño de que se borren de la historia determinados pasajes de mi vida, determinadas épocas flojas de desesperación e impotencia… se acaba de hacer real.
Llega el autobús y él se sienta al principio, entre el barullo, la marabunta. Yo me voy al fondo, a los últimos asientos. Me gusta ver las cosas en perspectiva.
Ni siquiera me ha dicho su nombre; tampoco yo le he preguntado.
Durante el trayecto que dura algo más de veinte minutos miro el mar, las olas espumosas que vienen y se montan indecorosas sobre la carretera, se repliegan heridas y vuelven, golpean, y vuelven. Golpean y vuelven, ale, una y otra vez en un maldito juego interminable.
Hay una chico y una chica que hacen jogging. Llevan unos de esos chubasqueros para la lluvia John Smith que a mi me obligaban a llevar a comienzos de los noventa, cuando entrenábamos a balonmano.
Negros y grises o negros y amarillos.
Y no sé por qué la boca me sabe a kiwi y a oblea y a cigarrillo fortuna fumado a escondidas y a masturbación silente.
Y los ojos de tu madre que te acaba de pillar con la puerta abierta, esos mismos ojos después en la cena, que dicen: ¿quieres más patatas?.
Sí, esos mismos ojos cuya boca dice no acordarse y, …, sí,
sin embargo, esos mismos ojos te advierten de la flecha de oro desgarradora que se te habrá de clavar en algún lugar incierto entre lo que pasó de veras y lo que no recuerdas.
[1] Demonios del Sur. De El ensayo del organista, Lumen, Barcelona, 1999.